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A golpes — capítulo 2
Ese día, él entró violentamente. Batiendo las puertas, como si fuera un poseso. Yo estaba en la habitación, moviendo mi inútil pierna. Allí, había clavado su varita, en un acto de violencia desmesurada. Sí, mi esposo.Él...
Entró entonces en la habitación y me miró. Me empujó de la casa y como energúmeno, revisó la cama. ¿Qué buscaba? Yo no tenía idea.
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¿Dónde está mi hija?- preguntó, con una voz alzada y gritona- ¿¡Dónde diablos!?
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Tu hija, está en su cama- mascullé resentida. Aún la veía en mi espejo. Con una mano en su boca, mirándome, burlándose. Claro, como él la amaba a ella y a mí no. Bien, ella tenía todo el deseo de burlarse. Pero yo no...Yo no iba a permitírselo.
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Ve a buscarla ¡Ya...! Quiero verla...
No dije nada y apenas me moví, arrastrando mi pierna. Como no podía conseguirlo, sostuvo mis cabellos y me arrastró hasta ese lugar. Mi cabeza ardía ya, desde su última acción similar. Me arrojó allí, en la habitación y me sostuve de la cuna. Levántate tu... "Pequeño Sol"
La levanté y la saqué de la cuna. Su padre, la miró con mucho detalle. Estaba feliz de tenerla entre sus brazos, pero a mí solo me tuvo para usarme y procrearla a ella. La pequeña, estaba feliz de verlo. Pero si supiera, si supiera quién era él. ¡Ella no estaría tan feliz! ¡Cómo odiaba verla, feliz... Sí, todo su amor!
- Hola, hija hermosa- susurraba aquel hombre y yo solo sentía odio. Odio que me consumía enteramente.
No dije nada y me acaricié el cabello, me dolía por el movimiento brusco que Blaize había decidido hacerme. Con un suave movimiento, intento hacer descansar, mi herida cabeza, mientras él sigue mirando a la pequeña, que gracias a dios se parece más a mí que a él. Mientras estoy meditando, alza su cabeza y sé, que hay problemas. Hay algo fuera de su lugar. Los juguetes de la pequeña. La deja en la cuna y con mucho odio, hala mi brazo hasta la salida.
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¿¡No te dije, que guardes los juguetes!?- me grita y mi brazo sostiene con rudeza. Me zarandea y yo, trato de soltarme- ¿¡Es que eres sorda o qué, estúpida!?- dije y me araña el rostro. Sus dedos, se llenan de maquillaje- ¿¡Por qué estás maquillada!?
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No quería que ella... que ella mirara mis...
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¡Yo no te di permiso para que te maquillaras!- dijo y me arrancaba el maquillaje a tajos. Mi morado, recrudeció rápidamente. Solté un quejido y él me miró.
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¡Vuelve a maquillarte y te partiré la cara!- dijo y sostuvo mi mano. Mis dedos, dieron con las juntas de la puerta. Me dolió inménzamente.
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¡Ay, mi mano!- grité y él, no hizo otra cosa, más que dejarme sola.