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Las reglas del destino — capítulo 3

19 de junio de 1999. Recuerdo ese día con claridad, sábado, un día como cualquier otro: sol, aire, gente por las calles… en fin, era un día tan clásico como decir que se realizaría una fiesta a las orillas del lago, como en cualquier otro fin de semana. Bueno, en realidad no era un sábado tan común, si lo pensamos bien, pues ese tercer sábado del mes se realizaría una de las fiestas más esperadas del año. Hablemos en términos que muchos entiendan, expliquemos cómo va la cosa para que todo entre en sus atolondradas cabecillas sin neuronas:

Como todos los años, un grupo de alumnos de preparatoria se gradúan, no todos, sólo algunos; entre esos adolescentes existe uno que se atreve a hacer una gran fiesta para cerrar con broche de oro un ciclo de soberbia y superficialidad; fiesta, sí ¡oh, gran fiesta! Bendita eres entre esos mini reventones que se llevan a cabo entre los muchachillos. Lo bueno en esta historia es que ese joven que daría la fiesta era uno de los más grandes "cuates" en Detroit Likes, y no, ése no era yo, él no tiene tanta suerte, pero ese espécimen adulado era Jared, mi Robín.

Aquí es donde entro yo, que aunque no era uno de los tantos adolescentes que se graduarían ese año, estaba entre la lista de invitados, aunque ¿cuál lista? A esa fiesta asistiría todo el mundo. Yo era quien pondría el dinero para que dicha fiesta se realizara, pero ¿cuáles eran mis razones para cometer tremenda estupidez? No es que estuviera muy orgulloso de que mi gran amigo se fuera a graduar, eso no tenía nada que ver, en realidad mis razones estaban más para acá que para allá: me encontraba en busca de una nueva chica. No, tampoco estaba en busca del amor, ¡patrañas! Eso no iba conmigo.

En ese entonces mi profesión era ser un -Turista de mujeres-, para que lo entiendan: un turista de mujeres se encarga de salir con una mujer durante un pequeño lapso, la enamora, le hace creer que ella es la "cosa" más especial en este mundo, le baja la luna y las estrellas hasta que consigue lo que desea y después se aleja para ya no volver. Había empezado con esa profesión desde no hacía mucho tiempo, dos años, iba empezando; había salido con no más de veinte chicas (cuando las empecé a contar), eran dieciocho las de la lista. Quizás algunos se podrían preguntar por qué ahora en Detroit Likes, bueno, es que no pasaba mucho tiempo en ese lugar, prácticamente nadie me conocía y no volvería a ese sitio después de que Jared se fuera a la universidad.

Volviendo a lo de la fiesta, ésta se llevaría acabo en la casa de su hermana Kirsten; aprovechaba que ella no estaría en la ciudad y que ése era el lugar perfecto para hacer la fiesta donde iniciaría con mi jugada perfecta. Lo único que hacía falta era que el sol se escondiera, que la música comenzara a sonar y que todo ese manjar femenino se presentara frente a mí.

La música se escuchaba hasta cinco calles más allá de la fiesta, el Dj nos regalaba las mejores canciones del momento, también hacía mezclas, ponía unas más lentas que otras, pero la música era tan fuerte que llamaba la atención de todos aquellos que no sabían que en el lago se realizaba una fiesta. Los chicos llegaban como hormiguitas a la comida. En las mesas la comida desaparecía como por arte de magia, al igual que los grandes barriles de cerveza, el contenido se acababa como si fuera agua; las atolondradas cabezas de los presentes estaban hechas un caos: música, comida y alcohol era igual a noche de locura.

Todos estaban ahí, todos, no había quien faltara. Bailaban y cantaban a todo pulmón. Era extraño ver semejante convivencia, pues no todos los días la gente se mezcla de esa manera. Todos eran amigos, ¿todos? Qué buen efecto es ese de saber que ya no volverás a ver a los que un día fueron tus compañeros de clases. La famosa velada del lago era tan famosa como el refresco de cola a la hora de la comida.

La noche era joven, la noche, la noche, la noche de la fiesta… gente, gente, cuánta gente en un lugar tan patético. ¿Fiesta en el lago? Cursimente cursi. Me encontraba ahí, pero me sentía distante, no lograba reconocerme; era lo que había esperado en dos meses, pero por alguna razón, eso no iba como yo deseaba. Los platillos se presentaban ante mí como en un bufete, pero había algo en esos platos que no me gustaba. Comida de a dólar, venga usted y coma todo lo que desee. No quería comer por comer… bueno, no deseaba elegir a una de las tantas chicas que me lanzaban miradas desesperantes, miradas que decían a gritos "Mírame a mí, mírame, por favor, mírame".

Estaba sentado en una de las tantas sillas de plástico, la gente me rodeaba, me codeaban los chicos para saludarme, las niñas me lanzaban miradas coquetas, la música me golpeaba y me acosaba la calurosa noche de ese día. Miré todo aquello que me rodeaba, me pareció estar en ese lugar de siempre, me sumergí en la idea de estar viviendo algo que ya había vivido. Qué aburrido. Sólo debían ver esa imagen, ese vídeo que se reproducía desde el proyector de mis ojos: gente que va, gente que viene… "¿quieres bailar?", "lárgate de aquí", "mira como viene vestida Melody", "la fiesta es perfecta", "que alguien traiga más cerveza", "mira qué guapo es"… grupos definidos de personas, cazadores en búsqueda de presas… Me puse de pie harto de ver lo mismo de siempre, cansado de sentirme grande entre los preparatorianos; me barí paso entre la multitud, sudorosos brazos me rozaron, manos calientes me tocaron la espalda; la peste de esa noche se volvía presente, el olor a sudor, el dulzor del aroma de los perfumes mezclándose y haciendo una sola aroma ácida y penetrante, el alcohólico aliento de los que cantaban, de los que hablaban… todo era un gran guante de box que me golpeaba una y otra vez.

— ¡Ey, hermano! —escuché una voz a mis espaldas.

Seguí caminando, podría reconocer ese "Hermano" entre toda la tropa; no existía otra persona que usara las palabras hermano, brother, cuate, carnal, lindura, bebé, sexy, amigo y yo como lo hacía Jared. No me detendría, sabía que si me hablaba no era para saludar, de seguro necesitaba más dinero para comprar alguna tontería.

— ¡Vamos, vamos, cuate! —Gritó con mucho entusiasmo— ¡Sé que piensas que quiero dinero, pero no!

Me vi obligado a voltear y en efecto, no tenía cara de querer dinero, más bien tenía finta de querer fastidiarme un rato. Pasé los ojos por el labial que tenía embarrado en la mejilla y recordé que su novia no estaría en la ciudad esos días. Jared sí que sabía pasarla bien. Pensemos y analicemos un rato, miremos a ese chico que estaba frente a mí: no era un Dios entre mortales, pero tampoco era un simple peón, este ojete era un Hércules cualquiera, pero sin fuerza. Conocía a Jared desde que sus padres trabajaban para mi madre, se encargaban de los aspectos legales o algo así, no sé bien en realidad; había tenido trato con él desde los doce años y hasta la fecha nos seguíamos viendo, no siempre en Detroit Likes, pero sí en alguno de los hoteles de la cadena *London in América.*Sólo debían ver a Jared para saber de que hablo: bonito cabello de comercial, sonrisa perfecta y cuerpo de niño de revista; no era el tipo más inteligente, había veces en las que pensaba que algo no estaba bien en su cabeza, pero era de los más sensatos cuando se lo proponía. En fin, era el niño bonito y popular que jugaba a ser mi discípulo.

— ¿Qué es lo que quieres? —pregunté poniendo los pies completamente sobre un lugar, ya sin caminar.

— ¿Qué rollo contigo, brother? —Se veía tan enfiestado como siempre— ¿A dónde te diriges con tanta prisa? La fiesta es un éxito, hermano ¡Mira cómo todo el mundo llega!

—Sí, Jared, es todo un éxito —exclamé sin expresión alguna, simplemente con ese gesto de "no me hables".

Torció los ojos y se llevó las manos a la cabeza de un solo golpe; se sacudió los castaños y largos cabellos e hizo la más ridícula de las muecas. Siempre era lo mismo con ese tipo, si alguien no actuaba conforme a él deseaba, se volvía un loco.

— ¿Cuál es tu problema?

—En realidad, afortunadamente no tengo ningún problema: tengo veinte años, mi madre sigue depositándome dinero, mucho dinero, puedo conseguir a cualquier chica que me proponga… —oh, oh, no debí decir eso.

— ¡Ajá! —gritó lleno de entusiasmo — ¡Con que es eso! Señor, oh, señor, me comparezco de su mala racha esta noche. Hay hembras por doquier, no sé porque no se lleva a una y termina con sus berrinches.

— ¿A eso le llamas hembras? —refunfuñé tratando de esconder lo que me afligía—. Bendito seas. Esas tipas son arpías come carne. ¿Cómo crees que conseguiré a una nueva presa si ellas me están cazando?

Se echó a reír como ningún otro pudo hacerlo. Se divertía al ver que el gran Jason Thompson no tenía idea de lo que estaba haciendo. Grandísimo idiota. Abría la boca y emitía tremendas carcajadas, todo se debía al alcohol que le corría por las venas y por la emoción de la pequeña aventurilla que tenía con una de las tantas chicas de la fiesta. Estaba ebrio.

—Pareces un nene llorón, hermano.

—Te verás igual cuando tu hermana se entere de que diste una fiesta en su casa.

—Quizás, pero no estarás ahí para verme.

No estaba en sus cinco sentidos y yo no estaba con humor para  aguantar las idioteces que decía. Di media vuelta y retomé el camino que había pausado gracias a un ebrio con cara de niña.

— ¡Sirenita vive en el mar! —Gritó con todas sus fuerzas— ¿Y qué crees? ¡Ya tiene galán!

Sonreí, al menos sabía como hacerme reír. El mal humor se fue de mi cuerpo fácilmente, pero seguía teniendo el dolor en el estómago, ese dolor que se tiene cuando algo no sale bien. Tenía que encontrar a la chica, a la jugada perfecta o me arrepentiría por haber gastado tanto dinero. ¿Qué es una jugada perfecta? Bueno, en realidad se le puede llamar de otra manera: juguetito número 19, el postre de la semana, la chica afortunada… esa persona no sería una de las tantas que me acompañan por un rato y listo, tenía pensado jugar un poco más sucio: enamorarla de la manera más ruin. Mi jugada perfecta, no una de las tantas niñas fáciles con las que me había acostado, sino una difícil, una que fuera un reto.

Caminé hasta que la música no lastimó más mis oídos, me detuve antes de llegar a un muelle, estaba como a unos diez metros de él, en la orilla del lago. En ese lugar el aire corría con singular armonía, golpeaba las hojas de un sicómoro y se producían lamentos, susurros; la luna era pequeña, muy delgada… la luna de un 19 de junio de 1999; el calibre de las balas del alcohol en mi cabeza no era tan grande, a penas había tomado dos vasos. Puse los ojos sobre el reflejo de la luna sobre el agua del lago, estaba muy oscura, de un azul tan intenso, morado o negro, no lo sé bien. Me dejé caer sobre las rodillas y tomé un puño de piedras con la mano izquierda. Me sentía mal, todo me incomodaba; sentía que estaba mal vestido, demasiado formal para una simple fiesta en el lago, mientras todos iban en fachas, yo llevaba puesto una camisa azul oscuro y un pantalón negro… hasta esos detalles me incomodaban. Me sentía como un simple niño ordinario que no lograba acoplarse. Tal vez había sido el alcohol, o tal vez era el cansancio.

—Es hora de ir a casa —mencioné arrastrando la palabra derrota con esa oración.

Cerré los ojos y tomé un respiro. Me pregunté a dónde se había ido el calor que unos minutos atrás me había estado sofocando. El aire golpeaba mi rostro, sólo mi rostro, me gustó sentir eso; me llevé la mano derecha al pecho sólo por instinto. Logreé relajarme por ese instante, sentí paz, una paz que había olvidado hacía mucho tiempo atrás. Deseé que nada se fuera, pero me sentí ridículamente estúpido. Respiré profundo y esbocé una sonrisa. Escuchaba una canción de Aerosmithde fondo: *Crazy.*Seguí con los ojos cerrados, disfrutando del momento… dejé de ser yo.

Abrí los ojos asustado, pude percibir una presencia más a diez metros a la redonda. Me eché a reír al pensar en lo tonto que me veía. "Si Jared me viera" pensé sin dejar de sonreír "diría que soy un marica". Puse mi completa atención en el agua, la luna se veía acompañada de una exquisita figura de porcelana; aquella persona de la luna, una imagen danzante, pura, hermosa. A dónde se dirigía esa hada, por qué se detenía sobre el muelle del agua, qué razones tenía para estar ahí, opacando a la luna. Ese algo no era sólo un algo, era ella.

Un reflejo tan frágil, tan fino… un reflejo, únicamente un reflejo… levanté la mirada y la vi. Aún con los ojos en ella trataba de descifrar qué era aquella bella figura; era realmente difícil creer que le causara admiración a ese testarudo chico sin ojos en el corazón que ahora hablaba en tercera persona. Seguía ahí, ella, con su extraña y mágica belleza. Era una joven sentada al final del muelle, una jovencita que jugaba con los pies en el agua… la más hermosa mujer que mis ojos habían visto. "Ella es mucho mejor que la Sirenita de Jared" pensé. Sólo podía verla, tenía la tonta idea de que jamás vería a alguien más hermosa que ella. Estaba ahí, parecía que nada le preocupaba… no temía, aparentaba ser perfecta. Sus pies se movían, tocaban el agua y la salpicaban, escuchaba su risa cuando las gotas posaban sobre su piel, pero no le importaba, sólo jugaba.

—Necesito papel y pluma —dije mientras arrojaba las piedras que tenía en la mano izquierda—, bienvenida seas, chica 19.

No esperé un minuto más, miré el reloj, eran las once con cuarenta y cinco minutos; aún había luna por un rato más. Me puse de puse de pie y comencé a caminar hacia donde estaba esa linda y perfecta presa, o mejor dicho: mi gran jugada. 

Dejen comentarios para saber qué les parece.

Adriana Coronado.