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Historia 44251 — capítulo 2
Pero llega el día y un incendio inexplicable…
Francisco Alcaráz.
A Adelheit, que no sabe pero es alguna voz
Entre las hojas verdes olivo que comenzaban a secarse cayendo como parpadeos sobre las piedras desbastadas la conoció. O no, tal vez era que la había visto por primera vez con esos otros ojos que por un tiempo fueron suyos, los ojos que habían suplido la mirada corrupta de tantos años, ahora que los bandos podían ser olvidados con más facilidad, ahora que ahí afuera no había que ser de unos o de otros, si no eres de los míos eres mi enemigo y listo, sin medias tintas ni gama de grises entre el blanco y el negro, yin yang. Amargado por lo que recién había hecho, por dejarse llevar como se dejó, detenido entre los árboles crujientes quejándose por el viento que lloraba entre las ramas, como el arrepentimiento lloraba entre las grietas del alma de Draco, así nada más detenido, miró queriendo animarse a bajar por la vereda tan conocida y amiga de hacía sólo un año, bajar hasta el río que, ya se lo habían dicho antes los que aún lo querían un poco, ahora estaba seco y sucio. ¿Qué tenía que hacer ahí, si no pensar en Hermione? Pero ahí estaba la vereda con su boca abierta y él no se atrevía a bajar por ella.
Malfoy sintió la necesidad un día cuando se cansó de vagar por las calles bailando con el dinero y con algo que no era aburrimiento, sino algo como un abandono de sí mismo, olvidado por todos ahora que no era enemigo de nadie, ahora que no era un niño ni un riesgo, ahora que las intrigas infantiles habían quedado atrás, sepultadas con el cuerpo del asesino que crió a su sombra a los que comían muerte, a los estúpidos crédulos que adoraron a Tom Riddle. Ahora Malfoy no importaba a casi nadie, y a quien sí, no le consideraba ya como un héroe trágico ni un alma atormentada, ni un valiente ni nada más que un muchacho que se había cortado el pelo, aguantado las burlas y puesto dos ojeras oscuras bajo sus ojos claros. Sintió la necesidad cuando, caminando por una avenida ya sola, encontró a Granger despidiéndose a las prisas y sonrisas de Potter. Se quedó parado como sus esperanzas y Granger se acercó mirando al piso contenta, sin verlo a él, levantando la cabeza al pasar junto. La siguió con la mirada: tres pasos después Granger volvió como pensando que había visto un fantasma, como pensando no era él, con esa duda que teje nudos que nadie quiere deshacer. Se miraron después de años y no se encontraron tan parecidos a quienes eran al principio: ella más flaca, él un tanto más encorvado. Hola ¿eres tú?, la pregunta tonta, todo mundo es tú si se lo preguntas, corrección ¿eres Malfoy?, eso también lo soy, y listo, intercambio de cortesías, cómo te ha ido, has estado bien, qué ha sido de ti, qué ha sido de Potter y de Weasley, y tú qué tal, un qué tal algo desconfiado, Malfoy pensó que esa precaución era normal, pero estaba tan solo que tuvo buenos modos y mejores sonrisas que ya no eran de medio lado, sino una conciliación con el pasado que había hecho pedazos, tal vez nos volvamos a ver, sí, tal vez, cuídate Granger, y ella se congeló cuando lo oyó decir que había sido bueno encontrarla después de ese tiempo, cuando Malfoy emprendió la retirada un poco más encorvado y pensando en la cena a solas sin que ella adivinara nada, lo sintió lejano de un modo distinto, frío de otra manera que la de sus años más jóvenes y un poco tontos. No sintió que fuera el que fue, sino una sombra de sí mismo, un hombre que esperaba, no sabía qué, pero todavía esperaba, tal vez pronto dejaría de aguardar por eso que nunca llegaba.
Draco se sentó al pie de un árbol y se miró las manos, las palmas que no recuperaban su color, pálidas de tan tensas todavía, se pasó el dedo por las líneas pensando en una caricia que alguna vez supo dar, tal vez la caricia más profunda como alguna vez leyó, aquella que humedecía todo, todo lo incendiaba y era la muestra más sin palabras, más lenta de lo que no se puede decir pero que a uno lo inunda, ¿de qué lo inunda?, de ella, de mí, de ella en mí o yo en ella; de aquello que no se puede definir, a pesar de todos los siglos de poesía y de cavilar tan insensatamente lo que no tendría por qué ser razonado; ¿de qué me llenabas tú, Hermione, de qué materia me hacías y cómo ocupabas todo lo que yo soy? ¿cómo me abrazabas por fuera y me abrasabas por dentro, cómo me sentía tan todo lleno de ti? No sé qué era eso que me dabas porque no hay palabras o tal vez hay una sola que ya no quiero decirme ni siquiera en el pensamiento, pero era eso que yo veía en tu boca y que olía en tu espalda con sus pecas diminutas; sí, era eso, tenía que ser eso que yo sentía cuando tú enredabas tus pies con los míos y tu frente se topaba con mi boca, cuando yo dibujaba tu boca y nuestros dedos se cruzaban como danzando, se trenzaban como toda tú y todo yo; era esa ansiedad, tenía que serlo, de abrazarte completa por todos lados, de darte la más loca batalla por cada flanco y entrar en ti, en tu boca, entre tus ojos entre tus piernas por tus oídos y tu nariz, entrar por la fuerza que tienen los besos de madrugada sin ruido, los besos que son más blandos que el viento en las cortinas y más duros y más sólidos y demoledores que los gemidos de los hijos que ya no tuvimos. Ahí está la vereda y todo su camino donde ya se borraron tus pasos, mírala, ahí está la vereda hija de puta, mírala Hermione, no me atrevo a oír lo que tiene, lo que quiere decirme con su boca abierta como si quisiera tragarme, no quiero bajar por ella porque el río seguro que está seco ya, como me estoy secando yo, mírala Hermione, mírala.
Granger lo volvió a ver siempre en la otra esquina, con la apariencia de estar perdido más que vagando y se dio cuenta de que caminaba sin admitir que lo buscaba. Una vez lo distinguió mirando las flores de un aparador y sintió un pájaro asustado en el pecho, por si tal vez él pensaba comprar y luego. Después cruzando un puente caminó detrás de Malfoy sin que él la viera, le siguió los pasos queriendo leerle la espalda por si algún rastro de lo que traía en la cabeza se le resbalaba por los hombros y le decía que se acordaba de aquel tal vez nos volvamos a ver. No le insinuaría nada, pero lo pensaba con algo parecido al gozo de saberlo en camino. Después lo del río, ella se sentó en los escalones desgastados que el agua lamía y pintaba de verde; Malfoy permaneció quieto hasta que ella se dio cuenta de que ahí estaba y la atrapó con una mirada que se repitió después de ese día muchas veces. Se citaron sin hablar otra vez, cruzaron más la soledad de él con la duda de ella, que hasta hacía poco había pensado en Potter como su destino, aunque lo había buscado menos e ignorado sus llamadas por teléfono desde hacía semanas extrañas. A la tercera cita hicieron el amor después de beber café, inseguros uno del otro pero tranquilos de haber sudado con calma, con besos que sabían amargos y líquidos. Malfoy quedó encima de ella oliendo su aliento mezclado con un olor metálico, ella metida entre el cabello corto rubio que le hacía cosquillas en los ojos. Granger había gemido bajo a su oído, él no había hecho ningún ruido, la respiración no le había cambiado como si lo que habían dejado tirado en el piso lo hubiera estado esperando desde el encuentro en la calle y de nuevo al río, sentados en los escalones oyendo el agua y juntando hojitas al borde para que el viento las levantara y los mil barcos diminutos de Agamenón se precipitaran al abismo y a la distancia. No se veían a diario por acuerdo, por no hastiarse ni entregar todas las confianzas que los años dejados en la escuela les habían enseñado a guardar, a ni siquiera mostrar, no se puede condescender con el que siempre te ha humillado aunque tú lo puedas humillar ahora o él mismo se castigue, pero Malfoy parecía tan incapaz ya de castigar a nadie. Luego ocurrió lo de Potter.
La línea de siempre de las novelas nunca es cierta, entre las ramas siempre hay un ruido, un pájaro, un ulular de viento, crujidos o la hoja contra la hoja, no existe el bosque en el que ningún ruido alteraba la calma que grano a grano tejía la tensión hasta que el monstruo de los autores repetidos destrozaba a su víctima incapaz de huir por aquello de que siempre la niña en cuestión se rompe una pierna en su huida y el monstruo aunque camina lento la alcanza siempre siempre la encuentra, eso no existe porque estoy escuchando a lo lejos que alguien hace un ruido, algo como un ladrido que quiere ser mi nombre y sé que ya viene, tengo las manos rígidas, la sangre no les da su color. ¿Por qué no estoy temblando? Ah, Hermione, si hubiera visto, si sólo hubiera visto, pero es que tú no me dejaste y también estabas tan equivocada como yo que soy dado a los errores de cálculo, pero es que entre dos que se buscan de tal modo qué calculo va a servir, si nada es comprobable y no hay fórmula que valga, ni las mandalas vibrantes que tanto te gustaban nunca las acabé de entender. Es que nunca me dejaste ver que no era así y que no pasábamos de una temporada mientras te convencías de que ya habías hecho la obra de caridad y que el huérfano que metiste a tu cama de pronto tenía una madre y un padre, y nunca te diste cuenta de que no era eso, sino que estaba huérfano de sí mismo, pero es que claro que tenías que volver con él, o no, nunca te fuiste de él, no saliste de su casa, sólo abriste la ventana y dejaste que yo te espiara por entre las cortinas y de cuando en cuando me ofreciste agua en la dosis exacta para que siempre tuviera sed y volviera mientras tú estabas segura de que él. Draco sentado junto a la vereda suspiró mirándose las manos y luego a la vereda, imaginando ya el río de Hermione seco, puso la mano en la raíz del árbol para levantarse y casi no pudo sentir la rugosidad de la corteza, pero ya no importa, lo que importa es bajar al río seco y entender que en serio nunca me quisiste, que fue curiosidad, que fue Potter siempre y que yo no podía entender que estamos paralelos aunque yo creí que podíamos, que lo habíamos decidido y que tú me querías, Hermione, tengo tu olor en las palmas de mis manos.
A Granger le importaban las penas de los otros hasta cargarlas como propias, las guardaba hasta encontrarles frases lapidarias con las que cimbrar los dolores que cimentaban a todo el que se acercara, especialista en detectar los tumores de quienes le ponían su confianza y unas cuantas palabras de confesión entre las manos, y Potter le había puesto el diccionario en la planta de los pies, desesperado como estaba por hacerse notar por ella y ganarse algo del afecto que había visto de lejos aquella tarde cuando ella le besó la mejilla pero muy cerca de la esquina de la boca, la última vez que le pareció sincera y hasta tal vez una vocecita entusiasmada que no lo dejó dormir quince minutos tranquilo, Granger tan buena para redentora de las criaturas pobres criaturas de todos los días, si Potter pudiera le gritaría los momentos más encendidos de sus madrugadas pensándola pero no tenía el cuero para hacer esas cosas que sólo hacen los locos y esos a los que nada importa. La sacó de la tetería de la calle segunda una noche a las ocho y le dijo que no iba a soportar que tuviera tan poco para él, tan poco qué, no sabía pero era la miseria, la sobra de su cabello y de su mejilla, de su vereda que ya no iba para donde él y que parecía más bien ir tirando hacia el río. Granger la buena lloró dos lagrimitas y unas palabras, el amor es la muerte del yo, que a él le dieron el valor para decirle que si no iba a ser él, sin importar quién sí fuera a ser, al menos le diera lo que le debía. Malfoy la olió. No podía entender que ella. Y que él. Lástima fue lo que ella dijo y Malfoy se quiso quemar, o se quemó mientras corría y cada vez arrasaba más todo a su paso, corrió como un perro de madrugada, enloquecido queriendo que se acabaran las calles de un lado a otro, corriendo para apagar el fuego hasta que de frente al espejo las cicatrices lo hicieron otro que no parecía; y deseó que fuera ella quien se consumía en la carrera, lo temió, lo vio cuando el vientre de tres meses de Granger se lo reveló, le dijo que ahora sí, que listo, que remediado está lo que no tiene remedio y hasta que el año de su carrera en llamas le agotó la yesca del alma se derrumbó medio muerto y con los pies reventados y eso en el pecho, eso que le hacía torce la boca abierta y encorvarse más, mudo, sin un sonido y asustado porque tanto dolor guardado en tan poco corazón lo ahogaba hasta que ni un suspiro le brotaba; hasta entonces paró y sintió que lo que pudiera pasar ahora era ya sólo un pie de foto descolorido de lo que alguna vez le sucedió. Nunca se dijo la palabra porque no la necesitaba primero, y luego porque ya jamás supo pronunciarla sin encogerse sobre sí mismo. Y se convenció de que otro dormía en su lugar, que el lugar nunca fue suyo y que él nunca durmió. La vio con el niño en los brazos y todo se quebró.
El río está seco pero es que aún creía. Hermione, aún creía y por eso me siento en tu escalón para pensar en el agua lamiendo verde la piedra, verdemente tu escalón. Está lleno de basura y casi me da vergüenza que tú lo vieras y que pensaras que es como soy. Los oigo, viene, Hermione, el fondo de piedras y mierda del río soy yo. Tu nombre está como pegado a mis manos como tu olor.
Malfoy se tendió sobre la escalera oyendo perros. Como si los ladridos estuvieran en sus oídos, como si el año hiciera su estallido dentro de él y por todos lados, ladridos que eran su nombre, diciendo que Granger nunca, que él le creyó, que el río, que todo se quemó. Bajó la mano al hueco entre el árbol y el escalón y prendió los dedos al hilo, del hilo a la piel podrida. Sacó la mano y desató el cordón, las hojas aún sujetas al lomo del libro con su primer párrafo esperándolo: niño, corazón, eres como un arbolito que quiero por su sombra, porque lo riego yo y tus raíces son bracitos. Yo no te he regado bien, porque tus hojas se las lleva el aire pero aún espero. Aún espero. Yo seré yo a tu vuelta, pero seré nosotros si tú me perdonas, si entiendes como entiendo yo que la lástima me traiciona, que lo entendí, que soy tonta pero te quiero y que aún… niño, mi corazón.
Darse cuenta es descoyuntar los brazos ahora que tú estás, aún si callada. Potter lo dijo mejor, ahora que apreté el crujir de tu garganta, Hermione, hasta ahora que él lo guardó: el hijo es tuyo, Malfoy, ahora que ya han venido por mí, que tu nombre está como pegado a mis manos, como tu olor…