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Historia 43335 — capítulo 3

3

El cielo estaba radiante, así que empecé a pedalear. Quería llegar cuanto antes al hospital y ver como se encontraba Diego. Pero esas ganas de ver como está y la sensación de tener una bolita de algo en el estómago que luego sube por la garganta y sin saber como acaba en tus ojos… Eso no lo había sentido nunca. Era algo nuevo para mí. Mucha gente llama a eso tristeza, otra gente lo llama culpabilidad. Pero yo no lo sabía, porque nunca antes había sentido emociones semejantes y menos con tanta intensidad.

Sacudí la cabeza y me quité esas ideas de la mente. ¿Emociones? ¿Sentimientos? ¿Yo? Nunca había sentido verdaderas emociones y no creo que esta vez sea una excepción. Ni por asomo. Por que es imposible. Los monstruos no tienen sentimientos.

Llegué al hospital sobre las doce del mediodía. Pero esta vez, mi bici quedó atada en un aparcamiento de motos.

Entré en el hospital y, por fin, pude sentirme vivo de nuevo. Por que, por alguna razón yo me alimentaba del desconcierto y el miedo ajenos. Y en los hospitales, miedo y desconcierto hay a montones. Me acerqué a recepción para preguntar donde se encontraba la planta de Psiquiatría.

La mujer me miró con cara rara. Yo intenté no reírme, porque la expresión que tenía aquella sexagenaria era muy parecida a la de un cuervo.

—Debe rellenar este formulario —me dijo.

Me tendió cinco hojas de un color verdoso. Me detuve a mirarlas y me di cuenta de que eran para ser ingresado. Un procedimiento algo curioso, puesto que cuando ingresan a un paciente en el ala de Psiquiatría, es porque no está bien, no está en su juicio.

—No vengo a que me internen —contesté—. Vengo a ver a un amigo.

—¡Ah, lo siento! —se disculpó. Le devolví los papeles—. Está en el último piso.

—Vale, gracias —dije.

Me alejé de recepción y luego solté una sonora carcajada. Todo el mundo se giró para verme, pero a mi me daba igual, porque por una vez me lo estaba pasando bien.

Subí por el ascensor hasta llegar al último piso. Se abrieron las puertas y penetré en la nebulosa ala de Psiquiatría.

La sala donde me encontraba estaba dividida. Había algunos asientos y enfrente de ellos, una ventanilla grande donde se encontraba otra secretaria-cuervo. Al lado de la ventanilla, unas puertas que color blanco sucio se mantenían cerradas.

Me acerqué a la ventanilla y la secretaria-cuervo me miró como si fuera un bicho raro.

—¿Es otro paciente? —preguntó, con desdén.

Ignoré aquel estúpido comentario.

—No —dije—, vengo a ver a Diego.

—¿Diego qué? —contestó la secretaria-cuervo, mientras tecleaba algo en su ordenador.

—No lo sé —dije, algo confuso. Tenía que haberle preguntado el apellido a la monitora del comedor.

—¿Y bien? —me preguntó de nuevo la secretaria-cuervo.

—No lo sé —contesté—. Sólo se que lo internaron por un intento de suicidio.

La vieja me miró como si yo fuera un gusano. Luego dijo:

—Veré que puedo hacer.

Me quedé algo confuso.

—¿No me puede dejar pasar y buscarlo yo por mi cuenta? —pregunté.

—No se me está permitido —dijo—. Lo siento, pero tendrá que esperar.

—¿Y qué se supone que le está permitido hacer, bruja? —le grité.

La vieja-cuervo se quedó asombrada. Después, apretó un botón que tenía debajo de su escritorio y la puerta blanca emitió un pitido.

—Está abierta —me dijo.

Entré y antes de cerrar, le brindé una estupenda sonrisa.

—Muchas gracias —dije.

Cerré la puerta y volvió a emitir otro pitido. Un celador que pasaba por allí me abordó.

—¿Es otro paciente? —me preguntó.

Me reí en su cara. El celador se quedó confuso.

—¿Por qué todo el mundo cree que soy un paciente? —pregunté, entre risas.

—Es el protocolo —contestó el celador.

Después de serenarme, observé mí alrededor. Estaba en un pasillo que tenía puertas a los dos lados. En una de ellas, siempre había gente saliendo o entrando. Supuse que sería la sala de día.

—Estoy buscando a Diego —le dije al celador—. Pero no sé su apellido. Sólo que lo internaron aquí por un intento de suicidio.

El celador se me quedó mirando, extrañado.

—No sé a quién te refieres, pero a los que se han querido suicidar siempre los meten en unas habitaciones que quedan al fondo —me respondió.

—¿Dónde están? —pregunté.

—Primero tengo que consultar con los médicos —dijo.

Me acompañó hasta la sala de día y me dijo que esperara allí mientras él hablaba con los psiquiatras. Me senté en una silla y observé mi entorno.

Todos los pacientes que estaban allí dirigieron su mirada hacia donde estaba yo. Algunos me escrutaban, otros sólo echaban un vistazo y luego se escondían de mis ojos. El caso es que yo era el centro de atención y eso, ahora, no me gustaba. Les brindé a todos una sonrisa. Luego bajé la mirada y empecé a morderme las uñas.

Pero una chica se me acercó y se sentó a mi lado.

—Hola —se presentó—, me llamo Sandra.

Intenté ignorarla, pero estaba tan cerca que era imposible. La miré por un momento.

Era una chavala de unos dieciocho años, rubia, con ojos color miel. Vestía uno de esos pijamas que te daba el hospital. Tenía el pelo recogido en una coleta. Aunque tenía algunas ojeras, la mujer era bastante guapa.

—Hola —contesté—yo soy Greg.

Sandra me sonrió.

—¿Eres nuevo? —me preguntó.

—No, sólo vengo a ver a un amigo. A lo mejor lo has visto.

—¿Cómo es?

—Bueno, es alto, flaco, con el pelo negro… y tiene unos ojos saltones de color marrón. Es muy paranoico y siempre se está rascando la cabeza cada vez que cree que le persigue alguien.

Sandra se quedó pensando.

—Creo que no lo he visto. ¿Cómo se llama?

—Diego —contesté.

La chica negó con la cabeza. Yo suspiré. Esperaba que al menos, alguien de aquí supiera quién era.

—¿Qué le pasa a tu amigo?—me preguntó más tarde Sandra.

—Se… —no sabía si era correcto decirlo, pero aquí todos estaban mal, así que ninguno se acordaría—. Se intentó suicidar.

Sandra se quedó sorprendida. Luego preguntó:

—¿Qué enfermedad tiene?

—Creo que esquizofrenia paranoide, pero no estoy seguro —contesté. Eso había sido un diagnóstico mío. A lo mejor era otra cosa, pero creo que en la ficha médica que me enseñó Diego aparecía la palabra esquizofrenia.

—Vaya, otro más del montón —ironizó Sandra.

—¿Qué? —pregunté, puesto que no había pillado el sarcasmo.

—¿No te ha gustado la broma? —me contestó ella.

—Pues no, la verdad —dije, tajante.

—Aquí hay muchos como tu amigo, ¿eh? —respondió Sandra.

¿A sí? ¿No se llaman enfermos mentales? Que chica más tonta. Rubia tenía que ser.

Por suerte, un médico me llamó y pude huir de aquella mujer que ni siquiera llegaba a ser chica.

—¿Usted está buscando a Diego Segarra? —me preguntó el médico.

—Les he dicho mil veces que no sé como es su apellido —dije.

—Aclaremos las cosas, ¿es el Diego que, según usted, se intentó suicidar?

—Sí, ese —contesté, entusiasmado de que alguien supiera quién era.

El hombre miró unos papeles y luego me llevó a un sitio más apartado. Me señaló una habitación y abrió la puerta.

—Está aquí —me dijo—. Pero se supone que no le puedo dejar pasar, porque todavía no está totalmente estabilizado, pero dado que no tiene familia y nadie lo ha reclamado hasta ahora, le dejo que lo vea.

Entré en la habitación, donde sólo había una cama y tumbado en ella, estaba Diego. Lo habían atado de pies y manos y en el antebrazo tenía clavado un tubito, por donde bajaba un líquido transparente que, seguramente, sería un sedante. También le habían quitado los sucios harapos y lo habían vestido con uno de esos tristes pijamas de hospitales.

Me acerqué a él. Tenía los ojos cerrados, pero no sabía si estaba durmiendo o si eso era efecto del sedante. Todavía no podía entender porque intentó suicidarse y puede que algo de culpa tuviera mi otro Yo.

Algo pasó, porque mi mano se acercó a su cara y empezó a acariciarle el cabello, pero yo no era consciente de eso. No sentía que mi mano se moviera, no era yo quién controlaba ahora la situación. Miré hacia la puerta y me di cuenta de que el médico se había marchado.

Élestaba jugando. Era Él quién tomaba el control. Me alarmé, porque eso nunca había sucedido antes. Él siempre estaba escondido en su cueva y sólo salía de ella cuando los dos íbamos a matar o a jugar.

¿Qué pasa?, le pregunté.

Élse alarmó y rápidamente se escondió de nuevo en su cueva. Observé mi mano. Estaba encima de la cabeza de Diego, inerte. La moví un poco y me di cuenta de que me respondía. La aparté y la metí en un bolsillo de la chupa. Noté que me temblaba.

¿Qué me has hecho?, le volví a preguntar a mi otro Yo.

No encontré respuesta. Flexioné los dedos de mi mano, la cerré y la abrí. Hice un montón de cosas, pero Élseguía escondido, encerrado en la parte más oscura de mi subconsciente, esperando a matar.

Aquel contacto con Diego me asustó, así que no duré en el hospital más de cinco minutos. Salí del ala de Psiquiatría y saludé a la vieja-cuervo con mi mejor sonrisa. Tomé el ascensor y bajé rápidamente. Al estar ya en el vestíbulo del hospital, corrí hacia un baño vacío.

Cuando entré estaba completamente desierto. Lo único que parecía tener vida era yo y una cucaracha a medio aplastar que luchaba por separase del suelo. Cumplí con su deseo del suicidio y luego me miré en el espejo.

Hacía unas veinticuatro horas que no me reflejaba en ese tipo de cristales. Tenía el pelo despeinado y algo grasiento y sucio. Llevaba una terrible barba-lija de tres días y mis hermosos, grandes, falsos y vacíos ojos azules me miraban con desconcierto al otro lado del espejo, mientras que las ojeras me daban un aspecto aún mas cansado. Me percaté de que estaba más delgado y pálido y mi ropa olía a muerto.

Tenía un aspecto lamentable. Suspiré y me apoyé en la pila. Me mojé la cara para despejarme. No me encontraba bien. Física y mentalmente. Él jugó conmigo y eso me asustó. Mi otro Yo nunca fue capaz de manipularme de aquella manera, moviendo un miembro de mi cuerpo. Me estaba pidiendo que matara de nuevo.

De repente, me entraron las náuseas y vacié mi inocente estómago en uno de los inodoros del baño. Acabé de vomitar y me senté en suelo. Estaba sucio y pegajoso, lo que me provocaba aún más una extraña sensación de desamparo.

—Ya jugaremos —me dije en voz alta, mirándome al espejo­—.Paciencia, amiguito.

Salí del hospital algo aturdido y con el estómago hecho polvo. Busqué mi bici por los alrededores, confiando en que ningún buscavidas me la hubiera robado. Pedaleé con lo que me quedaba de ganas y emprendí mi vuelta a casa.

Seguramente Diego jamás sabrá que fui a visitarle, pero esa no era una de mis mayores preocupaciones. Tendría que inventarme alguna buena mentira para relatársela a mis compañeros de madriguera, porque seguramente me pedirán explicaciones. Pero yo era experto en mentiras, así que eso no sería ningún problema.

Bajé por Manuel Candela. La avenida estaba desierta, la ciudad entera estaba desierta. El Año Nuevo recibió a la población con resacas y empachos, con accidentes de tráfico y muertos, con comas etílicos y facturas, con discusiones familiares y reconciliaciones, con divorcios y casamientos… Tendría que comprarme rápido un calendario nuevo, uno donde pusiera: dos mil diez.

Llegué a casa. La basura de la cena anterior se amontonaba en las calles. Los gatos comían las sobras y las arañas poblaban desechos con sus telarañas. En cambio yo, dejé mi bici encadenada a la verja del patio y me concentré en buscar las llaves. Pero sería un poco raro que, después de que Sofie me desterrara, volviera yo tan campante como si no hubiera ocurrido nada.

Toqué timbre y me comí el orgullo que, en ese momento, había aumentado considerablemente. Oí una voz que se acercaba a la puerta.

—Ya me imagino quién es.

Tragué saliva. Alguien cogió la manija de la puerta y se dispuso a abrir. Yo procuré poner mi mejor cara de arrepentimiento. Sabrina sacó la cabeza para ver quien era, si se encontró conmigo. Se quedó callada por un momento, pero luego esbozo una incómoda sonrisa.

—Hola —saludé, esperando una respuesta.

—Adelante—me dijo ella, de forma secante, mientras me daba paso para que entrara.

Avancé despacio y atravesé la puerta, quedándome solo en el vestíbulo. David estaba en la cocina, preparando una comida rica en cereales, de esos que absorben el alcohol. Sofie estaba sentada en el sofá, con Julio. Sabry tenía la espalda apoyada en la pared del pasillo, con su peculiar sonrisa sarcástica.

—¿Qué tal las uvas? —pregunté. Sabía que si hablaba, el ambiente incómodo se aflojaría un poco.

—Bien —contestó Sabry. Me miraba desafiante, como si quisiera que yo me exaltara de nuevo. Le arqueé las cejas, en señal de "A mi no me la vuelves a jugar de nuevo".

Caminé hacia el centro del salón. Los cuatro me siguieron con sus acusadores ojos.

—Hum… Creo que ayer fui injusto con todos —empecé—, os grité sin motivo y me ofusqué sin razón. Así que pido disculpas a todos.

Sofie sonrió. Julio vino a abrazarme y David me palmeó la espalda. Después de esa especie de ritual social, busqué a Sabrina con la mirada, pero ella me la devolvía con asco y repugnancia.

—Estoy algo cansado —mentí—, así que me voy a la cama.

—Vale —dijo Julio—. Te esperaremos despiertos.

Le brindé una bonita sonrisa y subí las escaleras, no sin antes hacerle a Sabry una seña de que me acompañara. La chica hizo caso y, disimuladamente, siguió mis pasos.

Me metí en mi cuarto y en cuanto Sabry entró, cerré la puerta.

—¿Qué quieres de mí? —le pregunté.

Sabrina se sentó en la cama. Empezó a juguetear con unos calcetines. Quería provocarme.

—Nada —soltó, de pronto.

Mi otro Yo salió a la carga. Me abalancé sobre ella y la dejé tumbada boca arriba en la cama. Sabry se asustó.

—Dímelo, niña—dijo Él.

Sabry se asustó más aún y rompió a llorar. Yo le tapé la boca con las manos para que no hiciera ruido y después le dije a Él que volviera a su cueva. Me senté en la cama y esperé que Sabrina se serenara. Le tendí un pañuelo de papel. Curiosamente ella lo aceptó de buena gana.

—¿Por qué me provocas? —le pregunté.

—Sé lo que hiciste ayer —me contestó.

Ese comentario no me sorprendió. Era de esperar que Sabry se hiciera la interesante sólo para chantajearme.

—¿Sí? —pregunté—. ¿Qué hice ayer?

Sabry tragó saliva y empezó su relato:

—Fuiste a un bar de borrachos y después te quedaste en casa de un amiga y…Bueno, eso.

Intenté no reírme.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Julio. Me dijo que te llamó por teléfono.

Ya tenía coartada. No me hacía falta estrujarme mi aturdido cerebro para inventarme alguna mentira.

—No es sólo por eso, ¿verdad? —dije.

Sabrina se levantó de la cama y recorrió toda la habitación. Me estaba mintiendo, se quería quedar con la suya. Pues no iba a ser esta vez.

—Greg… hum… —empezó Sabrina. Parecía que tenía miedo de continuar—. Sé lo que haces por las noches.

Me quedé en blanco. Pero sólo por dentro. Por fuera continuaba con mi expresión serena y tranquila. No, ella no lo sabía. Ella creía que lo sabía. Y con creer no era suficiente.

—¿Qué hago por las noches? —pregunté, de forma sarcástica.

Sabrina no contestó. Me miró algo aterrada. La iba a coger por el brazo, pero no me dio tiempo y la chica salió corriendo hacia el pasillo, huyendo de mí.

Huyendo delmonstruo.

Como tenía que despejarme, decidí meterme en la ducha un buen rato. Fui al baño y me metí bajo el agua caliente. Sabrina se estaba equivocando y si lo que supiera ella fuera cierto, acabaría como mis amiguitos de juerga. Acabaría perdiendo.

Había pasado ya una semana desde aquel incidente con la chica. No volvimos a hablar de aquello, pero Sabry se mostró algo más distante conmigo, cosa que me resbalaba. La happy family tenía pensado largarse el seis de enero, porque Sofie y David no tenían costumbre de celebrar Los Reyes Magos. Así que, mientras millones de niños abrían sus regalos, Julio y Sabrina se habían preocupado de hacer sus maletas.

Pero Sabry, antes de marcharse, me abordó en el baño. Tocó dos veces la puerta, hasta que yo le dejé pasar.

—¿Qué pasa? —le pregunté, después de haberme subido los pantalones.

—¿Ya puedo mirar? —dijo la chica.

—Sí.

Sabrina se destapó los ojos.

—Tenemos que hablar —me respondió.

—Obvio. Si no, no hubieras venido hasta aquí.

La chica me dedicó una mirada de desprecio.

—Me tienes que contar lo que ocurrió la noche del treinta y uno.

La miré con extrañeza (fingiendo, obviamente). Sabía perfectamente para qué, pero eso ella no podía saberlo.

—¿Para qué quieres que te lo cuente? —pregunté—. Si ya lo sabes.

—No, no lo sé, Greg —respondió ella, desconfiando.

Suspiré, esperando que mi versión de los hechos la convenciera.

—Bueno, te lo contaré —empecé—. Me fui de aquí y cogí mi bici y estuve como una hora dando vueltas sin parar, hasta que, sin darme cuenta, acabé en El Carmen —Sabrina me miró, concentrada —. Como tenía hambre, me fui a buscar un bar. Encontré uno donde servían bocadillos de esos largos…

—¡Ah, sí! Creo que se llamaba Senyor Formatge o algo así —me interrumpió Sabrina.

—Sí, es ese —continué—. Entonces conocí a una chica muy guapa —intenté sonrojarme, pero cuando probé, acabé pareciendo uno de esos alemanes gordos que se ponen rosas con el sol—. Y el resto ya lo sabes. Fui a su casa y… Bueno, eso.

Sabrina acabó de escuchar mi relato y se sentó en la tapa del retrete. Después cogió el pote de la pasta de dientes y la tiró contra la puerta. La esquivé de milagro.

—No me mientas, Greg —me replicó, enfadada—. No soy tonta.

—Nunca he dicho que lo fueras, te estoy contando la verdad.

Sabrina decidió atacar por otro lado.

—¿Conoces a Diego Segarra? —me preguntó.

Abrí mucho los ojos y luego pestañeé tres veces.

—¿Quién? —mentí.

Sabrina pateó el suelo y respiró hondo para serenarse.

—No me mientas —dijo, con su voz siniestra—. Estuviste en un comedor de vagabundos y allí te encontraste con un ex paciente de papá.

Examiné su discurso y empecé a marear a Sabrina.

—Muy bien —dije—. Digamos que tu teoría es cierta, entonces ¿de dónde has sacado toda esa información?

—Utilicé tu ordenador —respondió. Intenté mantenerme alerta, pero todo esto sobrepasaba mis conocimientos. Así que Sabry era mejor hacker que yo…—. Con tu móvil y el de mamá, conseguí averiguar tu posición cuando Julio te llamó ese día. Y me salió en el mapa del ordenador, que tú estabas en Nazaret, en un comedor municipal. Así que el día uno de enero, fui hasta allí y…

—¿Cómo fuiste? —pregunté.

—Patinando —respondió—. No me vuelvas a interrumpir.

—¡Oh! ¡Cuidado! —repliqué, acompañando la burla con gestos manuales.

Sabrina ignoró aquello y continuó.

—Así que fui hasta allí y pregunté por ti. Una monitora me dijo que ya te habías ido, que te habías ido al Hospital Clínico. La mujer, que fue muy amable conmigo, me dio dinero para el autobús y yo fui hacia el hospital.

—¿Para qué me seguiste? —pregunté.

—¡No me interrumpas, maldita sea! —me gritó—. Fui al hospital y subí directamente a la planta de Psiquiatría. Allí me dijeron que un chico de unos veinticinco años…

—Veintiocho —la corregí.

—¡Bueno, pues eso! Me dijeron que fuiste a visitar a un paciente. Yo mentí y también dije que le conocía, así que tuve que esperar antes de que me dejaran pasar.

—Espera un momento —dije—. Tenía entendido que a los menores de edad no les dejaban pasar a la planta de Psiquiatría.

—No sé —contestó ella—. A mi sí que me dejaron pasar. Bueno, esperé y al final me encontré con Diego. Me dijo que tu estuviste con él en el comedor y que te mandara saludos a ti y a papá.

Esperé durante un minuto, para ver si Sabry continuaba.

—Me mentiste, Greg. Además, ¿para qué querías visitar a ese tipo? Si estaba loco, era un borracho…

—¡No era ningún borracho! —grité—. Tenía esquizofrenia paranoide, tonta.

Sabrina se quedó blanca.

—¿En serio? —Miró el suelo—. ¡Dios!, pues yo lo mandé a freír espárragos.

La miré con recelo. Sabrina, la gran defensora de los derechos de los enfermos mentales, insultando a un esquizofrénico. Pensé que nunca viviría para ver eso.

—Le tengo que pedir disculpas —dijo.

—Bueno, ahora que ya sabes la verdad, me dejarás en paz, ¿no? —pregunté.

—Espera, hay otra cosa que quiero saldar —se apresuró a decir Sabry.

—Te escucho.

—¿Por qué fuiste a visitar a Diego?

Me esforcé en decir algo que no sonara a puro egoísmo.

—Por que me importaba —solté.

Sabrina se rió de forma amarga, como intentando hacerme sentir culpable.

—A ti nunca te importa nadie, imbécil —me soltó, esta vez algo más seria.

Sonreí para mis adentros. ¡Cuánto me conoces, Sabry! Si supieras de verdad que hago con los que son como yo… no dudarías en mandarme a la horca.

—Sólo intento ser mejor persona —mentí.

Sabrina se levantó del retrete y cruzó el baño hasta donde estaba yo. Recogió el tubo de la pasta de dientes y salió del baño, no sin antes haberme demostrado todo lo malo que soy con una de sus penetradoras miradas.

Me quedé en el baño, esperando que mi cerebro acabara de procesar los pros y los contras de todo lo que acababa de pasar.

Al cabo de media hora, la happy family enfilaba hacia el coche. Todos (salvo Sabry) me brindaron besos y abrazos. Más tarde, los veía desaparecer por Peris Brell.

Me metí en casa. Enero veía con fuertes vientos y bajas temperaturas. Aparte de bancarrotas y quiebras de economía doméstica, pero eso no me ocurriría a mí. Pensé en aceptar el trabajo que me ofrecía Sofie, pero no estaba a la labor.

Traducir lo que me decía un viejo sexagenario anti-Obama y republicano (en el sentido estadounidense del término) chocaba con mi forma de pensar. Tal vez fuera un monstruo, pero el hecho de haber vivido muchos años con unos padres antisistema, pro-derechos humanos, antimonárquicos y que apoyaban el progreso dejaba herencia en la sangre, al menos a mí.

Tenía toda la mañana libre, así que me dediqué a ser un buen ciudadano y fui caminando al río Túria, para recoger algunas monedas que la gente iba tirando a la fuente del Palau de la Música.

Necesitaba dinero urgente y para eso debía encontrar un trabajo. Caminé por Manuel Candela y en una de las farolas, apareció pegada mi salvación: SE NECESITA TRADUCTOR LITERARIO PARA UNA REVISTA BRITÁNICA. INTERESADOS LLAMAR AL NÚMERO 667838393. Arranqué el papel y me senté en un banco que estaba en un caminito que habían hecho para separar los dos carriles. Normalmente ese sitio lo utilizaba la gente para que sus perros defecaran allí, pero era un sitio agradable donde podías estar solo.

Saqué el móvil del bolsillo y me dispuse a llamar. Tecleé el número y esperé.

—¿Sí?**RevisteThe Messenger —respondió una voz femenina.

—Hum… Vi su cartel de que se necesita traductor literario —dije— y estoy interesado.

—Sí—contestó la mujer—,**¿sabe idiomas?

—Sí, inglés y latín —respondí.

—¿Latín? ¿Esa no es una lengua muerta?

—Hum… Sí, pero no la utilizo nunca.

—Ya… —continuó la mujer*—. ¿Podría presentarse mañana**a una entrevista?*

—Sí, ¿dónde?

—¿Sabe dónde está el Fnac? —preguntó.

—Sí.

—Sabe que hay un edificio arriba del comercio, ¿no? Bueno, pues mañana tiene que estar en la puerta veinte con su currículum.

—Vale, ¿debo traer algo más?

—No, pero yo que usted se ponía su mejor traje o lo que sea, porque aquí los jefes se fijan mucho en el aspecto superficial.

Me callé por un momento.

—¿Me ha entendido bien? —preguntó la mujer.

—Sí, muy bien —respondí—. Mañana estaré allí, no se preocupe.

Colgué la llamada y pensé en pedirle a David un traje, pero recordé que tenía uno guardado que nunca usaba. Me lo compré por la boda de mi hermano y Sofie. Lo utilicé una vez, pero luego el traje se quedó durmiendo en el armario.

El aspecto era lo de menos. Me afeitaría y me pondría cuatro kilos de gomina. Lo que importaba era convencer a los jefes de que me contratarían, pero eso también era pan comido. Soy un experto en manipulación.

Al día siguiente, me presenté en el edificio que la mujer del teléfono me había indicado. Estaba arreglado para la ocasión. Llevaba puesto un traje negro, una camisa blanca y una corbata roja. Lo único extravagante que lucía, eran unas zapatillas All Star de color rojo también.

Siempre en contra del mundo.

Al entrar al vestíbulo del inmueble, me di cuenta de que era un edificio de oficinas. Me acerqué al mostrador para preguntarle a la chica de allí, donde se encontraba el departamento de The Messenger.

—Se encuentra en el octavo piso —me respondió.

Subí por el ascensor hasta llegar y me encontré con una puerta que decía The Messenger. La abrí y avancé a una habitación amplia, donde los escritorios, teléfonos, ordenadores y demás cosas, tenían mucho protagonismo. Me acerqué a otro mostrador, esta vez más pequeño, dónde me atendió una mujer de unos cuarenta años.

—Buenos días —dije—. Ayer llamé para solicitar el empleo de traductor literario.

—Sí —contestó la mujer—. ¿Usted llamó el día anterior?

—Sí. Me dijeron que trajera el currículum y… que me arreglara bien.

La mujer alzó la vista y se quitó sus gafas con falsos diamantes incrustados.

—Creo que ya se quién es usted —dijo, de forma pícara, mirándome por debajo de las gafas con sus ojos marrones y pequeños.

—¿Me recuerda? —pregunté, brindándole una de mis mejores sonrisas.

—¿Cómo no me iba a acordar? —dijo la mujer—. ¡Usted tiene una voz maravillosa! ¿O es que todavía no se ha dado cuenta?

Me reí para complacerla.

—No, no lo sabía —respondí—. Gracias por la observación.

La mujer se rió y se tapó su enorme y gorda cara con una hoja que tenía por ahí.

—¡Ay! No tendrías que ser tan modesto, hijo —me dijo—. Espera aquí, que los jefes están entrevistando a otro candidato todavía.

Me indicó una butaca que quedaba en enfrente del mostrador, al lado de una pequeña mesa donde habían otras revista inglesas. Cogí una y fingí leer. Ya tenía a la gorda comprada, ahora me faltaba los jefes. Y no sería tan difícil.

De pronto, salió un hombre trajeado, con el semblante lleno de alegría, despidiéndose de una mujer alta, guapa y esbelta. Le dijo algo a la gorda del mostrador y después ésta me hizo señas para que fuera con la otra mujer esbelta.

—Es la jefa —me dijo—. Quiere que entres a su despacho.

La obedecí e ingresé a su oficina. La mujer me esperaba sentada detrás de su escritorio de cristal, plagado de revistas, papeles y todo tipo de utensilios para escribir. Tenía un ordenador portátil con la parte de atrás de la pantalla estampada con una ola de surf. El despacho en sí era una especie de acuario, porque por todos lados había peces dibujados en las paredes y cuadros de ellos también. La única ventana que tenía el despacho se encontraba detrás de la mujer. Y al lado de ella, en un cuadro enorme, estaba el número cien de la revista The Messenger. Aparte de eso, el despacho en todo su conjunto era una pecera gigante, porque hasta los muebles tenían tonos azulados, haciendo juego con las paredes y la puerta.

Me fijé en la mujer. Me sonreía con cordialidad. Era alta y no porque llevara tacones de quince centímetros. Lucía unas curvas perfectas que la convertían en una diosa de la seducción. Su melena brillante y abundante bailaba al ritmo de sus pasos, con ese color chocolate tan delicioso que me hipnotizaba. Sus ojos eran perfectos, de color miel brillante y poseía unos labios rosados que le daba un toque exótico a toda su tez. Llevaba un vestido verde opaco muy elegante, que le llegaba por encima de las rodillas, unas medias negras y unas botas marrones.

Tomé asiento y esperé.

—Buenos días —me saludó—. Me llamo Alicia Flores.

Me tendió su fina mano y yo se la estreché amablemente. Se sentó en su butaca de quinientos euros forrada con un caballo muerto y examinó mi currículum. Después empezó con las preguntas.

—Hum… Sabe idiomas, tiene facilidad para tratar con personas, disponibilidad para viajar… —dijo Alicia—. Lo tiene todo.

—Sí —respondí, intentando ser modesto.

—¿Cómo ha dicho que se llama?

—Gregorio Salinas —contesté—. Pero puede llamarme Greg.

La mujer sonrió.

—Bueno, Greg —dijo—. Espero que esté disponible también si debo llamarle.

—Sí, mi número está en el currículum —y le indiqué con el dedo donde aparecía.

—Vale. Ahora cuénteme su trayectoria profesional —pidió—. Trabajó en la producción de un libro de psiquiatría para su hermano David Salinas.

—Sí —contesté—. Me pidió que lo ayudara a que el libro se pudiera exportar a otros países y entre ellos estaba Reino Unido, EEUU y otros de habla anglosajona. Colaboré en la traducción y también en la difusión del libro.

La mujer asintió varias veces con la cabeza.

—Veo que también trabajó en un hotel de la ciudad cómo guía turístico.

—Sí, pero me contrataron porque sabía inglés —expliqué—. Ayudaba al supuesto guía turístico, porque ese no tenía ni idea de idiomas y sólo traducía lo que él me pedía.

La mujer me volvió a brindar otra de sus estupendas sonrisas. Más puntos a mi favor.

—Y si era muy bueno en estos trabajos —dijo—, ¿cómo es que le han durado menos de un año?

La pregunta del siglo. Es cierto lo que decía ella. Ningún puesto me había convencido, satisfecho, animado… Ninguno. Fui probando. Picoteando de un lado para otro, buscando mi sitio, pero no lo encontraba. Esos empleos sólo me sirvieron para perfeccionar mi interpretación, mi capacidad para expresar emociones que nunca siento, mi facultad para relacionarme con gente… Al menos me valió de algo. Aparte de que tuve algunos problemas con ex compañeros. Algunos acabaron muertos, otros huyeron, o simplemente me despidieron o fui yo quien dimitió. No puedo estar mucho tiempo en el mismo sitio porque levanto sospechas. No sé porqué, siempre hay alguno que intenta conocerme mejor, pagando luego las debidas consecuencias.

Todo esto es muy bonito, sí, pero no se lo puedo contar a la mujer.

—Los trabajos me aburrían —le contesté—. Aparte de que se me juntaban los problemas familiares.

—Ajá —concluyó—. Bueno, pues espero que este no le aburra.

—¿Cómo? —pregunté, desconcertado— Si todavía no me ha contratado.

—¿Qué dice? Sí que está contratado —dijo entusiasmada la mujer—. ¡Usted es perfecto para el puesto, lo tiene todo!

Creo que esas palabras me recordaron mucho a lo que opinó también la gorda. Sonreí. Ya tenía trabajo. Asunto arreglado. Cuando pasen seis meses ya me iré buscando otro.

—Bueno —empecé—, ¿que se supone que haré y cuando empezaré?

—Sí —dijo Alicia —. Ahí es a donde quería llegar yo. Se lo explicaré todo desde el principio. The Messenger es una revista británica, que se vende aquí, por supuesto, pero la corresponsal hispanohablante se haya en Valencia. La revista se distribuye por toda España y Latinoamérica. Aquí, en esta corresponsal, nos encargamos de la traducción y la difusión de la revista en el país y el resto de sitios, así como también escribir artículos y enviarlos al la corresponsal de Londres o editarlos aquí. También enviamos a empleados a los países anglosajones o hispanohablantes para realizar artículos o entrevistas, según sea la necesidad.

Hizo una pausa, esperando a que yo objetara algo, pero no tenía nada que decir.

—Usted trabajará en el departamento de Traducciones Literarias. Se encargará de traducir algunos artículos y, si se le da la oportunidad, escribir otros también —continuó Alicia—. The Messenger escribe artículos de actualidad, política, opinión, economía, salud… etc.

—¡Qué bien! —exclamé, para no parecer tonto.

—Sí, sí, todo muy bien —dijo ella.

Sonreí e ignore aquel comentario que no sabía como encajar. ¿Era una ofensiva o una evasiva?

Alicia sacó de uno de los cajones del escritorio un montón de papeles que debería firmar.

—Aquí está todo su contrato —explicó—. El sueldo es innegociable.

—Vale, muy bien —respondí. Obviamente no me pararía a leerlo entero, así que le di una repasada rápida y firmé en la última página. Al acabar, Alicia se lo guardó y me dio otra copia que debía firmar. Lo hice y ese me lo guardé yo.

—Bienvenido a The Messenger —me dijo.

—Un placer —respondí, mientras me levantaba para retirarme.

—Espere que le enseñe su puesto de trabajo —pidió la mujer.

—Muy bien.

La seguí y salimos del despacho. Caminamos entre las mesas de algunos trabajadores y me condujo hacia una habitación separada del resto. Entramos y me encontré con lo mismo: escritorios y ordenadores.

—Este va a ser su mesa —me dijo Alicia, mostrándome un escritorio vacío, con un simple ordenador.

—Vale, muy bien —contesté.

—De momento sólo tendrá que traducir artículos pequeños, por ejemplo, cartas de lectores o alguna columna de opinión —explicó—. Mañana empezará a las nueve de la mañana y acabará a las cuatro de la tarde. Todo el horario está en el contrato. Cuando llegue a su casa tendrá tiempo de leerlo.

Fuera las cordialidades, los dos nos despedimos y le prometí a Alicia que mañana iría con el mismo perfume. Le di un saludo a la gorda del mostrador y salí del edificio. Estaba contento, por fin tenía trabajo. No parecía un trabajo bastante interesante, pero por algo había que empezar.

Me monté al metro de Xátiva y me puse los cascos. Hacía mucho tiempo que no escuchaba música como era debido. Adoraba la música negra por encima de todo. Pero cuando le digo esto a mis compañeros de juegos, nunca me acaban de entender. Creen que lo que escucho es música satánica o algo así. Nada que ver, la música negra engloba todo lo que es música de raíces afroamericanas: R&B, hip hop, jazz, blues, soul, rap… Me encanta la música negra, el sonido del saxofón o el de un piano me hipnotizan. Y es curioso, porque hay muchas cosas que me gustan también y que se definen con la palabra negro/a: cine negro, humor negro, literatura negra… Pues soy blanco, ¿sabes? He aquí otro de mis chistes de mal gusto. Lo siento, pero soy así.


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