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Historia 44251 — capítulo 3

Apenas fue un instante… un breve destello de luz.

Ismael Serrano.

A Cinthya, porque siempre.

El camino que elegí es este, pensé que todo estaba decidido y que lo que pudiera tener de vida sería más como un vagar por un prado lleno de tumbas, un prado reseco y amarillo, rodeado de los vivos que no se atreverían nunca a seguir mis pasos. Todo resuelto, una especie de seguridad que significa conocer, porque el dolor aunque no deja de ser dolor sí se domina, se hace parte de uno si uno se niega a evadir, si te revuelcas en esa pena congelada hasta que te hiela la piel y ya no sientes nada más que de vez en cuando, en esos días en que sí te gana la borrachera, en que el whisky ya se ha acumulado y te descubres durmiendo en la cornisa de un puente a punto de caer, despiertas sabiendo que no habría mucha diferencia entre lo que está dormido en la cornisa y lo que estaría dormido en el piso allá a quince metros más abajo si te hubieras atrevido a. En esos días, sí, cuando ya con los ojos abiertos tienes la idea de que estabas esperando a uno que come muerte o que la muerte misma te coma, cuando quieres sentir como un gancho acariciándote la garganta, en esos días sí recuerdas lo que dejaste atrás y lo que pasó hace tres años en aquel claro del bosque, con la casa destruida en pedazos; cuando la viste por última vez desde que fue engañada, cuando pensaste que no volvería jamás a aparecer. Creí que nunca volvería a aparecer, pero es que…

Ron cruzó el puente y siguió el tumulto en el cual se dejaba hacer, sintiendo los hombros de la gente dirigirle los pasos, un muñeco sin cuerdas pero con hombros que le dijeran qué ruta se debe tomar para llegar a donde sea sin recordar desde dónde partió, sin que le interesara recordar. Ya no tenía el pelo tan largo, aunque la barba de tres días seguía en su lugar y le cruzaban la cabeza más canas venidas con los treinta y un años, los treinta y dos, se preguntó sabiendo que no iba a contestarse, que la respuesta era como querer cambiarse el traje negro brillante de tan usado o los ojos azules ahora apagados. Sin dinero para whisky y sin ánimos para conseguirlo se encontró en medio de mil cabezas que eran como un pensamiento enorme y complejísimo que él no podía entender pero que lo llevaba con los hombros, con los codos, con las miradas desconfiadas y molestas, el vagabundo, el borracho, el cazador fracasado aunque eso no lo pudiera saber nadie más que Ron, los hombros con sus espaldas lo detuvieron: levantó la mirada y el sol le dio en la cara, que cubrió con la mano y entonces vio la luz roja del semáforo que le indicaba al pensamiento complejo y grandísimo que dejaba de pensar por treinta segundos mientras las arterias de la ciudad se llenaban de hierro y llantas a gran velocidad, y entre toda esa gente al otro lado de la calle, unos ojos grandes y castaños que sólo podían ser los suyos.

¿Cómo era? Era linda, más de uno habría perdido el sueño por ella, en el Ministerio había muchos que la seguían siempre con la mirada, algún antiguo compañero alguna vez confesó que le gustaría robarla y quién sabe cuántas cosas más. Pero ella sólo tenía ojos para un hombre que no estaba completo por haber perdido hacía años a la dueña de sus pasos, lo cual no impidió que una noche, no estoy seguro por la borrachera, la hubiera besado o acariciado, o todas esas cosas y de algún modo creo que ella tembló en medio de un abrazo que yo tenía pensado para otra. ¿Cómo era? Tenía el cabello rubio y corto, muy corto y unos ojos castaños enormes, enormes y un talle delgado y poco pecho, poco pero todo aquello que era su cuerpo compuesto por la armonía y caminaba con gracia, parecía brillar toda y brillar en sus ojos cuando le acaricié la mejilla, creo que también llegué a pellizcarle muy suave la nariz pequeñita. ¿Cómo era? Era ella, no había muchas definiciones a pesar de que me llegó a hastiar su fiesta, su celebración constante de la vida, su chispeante felicidad o era que yo estaba tan apagado y amargo que no quería saber que otra cosa era posible, que la vida no era caminar por el cementerio o pudiera ser que ella sí hubiese decidido entrar a los caminos entre las tumbas, entrar y hacer todo para sacarme de ahí, para desprenderme las manos de los muertos que salían de los agujeros y querían jalarme y llenarme la boca de tierra. ¿Cómo era?

No sé, no la supe ver.

Ella miraba la dirección en que los coches pasaban como exhalaciones de metal polvoriento que lanza destellos sucios del sol, Ron miraba hacia ella entre el movimiento del pensamiento enorme, ella apareciendo y desapareciendo mientras Ron pensaba que se había equivocado de persona, que no se lo confesaba pero la deseaba tanto que se la podía inventar ahí entre la agente y quedarse parado en la acera y que los hombros no lo llevaran más, que se equivocó pero más bien de calle de ciudad de mundo y que lo suyo estaba de nuevo en un lugar entre el sepulcro y la casa de locos, pero es que tal vez. La luz roja del semáforo incendiando la calle más que el sol que cada vez se hacía más alto y quemaba con más fuerza en las cabezas descubiertas del pensamiento complicadísimo, la luz roja como la cicatriz que Ron tenía guardada, una náusea de no haber bebido whisky, un mareo porque falta la comida, no recordaba cuándo fue la última vez que. Tenía el pelo un poco más largo y era rubio tanto como antes, y esos ojos castaños que si no hubiera estado dormido lo podrían haber despertado a ella a sí mismo, los mechones que se abrían hacia los lados enmarcando su rostro cruzado por ese otro mechón de su frente que ella apartó para poder mirar bien a los coches y al semáforo, rubio pájaro con las alas abiertas y en el pecho dos corazones castaños y una boquita apretada de impaciencia quizá, pero sin mirar a Ron que le buscó la cara y por qué no me mira, es que quizá no sea ella quien desapareció y nunca la volvió a ver sino que fui yo y no estoy aquí o me hice pensamiento porque ya morí hace no sé cuánto, no me di cuenta del momento en que morí, Ron preguntó y preguntó queriendo dirigirse a algún hombro compañero y guía que le dijera sí, es ella y eres tú, no estás muerto, estás tanto aquí como yo, que soy el hombro que te lleva y te empuja para que dejes de una buena vez de estar jodiendo con ese cuento, no sé qué hacer con mi vida ni a dónde ir después de que todos se fueron o yo los dejé, sí, esa es tu canción Ronald, sí, es ella Ronald, y tú podrías preguntarle si eres tú frente a sus ojos corazones castaños, preguntarle antes de que el pájaro rubio se pierda en el pensamiento y ahora sí, ahora sí nunca más.

Ella se metió dos veces a mi casa y no pude notarla, pero sé que cayó en mi cama y debajo mío y que yo no podía reconocerla cuando la cubrí con esa melena roja que era mía, cuando la enmarqué sobre el colchón con el pelo que aún no tenía canas, estaba tan asustada que no dijo, no dijo… Alguna vez supe que me esperaba y que no me perdonaría pero que no podía dejar de esperarme, que ella estaba enamorada aún a pesar de mí, que ella sí lo reconoció. Siempre hay una duda común a los hombres, cuántas mujeres en secreto habrán llorado por uno, cuántas se hicieron daño y cuántas se largaron para no verme más a la cara después de que yo no pude, no quise, no se me dio la gana, y uno siempre es el malo, el hijo de puta de la historia sin importar que. Y es que ellas parece que sí se levantan, que una vez que han tenido, que pudieron, que se acabó el juego de las adivinanzas, ella cayó en mi cama pero no pude verla y nunca nos dimos nada, a no ser que esa noche en esa borrachera, fuera ella quien temblaba y yo pensaba en otra cuya voz no me quedaba clara, era ella y fui yo quien la abrazaba, fui yo quien la besó y le acarició las mejillas y le dijo tantas cosas disparates al oído tal vez pensando en otro tiempo, casi seguro de que no pensaba en ella sino en otra, y ella lo creyó como suelen querer creerlo las personas a las que el enamorarse les vendió una esperanza, un resquicio, tal vez, y si es que él, y si acaso. Pero luego estaba Luna en quien tal vez sí pensaba o pensé en un tiempo, la otra mujer que sí recuerdo temblando clara y herida con una cicatriz desde los senos hasta la cadera del color de la leche, clara, y a pesar de todo también con ella pensaba en la otra, en la siempre ausente y dentro de mí. Tan clara. Pero esos ojos castaños, tiene que ser ella, más desilusionada y por eso más mía y de mi mundo, y si ahora pudiera meterse en el cementerio como esas dos veces meterse en mi casa, hoy yo no sería así, no. Tiene que ser ella y podré preguntarle si soy yo quien está frente a ella, a pesar de mí pueda ser que todavía me espere y nos demos cuenta de que aquí ahora.

Ron contenido por la luz roja y librándose del pensamiento de espaldas y hombros, la luz desvanecida que se tornó verde adelante. Ella no estaba, desapareció entre la gente y al segundo siguiente de nuevo consultando un teléfono o entrecerrando los ojos al polvo del sol, la calle, abiertos grandes y castaños al frente. Ronald caminó sin los hombros, la idea que arde en medio del pensamiento dormido de la ciudad con sus hombres y mujeres, algo asustado porque ella me vio, sin saber si aquello fue una pregunta o una afirmación. Desaparecida, sí, me vio y se fue cuando ese último reflejo me deslumbró, Ron miró hacia los lados porque ella estaba perdida o tal vez era él quien se había perdido por última vez, pero no, ahí está y se acerca, creo que es ella y que soy yo, Ron empujó a un hombro con su dueño y no escuchó el insulto que salió de cualquier boca, moviéndose un poco más ligero, menos cansado hacia ella que a la mitad de la calle lo encontró y levantó la mirada sin poder pasar alrededor de Ron, hombros encogidos y toda la mirada que nunca antes le dedicó.

-¿Cómo estás? Cuánto tiempo, ¿te acuerdas de mí?

El sonrojo como el de años atrás y los ojos castaños muy abiertos y la prisa, los pasos a un lado, no soy yo, sé que no soy yo porque ella pasa a mi lado y entonces quién soy yo después de escuchar que perdone, está equivocado, por qué no me miraste aunque sea un poco más a ver si tal vez, y por qué no vuelves la mirada, Kayla, por qué no vuelves la mirada hacia atrás.