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Historia 43335 — capítulo 1

1

Era de noche, suponía que las dos o tres de la madrugada. No lo sabía, pues me habían quitado el reloj. Estaba en el calabozo de una de las decenas de comisarías de Valencia. Compartía celda con un borracho, un gitano y un yonqui. Me habían encerrado por haberle pedido el número de móvil a una chica de un bar muy guapa. Lo que no sabía era que la mujer era el trofeo de un culturista en potencia que luego me golpearía con una silla en la espalda. Empezó a pegarme e irónicamente fui yo quién acabó entre rejas.

A pesar de todo, disfruté mi velada en los calabozos. Disfruté el silencio. Ninguno de los otros deshechos de Dios me había dirigido la palabra, ni siquiera se habían inmutado cuando yo entré en la celda dando tropiezos por culpa de la policía. Pero he de admitir que me lo pasé bastante bien.

Los policías me soltaron de muy buena gana sobre las cinco de la madrugada. Me despedí de mis compañeros y recogí mis cosas. El móvil, las llaves de casa, el reloj… Por un momento pensé que había perdido la dignidad, pero la encontré dando vueltas alrededor de la mujer policía. La devolví a su sitio y me fui.

Al salir, el olor a sal y arena me abofeteó la cara. La playa de la Malvarrosa estaba tan vacía como siempre. En diciembre no hay quien se bañe. Pensé en ir a dar un paseo, pero el tiempo no estaba a mi favor. Supuse que el karma me había castigado, porque en cuanto di un paso hacia la calle, millones de partículas de H2O cayeron sobre mí y empaparon mi autoestima.

Caminé a paso rápido. Subí por El Cabañal hasta llegar a la Av. Serrería, después seguí por Ramiro de Maeztu y doblé a la izquierda para coger Peris Brell. Caminé recto hasta cruzar Marino Albesa y seguí hasta llegar a una casita adosada con el número treinta.

Abrí la puerta de la verja y luego la principal. Cerré con cuidado las dos y me metí en casa. Estaba agotado. Me desnudé y busqué alguna cosa con que taparme. Estaba el mantel de la mesa, pero tenía migas de pan. Encontré una toalla seca tirada en el suelo. Me cubrí con ella y me desplomé en el sofá.

Empecé a pensar. Eso es algo que hacía todos los días, pensar. Miré el reloj. Eran las seis menos cuarto de la mañana. Lo mejor era irse a la cama, pero no tenía sueño. David, mi hermano mayor, me miraba con ojos hipnóticos en una foto que me obligó a colgar.

Odio las fotos. Me hacen sentir vigilado. Por eso no tengo ninguna en toda la casa, salvo esa y tres más, donde aparecían mis padres difuntos, mi otro hermano Hugo y otra de Sofie, la esposa de David, con sus hijos Julio y Sabrina.

Una familia feliz. Eso era lo que aparentábamos. Sólo lo que aparentábamos.

Tuve una infancia muy buena y suena a algo raro si supieras lo que soy. Tres hermanos estupendos y unos padres casados y enamorados. La cosa se complicó cuando sucedió algo extraño en el vecindario. Un hombre había muerto por el impacto de algo duro y pesado en la cabeza. Los policías investigaron pero no encontraron al asesino, así que supusieron que murió porque se había golpeado la cabeza contra el suelo al caer de la terraza (sí, cuando murió lo encontraron en el suelo, bajo su terraza; siento no haberlo mencionado antes).

Y la verdad, valió la pena correr el riesgo.

Mis hermanos y yo acabamos los estudios obligatorios e ingresamos en la Universidad. David estudió Medicina para luego doctorarse en Psiquiatría, Hugo Contabilidad Empresarial y yo Filología Inglesa y luego Latín. Mientras tanto, nuestro padre se pudría de un cáncer terminal. Cuando murió fue un alivio para todos.

Durante ese tiempo de universitarios, cada uno de nosotros tuvo tiempo para buscar su propia identidad. Yo llegué a la conclusión de que no podía tener identidad porque no sabía aún lo que era, Hugo encontró su identidad en las fiestas snobs y superficiales y David perdió el rumbo cuando tuvo su primer episodio maníaco. Más tarde nos enteramos de que padecía trastorno bipolar.

Al acabar las carreras, Hugo de marchó a Nueva York a trabajar en la Wall Street, David a Barcelona a ejercer de psiquiatra (algo que nunca entenderé puesto que él es un paciente) donde allí se casó con Sofie y yo me quedé aquí en Valencia, con mis estudios acabados. Mi madre murió después del primer episodio de David y la casa al final me la quedé yo. David y Hugo no querían saber nada de su pasado, siempre miraban hacia delante, así que se alejaron totalmente de su infancia. Yo también miro siempre hacia delante, pero la casa cumplía con mis exigencias, así que no podía renunciar a ella fácilmente.

Más tarde, David tuvo dos hijos estupendos y Sofie ya había empezado a lidiar con la enfermedad de su marido. Sabrina y Julio, los descendientes de ese matrimonio les tocó aprender a vivir con el trastorno bipolar. Toda una bomba de relojería. Los niños son siempre los primeros que se dan cuenta de algo cuando va mal.

Niños, siempre sorprendentes.

Sabrina, con muchos libros e información ya consigue ver cuando su padre va a tener una recaída o una resubida. Es sorprendente ver como una chica de trece años sabe reconocer el peligro y reaccionar de forma tan madura ante el problema. Seguramente habrá heredado la mente fría de su padre. Tampoco es que David haya tenido muchas depresiones o episodios maníacos, se cuida como el que más, pero cuando sucede, a los niños les duele ver como su padre se derrumba en la oscuridad y da igual si está maníaco o depresivo, porque las dos opciones son bastante malas.

Dejando a un lado todo eso, la vida de mis hermanos es todo un misterio. Hugo seguramente haya caído en la drogas. Siempre fue un débil mental, un estúpido que finge ser lo que no es para ser aceptado. Seguramente me llamarás cínico más adelante, pero te diré que yo lo hago para sobrevivir. No para gustar.

En cuanto a mí, la vida no me sonríe pero tampoco me da una patada en el estómago. Estoy bien. Y espero seguir estándolo más adelante.

Un ruido estridente me rompe la cabeza. Pero no consigo entender lo que pasa. Tengo los ojos cerrados e intento abrirlos, pero me cuesta mucho. Me incorporo rápidamente y me veo desnudo. Busco la toalla y miro por la ventana del salón para ver quién esta tocando el timbre. Atiendo el telefonillo y pregunto. Un procedimiento típicamente social.

—¿Si?

—Greg, soy yo —dijo una voz.

Me quedé pensando. ¿Quién era aquella persona que me respondía diciendo que era "yo" y por qué sabía mi nombre?

—¿Quién eres? —volví a preguntar.

—Soy David, ¿quieres abrir la maldita puerta? —me respondió, algo enfadado.

Le hice caso y dejé entrar a toda la happy family. Los cuatro me miraron extrañados cuando entraron en casa.

—¿Qué haces desnudo? —me preguntó Sabrina, la más espabilada.

—Ducharme —respondí.

—No estás mojado —me replicó ella.

—Sabrina, deja de molestar al tío Greg —le riñó Sofie.

La chica hizo caso y dejó sus cosas encima del sofá. Me sorprendí, primero porque no sabía que hacían en mi casa y segundo porque no sabía porque había tanta maleta esparcida por ahí.

Me alarmé durante un segundo y luego les pregunté a todos:

—¿Os vais de viaje? ¿Cómo es que no me habéis invitado?

Los cuatro me miraron con las cejas encarnadas. Los analicé uno a uno, intentando adivinar porque se comportaban de esa forma tan extraña, porque parece mentira que yo no entienda esas cosas tan sencillas que la gente normal si comprende.

David era alto, delgado, lo que se dice un hombre de buen ver. Solía llevar el pelo bien peinado, siempre con cuatro kilos de gomina y la raya en el lado izquierdo bien marcada. No sé que impresión quiere dar a la gente con eso, pero a mi me produce algo de repulsión y superficialidad. Los psiquiatras a veces están más locos que sus pacientes. Hoy estaba vestido de manera más informal, con unos vaqueros, zapatillas, camiseta y un abrigo normal y corriente. Algo que contrastaba bastante con su peinado. Eso era algo que me sorprendía de él.

Sofie era mucho más sencilla y original que su marido. Ella era holandesa, nata de Ámsterdam y se conocieron en un congreso de neurocirugía en Berlín. Lo más curioso es que sus dos hijos heredaron muy poco de su pelo pelirrojo y su pálida piel. Lo que si que había conseguido la hija de su madre eran unos ojos verdes espectaculares. Aparte de eso, la mujer era casi tan alta como su marido y de una belleza inigualable.

Sabrina también había heredado ese aire holandés de su madre. Era alta y estilizada y lucía una brillante cabellera castaña oscura con tonos rojizos. Sus ojos eran lo más sorprendente de la chica. Eran brillantes, grandes y transparentes. Verdes, totalmente verdes. Su padre no le había dejado nada de sus ojos azules. Sólo verdes.

Julio era otra historia. Tenía más aire español que holandés. Era alto también, como sus padres, pero tenía el pelo siempre despeinado y era de un color marrón tirando a negro. Además, su piel tenía un color tostado y sus ojos eran castaños con tonos azules.

En definitiva, los cuatro me miraban extrañados ante mi reacción extrañada.

—¿Qué pasa? —empezó a decir David—. No me digas que no te acuerdas.

—No —respondí.

David suspiró. Los niños se rieron con descaro y Sofie los acompañó hacia el piso superior con unas cuantas maletas.

Me senté en el sofá. Toda esta escena era ridícula porque aparte de no saber nada, estaba desnudo, cosa que empeoraba la situación.

—Nunca te acuerdas, Greg —me dijo enfadado David.

—¿Acordarme de qué? —pregunté, algo irritado—. He pasado la noche en una comisaría, así que no me pidas que me acuerde porque no.

—¿Has pasado la noche en una comisaría?

—Eh… sí, pero no fue culpa mía.

—Dios, Greg yo no sé lo que te pasa últimamente, ¿eh? —me dijo.

—A mí no me pasa nada —contesté. Odio cuando me psicoanaliza. Lo detesto.

Sabrina baja las escaleras rápidamente y me mira. Me sonríe descaradamente y luego continúa su paseo hasta llegar a su padre.

—¿Qué pasa, papá? —dice—¿Es que Greg no se acuerda de que hemos venido a pasar las vacaciones de Navidad en su casa?

Creo que abrí mucho los ojos. No lo recuero bien, porque en ese momento se me cayó mi equivalente a alma a los pies.

—¿Qué? —farfullé—¿En mi casa? No way.

—Ya está otra vez con el inglés —dijo Sabrina con desdén.

David no sabía que decir, se notaba que estaba disfrutando con mi desdicha y no paraba de hacer muecas de felicidad con los labios.

—No vamos a quedar, quieras o no —dijo él.

—Pero no podéis —repliqué, desesperado —. Mi casa es mi casa y… bueno ya sabes lo que hago, cosas, hum…. cosas no aptas para menores de edad.

—¿Qué? —preguntó David—. Venga, no me seas cerdo, por favor.

—Es mi único regalo de Navidad, no me lo puedes negar —dije.

—Te vas a una de esas casas y lo haces. Aquí en Valencia, a las afueras hay muchas—dijo Sabrina.

Me quedé extrañado ante aquel comentario. Sabrina era muy sincera y descarada, algo de ella que me encantaba.

—¿Quién te ha enseñado todo eso? —preguntó desafiante David.

—La tele y los periódicos. Es lo que tiene informarse, que te enteras de cosas que no deberías —respondió la chica con picardía.

David se quedó en blanco, la franqueza de la muchacha a veces golpeaba su ego y conseguía que se escondiera durante un rato. Yo le guiñé un ojo, premiando su brillante actuación.

Al cabo de toda la mañana, la happy family se concentró en guardar sus cosas en los respectivos armarios. Como la casa tenía tres habitaciones (una de ellas ya ocupada), el matrimonio ocupó una y la pareja de hermanos otra. En los cuartos no había muebles, porque cuando mamá murió tiré todas sus pertenencias, pinté la casa y renové el mobiliario, pero no pensé que esas dos habitaciones se usarían, así que sólo las pinté, pero no compré nada para llenarlas.

Y para solucionar dicho problema, David fue a comprar una cama doble y una litera en un rastrillo que quedaba cerca del río Túria. Al cabo de una hora volvió seguido de un camión detrás de él. Unos cuantos hombres entraron en mi casa sin ningún tipo de consideración y empezaron a montar los muebles. Después de un rato, los hombres acabaron y David les pagó cierta (y elevada) cantidad de dinero.

Los niños, encantados con los nuevos muebles, empezaron a saltar y a gritar. Sabrina en algunas ocasiones parecía extremadamente madura, pero en otras era incluso mucho más infantil que su hermano Julio de ocho años.

Yo no tenía palabras, estaba como perdido. Me había quedado sin regalo de Navidad y ahora tenía que aguantar a cuatro monstruos. No es que no los quisiera, es que no me gusta tenerlos las veinticuatro horas del día cubriéndome la espalda o la delantera.

No way.

La primera semana de convivencia le llevé muy bien. Los niños no paraban de espiarme cuando me iba al baño o cuando me iba a la cama. No sé que les parece tan alucinante ver a un ser adulto conciliar el sueño tumbado en una superficie esponjosa en posición horizontal u orinar, defecar o asearse en un baño. Pero claro, los niños son un misterio.

Aunque lo que menos me gustaba era oír los gemidos de David y Sofie. Mi habitaciónestaba pegada a la suya y cada noche practicaban sexo desenfrenado. Durante unos días no pude dormir bien, pero luego me acabé acostumbrando, así que esos sonidos animaleros eran muy frecuentes a la hora de conciliar el sueño.

Pero un día, cuando yo estaba durmiendo, los niños me despertaron tirándome un cubo de agua congelada a la cara. Grité como alma que lleva el diablo.

—¡DIOS!

Sabrina y Julio no paraban de matarse de risa y yo estaba aturdido y a la vez muerto de frío. No sabía como reaccionar. Creo que al final me hice pis encima por el susto. Sofie les echó una reprimenda terrible a los críos y David les obligó limpiar y secar el estropicio que habían hecho en mi cama. En cuanto a mí, me pasé todo el día evitando comer, pues el frío no se por qué me sentó fatal para el estómago. Vomité más de la cuenta, hasta creo que adelgacé unos cuantos kilos.

Pero el día de Nochebuena la pasamos todos tranquilos. David cocinó un menú estupendo, pero parecía que los niños se decantaban más por las patatas fritas y otros aperitivos. Yo me pasé todo el día leyendo, hasta que Sofie me abordó en el salón.

—¿Cuándo piensas encontrar trabajo? —me preguntó, con su típico acento holandés que intentaba disimular.

—No lo sé —respondí—. Es que hay muy poco trabajo como filólogo.

—Sí, pero llevas seis meses sin hacer nada, ¿no crees que ya es hora de empezar a hacer otra cosa?

—Sí… Pensaba meterme a traductor literario. Me gustan los libros, podría estar bien, ¿no?

Sofie se quedó pensando. Luego sonrió y le vino una idea a la cabeza.

—¡Ya sé! —exclamó.

—¿Qué sabes? —pregunté con sarcasmo.

—Podrías ser un traductor —dijo Sofie—. Podrías trabajar para…

David salió de la cocina con olor a pescado y Sofie le preguntó:

—¿Tú te acuerdas del nombre de ese doctor estadounidense que me escribió esos ensayos?

—¿Quién? —respondió—¿Jeff Johnson?

—¡Sí, sí ese! —exclamó Sofie, ansiosa—. Podrías ser su traductor. Yo lo conozco, me dio clases cuando hacía el master.

—Ah, pues que bien —dije, sin ánimos.

Sofie y David me miraron ofendidos.

—No sé nada de medicina, no puedo traducir unos ensayos si ni siquiera sé de que van —argumenté.

—No digo que traduzcas sus ensayos, digo que podrías trabajar para él, porque dentro de poco viene a España a dar un congreso y hace unos meses me preguntó si conocía a algún traductor —respondió ella.

—¿Qué? ¡Ni hablar! —exclamé.

—¡Oh, venga! No seas tiquismiquis, podría ser una buena oportunidad profesional —se quejó David.

—No sé… Tendría que pensármelo —dije.

—Muy bien, cómo quieras, pero recuerda que si no lo desaprovecharías —respondió él.

Lo miré con desdén, cómo diciendo "Si pierdo esta oportunidad es asunto mío y sólo mío".

Al final, los cinco cenamos una de las más delicadezas de David, un experto cocinero, que no sé de dónde saca el tiempo, porque o está con sus pacientes o está como paciente.

Transcurrió una noche tranquila. Hasta que en el telediario informaron sobre un desaparecido. La periodista del canal cuatro decía:

—Los policías están buscando a un hombre de cuarenta años llamado José Gutiérrez, que desapareció la semana pasada, cuando estaba disfrutando de sus vacaciones en Valencia. Los familiares creen que lo ha secuestrado una mafia rusa, porque parece que le debía dinero. La policía todavía no tiene pistas, pero creen que es muy posible que no esté con vida.

—Seguramente esté muerto —soltó Sabrina, después de ver la noticia—. La mafia rusa no perdona ni una.

—Pobre hombre, ¿no? —dijo Sofie.

—Se lo merecía —opinó Julio—. No haber hecho negocios con la mafia.

Miré al niño. Me encantaba su forma de pensar. Era tan desproporcionada… el crío veía al mundo siempre blanco o negro. En cambio, Sabrina reflexionaba más, buscaba una razón para todo.

Niños, sorprendente.

Aunque ninguna de sus teorías se asemejaba más a la verdad. El hombre traficaba con mujeres y droga, pero eso era irrelevante. Lo que de verdad importaba es que era un igual. Un depredador más que vivió en una jungla constante. En la misma jungla en la que vive Gregorio Salinas ahora. Pero yo le arrebaté el puesto. Y ahí esta, el cazador cazado.

La verdad es que pasé un buen rato con él. Jugamos al Rey León y, obviamente, gané yo. No tardé mucho en limpiar el estropicio, normalmente suelo tardar toda una noche en hacerlo. Pero en ese caso especial consumí un poco más de tiempo. Porque el señorito Gutiérrez era de complexión robusta y entre inmovilizarle y separarle en trozos, estuve mucho rato. Pero bueno, ese día tenía ganas de un reto y lo vi a él. Era tan depredador como yo. Suelo jugar con iguales, a gente que es como yo, "monstruos". Científicamente se denominan psicópatas. Bueno, pues como yo soy un psicópata, juego con psicópatas. Eso me hace sentir bien. Tranquilo, en paz. Siento como un cosquilleo bastante agradable en el cuerpo cuando hundo el cuchillo y veo como a mi oponente se le quedan los ojos en blanco y deja de respirar. Una vez probé a jugar con gente que no era psicópata y no me gustó. No sentí nada cuando descuarticé a aquella mujer. Me frustré, porque invertí tiempo y ganas en algo que no me daba nada de satisfacción. Así que ahora solo juego con a psicópatas. Y la verdad, no creo que esté haciendo nada malo.

Pero esto nunca se lo he dicho a nadie. Es un secreto que tengo guardado desde que le gané al vecino. Al final, los policías dijeron que fue un accidente, pero no era cierto. Y para que nadie sepa la verdad, tengo que comportarme como una persona normal. Y odio comportarme como una persona normal, porque son estúpidas, irracionales, primitivas…

Toda mi vida se ha basado en la interpretación. Actúo, actúo y actúo como una persona normal. Miento, miento y miento como un psicópata. A veces no sé ni lo que soy. Pero hay algo que he tenido que perfeccionar con lo años y es como fingir emociones. Soy incapaz de sentir. Es como si estuviera vacío. No siento nada, literalmente. No amo, no lloro… Nada. Y esa falta de emociones me ha pasado factura.

Comportarse como un humano es muy difícil, pero es la única salida que tengo para poder sobrevivir. Es complicado, sí y requiere mucha astucia, pero es lo que hay.

Greg, el asesino en serie, el psicópata, el monstruo.

La mañana siguiente fui el último en levantarme. Bajé las escaleras y vi todo el suelo lleno de papel de regalo. Sabrina y Julio estaban alucinados con las cosas que les habían comprado sus padres. Sofie le había regalado a David una corbata de una seda de una marca muy prestigiosa y David le había obsequiado con unos zapatos importados de Londres.

Todo el mundo contento.

—Buenos días, Greg —me saludó David—. ¡Feliz Navidad!

Me tendió una caja enorme que pesaba bastante. Me sentí algo avergonzado ya que no tenía dinero para comprarle nada ni a Sofie, ni a los niños, ni a David.

—Gra…gracias —murmuré—. No deberías haberlo hecho.

—¡De nada, hombre! —exclamó David.

Me senté en una silla y coloqué el paquete en la mesa.

—¡Ábrelo, haber que es! —dijeron los niños.

Yo, con manos ansiosas, abrí con todo el cuidado que pude el paquete. Rompí el papel y debajo de encontré un ordenador portátil.

—¡Gracias, David! —le dije—¡Muchas gracias, en serio!

Sonreía de oreja a oreja. Él no tenía ni idea de que un ordenador mejoraría mi modus operandi. Podría espiar a mis próximas víctimas o meterme en sus expedientes policiales. Pero no soy un buen hacker.

—Ahora ya tienes un nuevo ordenador, no tienes que comprarte otro —dijo Sofie.

Es cierto, tenía otro, pero se me rompió porque se me cayó por las escaleras. Creo tener presente que estaba mirando vídeos de caídas e irónicamente me paso lo mismo a mí. No lo recuerdo bien. Pero ese día fue cuando me hice el chichón más grande y doloroso de mi vida. Estuve una semana con la cabeza vendada y lo único que conseguía percibir eran mis risas cuando contemplaba con felicidad la humillación de los demás.

Aparte de eso, estaba muy contento con mi nuevo PC. Después de instalarle todos los programas y demás, me puse manos a la obra. No tenía Internet, pero existe algo llamado Wi—Fi que consigue conexión inalámbrica de otros ordenadores cercanos. Es decir, línea gratis. Me causaba gracia que tanta gente pagara precios elevados por algo que con un poco de ingenio podías conseguir gratis.

Sabrina y Julio, obviamente, proclamaron su derecho a utilizar el ordenador durante un cierto periodo de tiempo y yo, como buen tío que soy, les dejé que lo usaran, claro que eso generaba algo de tensión porque no paraban de pelearse de quién lo usaría primero, cuanto duraría ese periodo de tiempo, si podían utilizar el Internet y si así era el caso, a cuantas páginas para adultos podían acceder.

En los días antes del treinta y uno de diciembre sucedieron una serie de cosas. Bueno, en realidad solamente dos. La primera, es que Hugo nos llamó desde EE.UU. para felicitarnos la Navidad y el Año Nuevo. Nos dijo que allí en Manhattan las cosas iban bastante bien, salvo que en la Wall Street, la bolsa tenía subidas y recaídas cada dos por tres. Yo le pregunté si la cocaína de allí era mejor o peor que la que vendían en España.

—¿What?—preguntó Hugo enfadado desde la línea del teléfono.

—Lo que has oído —le dije con descaro —. Si quieres te lo puedo traducir al inglés, para que lo entiendas mejor.

—Greg, cállate, ¿quieres? —me reprimió David —. No le hagas caso, está tonto —le dijo a mi hermano.

El teléfono lo teníamos en altavoz, pero igualmente se oía bajito, así que a veces teníamos que gritar y esta vez David me había gritado de verdad.

—Como siempre intentando llamar la atención —le oí decir a Hugo.

Me mordí la lengua para no contestarle y dejé que él y David hablaran libremente, pero yo tenía la antena preparada, así que tampoco me perdería nada. Me senté en la silla más alejada de todas y fingí leer un periódico.

—¿Por qué cree Greg que me drogo? —preguntó Hugo.

—No lo sé —respondió David—. Será que se está volviendo a aburrir. Lo hizo también conmigo. Cuando ve alguna cosa fuera de su lugar, empieza a investigarla y lo hace como tú y yo sabemos.

—Con comentarios totalmente fuera de lugar.

—Yo los llamaría chistes malos, pero eso también está bien —dijo David.

—¿Qué se cree? —preguntó enfadado Hugo—. ¿Qué todo el mundo es drogadicto en New York, o qué?

—Eso es que se muere de envidia —contestó el otro.

—Puede ser —se oyó un ruido al otro lado de la línea y Hugo calló de repente.

—¿Hugo, Hugo? —preguntó ansioso David—¿Sigues ahí?

Se oyó como una voz aguda gritaba y luego otra más grave la hacia callar. Después, la línea se cortó. David miró el teléfono con desconcierto.

—¿Qué mosca le ha picado? —me preguntó.

—Las moscas no pican, David —repliqué.

Él me miró con desdén y después siguió con lo suyo. Yo no tuve más remedio que dejarle marchar y ver como se hundía en su mundo. Observé de reojo a Sabrina, que ésta fingía mirar la televisión, pero yo sabía que se fijaba en el rostro de su padre.

—Se va a caer —dijo en voz alta. Nadie salvo yo sabía exactamente lo que querían decir esas palabras.

Salí al patio delantero de la casa y cerré la puerta principal. Tenía pensado ir en bicicleta por el río Túria para alejarme un poco de las tensiones psicopatológicas que se acumulaban en casa. Le quité el candado a la bici y me monté, pero antes de que pudiera salir, Sabrina surgió de la puerta.

—¿A dónde vas? —preguntó, curiosa.

—A dar una vuelta —dije.

A la chica se le dibujó una enorme sonrisa en la cara.

—¿Puedo ir contigo?

—Eh… Sí, como quieras, pero antes pregúntaselo a tu madre —contesté.

Sabrina entró en la casa y apenas tardó en salir. En la mano llevaba un par de patines desgastados que habían conocido todo tipo de suelos y experimentado todo tipo de golpes y caídas.

—¿Lista? —pregunté.

Ella asintió con la cabeza y se agarró fuertemente al sillín de mi bici. Empecé a pedalear y salimos a la calle. Recorrimos Peris Brell hasta salir a la Av. Del Puerto. Desde allí subimos por la avenida. Sabrina estaba muy cómoda aferrada al sillín, parecía que no tenía ninguna intención de soltarse y yo, con todo el peso encima, pedaleaba con mi mejor sonrisa para complacerla.

Era obvio que ella no quería quedarse en casa mientras David se perdía en el fondo de su melancolía. Quería huir del dolor, una acción muy razonable para una chiquilla de trece años. Pero saber de que estaba huyendo y por qué la convertían en toda una mujer. Si tuviera sentimientos seguramente hubiera hecho lo mismo que ella.

Llegamos al Palau de la Música y nos sentamos frente a la fuente. Sabrina sacó de su mochila unas botellas de agua y un poco de comida. De donde la había sacado, no sé, pero seguramente le esperaría un sermón de no robar al llegar a casa.

—¡Qué aproveche! —dijo con entusiasmo y le pegó un buen mordisco a su bocadillo de jamón y queso.

—Igualmente —la imité y también mordí mi porción de comida.

La fuente no paraba de tirar chorros y los transeúntes paseaban tranquilos. Los que practicaban footing sudaban, los que practicaban patinajefree style jadeaban, los que practicaban ciclismo esquivaban a los peatones. En definitiva, la vida seguía, ajena a cualquier existencia.

Sabrina estaba tranquila y seguramente estaba guardando toda su ansiedad para luego descargársela a su bueno, modesto, simple y humilde tío Greg. Todavía me parecía algo extraño que confiara más en mí que en sus propios padres.

—Papá se va a caer —me dijo, después de un largo rato de silencio.

Yo procuré elegir las palabras más adecuadas para una joven.

—Lo sé —no se me ocurría otra cosa. A veces lo más directo y franco es lo mejor.

Sabrina suspiró.

—No me gusta que esté así —respondió.

—Ya sabes que es no es culpa suya —le dije—. ¿Sabes que son los neurotransmisores?

Ella asintió con la cabeza. Por supuesto, ella lo sabía todo.

Estaba frustrada. Se sentía culpable porque sabía que no podía hacer nada. Sabía perfectamente lo que eran los neurotransmisores que pasaba con ellos en el cerebro de su padre sufría algún episodio maníaco o depresión.

—Se pondrá bien —le dije a Sabrina para consolarla.

Ella me miró con las cejas encarnadas.

—No vuelvas a hacer eso en tu vida —me amenazó.

—¿No te gusta que te digan mentiras piadosas? —pregunté.

Sabrina se levantó y, orgullosa, me dijo:

—Preferiría mil veces una verdad terriblemente dolorosa a una estúpida, falsa e hipócrita mentira piadosa.

Y me dejó allí, solo, mirando como ella se mezclaba entre los peatones, buscando su propia identidad, intentando no perder el rumbo. Intentando ayudar a su padre.

Llegamos a casa sobre las ocho de la noche. Encontramos a Sofie muy atareada con las cosas de mañana ya que sería Nochevieja. Julio estaba muy entretenido jugando a la videoconsola. Pegado a la pantalla de la tele. Un parásito. Y los parásitos van en colonia, porque Sabrina reclamó su puesto y Julio le cedió un mando. Empezaron a dispararse indiscriminadamente. Toda una escena de la vida infantil.

Me acerqué a la cocina. Sofie tenía una peculiaridad muy especial, que aunque estuviera haciendo cualquier cosa, ella siempre estaría espectacular. Y era lo que le pasaba ahora. Cocinando como una burra, conservaba su belleza natural.

—¿Dónde está David? —pregunté.

—Ah, me dijo algo así de salir a ver a un paciente —me contestó ella.

Yo no me fié mucho de sus palabras. Parecían confusas, además, Sofie no me miraba a los ojos, cosa que delataba su falta de información sobre el paradero de David.

—¿A dónde se ha ido? —volví a preguntar, cada vez más preocupado. Primera regla: no te fíes de nadie.

—¡No sé, Greg! —me gritó, irritada—. ¿No te das cuenta de que estoy ocupada? Yo entendí que se fue a ver a un paciente, ¿yo que sé?

—Sí, pero ¿a dónde? —sabía que si David le había dado pocos detalles de su situación, era para que no le encontraran. Me impacienté ante una visión algo extraña de David cortándose las venas.

Esa señal no la había creado yo. Era mi otro Yo quién estaba al mando ahora.

—¡Qué no lo sé! ¡No me preguntes! —volvió a gritarme—. Antes de salir dejó un papel en la mesa, a lo mejor te lo pone ahí —me contestó. Empezó a sacar la bandeja del horno con el pollo brillante. Luego metió en su lugar una especie de empanada.

La dejé que siguiera cocinando y cogí el papel. La dirección ponía que estaba en un edificio de la Av. Francia, número catorce, puerta veintitrés.

Salí corriendo de casa y cogí mi bicicleta. Sabrina me abordó antes de atravesar la verja.

—¿A dónde vas? —me preguntó.

—A salvarle la vida a tu padre —contesté, tajante.

Sabrina se quedó confusa y luego entró corriendo a casa. Yo aproveché y pedaleé lo más rápido que pude. Atravesé Av. del Puerto y después seguí hasta llegar a la Av. Baleares. Después, continué recto y aterricé en la Av. Francia.

Encadené la bici a un banco enfrente al edificio y después toqué timbre a la puerta catorce. Nadie me contestó, pero alguien abrió el portal. Yo accedí y subí por las escaleras, buscando en cada piso la maldita puerta veintitrés.

Cuando estaba frente a ella mis pulmones pedían clemencia. Me di cuenta enseguida de que la puerta estaba entreabierta, así que me colé por el hueco.

La casa estaba totalmente oscura, no había ninguna persiana subida ni ninguna lámpara prendida. Preocupado, accioné el interruptor más cercano y la luz iluminó cada recoveco de la habitación donde me encontraba. Y para mi sorpresa, estaba vacía.

—¿David? —pregunté, esperando alguna respuesta, pero en realidad sonaba ridículo.


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