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Historia 43943 — capítulo 2
Lily no quiso volver a la casita del Valle de Godric. Ese era el lugar que había planeado para vivir junto a James, y no podía volver a pisar esa sala, en la que había ocurrido lo peor de su vida. Compró una casa en Surrey. Le gustaba ese pueblo muggle, y le traía recuerdos de su infancia. Sus abuelos habían vivido en esa ciudad. Además, El Profeta no paraba de informar sobre "Harry Potter, el niño que sobrevivió". Por eso mismo, mejor que su hijo creciera en un lugar más tranquilo.
La casa era amplia, tenía cuatro habitaciones, un estar muy cómodo, una cocina comedor bastante grande. Y un enorme patio cerrado con altos muros, lo que permitiría que su hijo volara a baja altura.
Se mudaron enseguida. Sirius y Remus buscaron las cosas en el Valle de Godric y las llevaron a la casa nueva. Ellos, Mary y Alice ayudaron a Lily con la mudanza.
Una vez instalados, los dos Potter recibían todos los días visitas de sus amigos. Lily era sanadora y trabajaba todas las mañanas. Sirius se ofreció de buen grado a cuidar a su ahijado durante ese tiempo. Él acababa de mudarse con Laura, su novia a media cuadra del lugar. La joven era muggle, y Sirius no le había mencionado nada de la existencia de la magia, había decidido vivir de forma medianamente muggle junto a ella.
Laura era una chica alta, de cabello rubio ondulado largo hasta la mitad de la espalda. Sus ojos grises eran iguales a los de su novio. Acababa de terminar la escuela secundaria. Tenía dieciocho años. Había comenzado a estudiar para ser maestra, pero hacía un mes había descubierto que estaba embarazada y cambió sus planes. Se mudó con Sirius, y planeaban su boda para después del nacimiento de su bebé. Ella acompañaba a su novio casi todos los días a cuidar al pequeño Harry, a quien adoraba. Además, había entablado una rápida, pero muy buena amistad con Lily.
Ya hacía una semana del ataque de Voldemort. Lily comenzaba, poco a poco a acostumbrarse a su nueva vida. Sin embargo, pese a las ayudas de todos sus amigos, la pelirroja terminaba todos los días exhausta. Pasaba las tardes corriendo detrás de Harry que volaba en su escoba, calmando su llanto cuando llamaba a su padre sin lograr que viniera, jugando con él a todo lo que el pequeño quisiera. Porque ese bebé sonriente, de cabello negro azabache alborotado y ojos verdes esmeralda, era más que nunca, el motivo que hacía que Lily siguiera viva, luchando cada día por estar feliz.
Esa mañana, el trabajo en el hospital la había agotado. Volvió a su casa con la esperanza de que su bebé quisiera dormir la siesta, así ella podía hacer lo mismo. Llegó y encontró a Sirius corriendo detrás de su ahijado.
-Te atraparé, enanito demente - le decía Canuto al niño que volaba en la escoba de juguete riendo a carcajadas.
-Y yo que tenía esperanzas de que quisiera dormir siesta - dijo Lily.
-Olvídalo, pelirroja - dijo Sirius entre risas - Cornamentita se despertó hace media hora.
-¿Cornamentita? Es la primera vez que oigo ese apodo.
-Eso es porque lo acabo de inventar. - pero en ese momento, Lily sintió un profundo mareo. Las paredes y la figura de Sirius se volvieron borrosas. Cuando abrió los ojos, estaba recostada en el sofá. El mareo persistía, pero era mucho más leve - ¿Estás bien? - le preguntó Sirius.
-¿Qué ocurrió? - preguntó confundida.
-Te desmayaste. - dijo Sirius seriamente. - ¿Te sientes mejor?
-Sí, un poco - dijo ella con voz débil.
-Quédate aquí recostada. Yo prepararé algo de comer para ti y Harry.
Sirius preparó el almuerzo y se ofreció a cuidar a Harry mientras Lily descansaba. La mujer se recostó a dormir un buen rato. Estaba realmente agotada. Se despertó unas horas más tarde, muerta de hambre. Fue a la heladera a buscar algo para comer. Encontró una nota con la letra de Sirius: "Mami, me fui a pasear a la plaza con mi padrino. Besos, te quiero. Harry." Abrió la puerta y sacó un poco de fiambre para preparar un sandwich. Lo comió mientras miraba el noticiero muggle en la televisión. De repente, sintió un dolor en el estómago y fuertes náuseas. Llegó al baño justo a tiempo para devolver lo que acababa de comer. Una sospecha la invadió.
-Mareos, desmayos, cansancio, vómitos - se dijo a sí misma mientras iba a revisar el calendario de la cocina - y un retraso… No falta ningún síntoma. A ver, hace una semana de Halloween, me tendría que haber venido la regla el 1 de noviembre. Estaba tan preocupada con otras cosas que no me percaté del retraso. - miró hacia la foto de James que estaba en la repisa de la sala. - Bien, siempre planeamos tener dos hijos… Aunque no pudimos prever estas circunstancias. Deberíamos estar los dos juntos y felices, esperando con ansias a nuestro segundo bebito.