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Historia 44251 — capítulo 1

A Montserrat, porque la quiero

-¿Qué hora es?

-Tarde… no quiero saberlo - se levantó del diván - y no quiero verte mañana.

-Nunca quieres verme mañana.

-Esta vez es en serio.

-Siempre es en serio - se revolvió entre la colcha y el terciopelo gastado - pero acabas por verme mañana.

Espió por el rabillo lo que la luz de la vela le concedió, la piel erizada, la espalda húmeda, luego se dio la vuelta y se cubrió el hombro que le dolía por el frío. La escuchó ponerse la ropa: de verdad no quiero verte mañana. Se aclaró la garganta sintiendo pesados los ojos.

-Estás triste.

No oyó nada más. Se volvió a mirar cerrarse la puerta. Se había ido: se levantó y se fue.

Hermione abrió los ojos, se llevó la mano a la frente y miró el dosel, respiró con lentitud profunda: no vamos a ninguna parte: no vamos a hacer nada. Si las cosas seguían así, optaría por obedecer a la necesidad y decirle que estaba harta y él seguro que se reiría preguntándole qué era lo que le pasaba. Con aire de burla y mala sangre, sangresucia. ¿Pero por qué la miraba? Pensó en la lectura simultánea, imaginando que podía encontrarse con otra persona dentro de un libro si esa persona leía las mismas palabras al mismo tiempo que ella. Tal vez mirarse dentro de la hondura del mar negro o a la distancia del horizonte, brillando como plata cambiante a mirada, cruzar los ojos y sentir un relámpago en las venas y que todo sonara a interrogación: Hermione amaba las respuestas pero más las preguntas, que eran el origen de la inquietud y de las mismas respuestas. Al final éstas se reducían a una sola contestación, que lo que hacemos no es complicado pero se entrecruza con una misma y, si pensaba que era difícil ese entrecruzamiento de los actos y la persona, era mejor ya ni siquiera pensar en entrecruzar dos actos independientes uno de otro con dos personas que no sabía si dependían una de otra, de una dirección a otra sin regreso, por separado, o con boleto redondo, lo que querría decir que tal vez sí fuera posible la lectura simultánea y no sólo una idea desvelada, de las que salta la liebre del matojo cuando una está aburrida. Por eso habría puesto el libro al alcance de Draco y se había puesto contenta cuando no lo encontró en el lugar donde lo había dejado. El libro se llamaba Las partes de Deleite y consistía en una minuciosa descripción de un cuerpo o una ciudad, una mujer o un hombre, un algo que era tan total como el todo con todos sus pormenores; una predicción o una remembranza de las líneas de la espalda y el pecho, en suma una resta de cosas que una da por sentado tan fácil que, cuando se encuentra con un libro así, de inmediato se asombra por lo que ya no recordaba. Sólo había dos copias en la biblioteca, empastadas en color rojo: la que Hermione puso, con una nota apretada bajo el título, donde Draco la pudiera ver y la que a diario visitaba en el anaquel, del cual desterró un nido de arañas que se pensaban dueñas y señoras del polvo y las letras. No llevaba el libro a su habitación para no alimentar la más ligera sospecha, ni siquiera de la más rara coincidencia entre lo que pudiera leer el muchacho y lo que una lee fingiendo que es por pura curiosidad. Pero pasó el tiempo y después de seis meses nada. No podía encontrar a Draco en el libro -sospechaba que lo habría abandonado de inmediato- cuando se encerraba en la biblioteca y leía y releía las páginas, a veces en orden, a veces abriendo una al azar con la esperanza de. Dejó el libro en el estante, apurada porque Harry estaba cerca y la vería, y aceptó batirse en retirada frente a la paciente espera de las arañas, que no tardaron más que unas horas para reclamar lo que por derecho les pertenecía.

De verdad no quería verlo ese día. Nunca lo admitiría, pero cada vez que esgrimía su amenaza, él sentía como algo que caía de su garganta a algún lugar bajo su estómago, y entonces había que calmarse y recordar que las otras veces también había sido así, no morderse las uñas, esperar, esperar a que. Miraba el reloj del vestíbulo y quería salir corriendo a morirse por ella, a ir regando por los pasillos en la carrera el amor por ella, las ganas de volver a besarle entre las piernas y entre las cejas, esa necesidad que sienten los hombres cuando saben que no por tener a una mujer la han hecho suya. De verdad no quería verlo ese día, porque no había asomado las narices como las otras veces a la misma hora de la noche, con el aire entre culpable y ansioso de cada ocasión, para que él pudiera poner aquella sonrisa de satisfacción y seguridad que por dentro se le desmoronaba, pero es que tenía que fingir que todo estaba en su lugar, que siempre lo había estado, nadie duda de que uno es tan atractivo, tan irresistible, tan. Como si no se hubiera estado estrujando las manos y sintiendo ganas de llorar, como niño abandonado. Miró a la esquina por donde siempre aparecía: una sombra lamiendo la pared, a punto de dar la vuelta.

Hermione se negó a salir de su habitación en todo el día: se dedicó a repasar lecciones ya aprendidas de memoria, aburridas por la falta de novedad; un deseo bueno sería que las letras de repente bailaran, saltaran, cambiasen de lugar para formar nuevas palabras, y que ella pudiera meterse esas palabras a la boca y reordenar sus letras, inventar nuevas palabras, sonidos que la hicieran reír o llorar, o dejar de sentir la angustia encerrada en la boca del estómago; y si las palabras se reordenaran y fueran Las partes de Deleite las que se alinearan en el tratado de alquimia que la punta de su dedo deshilaba línea por línea, y si en esas nuevas ramas encontrara ella al pájaro huidizo que estaba buscando, Draco, a lo lejos leyendo como ella que una línea asciende por la espalda y esa línea describe cada vértebra y cada nervio, hasta perderse en la profundidad del cabello y dejar de ser línea para ser volumen, una hermosa cabeza tallada en la roca de cualquier estatua pasajera por el parque encantado de la ciudad que es cada pensamiento dentro de la mente de una, y si. ¿Por qué había dejado el libro? Alguna vez vio algo en el libro y dio un salto: entre una enredadera corriendo por el brazo de agua de la mujer de una avenida que terminaba en un arco triunfal con su flecha apuntando al cielo, mientras leía la descripción de una pierna que podría ser la suya o la de Draco, creyó encontrar una piel con matices rosados, apenas fue un momento, lo suficiente para tenerla durante un mes leyendo a cada minuto posible, a la espera, siempre a la espera. Fue el único vistazo de la otra persona que leía el libro, Draco había abandonado después de eso, las arañas reclamaban las páginas y Hermione pasó del espanto a la alegría, de la alegría a la angustia y de ahí a la duda, esquina con frustración y enojo, maldiciendo la estúpida creencia de que había algo así como la lectura simultánea, todo eso era un cuento, no podía ser cierto y aquella piel rosada y suave que creyó encontrar, que pensó ver entre las páginas de un modo inexplicable, acabó siendo una inocentada que su propia mente inquieta se había complacido en gastarle. ¿Cómo había dejado el libro? Entre imprecaciones a la mala suerte, a su mala cabeza, a su imposibilidad para hacerse con lo que quería, con quien quería. De nada servía la nota bajo el título, su letra apretada y de remates altos ¿qué decía la nota? Si tú quisieras, si un día lo decides, si no lo sabes, mírame: aquí estoy. El libro quedó en el estante y Hermione quiso no pensar más en ello, haciendo el esfuerzo después de un mes lo logró: no más libro, pero también no vamos a ninguna parte: no vamos a hacer nada. Se negó a salir de la habitación.

De la comisura de los labios escurrieron gotas de agua al diván, sobre el cual se morían de calor. Se colocó los lentes y abrió uno de los libros rojos del buró, leyó por enésima vez, Las partes de Deleite Si tú quisieras, si un día lo decides, si no lo sabes, mírame: aquí estoy. Dos dedos delgados le acariciaron la frente sin hacer caso de la cicatriz, haciéndolo volver a los ojos azules que temían al reloj.

-Estás triste - puso su frente contra el cabello negro.

-No puedo seguir haciéndole esto a Draco - contestó Pansy.