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A golpes — capítulo 4

Ladié la cabeza, al notar que mi hija estaba despierta. Tenía apetito y su padre no estaba. No podía desatenderla, puesto que si lo hacía, él regresaría con odio y cargado de furia para golpearme. Coloqué a mi hija sobre la mesa y busqué un poco de comida, al regresar, escuché un estruendo y luego un llanto. Ella se había caído y ahora, tenía un horrible moretón en la frente. Él me mataría.

  • Ya ya...- le dije- todo está bien, ya deja de llorar- si él veía eso, estaba segura de que sería mi fin. Medité y traté de serenarme. Quizá si ella se dormía antes, él no la vería. Esa era mi gran preocupación.

Coloqué hielo sobre su cabecita, con la esperanza de bajar la hinchazón. Ella sollozaba ligeramente y se rascaba uno de sus ojos. Con mucha delicadeza, le di un beso en la frente, para intentar calmar su angustiosa queja. Ella, sostuvo mi rostro y volvió a tocar ese moretón que tanto dolor me causaba. Bien, al menos ya sabía lo que yo sentía al tener una herida. Pero la tuya, solo fue tu descuido. La mía, fue el odio, que él me tenía.

Miré a mi alrededor y luego, la acosté en su cuna. Ella me miró y lentamente, comenzó a cerrar sus ojos. Lo sabía, luego del desayuno, a ella le encantaba dormir. La cubrí con sus cobijas y esperé a que se durmiera. Quizá, él no vería el horrendo moretón que tenía. Él regresó en poco tiempo.

  • ¿Dónde está mi hija?- me espetó y yo le señalé la cuna.

  • Está dormida, no la despiertes- le dije y él me miró con rabia.

  • ¿Crees que soy estúpido, mujer? Sé que está durmiendo y no voy a despertarla. ¡Imbécil!

Suspiré y asentí en silencio, apartándome para que la viera. Esperaba, que se durmiera antes de que ella despertara o iba a tener un problema con él. Bueno, otro problema con él.

Mi hija, se despertó al poco tiempo. Estaba muy animada y no pude evitar que llamara la atención de su padre. Él miró su moretón en la frente y luego, me miró a mi. La dejó en la cuna y fue a buscarme, me haló de un brazo. Luego, en la oscuridad, donde ella no pudiera oírme, me abofeteó.

  • ¿Qué le hiciste?- me dijo y yo, le miré con rabia inferida.

  • Se cayó, simplemente.

  • ¡La dejaste caer!- me dijo y sostuvo mi brazo con más fuerza. Me dolía- ¡Eres una pésima madre!

  • Se cayó cuando buscaba su comida. No fue mi culpa.

  • ¡Vigílala o te irá mal!- me gritó y luego, me zarandeó- ¿Me has oído?

  • Sí, te he oído...Perdóname, no volverá a pasarle.