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El pocionista — capítulo 12
Isis estaba en su habitación, aburrida. ¡Leerse todo ese libro! Snape tenía que estar bromeando. Se sentía como una niña pequeña, a la que sus padres no le permitían salir ni jugar, por que tenía que hacer una larga y fastidiosa tarea. Severus Snape, a veces se comportaba tanto como su padre, que conseguía enervarla en un sanitamén. Pero bueno, si quería levantar ese negocio en Hogsmade, por su cuenta, tenía que aprender, aunque fuese mo,esto.
Con un suspiro, pasó a la página quince. Apenas llevaba quince recetas y olvidaba la mitad de ellas. Se imaginó que Snape ya sabía eso y en cuanto la viera, se lo recordaría y quizá se reiría de ella, mientras trataba de enumerar, cinco de ellas.
Pero no lo lograría. Su cabeza ni hilaba dos o más de ellas. Dejó el polvoriento libro y se dedicó a pensar en los giros de su vida.
¿Qué estaba pasando en ella? Muy pronto, dio con la respuesta. Primero, Severus aparecía en su tienda, comprando ingredientes. Aunque en realidad solo quería encontrar a Craig, que en realidad era un mortífago a las fuerzas del señor tenebroso. Luego de una ardua batalla que Snape ganó, él desapareció, dejándola sola.
Luego, Miter creía que ella necesitaba un estímulo y decidió escribirle a Snape, para que la educara en el fino arte de ser un Pocionista. Por supuesto, ella no estaba de acuerdo, como tampoco lo estaba Merith. Pero él no escuchó el motivo y simplemente lo hizo. Ahora estaba allí, conociendo a Harry Potter y sin quererlo, mirando desnudo al hombre. Aunque no vio sino una de sus piernas y el principio de eso que no quería mencionar.
¿En qué se había metido? Si le escribía a su padre, seguramente creería que se había vuelto loca y la mandaría a buscar. Aunque, parecía que ya lo estaba haciendo. Justamente con Nathaniel.
Nathaniel era un joven muy pedante, como ya había recordado. Nunca supo por qué, pero desde que la vio, no la dejó en paz. Tenía mucho dinero, así que a su padre le encantaba la idea de que se amaran y tuvieran muchos hijos. Pero a ella no.
Ella lo odiaba. Todo con su: "No sé de que estás hablándome. Discúlpenla está un poco confundida". Odiaba su voz de "Yo soy refinado y todos me aman". Era detestable. No sabía divertirse. Era el contrario de Craig y por eso, su padre lo odiaba.
Él quería que ella muriera aburrida, con un esposo clasista y rico, que no hiciera nada más, que quejarse hasta de su café.
- Bueno, será mejor que me vaya a desayunar. Tengo tanto que hacer, que seguro moriré antes de terminar. Aunque mi estómago dice que tengo que comer primero.
Caminó por el baño, buscando el vestido que Merith le había enviado en la noche anterior. Según ella, debía demostrarle a Snape, que tenía clase y estilo. Que no debía entrometerse con ella, que era una mujer muy fuerte.
Pero mentía. Las apariencias engañaban y ni convencían a Snape. Aunque ciertamente, se mostró visiblemente sorprendido, cuando le eseñó el primer traje que Merith había confeccionado.
Era hermoso.
- Bueno, este es azul oscuro. Comienza a entrar entre mi rango de gustos- confesó ella, con una sonrisa- ¡Pero Merith no deja de ponerle escote!
Caminó, con tacones, hacia la mesa. No sabía usarlos muy bien y tenía la tendencia de resbalarse. Estaba estresada, pensando si en realidad los tacones eran necesarios. Al entrar, Dumbledore volvía a alagarla.
-
Te ves muy hermosa, Isis.
-
Gracias, señor Dumbledore.
-
Albus.
-
Señor Albus.
Al sentarse, Severus estaba retrasado. Con una inspiración leve, se sentó a su lado, sin mirarla y el desayuno continuó. A la mitad de este, ladeó la cabeza hacia Isis y la miró con una sonrisa suave. Ella se preguntaba qué demonios le hacía gracia a él.
-
Veo que no se cansa de fingir algo que no es.
-
¿Qué está diciendo?
-
Ese vestido. ¿No será demasiado?
-
¿Y usted que sabe? Si es mujer, me avisa y le pediré a Merith, uno que se ajuste a su cuerpo. Uno de su talla.
Severus frunció el gesto y ella sonrió, satisfecha. Con una exhalación profunda, continuó comiendo. Feliz de haberlo hehco callar. Luego de un rato, Severus volvió a dirigirse a Isis, con un siseo débil.
-
Imagino que está estudiando.
-
Sí, señor Snape. Lo hago.
-
Piense rápido. ¿Si mezclo infusión de ajenjo y un bezoar?
Isis meditó y con una sonrisa suave, miró al hombre. Se inclinó ligeramente y le susurró la respuesta. Severus se sorprendió ante el conocimiento que tenía sobre esa receta. Bueno, era solo una práctica. Había escogido una sencilla.
-
Entonces, no ha desperdiciado el tiempo.
-
¿Debería? Usted dijo que mi muestra no servía, que merecía estar en la basura. Pues entonces, ¿Por qué no ensayar? Algo tiene que gustarle, ¿cierto?
Él no le respondió y mientras ella lo miraba con un gesto triunfante, se introdujo las manos en el bolsillo y sacó un sobre blanco, que contenía un pergamino. Lo miró y arqueó las cejas con una sonrisa sardónica.
- A mí no tiene que gustarme nada. Pero creo que a éste joven, sí.
Isis miró la carta y enseguida, se sonrojó. ¡La carta de Nathaniel! ¿Por qué la tenía Severus Snape? Se inclinó y se la arrancó de las manos. Severus sonrió con mucho placer, ante su mirada de nerviosismo.
-
Parece que tiene más pretendientes de lo que creía.
-
No es mi pretendiente. Es amigo de mi padre.
-
Pues en esta carta se expresa más que eso.
-
¡Ni siquiera dice nada evidente! ¿Es que no tiene nada que hacer que molestarme?
-
Usted la dejó caer y yo simplemente, la recogí de manera amable.
-
Y la leyó.
-
No sabía qué era. Pudo habérseme caído a mí. Pero de todas formas, eso no importa mucho. Espero que no lo deje con las ansias de saber.
-
Es detestable que actúe así.
-
No sea infantil y respóndale el llamado. Antes de que se desespere de ansiedad y muera por ello. Aunque si es como su antiguo novio, aléjese de él.
Isis no contestó y se guardó la carta en el bolsillo de su túnica, con un ligero rubor en sus mejillas. Severus apoyó su rostro en una de sus manos y continuó mirándola, con diversión. ¡Qué hombre tan obstinado y deprimente! Comenzaba a hartarla con sus tontos juegos. Continuó sonriendo.
- ¡Deje de mirarme así!
La mesa entera se dio la vuelta para mirarla con sorpresa.