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Historia 44136 — capítulo 2
Qué shock. Qué miedo. Remus intentó hacer desaparecer su imaginación, ya empezaba a asustarlo. Buscó distracciones. Miró a su alrededor mientras volvía al Gran Comedor. No había mucho para observar; sólo un piso gris y unas paredes de piedra. Que momento tan conveniente para buscar distracciones.
—Lunático, ahí estas —sonrió James— ¿Qué te retuvo?
—Mujeres —respondió el chico, con una sonrisa nerviosa— Males necesarios.
—Ey —se quejó Carrie, sin dejar de observar su desayuno.
—Tranquila —dijo Lupin— No tengo nada en contra de ustedes.
—Espero —replicó ella a su vez, dirigiéndole una mirada de advertencia— ¿Qué pasó con Lily y Giana?
—Se quedaron en su habitación. Ya hablaran contigo.
—¿Es algo malo? —preguntó, extrañada.
—Ya te dirán ellas.
—Oh —fue lo único que salió de su boca. Una expresión corta y precisa— Giana...
—No sé qué problema tuve ese día con los condones —manifestó, casi con sarcasmo— Nada me costaba ser cuidadosa. Ahora no podré acostarme con nadie por nueves meses. ¡Nueve meses! ¿Pueden apreciar la magnitud de ese lapso de tiempo?
—Giana, ¿qué harás? —preguntó Carrie, en shock todavía.
—¿Qué puedo hacer, Carrie?
—¿Lo tendrás...? —terció Lily, en voz baja, como si fuese una idea descabellada.
—Lógicamente —gritó— Estoy loca pero no tanto.
—Y... ¿quién es el padre?
—¿El padre? —repitió la futura madre, como si acabase de recordar que su hijo tenia un padre.
—Hola, guapo —Andrea Kent susurró aquellas palabras al oído de un Merodeador, quien extrañamente se hallaba sumido en una lectura.
—¡Dios! —exclamó, muerto de miedo, dejando caer el libro— Andy...
—¿Cómo se encuentra mi futuro marido hoy? —preguntó, comenzando la rutinaria sesión de masajes. Sirius disimuló el terror que aquella idea le producía.
—Bien... —¿sería apropiado pedirle que se alejara de él para siempre?— Andy...
—¿Sabes? Lo he pensado mucho.
—¿Qué cosa?
—La ceremonia.
—¿Qué ceremonia? —una idea extraña se le cruzó por la cabeza; fue una especie de suicido— Andrea...
—Tu sólo me dices Andy —espetó, cambiado el tono filosamente.
—Claro —repuso rápidamente— Andy... Hay algo que tengo que decirte.
—¿Te enteraste? —explotó de repente, cambiando el semblante por uno de euforia— Georgiana Glover esta embarazada.
Lo que iba a decir pronto se esfumó en su mente. Aquella noticia parecía más interesante, más... contundente.
—¿Qué dijiste?
—Glover esta embarazada —repitió, enloquecida por el chisme— Pero es un secreto, asique shh.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Secretos del oficio —guiñó un ojo.
—¿Oficio? —repitió. Esa tipa estaba definitivamente loca.
—¿Gabe? —habló débilmente Giana— ¿Dónde demonios esta mi chocolate caliente?
—Si no dejas de quejarte, en el suelo próximamente —repuso el chico, entrando oportunamente a la habitación con una taza en las manos.
—Me siento inválida, enferma. Gorda —lloriqueó.
—Mira el lado positivo, ya ha pasado un mes, ahora sólo te quedan ocho —la sonrisa tonta de Gabriel no arregló absolutamente nada.
—Gabriel —Carrie apareció— No. Olvídalo. Mal comentario.
—¡Cada día que pase me veré más gorda y fea! —Georgiana había comenzado a llorar.
—Claro que no, Giana. Cada día que pase te veras más hermosa —aseguró la Prefecta con una sonrisa tranquilizadora.
—Yo no dije nada para hacerla llorar —expresó Gabe, intentando defenderse.
—Gabriel —la pelirroja negó con la cabeza— Déjalo ir, las hormonas le jugaron una mala pasada.
Giana había tomado su decisión de permanecer en Hogwarts todo el tiempo que pudiese; detestaba la idea de tener que volver a casa con sus padres y tener que dar explicaciones que no tenia. Una era: la paternidad del bebé. Nada estaba claro para ella, pero supuso que el accidente ocurrió en aquella fiesta de la que no recuerda nada... ¿Había sido por la victoria de Gryffindor contra Slytherin? O... No, Giana, olvídalo, no lo recuerdas.
—Tengo el presentimiento de que todo el mundo lo sabe —pensó Glover en voz alta.
—Lo sabemos nosotros, lo sabe Lupin —enumeró Gabe— Lo saben los profesores, la enferma obviamente...
—No hay forma de que alguien mas lo sepa —calmó Lily— Remus prometió que no diría nada. Yo confió en él.
—Extrañamente yo también —admitió Giana— Pero... Olvídenlo. Estas malditas hormonas me hacen delirar.
—¿A dónde vas? —preguntó el chico.
—Al baño —respondió, con la voz afilada en frustración.
Por cuestiones de maternidad, el típico aspecto de Georgiana sería sustituido. Si antes su rostro se escondía bajo inusitadas cantidades de maquillaje de colores especiales, ya no sería así. Dejaría la ropa negra, las cadenas, las pulseras de cuero con púas. Alguien, hacía mucho tiempo, le había contado sobre la belleza de una mujer cuando estaba en cinta; esa misma persona le había dicho que ella era hermosa y que no la quería dejar escapar bajo el disfraz que constituía toda su ropa y el maquillaje.
—¿Vas a bajar a comer? —preguntó Carrie.
—Sí —respondió, sentada en la cama— Ustedes adelántense, ya los alcanzo.
Giana se puso se pie y se acercó hasta el espejo de cuerpo completo que estaba clavado en la puerta. Levantó su blusa y clavó la vista en su vientre. A veces podía jurar que sentía cosquillas y aquella sensación... le gustaba.
—¿Qué mierda ves, Black? —espetó Giana, dejando caer sus manos con fuerza sobre la mesa, provocando un estruendo.
—Eh... —qué difícil era intentar sonar natural— Lo sabe Andrea Kent.
El rostro de Georgiana se desfiguró de pura ira. Dejó caer los cubiertos sin preocuparse donde cayeran y se puso de pie, dispuesta a matarla.
—¡Kent! —escupió Giana.
—¡Giana, no! —Gabe, Lily y Carrie se pusieron de pie para detenerla, pero su amiga ya estaba de los pelos con la desafortunada Andrea.
—¿Cómo lo supiste, perra?
—¡Suéltame!
—¡Contéstame!
—El punto es que ya lo saben todos —sonrió con malicia, a pesar de su situación desventajosa.
Sus amigos llegaron justo después de que Giana golpeara a puño limpio a su víctima y ésta cayera al suelo con la boca ensangrentada.
—¡Srta. Glover!
—Ya esta, profesora, no la toco más —respondió, volviendo a la calma— Le confieso que hace mucho tiempo que quería hacer eso.
La expresión escandalizada de Minerva McGonagall decía mucho.
—A mi despacho —sentenció— Srta. Blair, Sr. Carrell, lleven a la Srta. Kent a la enfermería.
—Sí, profesora.
Lily no tuvo más remedio que quedarse en el comedor, viendo como los demás se iban. Era en ese punto donde la recta de seducción de James Potter se volvía infinita.
—Lily —comenzó, con la voz más dulce que encontró— ¿Te molestaría acompañarme a Hogsmeade hoy?
—¿Acompañarte? —repitió, con una ceja arqueada. Eso despertaba sospechas sobre las verdaderas intenciones del Merodeador— Que quede explícito que no voy a salir contigo.
—No dije que sería una cita —se imaginaba que diría algo así— Te estoy pidiendo que me acompañes. Hay algo que quiero comprar y necesito la opinión de una mujer.
—De acuerdo —iría como compañía, no era su cita, no podía decir que no simplemente porque pensara que quería conquistarla.
—¿A las 5 te parece bien?
—Sí.
El castigo que una embarazada podía recibir era ninguno por lo que Giana fue suspendida tres días. La parte negativa del descanso es que perdería un examen práctico de DCAO. Nada trágico, sólo impertinente. Lo único que realmente tenia en la mente eran sus próximos pasos en los siguientes ocho meses; y entre toda esa telaraña de emociones, sintió miedo.
—¿Pueden creer? —Giana sonreía— Vacaciones.
—La verdad que te envidio —decía Gabe— No es justo, yo quiero una excusa tan válida como la tuya.
—Aún recuerdo tus burlas por nuestras ovulaciones —la dulce victoria— Un vientre ocupado es peor que las ovulaciones pero bueno...
—Llego tarde, gente —manifestó la pelirroja desde el baño mientras se delineaba los ojos— Odio llegar tarde.
—Sí, Lily —dijo Carrie irónicamente— Llegas menos cinco minutos tarde.
—Cállate, Blair.
—Todavía no puedo creer que aceptaras salir con Potter —comentó Gabriel— Hicimos una apuesta. ¡No me quiero acostar con Andrea Kent!
—¿Y por qué con Andrea?
—Porque si Potter te conquista en menos de cinco meses me voy a tener que acostar con esa esquizofrénica.
—Te aseguro, Gabe, que no será necesario —lo calmó Lily— Potter no me va a conquistar, al menos no en los próximos cuatro meses.
—Qué alivio —terció Giana, sarcástica— Me das a pensar que algún día sí te conquistará.
—Nunca sabes las vueltas de la vida —repuso— E intenta hacer memoria sobre esa noche, Georgiana.
—No tengo ganas —replicó caprichosa.
Unos jeans y una blusa cuello tortuga roja fue lo más adecuado que encontró en su armario. El delicado maquillaje que había aplicado a su tenue piel resaltaban sus verdes ojos y los hacía ver más imponentes, más grandes, más bellos. La voz del inconsciente de su inconsciente le decía que era bueno iluminar los atributos naturales, para que lo demás pudieran admirar tal naturaleza. Ella lo negaba, él le era indiferente, pero quería ver la cara de James Potter cuando la mirase a los ojos y las palabras se traben en su garganta.
—Lily —saludó el Merodeador, vestido de la mejor forma que pudo. La deslumbrada era ella.
—Qué tal, James.
James. Le había dicho James. No había sido su apellido. Algo bueno iba a salir de aquello, tenia que ser así. Le caía bien, lo había llamado por su primer nombre.