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Alioth — capítulo 3

Andrew lloraba y Natalie no sabía lo que pasaba, el niño no podía hablar, por más que quisiera no salían sonidos de su dulce y ultrajada boquita, sus labios rosados cual carmín temblaban y sus dientes crujían sonando como maracas, sus ojos salían de sus órbitas aún por el impacto, esa gran casa blanca ocultaba muchas cosas, si las paredes pudieran hablar mostrarían años de magia negra perfeccionada en cada uno de sus rincones. Desde que Hellsing se casó con mi abuela, desde ese oscuro día, había intentado adentrar cada uno de  sus conjuros en la casa que lo rodeaba, había cometido vilezas terribles y bajezas inimaginables pero lo que le había hecho a mi padre hacía que su copa rebozara de crímenes perturbadores, era solo un pequeño y ya se le había arrebatado vilmente su inocencia, ya sus bellos ojos no brillarían con esa ternura, ya su linda voz no sonaría con alegría.

Esa misma noche,  Nochebuena, Alcor había brillado por última vez, la estrella en el firmamento se había apagado, su estrella no brillaría nunca igual pues aunque con su muerte se había intensificado su luz era diferente, carente de alegría, carente de atractivo, al verla se reflejaba la más insólita tristeza. Eileen estaba que nadie la consolaba ¿Y quién no? Es increíble la alegría que se siente cuando sabes que un ser pequeñito se está formando dentro de ti, la ilusión que se siente al saber que sin ti no existiría, que hay un pedacito de ti en esa personita, que respira gracias a ti, tanto que eres capaz de dar todo por el pequeño ser, inclusive llegando a los extremo, llegando a arriesgar hasta tu propia vida; pero Eileen no pudo siquiera oír su último respiro, no estuvo cerca para darle el último beso, jamás imaginó que su pequeño moriría víctima de una oscura maldición y no lo aceptaba, acarició su helado  y pálido rostro con un dejo de amargura e impotencia pues no podía vengar a su bebe, pues, aunque era capaz de dar su vida por él, aunque no le importaba morir para hundir a Hellsing otro pequeño venía en camino y eso era lo que la ayudaba a seguir respirando y a desistir de emitir algún sonido que perjudicara a Gaspard, el pequeño que nacería era su cable a tierra.

Aldebarán estaba que nadie le consolaba, además del gran dolor estaba en un estado de shock y nerviosismo extremo, pues, observó claramente como un gran dragón negro atravesaba con ímpetu el cuarto de su pequeño, escuchó sus gritos, escuchó rugir a la gran sombra monstruosa y llevarse el aliento de su hijo, todo sucedió tan rápido que no le dio tiempo de impedir nada, vio como el Dragón se alejaba, corrió hasta su hijo pero al llegar a él, su alma se terminó de destrozar, lo vio inmóvil y supo, entendió que ya no oiría más su dulce risa, se acercó al pequeño pecho de su hijo y lo que oyó terminó de devastarlo, nada… No escuchó nada, con el sonido del silencio entendió que su vida giraba en torno a un fúnebre ocaso sin esperanzas.

En la mansión Lawrence todo parecía normal, Rita entraba algo nerviosa por las puertas del comedor, ésta si no abriría la boca por nada del mundo, se quería demasiado para armar un escándalo y morir, pero aún no creía lo que había sucedido a horillas del lago, quizás había sido una pesadilla y solo debía esperar a despertar y todo normal, esa era su pequeña esperanza, esperanza que se vio rota cuando encontró al joven Cairo sobre el viejo Farid temblando, ahí lo entendió todo y supo que realmente estaban perdidos, por instinto tocó su vientre de forma cariñosa y luego desmayó cayendo frenéticamente en el piso de la oscura habitación.

Gris, negro y blanco prevalecían entre oscuros sonidos, el frío y él silencio embargaba al condado, montones de juguetes seguían bajo el árbol, un pequeño trineo esperaba a ser desenvuelto, su dueño jamás lo usaría, solo poseía algo que definitivamente era solo para él, un pequeño y blanco féretro que se encontraba aún vacío en medio del gran salón de la mansión, Eileen aún tenía al pequeño entre sus brazos, repetía frenéticamente "Feliz Navidad mi amor" nadie le podía quitar a su hijo de los brazos, no había dormido en toda la noche, se posesionaba de su rubio cuerpecito tieso, lloraba con desolación increíble y gran amargura de impotencia, sus manos temblaban y su cuerpo se movía constantemente como mecedor, Aldebarán no intentaba quitarle a su hijo, pero su tía Adhara la consolaba y constantemente y le decía que tenía que tener fuerzas por el bebe que tenía en su vientre, de repente algo saltó en su interior y fue lo que le motivó a soltar al pequeño, su hermanito jamás ocuparía su lugar pero debía seguir adelante por él, temblado le dio el bebé al joven Polaris y su madre corrió a abrazarla fuertemente.

Desde fuera era una imperial mansión que la muerte había visitado, los habitantes de Inverness no sabían que hacer, no querían tener problemas con los Lawrence, la mansión tenía un moño de luto en su entrada principal y ya todos sabían lo de la muerte de Alcor, estaban entre consolar a los déspotas Lawrence y a los generosos Williams.

Los Evans eran un caso aparte, Gaspard no permitía a Natalie llevar a Andrew a ningún lugar, no quería ser descubierto, usando parte de su magia hizo dormir al castañito e hizo llorar a sus gemelos para que su madre se distrajera en algo y dejara solo al pequeño que hace ya ocho horas había perdido parte de su alegría, casi toda su alegría, esa noche mi madre lloró a más no poder, los Moudy sabían que algo extraño iba a pasar, su dulce pequeña jamás se había comportado así, era un presagio, un augurio de que la oscuridad había llegado;  marca y marca no se deberían unir jamás, al igual que sol y luna, noche y día, mal y bien, calor y frío.

Empezaba a salir el sol y la estrella en el firmamento aún se veía, intensamente brillante, ahí estaba, un fenómeno astronómico que solo se podía ver desde Inverness, y solo acabaría con su nacimiento muchos años después,  el condado desde hace tres años estaba siendo atosigado con fenómenos de todo tipo, pues sí, todo estaba escrito y nada lo podía cambiar, la naturaleza lo sabía, los dioses actuaban con predeterminación, los cielos obedecían todo lo que éstos le dictaban, la galaxia giraba en torno a esa estrella, aunque no de una manera perceptible al ser humano, el monstruo del lago esperaba ansiosamente al único ser que lo podía gobernar,  al ser que poseyera las dos marcas en la piel.

Los fenómenos climáticos no se daban a esperar, el sol podría estar radiante unos instantes y nevar al siguiente, era algo realmente impresionante, pero nada se podía evitar, a pesar de todo el sol siempre brillaba, podían haber tormentas diurnas y él seguía sobre todos en todo su esplendor.

El lago se extendía de manera impresionante, como nunca lo estuvo y como nunca más estará.

Lo que se veía por fuera era diferente al interior, las verdes alfombras del suelo eran duramente zapateadas por una Rita enfadada, las finas paredes golpeadas por un Cairo furioso, la pareja discutía porque ninguno de los dos quería organizar el funeral del vejete Farid, ya estaban por llegar diversos familiares, algunos con acento común, otros con un dialecto que poco entendí durante un tiempo, su discusión tuvo que parar cuando anunciaron la llegada de Buthayna la bella hija menor del viejo Lawrence, una chica realmente preciosa cuyos delineados ojos casi amarillos hacían armonía con su negro y oscuro cabello, con un porte de elegancia aristocrática ¿Quién de las dos familias tenía ese raro gen compatible con ambas marcas?

El sonido de un lúgubre corno despertó a todos los habitantes, Los Moudy tenían claras sus fidelidades y se dirigían presurosos a la Mansión Williams, en realidad la mayoría de la población se dirigía ahí, ya que los Lawrence no permitían personas de clases sociales inferiores en su morada.

Un par de cabecitas de fuego salían de la mansión Evans, traviesos y felices corriendo uno detrás del otro, presurosos volando hacia donde estaba el sonido fúnebre, iban vestidos casi totalmente de negro, Ethan llevaba un corbatín blanco y el pequeño Ivo uno gris, detrás de ellos iba la abuela rodando un pequeño cochecito en donde iba durmiendo mi padre, Nana Marie llevaba el otro cochecito doble y Gaspard se disponía a sacar un auto para llegar más rápido. El muy sínico se atrevería a ir al hogar, a los hogares que junto con el suyo había desgraciado.

Ethan y Ivo estaban inmersos en su mundo, a sus dos años en gemelo más simpático, irónicamente Ivo, ya hablaba claramente, pero Ethan con una sintaxis atroz, podía con su vista mover los objetos, claro, nadie lo había notado, lo veían como inferior y retrasado al lado de su hermano, el pequeño telequinético nato era más inteligente que su hiperactivo hermano, su mente viajaba a millón, podría decirse que era un niño índigo, era muy observador y también el único que notaba como era realmente su padre.

Hellsing tenía preferencias por Ivo, siempre lo quiso más, lo veía más práctico para apoyarlo en un futuro, veía en él una personalidad versátil y que podía manejar a su antojo, lo creía capaz de aprender lo que él hacía, pero Ivo nunca tuvo talento alguno además de su forma de expresarse. Su  manera de salir impune en todo lo que hacía era realmente impresionante, su talento mágico era nulo. Si Hellsing hubiese visto lo que había en Ethan a tiempo, quizás yo no estaría aquí narrando éstos hechos…  Quién sabe... Quizás mi telequinético tío seguiría siendo así de buena onda.

Gaspard gritó y todos subieron al auto, Natalie no entendía que tenía el pequeño Andrew que ya no hablaba, iban primero a casa de los Lawrence, pasarían un rato ahí y luego irían a ver como una estrella se había apagado. Le dijo a sus gemelos de que manera debían comportarse, siempre hablaba con ellos como si fuesen adultos, ella sabía que eran especiales, los dos, pero había notado que su pequeño Ethan era el que más le entendía aunque Ivo diera señales de haberlo hecho mejor. Amaba a sus tres hijos, sí que los amaba.

Mansión Lawrence, Hogar del despotismo, Jefe actual de la familia Cairo Najhim Lawrence Bujaldón, ojos color esmeralda, cabello negro azabache, futuro padre de familia.Eran unas de las mejores cosas que se podían decir de ese lugar, lleno de viles pelinegros, todos obligados a estar ahí, por un viejo al que nadie a excepción de Buthayna quería. La pelinegra  -valga la redundancia-  se había encargado de los preparativos para que el sepelio de su padre fuera un evento grandioso y lleno de lujos. Ya todos estaban en el salón principal esperando a quienes venían a dar sus últimas palabras al difunto Farid.

Rita llevaba una vestido de seda negro que caía desde debajo de sus pronunciados pechos de embarazada hasta las rodillas de manera elegante, adornaba su cuello y muñeca izquierda con bellas perlas, realmente era hermosa y estaba ansiosa por salir del embarazo para recuperar su amada figura, no hay que negarlo, quería mucho a su bebé y el solo hecho de saber que estaba maldita no la dejaba dormir bien, pero no se daba la mala vida, esperaría para ver si lo que decía Gaspard era verdad.

Lo vio entrar con superioridad al salón, tomando las manitos de sus gemelos, a su lado vio a Natalie con un niño dormido en sus brazos y al ver a los ojos a Hellsing empalideció, vio sadismo en ellos, éste observó al pequeño de reojo, miró a Rita y con una luz cruel en sus ojos acarició su miembro disimuladamente después de soltar la mano del pequeño Ethan. Esto era para que Rita se diera cuenta de que él no tenía el menor temor, con impotencia ella volteo su mirada, subió las escaleras y se adentró en su habitación esperando que ese ser, más ruin que su familia, se marchara de su hogar.

Todo Inverness pensaba extrañado en los sucesos recientes, dos muertes en Nochebuena, la peor navidad de esas familias, familias que se odiaban ¿Era coincidencia?  Las muertes no tenían razón aparente, Aldebarán no contaba nada, no quería quedar como loco, además si decía lo que vio no cambiaría los hechos recientes, no cambiaría el que estaba al lado del féretro de su hijo adorado, si con decirlo pudiera volver a escuchar la risa de su hijo no dudaría dos veces en hacerlo, pero lo que pasó ya no tenía remedio.

Vio a su esposa vestida de blanco al igual que él, al igual que su Alcor, al igual que su féretro, al igual que la pureza de sus ojos muertos, bajó su mirada y entre los juguetes que rodeaban a su pequeño divisó el pequeño trineo y lloró amargamente porque su hijo jamás disfrutaría de éste. Tomó la decisión de regalar todo, de hacer feliz a otro niño, para así tener un destello de la felicidad que tendría su bebé si estuviese vivo. No dejaría nada en esa casa que le hiciera llorar, no abriría más su habitación, no olvidaría a su hijo, pero quería conservar su fragancia y hacer de su cuarto un lugar santo. El bebé en camino no tenía necesidad de esos juguetes, tenía ya los propios. Acarició la panza de su desconsolada mujer y besó sus labios con ternura para darle fuerzas, sintió esa suavidad exquisita que emanaba ella, probó su sabor y el sabor de sus lágrimas  y luego la tomó su cara con ambas manos y besó su frente para luego abrazarla fuertemente y consolarse mutuamente dejando en medio de ambos a su nuevo hijo y a un lado muy cerca, al ser por el cual lloraban.

Toda la familia Williams vestía de blanco a petición de la madre  de Eileen, todos estaban muy tristes por la muerte del pequeñín y compartían el gran dolor de sus padres.

Eileen vio en la entrada principal a Gaspard y sintió una terrible indignación al verlo con Andrew en sus brazos, Nana Marie cargaba a un dormido y cansado Ivo y Natalie llevaba de la mano a un Ethan que tenía una rosa blanca en su otra manita, rosa que había tomado de los jardines de la mansión Williams al entrar. Eileen se dirigió con indignación bien oculta hacia la familia y le pidió el niño a Gaspard, era natural que lo hiciera, era como su tía, mi padre era como el hermano de su Alcor, su compañero de travesuras y juegos. Éste no tuvo de otra que dárselo, ella lo tomó en sus brazos y le dio un fuerte abrazo a ese niño que había sufrido y seguía sufriendo demasiado. Odiaba al asesino de su hijo con todas sus fuerzas, también odiaba lo que le había hecho a mi padre pero no podía hacer más nada, tenía que proteger al feto maldito que tenía en su vientre. Miró a Hellsing el hijo del demonio con todo el desprecio que sus ojos podían emitir, queriendo matarlo con la mirada y éste disimuladamente se fue hacia donde estaba el padre de Alcor. Se fue porque su mirada podía decir lo que sus labios no debían. Natalie no notó nada, pero Ethan si lo hizo, Eileen abrazó más fuerte al pequeño sin hablar y al bajar su mirada vio un par de ojos azules con un destello de gris, observó al pelirrojo que tristemente le extendía su mano con una rosa blanca y no pudo evitar derramar nuevas lagrimas de dolor al notar que el pequeño sabía lo que había pasado, que entendía la magnitud del asunto, sintió ternura y dolor, tomando bien al dormido Andrew con un brazo se agachó a tomar la flor y le dio un dulce beso en la mejilla al bebe, al hijo de aquel desgraciado y musitó un tímido "gracias" en su oído, el niño no dijo palabra, solo asintió, Eileen supo que el único que realmente la entendía era aquel pequeñín al que todos miraban como inferior delante del elocuente Ivo, entendió que había más inteligencia en el silencio que en mil palabras. Andrew despertó en sus brazos, empezó a llorar del miedo que sentía al recordar aquella dolorosa escena del que fue protagonista, observó a la mujer que lo tenía cargado y echó sus brazos a su cuello en un abrazo enternecedor pero lleno de dolor por parte de ambos.

Natalie observaba la escena impactada, cargó a su Ethan y le besó en la cabeza, para luego unirse al abrazo de los otros dos que tenía al frente, su hijo que ya no hablaba y su amiga desconsolada.

Natalie recordaría esa escena toda su vida como aquella en la que había sido realmente ciega y se arrepentiría cada minuto de su existencia por no notar que siempre, ella y su hijo mayor, fueron víctimas de una cruel venganza.