Las reglas del destino — capítulo 4
Caminaba lento, disfrutaba del momento; trataba de hacerme a la idea de que esa chica sería la nueva en mi lista de conquistas, pero me sorprendí sonriendo como un loco, como un chiquillo. Lento, muy lento, quería que el encuentro fuera casual, no el de un acosador y su presa. La madera crujía bajo la suela de mis zapatos negros, cada paso sonaba diferente. Esa linda y misteriosa chica no se movía, parecía esperar por mí, como una imagen en el museo que desea que todos la admiren. "Hola, te vi desde lejos y quise acercarme a saludar" tenía la conversación más que ensayada, "qué bueno que lo dices, la verdad es que necesito un poco de compañía" habría de decir ella. Todo estaba planeado, desde su primera mirada sobre mí, la primera sonrisa, el primer beso… Mi nombre dejaba de ser Jason Thompson.
Estaba a una distancia corta de ella, pero seguía sin dignarse a posar sus ojos sobre mí, fuese como si yo no existiera. La miré tan tranquila que no pude decir una sola palabra. Su mirada flotaba sobre la tibia agua del lago, se refugiaba entre la silueta de la luna que se escapaba poco a poco del agua verde azul, casi negra, como la noche; la miré sonreír y salpicarse unas gotas sobre la falda rosa. No pude dejar de mirarla, ni a ella, ni a esa mágica figura que se trazaba a su alrededor.
Era hermosa, mucho más bella que todas aquellas con las que había estado antes; su imagen era como el algodón de azúcar de las ferias, como ése que está hasta la punta del palo que lleva el vendedor, ése que todos desean comer; fina, delicada y femenina, tan dulce como nada. Me encantaba lo que lograba aparentar. Paso, un paso más cerca de ella. Era delgada, un poco más delgada que muchas, pero con una bonita silueta, la podía ver aunque estuviera sentada; su piel era muy blanca, rosada, blanca y rosada, la poca luz no me ayudaba mucho. Me paré justo a su lado y vi su rostro con mayor claridad… la palabra bella le quedaba corta, y hermosa me parecía poco. Labios rosas, casi rojos, delicadamente finos y de bonita apariencia. Respiré profundo para encontrar las palabras adecuadas para romper el hielo… Su cabello era largo y de color marrón, más negro que café, le llegaba hasta los codos, se formaban ondas y volaba con el aire, despeinándose como si se tratara de las mismas hojas de los árboles. Nariz pequeña, rostro ovalado, ojos… ¿Qué rayos era lo que me pasaba? ¿Por qué no podía mencionar palabra alguna? ¿Por qué no podía dejar de verla? Sólo podía verla, únicamente podía ver sus hermosos ojos, unos ojos tan perfectos que causaban conmoción en mi ser ¿en mi ser? ¿Cómo podía pensar yo eso? Esos ojos, esos ojos color avellana…
─ ¿Te quedaras toda la noche sin decir una sola palabra? ─Dijo una voz de la nada ocasionándole una fuerte zarandeada a mi cabeza.
Perdí el control de mis pies y me agarré del cerco que rodeaba al muelle. Me sentí como un tonto, como un muchachillo estúpido y poco varonil. ¡Vaya ojete!
— ¿Perdón? —mencioné al verme blanco de respuestas.
—Lo siento, pero no es normal que un chico se acerque a una chica y no diga una sola palabra en ¿Cuánto fue? ¿Dos, tres minutos? —exclamó sonriendo, sin dejar de ver el lago. Enfatizaba algunas palabras para que yo lograra entenderlas, me trataba como si fuera un novato acosa mujeres.
—En eso tienes razón —respondí, le di nuevamente la palabra, quise ver a dónde llevaría la plática.
—Cosa extraña —encogió los hombros y siguió jugando con el agua.
La miré por encima de aquella capa protectora que parecía tener, mas no me importó que se hiciera la ruda.
— ¿Quién eres tú? —preguntó curiosa y volteando a verme por primera vez.
Tenía los ojos más hermosos que jamás había visto, con un brillo especial; sentí el candor de aquella mirada dulce y libre de penas que me provocaba un vuelco en las entrañas y me producía excitación; aprecié el instante, saboreé a grandes rasgos la fina y candente premonición de una noche llena de pasión sobre una cama en algún motel barato a las afueras del pueblo o en mi auto. La desvestí con los ojos, pasé mis manos sobre su cuerpo y concebí el éxtasis al que llegaríamos una y otra vez esa noche y las que habrían de venir con esa linda presa. Mas fue imposible seguir en la fantasía, pues su dulzura era tan grande que me limitaba a apreciar un beso bajo la luz de la luna.
—Soy quien tú desees que sea —respondí muy seguro de lo que decía.
—Qué patético —mencionó después de un gesto de burla.
La miré fijamente sin entender cuál había sido la falla en mi respuesta. Movía la cabeza, la sacudía lentamente en señal de negación. No podía creerlo.
— ¿Por qué no estás en la fiesta? —cambié de tema antes de que lograra terminar conmigo.
—Te podría preguntar lo mismo, pero, sinceramente, no es de mi incumbencia y no me interesa.
—Puede ser, pero yo tengo una razón para no estar ahí. —dije sabiendo qué responder, pues sabía qué vendría a continuación.
—Siempre tenemos razones para todo —mencionó volviendo a voltear los papeles—, pero nunca para nosotros mismos.
"¿Qué?" pensé arqueando las cejas. No tenía idea de porqué, pero me sentía ofendido. Respiré profundamente antes de atreverme a mencionar palabra alguna que o ella considerara patética, me hiciera ver como un gran tonto o en dado caso me golpeara de una u otra manera.
—Te crees muy inteligente —dije sin saber qué más mencionar, me veía blanco de palabras, otra vez—, debes de estar muy entretenida al ver que posiblemente no entiendo algunas de las frases que mencionas, y eso que han sido pocas.
—Quizás sí, quizás no.
¿Qué significaba eso? ¿Estaba jugando conmigo o simplemente trataba de ahuyentarme con sus respuestas cortas y extrañas? Sin duda alguna esta chica trataba de hacerme ver como un verdadero ignorante. No tenía arma alguna para enfrentarme contra algo o alguien así. Era divertido.
— ¿Dónde está tu novio? —pregunté de la manera más normal que pude, quería saber si mi presa era libre.
Volteó nuevamente hacia donde me encontraba y sacudió la cabeza, después se puso los zapatos blancos que se encontraban a su costado y refunfuñó por dos o tres segundos; subió un pie y luego el otro, cuidadosamente porque llevaba falda. Se sacudió el cabello y, seguido, comenzó a caminar en dirección contraria a mí, muy lentamente.
—Con que era eso —dijo enfatizando en "eso"—. Por ahí hubieras empezado y nos hubiéramos ahorrado un pequeño lapso de tiempo ¿no lo crees? No, no tengo novio, pero no, no me interesa irme contigo.
— ¡Ey, ey, ey! —Reaccioné al instante— espera, ¿de qué estás hablando? Tranquila, sólo era una pregunta.
—Discúlpame por creer que eres uno de los tantos que esta noche han tratado de verme la cara de tonta diciendo miles de frases estúpidas y demasiado comunes; debes saber que pienso que eres el menos obvio, te mereces un aplauso, no llegaste con el típico "¿qué harás después de esto?". —exclamó molesta, pero de forma irónica.
Sonreí y la seguí hasta el comienzo del muelle, con pasos lentos, de la misma forma que ella caminaba. Las sonrisas se hicieron presentes cuando enarqué una ceja y resoplé como si aquello lograra sorprenderme. Estaba muy sorprendido, de verdad, pero no de la misma manera en la que estaba ella.
—Yo sólo pienso que eres bonita, pero esa actitud tuya no ayuda demasiado —contesté ante su discurso—. Me disculpo por todos esos patanes con los que te topaste esta noche, pero debes saber que te equivocas conmigo, yo únicamente miré a una chica solitaria en el muelle y quería saber la razón por la cuál se encontraba a mitad de la noche donde la luz a penas llega —señalé fingiendo sorpresa—. Discúlpame por querer ser amable con una desconocida.
Se quedó callada y giró sobre sus talones para volver a mirarme y regalarme una risita. Algo le sucedió a mi rostro en ese instante, pues sin planearlo me desprendí de una sonrisa.
—Sólo quería saber tu nombre, nada más eso.
Enarcó la ceja y frunció los labios, después me miró de forma coqueta y sacudió la cabeza. Se acomodó el cabello y volvió a girar, dio dos pasos hacia enfrente y luego retrocedió uno para voltear hacia mí.
—No me fío de ti.
—Ni yo de ti, pero ¿a quién le importa?
—No te diré mi nombre —dijo cruzando los brazos.
—Ni yo te diré el mío —respondí avanzando hacia ella.
—Tu nombre es lo que menos me interesa —mencionó pareciendo convincente.
¿No le interesaba mi nombre? Eso estaba por verse, de igual manera nunca sabría el verdadero. Volví a sonreír y me aparté de su lado.
La noche era joven, lo seguía siendo, pues, aunque parecían varias horas las que había pasado con esa niña de falda rosa y blusa blanca, sólo habían pasado menos de diez minutos. La música seguía sonando, podía escuchar las risas que se volvían parte del clima y nos sofocaban con hilarante ironía. El tiempo se volvía tiempo cuando ella hablaba, ya que esa jovencita inexperta trataba de ser una adulta madura y sabelotodo, y eso me entretenía.
— ¿Qué edad tienes? ¿Diecisiete o dieciséis? Te miras muy joven para estar despierta y sola en medio de la nada.
—Tengo diecisiete, y por favor, no trates de sacarme información, gracias.
Todavía era una niña, lo había advertido desde que la miré en aquel apartado lugarcillo; pensé por un instante y caí en cuenta de que el plan no iba a funcionar si sus padres ponían una denuncia en contra mía, lo último que quería era ver y escuchar a mi madre quejándose por tener que sobornar a quién sabe quién con quién sabe cuánto dinero. Pero esta niña valía la pena, era tan odiosa y bella como para echarla a la bolsa y presumirla por un rato. Las piezas en el tablero comenzaban a moverse, pronto habría un Jaque, me coronaría una vez más.
La música se volvió un poco lenta, en realidad no reconocía la canción, pero estando en esas circunstancias era ideal para ablandarla un poco, más que un poco.
— ¿Quieres bailar? —pregunté ofreciéndole mi mano.
Sus mejillas se encendieron cuando miró la posición en la que la ponía. No podía negar que ese apuesto, caballeroso y muy lindo chico la ponía de nervios. Ella caería de la misma forma en la que muchas lo habían hecho. Ya sentía esos dulces y delicados labios rozando los míos, me hacía a la idea de esas manos volviéndose parte de mi piel. La tendría conmigo más temprano que nada. El peón avanzó un lugar.
—Nada más una canción.
—No pido más.
Me acerqué a ella justo en el momento en el que ella avanzó hacia mí; coloqué mis manos alrededor de su pequeña cintura y sentí el roce de su aliento en los labios cuando puso sus manos alrededor de mi cuello y hombros; la pegué un poco más a mi cuerpo con un delicado movimiento y recargó su cabeza sobre mi hombro derecho. Analicé el momento y me sentí ajeno a mí. Descifré la dicha de esa canción, de ese baile, de esa mujercita que recargaba su persona en mi cuerpo. Sentí un vuelco en la conciencia, sentí que todo era diferente. La sentí a ella, la sentí y la volví a sentir. Su delicado y dulce perfume, sus manos acariciándome lentamente, los pequeños pasos que daba al compás de los míos, su respiración, el latir de su corazón… No entendía qué era lo que me pasaba.
Y esa canción se volvió otra y esa otra se transformó en tres o cuatro más. ¿Nada más una canción? ¿No se fiaba de mí? ¿No quería saber mi nombre? "Niña, no sabes lo que quieres". La música dejó de ser lenta y ella se apartó lentamente de mí, con la mirada baja y un gesto serio. Disimulé no estar alegre, sino conmocionado por algo. Nos miramos y compartimos el silencio, una larga ojeada que dijo todo lo que no podíamos decir.
— ¿Crees en el destino? —preguntó.
No supe ni qué cara puse, sólo sé que debió ser demasiado extraña como para robarle una sonrisa larga y burlona. En realidad no sabía qué responder, era un tema que me parecía ridículo de tocar ¿destino? ¿Qué estupidez era esa?
—Eemm… bueno… en realidad, no sabría qué responder —contesté dando dos pasos hacia atrás—, no quiero decir algo que en realidad… nunca había hablado sobre ese tema…
—Pues hablemos de ese tema ahora.
—No tengo idea, bueno... en realidad el destino es algo que me interesa poco, más bien no siento que alguien rija lo que estoy haciendo día con día —respondí sin pensarlo mucho— yo soy el único piloto de mi vida.
Nada tenía sentido ¿qué clase de broma me jugaban? Ya habían pasado más de veinte minutos y no se veía en ella ni una sola pizca de interés por desaparecer conmigo. ¿Había alguna cámara escondida? Esa chica, de nombre desconocido y rasgos finos no estaba interesada en mí ¿a caso era eso posible?
Sentí como mis manos se apartaban de su piel desnuda, las prendas volvían a esos cuerpos jadeantes, el pudor desaparecía, la gracia de esa luna observando un acto morboso se transformaba en la luna simple y mojigata de ese día 19 de junio. El placer de un beso se volvían una tonta conversación mal sana, sin punto de inicio y final. Esa muchacha de ojos bellos no era otra de las mías, no lo era. La cama de aquel motel barato nos desconocía. Yo la desconocía. Solamente era la niña del día 19, nada más.
— ¿Y tú? —pregunté después de unos segundos de silencio incomodo— ¿Crees en el destino?
Se abalanzó hacia el cerco y recargó los codos sobre la madera. Un largo suspiro salió lentamente de ella y se echó a reír como la niña que era.
—Desafortunadamente sí —dijo como si cayera en un lago hondo y frío—. No hay razón para no creer.
— ¿Qué quieres decir con eso? —me interesó saber la respuesta, mientras más hablaba más me parecía extrañamente encantadora.
Frunció los labios y giró sobre sus talones dos… tres veces, como si le apenara hablar sobre ello. Se mordió el labio y se encogió de hombros. La música dejó de sonar.
—Hoy estás aquí. Hubo algo que te hiciera venir hacia mí ¿no es así? —me miró a los ojos como si supiera todo, pero al mismo tiempo desconociera lo mismo. Fue mágicamente así…
— ¿Algo? —volví a hacer acto de presencia.
—Regla número cuatro: —dijo de la manera más natural— nada es coincidencia.
"¿Eeh?" pensé en cuanto lo mencionó. "¿Regla? ¿Regla de qué?". Si en mi vida me había sentido más confundido, no recordaba ese instante. Volví los ojos hacia ella y analicé la sonrisa que se dibujaba en sus labios.
—Las reglas del destino —mencionó antes de que yo pudiera preguntar a qué se refería.
Quedé incluso más fuera de orbita que antes "¿Destino? ¿Reglas?". Aquello no parecía parte de mi realidad. Yo no sabía que el destino tuviese reglas. Qué chica tan curiosa, o qué ignorante he sido toda la vida.
— ¿Las reglas del destino? —pregunté no muy convencido con la respuesta.
Se quedó con la mirada tendida sobre el agua por un momento, como buscando algo, quizás la manera adecuada para explicarle a ese tonto chico de lo que hablaba.
— Reglas del destino. La serie de normas, reglas o medidas que se siguen para llegar sano y salvo al final de los finales.
—Yo no sabía que el destino tuviera reglas… bueno, quiero decir… ¿Reglas? ¿Reglas para llegar al final? No estaba al tanto de eso.
—Muchos vivimos sin conocer parte de nuestra existencia, no me extraña que no supieras de ellas. Así es la vida, querido extraño. Es como si vivieras dentro de un juego… o un libro —se retractó—, cada página se escribe lento, como si alguien que marcara tu camino, si supiera lo que haces y pusiera nuevas letras en las hojas.
—O sea que soy una página en este momento —dije sarcásticamente.
—No en ese sentido, pero… —se acercó a mí a paso lento— quizás… —pronunció bajando el tono de su voz— era tu destino conocerme este día; que me vieras con esos ojos —hablaba lento, como sus pasos—; era tu destino que no comprendieras ni una sola palabra de lo que dije —sonrió—; que pienses en este momento que soy una bruja, que soy distinta, rara, inquietante, pero… —bajó el tono de su voz al llegas hasta mi oído— aun así me sigues escuchando, pues sabes que de verdad soy diferente, pues no conseguiste acostarte conmigo hoy.
Abrí completamente los ojos y sentí como los dedos de mis manos se ponían helados. No era exactamente lo que yo pensaba, pero era… sorprendente, ella era sorprendente.
— ¿Qué? —pronuncié nervioso.
—Quizás no es lo que piensas o quizás sí, sabes bien que puedo estar en lo cierto.
Giró en sentido contrario a mí y volvió a caminar hasta el final del muelle. Me quedé blanco de palabras, de verdad. ¿Quién era esa chica? ¿Por qué me provocaba esa sensación de miedo y paz al mismo tiempo? ¿Por qué lograba ponerme nervioso?
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó sin mirarme.
"Mi nombre, pensé que no deseabas saberlo" pensé. Pero en realidad ¿cuál era mi nombre? Lo había olvidado. ¿De verdad había olvidado pensar uno? Después de conocerla no quería usar el típico nombre, el que olvidaría al día siguiente. Mi nombre, mi nombre, ¿Qué maldito nombre? Justin, no, ya lo había usado con la rusa; Chad, tampoco, me había dado resultado con la argentina; Daniel, era de la mexicana. No creía en eso de usar dos veces lo mismo.
—Pensé que no te interesaba saber mi nombre —contesté, quería un poco de tiempo antes de mencionar cualquier cosa que mencionaría.
—Lo sé, pero he cambiado de opinión. Tal vez quiero saber cuál es el nombre del tipo con el que mal gasté un pequeño lapso de mi vida.
Me eché a reír, igual que ella. No recordaba cuándo había sido la última vez que me había reído por algo que una joven hubiera dicho.
—Mi nombre es Dean —dije sin pensarlo mucho—, Dean Rosen —era el nombre de mi padre, pero el apellido de mi madre. Gran combinación.
Esta chica de verdad me atraía. Su voz, sus ojos, su manera de pensar. ¿Dónde se había estado escondiendo? Me encantaba para que fuera la número 19. Linda, linda presa. Ya la saboreaba.
—Bueno, Dean —mencionó acercándose nuevamente a mí—, este es el momento de pensar.
— ¿Pensar en que? —exclamé sin palabras, me sentía intimidado por ella, realmente intimidado, pero de una manera que me gustaba.
—En si en tu destino está volver a verme otro día "¿Qué puede pasar después de hoy?" —Exclamó— "¿Qué será de esta linda chica?" hay mucho en qué pensar "¿La volveré a ver?" —Indicó extasiándome con su mirada—. Puedes iniciar a partir de este instante, pues ya debo irme.
¿Se iba? No podía irse, aun no tenía su número telefónico, no sabía nada de ella, no podía alejarse sin decirme nada; Jason no perdía nunca, pero esta vez una chica parecía haberle ganado. No sabía siquiera su nombre. No podía dejarme así nada más.
—Sólo piensa si quieres volver a verme.
—No puedes irte aún.
— ¿No puedo o no debo? —preguntó acercándose más y más.
Casi pude sentir el roce de su piel. Olía a rosas, pero al mismo tiempo a frutas tropicales, no sabía en realidad a qué olía, lo único que sabía era que me encantaba. "¡Casanova, Casanova, Casanova!" La miré a los ojos, los miré de cerca y me vi en ellos, por primera vez; me hice a un respiro largo y tranquilizador. Fui de ella, sólo por un instante. La vi y me vi. Me encontré en ese muelle viejo y feo, me reconocí siendo un farsante, una mala imitación de hombre. Me sentí mal por no ser yo. Me miré en sus ojos y sentí que todo estaba bien.
—No te vayas —dije de forma sincera, necesité que se quedara a mi lado.
—Tengo una vida, debo vivirla —respondió jugando.
Su nombre, quería saber su nombre, pero no encontraba las palabras adecuadas para decirle que me lo dijera.
—Nunca lo olvides —susurró en mi oído derecho.
Acercó sus labios lentamente a los míos y los rozó por un instante, sin hacer más, sin culminar el acto. Sentí su tibia respiración volviéndose parte de la mía. Mi corazón latió como nunca, como el suyo. Por un momento pude darme cuenta que todo se detenía a mi alrededor. Ella me besó. Con sus dulces labios tocó mis labios. Fue un beso, de verdad fue un beso. El roce que aquello que me era ajeno, la sensación de ser parte de ese instante. Dulce candor. Saboreé sus labios, su ternura, su pequeño lapso de tiempo que se fusionaba con el mío. Me besó y la besé, la besé… como no había besado antes.
Acarició mi mejilla aún sin abrir los ojos y sonrió de una forma que no puedo describir hasta la fecha.
—No te vayas —volví a mencionar.
—Lo siento, pero no puedo quedarme.
— ¿Te volveré a ver?
—Ya has iniciado con las preguntas, te quedan muchas más a partir de ahora — respondió alejándose poco a poco de mí.
Dio un paso hacia atrás y después otro y otro más. Era la desconocida más fascinante que jamás había conocido o desconocido.
— ¡Espera! —grité olvidando que ignorábamos algo, recordé que no debía irse sin antes decirme su nombre— ¿Cómo te llamas?
Detuvo su camino y desde allí, desde el inicio del muelle volteó a verme para luego decir:
—Me llamo Sandra… —tomó aire y dijo— Sandy Tinley.
No dijo una palabra más y siguió caminando, esta vez sin detenerse. Sonreí y reconocí que tenía un hermoso nombre "Sandy" pensaba una y otra vez "Sandy Tinley, no sé qué es lo que tienes que me fascina". Sandra, Sandy… la mujer más increíble que jamás pude conocer.
"Sandy Tinley, ¿Qué será de Sandy Tinley?, ¿La volveré a ver?" sólo podía pensar en ello, como ella lo había previsto, "¿Quién es esa linda chica que logró hacer de mí algo extraño esta noche?" no paraba de repetirme. En lo único que podía pensar era en ella, en ella y en sus hermosos ojos. Mi mente me repetía una y otra vez su nombre. Sandy Tinley.
¿Qué le había pasado a ese tonto chico que se creía un Donjuán? Una chica le había robado un beso, una chica llamada Sandy Tinley; no sabía dónde vivía, dónde estudiaba, cómo encontrarla, no sabia nada de ella, pero de lo que estaba realmente seguro era que ella sería una más de la lista, costara lo que costara ella sería la que encabezaría mi lista. Sandy, Sandy, Sandy… esa linda niña del día 19 de junio.