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Historia 43335 — capítulo 2

2

Sonaba ridículo, porque la casa estaba vacía y en un espejo, frente a mí, alguien había escrito: SÉ LO QUE ERES.

No había escrito "Sé quién eres", si no "Sé lo que eres". Parecía que para esa persona yo soy un objeto, algo que no sabe pensar o que no siente. Bueno, pues en algo había acertado, pero sé pensar y, humildemente, pienso mejor que nadie.

La verdad es que me sorprendió bastante aquel mensaje. Obviamente no lo había escrito David, hasta un tonto lo hubiera sabido.

De repente, el móvil comenzó a sonar.

—¿Sí? —pregunté, con mi mejor tono de proceso rutinario.

—Soy David —me contestó el mismísimo—. ¿Es que no tienes mi número en la agenda?

—Sí, sí que lo tengo. Sólo que no me fijé.

—¿Dónde estás? Sofie me dijo que te fuiste a una dirección escrita en un papel que dejé yo en la mesa.

—¿Qué pasa con ese papel? —pregunté, intrigado.

—Me lo dio la vecina. Me dijo que se la habían metido en el buzón, pero que no sabía para quién era —hizo una pausa. Estaba preparando la pregunta—. Y bueno, ¿dónde estás?

Vaya, buena jugada. David me tenía en un aprieto. Pero ahora era mi turno. ¿Qué carta elijo? La mentira creo que valdrá, ¿no?

—Estoy en el río. No me fui a esa dirección —contesté, como siempre, con mi particular facilidad para fingir.

—Vale, sólo era para avisarte —me respondió.

David había entrado en mi juego, había tragado y digerido mi pastel de mentiras y ahora era yo quien tomaba la iniciativa.

—¿Dónde estabas tú? —pregunté.

—¿Yo? Salí a ver a un paciente —explicó—. ¿Por?

—No, por nada. Bueno, ahora vuelvo a casa, ¿OK?

—Sí, vale. Adiós —y colgó.

Me quedé contemplando el espejo y empecé a reflexionar.

Era imposible que la vecina conociera mi auténtica identidad. Era una vieja de ochenta años que no paraba de llorar por su marido muerto en la Guerra Civil. Y en la casa de al lado vivían otros viejos también. Era absurdo. No se acordaban ni de su nombre, entonces no se pueden acordar de quién se trae cadáveres a casa.

Salí del edificio y recogí mi bici. Un perro había orinado en la rueda trasera, pero eso era lo que menos me importaba.

Volví a mi humilde morada, meditando en silencio. Cogí el camino más largo para regresar. No tenía muchas ganas de volver, es más, no quería. Estaba ansioso por saber quién era mi oponente. Y si no eran los vecinos, ni David, entonces, ¿quién era? No se me formaba ninguna imagen a la cabeza.

De momento sabía que no corría peligro, porque esa persona no me iba a delatar. Esa persona me estaba invitando a jugar. El problema es que no sabía cuál era el juego y contra quién competía.

Sonreí para mis adentros. Quería jugar y quería ganar.

Cansado, llegué a casa sobre las doce de la noche. Todos estaban durmiendo, así que intente hacer el menor ruido posible. Dejé la bici en la cocina y procuré subir las escaleras sin causar escándalo. Al llegar a la puerta de mi cuarto, me percaté de que la luz estaba encendida. Entré y me encontré a Sabrina durmiendo en la cama. Me dispuse a trasladar a la princesa durmiente. La cogí en brazos y me la llevé hacia su cuarto. La acosté en su cama y dejé que durmiera el sueño de los desilusionados.

Como yo también quería dormir mi sueño particular, así que me desplomé en la cama y, con unos pocos movimientos, me quité toda la ropa salvo los calzoncillos. Me tapé con las sábanas y apagué la luz.

Dulces, sangrientos y felices sueños.

Me desperté algo sobresaltado. Tenía la frente sudada, pero no sabía por qué. Respiré hondo y miré por la ventana. Alguien había subido la persiana y corrido las cortinas.

—Levántate ya, Greg, que es tarde.

Sofie me miraba con ojos sospechosos desde el otro lado de la habitación. Se había arreglado con su mejor vestuario y, a pesar de que era una fémina, apenas tenía puesto maquillaje. La sencillez personificada.

Me incorporé despacio, acostumbrando los ojos a la luz del cuarto. Miré el reloj. Marcaban las once y diez de la mañana.

—¿Qué pasa? —pregunté con voz ronca.

—David y yo tenemos una comida organizada por la Consejería de Sanidad y debemos ir. Así que tú cuidarás de los niños —explicó.

—Pero es Nochevieja. ¿No puedes pasar de los matasanos y quedarte con nosotros? —pregunté, desilusionado.

Sofie me dedicó una tierna sonrisa.

—No, no puedo —contestó—. Tenemos obligación de ir. Sería grosero faltar y más si falta David, porque todo el mundo espera que venga.

—Eres mala, lo sabes, ¿no? —dije.

—¡Oh, sí! —se rió Sofie. Salió de mi cuarto y la vi desaparecer.

Tarde largo rato en levantarme. En la cabeza tenía grabada la imagen del espejo. Tenía mucha curiosidad por saber quién era. Sólo debía esperar a que me diera más pistas, si es que tenía intención de dármelas.

Como no tenía otra opción, me puse las pilas. Bajé las escaleras y me encontré con David y Sofie en el salón, explicándoles a los críos que debían hacer para tener contento a tío Greg. Sabía que iban a tardar, así que volví a subir las escaleras y me metí en el baño, con la intención de ser egoísta y llenar la bañera hasta arriba para hundir mi cansado cuerpo en un agua que el Tercer Mundo necesitaría más que yo.

Como un niño pequeño, jugué (y esta vez jugué de verdad) a los barquitos con los potes de geles y champús que había traído Sofie. Necesitaba despejarme. Porque primero, mi otro Yo me había dado indicios para sospechar que David podría suicidarse y segundo, alguien intentaba comunicarse conmigo para jugar.

Salí del baño al cabo de dos gritos por parte de Sabrina y cuatro golpes de Julio.

—¿Qué queréis hacer hoy? —les pregunté, mientras desayunaba. La toalla que había utilizado para secarme se había quedado vigilando el váter. David y Sofie se habían marchado a las doce del mediodía y, quince minutos después yo ya estaba preparándome unas tostadas con mermelada.

—Podemos ir al Parque de Cabecera —propuso Julio.

—O al centro comercial —dijo entusiasmada Sabrina.

Sonreí y acabé de tragarme la tostada.

—¿Al centro comercial? —pregunté—. ¿Para qué?

—¡Pues para ver ropa y todo eso! —me reprochó ella.

La adolescencia acababa de estacionar su coche en el parking Sabrina y la chica comenzaba a dar indicios de libido y rebeldía, como ahora.

¿Centro comercial? Qué poco conozco a las mujeres.

Estuvimos quince minutos discutiendo sobre lo que podríamos hacer ese día, hasta que Julio tuvo una rabieta y tiró un trozo de pan contra la televisión. Le obligué a que lo recogiera y que no lo volviera a hacer. Sabía que cuidar de dos niños iba a ser muy complicado, así que les propuse ir a dar una vuelta por la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Ellos me dijeron que por qué no los llevaba al Oceanográfico y yo les contesté que porque no tenía dinero.

Ante aquella respuesta, a Sabrina se le ocurrió la maravillosa idea de pasar la tarde entregando currículos por toda la ciudad.

Le dije que estaba loca y que me dejaran desayunar en paz.

—Menudo aguafiestas —replicó Sabrina—. No sabes divertirte.

—Los adultos no se divierten —contesté—y si lo hacen se llama adulterio.

—¿Qué es adulterio? —preguntó Julio.

Sabrina cogió el turno de palabra, pero yo la corté. No me aguantaba otro sermón de moral y ética por parte de David. Sabrina me miró, desafiante.

Al final, fuimos al centro y les invité a los dos a una churrería que estaba cerca de allí. Bebimos chocolate caliente y los camareros me vaciaron el bolsillo por completo.

Pero me daba igual mientras los niños estuvieran contentos.

Después del chocolate arruina-familias fuimos al Fnac, que aparte de vender libros y esas cosas, los propietarios de la tienda decidieron que los freakstambién podían ir a pasar el día allí.

Yo no era un freak, ni por asomo, pero me gustaba la literatura, sobre todo anglosajona y ese era el único sitio donde podía encontrar ese tipo de libros. Como era de esperar, los críos se aburrieron mucho, así que los aparqué en la parte de videoconsolas y dejé que se consumieran mientras jugaban desesperadamente.

Sin los niños me pude mover libremente por todo el local, así que disfruté de mi estancia y cotilleé todos los libros que pude.

Iba a coger una novela de Oscar Wilde, pero alguien se adelantó. Sólo vi una fugaz mano, pero eso me molestó, así que me dispuse a reclamar mi puesto. Me giré y clavé mi mirada en sus ojos.

—¿Me devuelves el libro, por favor? —pregunté, desafiante.

La chica se quedó algo intimidada. Era morena, de cara redonda y ojos negros. Medía menos que yo, pero poseía una bonita pose y eso le daba todas las papeletas para ser una experta en seducción. Al menos era eso lo que aparentaba.

—Lo siento —se disculpó—, no sabía que lo estabas mirando tú.

Me tendió el libro con manos temblorosas y yo sabía por qué. Mi otro Yo la estaba intimidando con la mirada y eso la dejaba acobardada. Era Élquién dominaba la situación.

Le dediqué una sonrisa educada y se marchó dando traspiés. Le pedí al otro Yo que volviera a su cueva y que dejara salir al Greg original. Primero me gruñó y después obedeció mi mandato.

Busqué a los críos y nos fuimos nosotros también dando traspiés, pero por culpa de los freaks que se acumulaban en la entrada para poder comprar el último libro de la saga no se qué.

Cuando nos montamos en el metro, Sabrina empezó a hablar:

—Le gané a Julio en el primer nivel, ¿sabes?

—¡Que bien!, ¿no? —dije.

—¡No! —replicó el niño—. ¡Ella hizo trampas!

Sabrina soltó una amarga carcajada.

—Es mentira —me dijo—, no le creas.

Me quedé callado, esperando a que continuara.

—La mentirosa eres tú —contestó Julio.

Otra vez callado. Empezaron a discutir y dejé que se mataran en silencio. Yo me sumí en lo más profundo de mis pensamientos. Élestaba esperando, lo sabía. Por eso salió de su cueva cuando mi instinto animal emergió para proclamar mi lugar. Quería volver a jugar. Pero ahora no era posible, no tenía contrincante. Y también estaba el tipo misterioso de la pintada en el espejo.

Había muchas cosas que, desgraciadamente, tenían más prioridad que matar. Y eso aÉlno le gustaba.

El trayecto de vuelta a casa sólo duró diez minutos. Pero fueron unos diez minutos algo agobiantes, no para mí, si no para los niños. Los críos tuvieron la genial idea de sentarse en los asientos que estaban reservados para discapacitados, ancianos y embarazadas. Y por una jugarreta del destino, los niños tuvieron que cederles las butacas a dos viejos. Los niños tuvieron que estar de pie durante la mitad del recorrido y al haber mucha gente en el metro, implicaba comerse (accidentalmente) un pastel de traseros y entrepiernas. Cada vez que el metro daba un frenazo o aceleraba de golpe, la gente se tambaleaba y había gordas que hasta se caían. Julio tuvo que morderse la lengua cuando una mujer se le cayó encima y aplastó su infantil cuerpo. La mujer pidió disculpas, Sabrina le mandó a freír espárragos y Julio dejó un trozo de su infancia en el suelo del metro.

Al final, pasamos una bonita y entretenida tarde, aunque hubiéramos tenido algunos contratiempos.

David y Sofie ya estaban en casa y nos recibieron con muchos aperitivos para comer. Sabrina les contó la anécdota del metro y Julio les describió con todo tipo de detalles, lo que sintió cuando su infancia estuvo a punto de marcharse para siempre.

—¿Qué habéis hecho vosotros dos? —le pregunté a David, más tarde.

—No gran cosa —dijo—. Fuimos a comer y todo eso. Mucha gente me preguntó por lo del libro que mi equipo y yo editamos, pero nada más.

—O sea, que fuiste a perder el tiempo, ¿no?

—Más o menos —respondió David—, aunque la comida era bastante buena. Normalmente nadie va a esas reuniones por gusto, sólo lo hacen por el menú.

Sonreí. David me devolvió la sonrisa y la verdad, nunca lo había visto tan alegre desde que Hugo llamó para felicitarnos la Navidad. Y después de haber tenido una visión de como mi hermano mayor se suicidaba, esa sonrisa era todo un alivio.

A partir de las ocho de la tarde, el ambiente empezó a estresarse en casa. Parecía que a David le gustaban las sorpresas, porque me dijo que los padres de Sofie iban a venir a cenar a casa y que llegarían sobre las nueve y media.

Primero, una cosa ardiente me subió por el estómago hasta quedarse en mi cerebro y de allí salió de mi boca. Mi otro Yo clamaba justicia ante aquella engatusada. Como no sabía como reaccionar, elevé el tono de voz y me puse agresivo.

—¿Qué? —grité—. ¿Y me lo dices ahora?

—Lo siento, Greg —se disculpó Sofie—, me lo dijeron a último momento.

—¿A último momento? —pregunté, irritado—¡Sí, a mi también me lo decís a último momento, asquerosos!

—Cálmate —me pidió David—, sólo será por una noche, nada más. Ellos están alojados en un hotel.

—¡Me da igual! —grité. Y empecé a desahogarme—. ¡Durante estas semanas me habéis tratado como una basura! ¡Me pedís que cuide de los niños y ocupáis mi casa sin ningún tipo de consideración!

Sabrina y Julio me miraban, atónitos. Sabía que no era una bonita escena, pero yo también tenía mis derechos. Sofie parecía avergonzada y David ejercía de mediador, aunque no era del todo efectivo.

—¡Después vienen tus padres a cenar y me lo decís dos horas antes de que lleguen! —continué—¡Y tú, David haber si haces algo con tus depresiones, porque aquí la gente lo pasa mal, en especial tus hijos!

David se quedó blanco y Sabrina se golpeó la cabeza contra el respaldo del sofá. Julio subió las escaleras y después se oyó un portazo. Sofie estaba quieta, serena, pero su cara reflejaba tristeza.

—¿Qué? —preguntó David.

—¡Lo que has oído! —respondí, esta vez más calmado—. Si estás loquito te vas a Urgencias y que te pinchen, porque ante todo, eres un paciente.

—¡No tienes ningún derecho a hablarme de esa manera! —me espetó él.

—¡Claro que sí, soy el primero en ver cuando estás a punto de derrumbarte! —le grité.

David me fulminó con la mirada. Oí como Él se retorcía de alegría en mi interior, pero yo lo no lo estaba pasando igual de bien. No me gustaba ver a los niños mal (sólo a los niños, el resto me da igual). Ahora sabía que Sabrina jamás volvería a confiar en mí.

—¡Ah! ¿Así que eres el primero en ver que me voy a derrumbar? —me replicó David —. Pues espero que seas el primero en ver que… ¡me voy!

Cogió las llaves del coche y salió dando un portazo. Me quedé mirando la puerta. En la casa había un silencio incómodo, hasta que Sofie se me acercó.

—Muchas gracias, Greg —me soltó, tajante—. Menuda la has armado.

—Alguien tenía que decírselo —contesté, serio. No estaba enfadado, pero me notaba cierta amargura por haber decepcionado Sabry y Julio.

—Anda, vete —me pidió Sofie—. David ya volverá. No te preocupes por él.

La miré, no sabía que decir. ¡Me echaba de mi propia casa!

—No me puedes echar —le repliqué.

Sofie abrió la puerta principal, esperando a que me marchara.

—Vete, por favor —repitió—. No hagas esto más difícil de lo que es.

—¿Tú sabes lo que me estás pidiendo? —pregunté, atónito. Se me escapó una risita y eso empeoró la situación.

—Vete ya, Greg —volvió a repetir.

No sabía que decir, ni tampoco que hacer. Si me iba, le cedía mi puesto a Sofie y si me quedaba, perdería la confianza de todos. Y se supone que soy normal, así que esperé. Saldría por la fuerza.

Alguien tiró con impulso unas llaves hacia el patio.

—¡Sabrina! —exclamó Sofie.

Me volví y vi a Sabry llorando y mi chupa de cuero en sus manos. También la tiró hacia fuera.

—¡Dile que se vaya, mamá! —sollozó.

—Sabrina, no te pongas así —le pedí. Me acerqué a ella para abrazarla, pero me apartó.

—¡No me toques, monstruo! —chilló.

Noté como si alguien me tirara un cubo de agua helada al estómago.

Monstruo. Me había dicho monstruo. Y, aunque pareciera extraño, eso me dolió. Porque me lo había dicho Sabry.

Me sentí herido y desafiado a la vez. Y eso era raro en mí.

—Como quieras —dije.

Salí por la puerta principal y recogí mis cosas. Me puse la chupa y guardé las llaves. Me di la vuelta para echarle un último vistazo a Sofie y a Sabry. Ellas me devolvían la mirada.

—Lo siento —dije, esperando una respuesta.

El regalo fue un portazo en las narices.

Me quedé allí, solo con frío y confuso. Pero con quedarme parado no iba a conseguir nada. Así que cogí la bici y empecé a pedalear.

Estuve un buen rato sin saber a donde ir, dando vueltas por el río Túria. Tenía hambre y sabía que Sofie no me dejaría ni las sobras, pero tampoco tenía dinero. Pensé en ir a un comedor municipal, pero Él se opuso totalmente a rebajarme a ese nivel. Como no me ponía de acuerdo, me senté en un banco del río y observé las pocas estrellas que quedaban en el cielo. Dentro de cinco horas tocarían las campanadas y yo no podría si quiera comerme doce uvas.

El tiempo pasaba, pero mi móvil no había sonado desde que me fui. Miré la hora. Eran las diez y media de la noche. Seguramente los padres de Sofie estarían ocupando dos sillas y David estuviera disculpándose con sus hijos por el desastroso comportamiento que tuvo conmigo.

Mi estómago volvió a gruñirme, pero yo no sabía que hacer ni a donde ir. Al final decidí ir a un comedor municipal, porque no aguantaba el silencio del río y porque tenía el autoestima baja.

Sabía que había uno por Nazaret, pero no lo tenía totalmente ubicado. Me costó encontrarlo, hasta que vi un cartel que ponía: ALBERGUE MUNICIPAL, PROYECTO "VIDA".

Encadené mi bici a una farola y me dispuse a entrar. Atravesé las puertas y Él gritó de horror. Era el peor sitio donde podías pasar la noche. Me encontraba en un comedor normal y corriente, donde servían pollo a la cacerola y de postre una ensalada de frutas, donde estómagos hambrientos se ponían en la cola para recibir una porción de algo caliente y sabroso. El local tenía por un lado una larga barra donde servían la comida en bandejas y en frente, mesas alargadas con bancos donde la gente se disponía a comer. En el otro extremo había sillas dispersas y una televisión colgada en la pared. Había personas sentadas en el suelo, o sobre mantas. Lo que todos tenían en común es que la vida les había jugado una mala pasada.

Aquí había personas de todo tipo, drogadictos, vagabundos, prostitutas, inmigrantes ilegales… No me sentía muy a gusto, pero era el único sitio a donde podía ir.

Me puse en la cola del comedor y esperé mi turno. Un hombre de mediana edad se me acercó. Tenía el pelo negro enredado y una barba sin afeitar. Poseía unos ojos marrones y saltones que aumentaban el miedo a encontrártelo en un callejón oscuro. Olía a alcohol y tabaco y vestía harapos sucios y malolientes.

—¿Tú eres David Salinas? —preguntó.

—No —contesté, algo confuso—, soy su hermano pequeño.

—Ah, vale. Lo siento —me dijo—. Es que te pareces mucho.

El hombre se dispuso a marcharse, pero lo paré.

—¿De que conoces a David Salinas? —le pregunté.

—Fui uno de sus pacientes —me contestó.

Me sorprendí.

—¿En serio? —pregunté —. ¿Cuándo fue a sus consultas?

El hombre se rascó la cabeza. Luego me miró y me dijo:

—Aquí nos oyen.

—¿Quién nos oyen? —pregunté, confuso.

—Los que me persiguen —me contestó. Me agarró del brazo y me clavó sus sucias uñas. Me llevó hacia un rincón más apartado y me acorraló. Percibía su asqueroso olor en mi boca y eso me producía nauseas.

—En este sitio no nos pueden oír —me dijo. Volvió a rascarse la cabeza y no paraba de mirar a su alrededor.

—¿Vas a contestar a mis preguntas o no? —pregunté, tajante.

—Sí, sí —respondió—. Estaba asegurando el perímetro.

—¿Qué perímetro? —pregunté, algo irritado.

—¡No hables tan alto! —me dijo, mientras me sacudía.

Me armé de paciencia y esperé a que su psicótico cerebro volviera a la normalidad.

—Fui a sus consultas cuando tu hermano trabajaba en hospital de Bétera —dijo, por fin.

Me quedé pensando por un momento. Luego reaccioné.

—Mi hermano nunca trabajó en Bétera —contesté—. ¿Quién te ha dicho eso?

—Nadie, lo sé yo —dijo—. Si quieres, te puedo enseñar mi ficha médica, donde allí aparece la firma de Salinas.

—¿La tienes aquí? —pregunté.

—Sí —respondió—. Ahora te la traigo. Quédate aquí.

El hombre fue a buscar el papel y yo me apoyé en la pared. Todavía no acababa de creer lo que decía aquel individuo, porque David jamás ejerció de psiquiatra en Valencia. Pero esa persona tenía pruebas y, si eran ciertas, algo raro pasaba con David.

El tipo volvió con un papel arrugado y sucio.

—¡Aquí está! —me dijo, sacudiendo el documento en el aire.

—Gracias, ¿puedo verlo? —pedí. El hombre me lo tendió y yo busqué la firma de David.

Y allí estaba. Pulcra y estilizada. Limpia y bonita. Y luego busqué el nombre del hospital y ponía: Hospital Psiquiátrico de Bétera.

Me quedé atónito. David sí que estuvo trabajando aquí. Me mintió. Me quedé mirando el papel y el engaño que sentía casi hace que lo rompa. Se lo devolví al hombre y respiré hondo.

—Gracias —le dije.

—¿Te encuentras bien? —me preguntó el tipo—. Estás pálido.

—Nada, es que tengo hambre —mentí y me froté el vientre para hacerlo más creíble, porque ahora perdía por segundos la capacidad de interpretación. La rabia me consumía.

—Podemos ir a comer, vamos —propuso el tipo—, te haré compañía.

Me tendió una mano y yo dudé si estrecharla.

—Me llamo Diego —se presentó.

—Greg —dije. Como yo no reaccionaba, fue Diego quién me apretó la mano.

Me acompañó hacía la barra del comedor y esperamos turno para comer. Después de servirnos pollo y frutas, los dos buscamos sitio y empezamos a comer. Especialmente yo, que sin querer dejé los modales en casa, porque estaba hambriento.

—David estuvo conmigo mucho tiempo —me contó Diego—. Me ayudó mucho, la verdad. Pero luego, cuando decidió irse a Barcelona, dejé de tomar la medicación y todo eso.

Yo le escuchaba, e intentaba dedicarle algunas palabras de apoyo, cosa que Diego agradecía, pero sabía que para él, yo sólo era otra persona que luego tomaría otro camino y lo dejaría solo otra vez.

Estuvimos mucho rato hablando, hasta que me sonó el móvil. Diego se quedó confuso y empezó otra vez a comportarse como un paranoico. Salí fuera del comedor y contesté.

—Hola, tío Greg —dijo Julio.

—Hola —contesté. Estaba avergonzado. No tenía muchas ganas de hablar con él, pero tampoco quería colgarle.

—¿Dónde estás? —me preguntó.

—En un… —empecé, pero no podía decirle que estaba en un comedor municipal—. Estoy en un bar, tomando algo.

—Ah, que suerte que estés bien. Te he guardado algo de la cena que preparó mamá —contestó Julio.

—Gracias. ¿Tu papá volvió a casa? —pregunté.

—Sí. Nos pidió disculpas por como se puso cuando se peleó contigo —dijo.

—Me alegra que esté bien. ¿Y que tal los abuelos?

—Nos trajeron muchos regalos —respondió. Hizo una pausa y luego continuó—. ¿Cuándo volverás a casa?

—Cuándo tus papás me dejen —le dije—. ¿Cómo está tu hermana?

—¿Sabrina? Bien, pero no quiere hablar contigo —contestó.

—Hum… Estás a hurtadillas, ¿verdad?

—¡No! —se apresuró a contestar Julio.

—Entonces no creo que te importe que hable con tu mamá —dije.

—Ahora no puede hablar —me respondió con voz temblorosa.

Se oyó un golpe. Era Diego, que había salido a buscarme.

—Bueno, Julio. Mañana nos vemos —me despedí—. Adiós.

Y colgué.

—¿Con quién hablabas? —me preguntó más tarde Diego, mientras los dos disfrutábamos de una rica y nutritiva ensalada de frutas, donde la única fruta protagonista era la manzana. Los personajes secundarios se los había comido el bajo presupuesto.

—Con mi sobrino —contesté.

—¿David tiene hijos? —preguntó Diego, asombrado.

—Sí, una niña y un niño. Y está casado con una holandesa —respondí.

Diego se atragantó.

—¿Con una holandesa? —preguntó, con voz ronca.

Me reí y le dije que sí. Esperé a que recobrara el aliento y miré la hora. Faltaban sólo treinta minutos para comer las uvas. Y seguramente las comería bajo la compañía de un esquizofrénico paranoide que acababa de conocer.

Parecía que Diego frecuentaba mucho ese comedor, porque empezó a presentarme a cada individuo que le parecía conveniente.

Primero nos paramos delante de un yonqui de unos veinte años, que tenía todo el antebrazo izquierdo lleno de pinchazos de jeringuillas.

—Bueno, Greg —empezó Diego—, te presento a Miguel Ángel, pero aquí lo llamamos M.A.

—Hola, Miguel Ángel —le saludé.

El chico tenía un aspecto lamentable. Estaba tirado en el suelo, con la mirada perdida y llevaba puesto ropas sucias que tenían manchas de sangre. El tipo tenía moratones en la cara, un labio partido y la nariz rota.

—Saluda, M.A. —dijo Diego.

—Está drogado, consume heroína, no sé si te has fijado —respondí, con malas pulgas.

—No es eso —dijo Diego —. Es que hace unos días el médico de aquí le dijo que tenía SIDA.

Me quedé callado. Lo miré y entonces comprendí el porqué de ese aspecto tan demacrado. Veinte años y toda una vida que no podría disfrutar.

—Continuemos —dijo Diego. Y me llevó a otro rincón, donde estaba tumbado un borracho de unos cincuenta años.

—¿Quién es este? —pregunté.

—Se llama Paco —me explicó Diego—. Es uno de los veteranos de aquí. Es muy animado, pero parece que ahora está dormido.

Me quedé mirando a Paco y no aparentaba que durmiera. Me agaché para tomarle la pulsación, pero me di cuenta que no tenía. Me alarmé.

—¡Este hombre no tiene pulso! —grité.

Diego se quedó atónito. Luego empezó a gritar como un loco. De repente, llegó una mujer, que parecía que trabajaba allí, porque llevaba uniforme.

—¿No tiene pulso? —me preguntó.

—No, no tiene —contesté—. Se lo quise buscar pero no se lo encontré.

—Vale, bien —me dijo—. Nosotros nos encargamos.

Luego, llegaron más personas, con uniforme o sin, que se amontonaban alrededor del borracho. Los supuestos médicos del comedor empezaron a reanimarlo, pero luego me apartaron y me empujaron hacia atrás, golpeándome la espalada contra el duro y frío suelo.

Me incorporé deprisa y me aparté del alboroto. Mucha gente gritaba y Diego parecía que estaba a punto de tener un ataque psicótico. Me acerqué rápido para calmarlo.

—Diego, Diego —le dije—, tranquilo.

El hombre no paraba de dar vueltas, hasta que sin previo aviso, se me abalanzó y me rodeó con sus delgados brazos. Me caí de culo y los dos acabamos sentados en el suelo, abrazados.

Nos quedamos así bastante tiempo. Diego no quería soltarse, tenía miedo. Me tenía agarrado por todos los lados y era imposible separarse de él, pero lo curioso es que estaba cómodo con él. Cerré los ojos y apoyé mi dolorida y aturdida cabeza en su hombro.

En el comedor había una televisión y estaban transmitiendo las campanadas. Pero la atención estaba en Paco y el Señor Coma Etílico. Cada campanada sonaba muy lejana, pero yo las sentía en el pecho, retumbándome luego en mi confuso cerebro. Seguramente David y los demás estarían desternillándose mientras intentan tragar las uvas, pero yo estaba aquí, abrazado a una persona que acababa de conocer y contando cada campanada con un latido de mi corazón.

Esas eran mis uvas.

Pasaron diez minutos, hasta que por fin Diego y yo nos separamos. Yo estaba aturdido y todavía sentía el eco de las campanadas en mi pecho. Diego me tendió una mano y me ayudó a levantarme.

—Gracias —le dije.

—De nada —me sonrió él.

Miré a mí alrededor y vi que la gente seguía amontonada alrededor de Paco. Pero ahora los paramédicos lo estaban metiendo en una de esas bolsas para cadáveres plateadas. Los monitores del comedor estaban haciendo de agentes de seguridad, porque no paraban de apartar a la gente que se apelotonaba cerca del churrasco.

Busqué alguna silla donde sentarme, pero no encontré ninguna. Así que apoyé el trasero encima de una manta que había por ahí. Estaba cansado. Había sufrido una noche muy movidita.

Diego llegó y me levantó.

—¿A dónde vamos? —le pregunté.

—No pensarás dormir en el suelo, ¿no? —me dijo.

Atravesamos una puerta y entramos en una habitación llena de literas, donde algunas estaban ocupadas, otras vacías y otras sucias, orinadas, etc.

Diego me ofreció una cama limpia y esponjosa. Me dio vergüenza aceptarla, pero a estas horas no me podía presentar en casa, así que la acepté de buena gana. Me quité los zapatos, la chupa y me tapé con las sábanas. Dormí el sueño de los desgraciados.

Abrí los ojos. Una luz me cegaba, hasta que adapté mi visión al ambiente. Me encontraba de nuevo en el comedor municipal.

Miré a mí alrededor y vi que todas las camas estaban vacías. Era el único que seguía allí. Intenté levantarme, pero sentía el cuerpo tan pesado que me era imposible incorporarme. Esperé un rato, moviendo los músculos poco a poco.

Esperaba que de un momento a otro, la mano de Diego volviera a ayudarme como lo había hecho ya varias veces. Pero Diego no aparecía y eso me empezaba a preocupar. Pasados quince minutos, decidí levantarme. Me puse los zapatos y la chupa. Miré mi móvil. Tenía tres llamadas perdidas. Una de David y dos de Sofie.

Salí de la habitación y entré en el comedor. Mucha gente estaba desayunando. Busqué a Diego por todos lados, pero no lo encontré. Le pregunté a una monitora que donde estaba.

—¿Diego? —dijo—. ¿Qué Diego?

—Hum… Uno delgado —contesté—, alto, con el pelo negro despeinado, ojos marrones saltones…

—¡Ah! Ese Diego —respondió la mujer—. Ha sido trasladado al Hospital Clínico Universitario.

Me quedé sorprendido y a la vez preocupado.

—¿Qué le pasa? —pregunté.

—Siento decírtelo, pero lo han vuelto a internar en el ala de Psiquiatría.

—¿Por? ¿Qué le ha pasado? —volví a preguntar, cada vez más ansioso.

La mujer calló por un momento. Dudaba si decírmelo o no.

—Se ha intentado suicidar —dijo.

Abrí mucho los ojos y respiré hondo. La mujer me palmeó el hombro.

—¿Eran muy amigos? —preguntó.

—No lo sé —contesté.

Bajé la cabeza y me miré las zapatillas. Las tenía llenas de barro. Pero eso era lo de menos. Estaba aturdido por la mala noticia. Por una vez que conecto con alguien y luego se intenta suicidar… Y es curioso, porque con toda la gente que consigo alguna conexión, o la mato yo o acaba muerta.

A veces pienso que estoy maldito.

Desayuné poco. Al acabar, le eché una última mirada al comedor y salí a por mi bicicleta. Me quedaba un largo recorrido por hacer.

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