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Historia 44136 — capítulo 3

—¿Por qué no salimos? —propuso Carrie, dejando una revista sobre la mesa de noche— Parecemos topos, hace prácticamente una semana que no veo la luz del sol.

—Qué exagerada eres, mujer —opinó Gabe, sentando en una silla con los pies sobre la cama donde Giana estaba recostada.

—Pero tiene razón —dijo Giana, corriendo las piernas de su amigo para ponerse de pie— Vayamos al pueblo a espiar a Lily y a Potter.

—Qué mente perversa tienen —rió Gabe, demostrando su aprobación de la idea.


Los rayos del sol eran débiles tras las nubes y la frisa fresca cortaba los rostros de aquellos que habían decidido pasear bajo el cielo nublado del cercano invierno. Y bajo aquel firmamento gris, James no podía controlarse y observarla de perfil, caminar con el rostro iluminado, con los ojos brillantes.

—¿Y bien? —habló ella, con una media sonrisa en el rostro. 

Era completamente angelical.

—¿Qué?

—¿No ibas a comprar algo que necesitaba de mi opinión?

—Sí —replicó, con cierta inseguridad— Es para una chica y no tengo muy buen gusto.

—Entonces, ¿a dónde tenemos que ir?

—A la joyería.

La pelirroja se fascinó entre aquellas piedras preciosas, el oro, la plata, todas las creaciones. Todo había captado su atención. Todo brillaba en ese sitio, la belleza se extendía sobre su visión.

—¿Y que color le gusta a ella?

—El azul —James no había despegado ni un instante sus ojos del rostro de la Prefecta, que se hallaba sumida entre los cristales.

Lily lo miró de repente. Esperaba que fuese una coincidencia.

—¿Y qué tenias pensado? —preguntó.

—Eso es justamente lo que no sé —dijo— ¿Qué usarías tú todos los días?

—Yo... —se quedó pensando, observando todas las joyas frente a sus ojos— Una pulsera.

—Entonces una pulsera será.

Poca atención prestó a los modelos que la vendedora ofrecía; le gustaba ver más la sonrisa de admiración de Lily Evans. Y así estuvieron un par de horas dentro del lugar, buscando la pulsera adecuada, con un algún detalle en azul.


—Qué buena táctica —apuntó Gabe.

—La verdad que sí —agregó Carrie.

—Es tan obvio que es para ella... —terció Giana.

Los tres estaban escondidos detrás de una pared, mirando por la ventana a James Potter y Lily Evans comprar un supuesto regalo.

—Carrie, si no vas a hablar a mi favor, no hables.

—Gabe, tú mismo lo admitiste —rió irónica— Si le regala lo que sea que compre, Lily va a caer redondita.

—Lily no es esa clase de persona —dijo Giana— Ya sabemos lo poco que esta interesada en Potter.

—Pues yo la noté entusiasmada cuando se preparaba.

—Carrie, por favor —imploró Gabe.

—Ay, por Dios. Callense —ordenó Georgiana— Quiero observar en silencio.

—Enojona —se burló Gabriel y recibió un importante golpe en la cabeza— Agresiva.


—¿Es para regalo?

—Sí —contestó James, sacando la importante suma de dinero de su billetera.

—Muchas gracias.

—Adiós.

Cornamenta le abrió la puerta a la dama y volvieron al inminente frío del invierno que se aproximaba. Lily sacudió los hombros y James le puso su chaqueta sobre sus hombros.

—No hace falta... —aseguró ella, perdiendo el carmesí de sus labios.

—Yo creo que sí  —sonrió él— Luego me la das.

—Pero, ¿y tú?

—No tengo problemas con el frío —sonrió, caminando con las manos en los bolsillos de sus jeans— Te invito una cerveza de mantequilla.

—No creo que...

—Ya te dije que no seria una cita —le dijo, con toda la naturalidad del mundo— Sin compromisos.

—De acuerdo —cedió, sonriendo— Pero sólo una.

—Sólo una.

Tenia que admitirlo. Era sumamente caballeroso, era atento, dulce, natural y sin embargo indiferente. En ningún momento había intentando nada inapropiado; sentía que era su amigo, que podía tener una conversación corriente con él.

—¿Y se puede saber para quién es el regalo caro?

—No fue caro —rió, modesto.

—Debe ser para alguien muy especial.

—Sí —quiso ver sus ojos al responder aquello, pero fue incapaz— Tengo una debilidad con los regalos, me gusta regalar. Creo que hasta sería capaz de regalarle algo a Snape.

Lily rió.

—Aún no entiendo tu problema con él —dijo, todavía riendo— Es tan buena persona.

—Llegué a la conclusión de que son leyes naturales.

—Leyes —repitió, con esa media sonrisa que estaba volviendo loco al Merodeador— Ni siquiera han intentado tener una charla decente con él.

—Mejor no hablemos de él.

—Bien, Sr. Capitán, usted dirá.

—¿Sr. Capitán? —rió— No te burles, Prefecta.

—No, jamás.


—Están riendo, por el amor de Dios —decía Gabe histérico.

Ahora su escondite era un precoz cartel que dejaba al descubierto sus piernas.

—Hacen una linda pareja —comentó Carrie, con las mejillas rosadas de la ternura— ¿No crees, Giana?

—No me obligues a opinar —repuso la aludida— No quiero dejar nada establecido, aunque ya tenga mis sospechas.

—No puedo creer que voy a tener que acostarme con Andrea Kent —se lamentaba el chico— ¡Dios me ampare!

—Eres un cobarde, Carrell —se burlaba Georgiana.

—No tienes ni idea de lo que eso significa —decía, fuera de sus cabales— ¿Quieres experimentar un trauma mental permanente? Acuéstate con Andrea Kent, es una garantía.

—Exagerado...


—Gracias por la ayuda —dijo, parado al pie de las escaleras, antes de que ella desapareciera tras la puerta de su cuarto.

—Fue un placer —repuso, al tiempo que le devolvía su chaqueta— Espero que le guste.

—Si lo elegiste tú, estoy seguro que sí.

Ella sonrió.

—No fue nada —comenzó su camino escaleras arriba— Adiós, James.

—Adiós, Lily.

¿En qué persona se había convertido? Había empezado en una apuesta donde su real propósito era ganarle al tipo que siempre llevó la delantera en cuanto a apuestas. Era verdaderamente el mejor, lo sabía. Sin embargo, la situación le había dejado claro y admitió con total franqueza que deseaba enamorar a la pelirroja. Verla en la joyería, sonreír con naturalidad y ayudarlo a comprar un regalo que tarde o temprano sería de ella, había sido todo lo que necesitaba para contemplarse a sí mismo y ver que su corazón latía por ella. Simplemente por ella.


—Siento nauseas —anunció Giana.

—Cuidado con eso —advirtió Gabe— Hay que llevarte a un baño.

—Gracias —repuso sarcástica— Ahora desearía poder vomitarte los pies.

—Qué dulce.

—Cierra la boca o haré realidad mi sueño.

—¡Qué cruel!

—Gabe, ya cállate —terció Carrie— Vamos al baño, vemos que sucede y vamos a la sala común. Lily ya debe estar allá.

—De acuerdo —Giana perdió el color de su rostro súbitamente y salió corriendo a la puerta más próxima y dejo allí el chocolate caliente de esa tarde.

Gabe y Carrie corrieron detrás de su amiga.

—¿Necesitas algo? —ofreció el chico.

—¡No! —exclamó furiosa— ¡No quiero nada!

—¿Y ahora qué hice?

—No hiciste nada —repuso Blair— Ya sabemos que no hiciste nada, pero ella esta experimentando sensaciones completamente nuevas para su organismo...

—Por favor —interrumpió, resoplando— Ya me tienen cansado ustedes las mujeres y esas excusas.

—¿Excusas? —terció Giana, apareciendo de la nada, abriendo la puerta velozmente— A menos que estés dispuesto a ser agredido físicamente, retráctate.

—Ya —levantó las manos, en derrota— Esta bien, me retracto. Pero sigo creyendo que son exageradas...

Y dicho esto salió corriendo y detrás de él: Giana; y detrás de ella: Carrie.


Tres meses después...

—¿A quién observas tanto, Remus? —inquirió la pelirroja, sentada junto al chico.

—¿Qué? —volvió a la tierra.

—¿Que a quién observas?

—A nadie... —se reprochó mentalmente por su inseguridad; ese no era él.

—¿Seguro?

Aun se podían apreciar los últimos retazos del invierno a través de la ventana; y en aquella tarde de sábado, los Gryffindor habían decidido quedarse en su sala común, frente a la chimenea, adelantando tareas. Otros, como Lily y Remus, habían preferido una buena lectura, aunque cierta persona no prestaba demasiada atención al texto.

—¿A dónde quieres llegar con tu cuestionario? —preguntó, sonriendo.

—Te conozco muy bien, Remus Lupin.

—Es que es cierto —comenzó de repente— Es verdad lo que dicen. Embarazadas se ven más hermosas.

—Asique por ahí va la cuestión... —sonrió triunfante.

—A ti no ve voy a mentir, Lily —dijo, mirándola— Giana siempre tuvo algo que me llamó la atención.

—Siempre fue diferente —admitió.

—Pero ahora que ya no es la misma persona, es como que pude ver realmente como es.

—¿Te gusta?

—"Gustar" es una palabra chica.


Nunca había notado los rizos chocolate y extensos que caía en una gran cantidad detrás de su espalda. El gran detalle de su cabello lo había pasado por alto todo ese tiempo. Sólo que en aquella ocasión lo tenia recogido desordenadamente y un mechón caía sobre su rostro. Resaltaba la belleza que permanecía oculta detrás de aquel carácter complicado que podía ponerlo de los nervios.

Carrie levantó la mirada. Tenia esa sensación de que alguien la estaba observando; y cuando se encontró con aquellos ojos grises su corazón se aceleró de sobremanera. Qué ridículo. Sirius Black no podía hacerla sentir de ese modo, no él.

Canuto fue sorprendido por aquellos ojos miel y sintió un calor extenderse por toda su espalda.

—Black te estaba mirando estúpidamente.

—¿Qué?

—No juegues conmigo, Blair, sigo siendo perspicaz.

—No juegues con ese don —se burló— Vas a terminar matando a alguien.

—Sí —sonrió macabramente— A ti.

Carrie rió.

—Mucho cuidado, querida mía —prosiguió Giana— Sirius Black tiene más experiencia de la que tú y yo sabemos. Jamás debemos subestimar al enemigo.

—Yo no estoy subestimando a nadie —repuso, con naturalidad— Black me es completamente indiferente. Lo que haga o deje de hacer, no causa el mayor cambio en mí.

—Sí —replicó sarcásticamente— Sólo espera el golpe maestro.

—Sí, Giana —se propuso seguirle la corriente como la loca que era— Black me va a conquistar, como si siquiera le importara.

—Llámalo: sexto sentido de embarazada.

—Por supuesto —sonrió— Bueno, madre, te dejo.

—¿A dónde vas?

—A la cocina, tengo antojo de algo.

—Ah —aprovechó— Y ya que vas para allá, tráeme algo cubierto en chocolate.

—¿Algo más?

—Y si encuentras, melón.

—¿Melón?

—Sí, melón. Estoy antojada.

—No tardo nada.

Carrie pasó junto a los dos Merodeadores y sólo uno de ellos la observó salir y alguien más, a su vez, lo observaba a él. Blair salió por el agujero del retrato y se dispuso a encaminarse a las cocinas.

—Ya vengo, Cornamenta.

Y antes de que su amigo pudiera replicar, Padfoot salió. Siguió sigilosamente a la chica, sin saber exactamente por qué lo hacía, pero como nada en su mente decía lo contrario, continuó. La vio entrar a las cocinas y espero a que la puerta se cerrara detrás de ella.

Se acercó. Esperó y entró.

—¡Dios! —Carrie soltó la bandeja que tenia en la mano por el susto de escuchar la puerta abrirse de repente— Maldita sea, Black...

—Lo siento —dijo, sonriendo y ayudándola a recoger todo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, una vez que todo estaba en su sitio.

—Te vi salir y se me ocurrió acompañarte.

—¿Acompañarme?

—Sí —repuso, tranquilamente— No tiene nada de malo, ¿o si?

No pudo controlar su bestia de la seducción y aquellas últimas dos palabras las arrastró con la mejor voz que tenia. Ella lo notó y arqueó una ceja; ni siquiera se molestaría en ponerse a la defensiva.

—No —respondió, yendo hasta la mesa para comer un pedazo de pastel que había encontrado— Supongo que no.

Se sentó frente a ella, observándola directamente a los ojos. Carrie sintió el peso de aquella mirada.

—¿Qué ves? 

—Nada —sus perlas grises brillaban y Carrie pudo ver la picardía en ellas.