Las reglas del destino — capítulo 2
Existe un día, una fecha en el calendario, que llena mi mente de recuerdos, puedo decir que unos son buenos, y los otros, bueno, en realidad los otros no lo son tanto; pero he de admitir que de no tenerlos sería como un libro en blanco, sin rumbo, sin pasado, sin vida y sin destino.
Como cada 19 de junio, me acerqué al pasado una vez más, trataba de encontrar en el presente un instante de lo que ya no volvería; un momento que me hiciera presenciar lo antes vivido; buscaba un recuerdo del pasado que se aferraba a quedar sin retorno. Ese día me levanté muy temprano, al mirar el reloj las manecillas apuntaban las 4:15 de la mañana, y aunque parecía temprano, para mí era un poco tarde, pues el día había iniciado y sólo me quedaban 19 horas con 45 minutos de ese 19; tal vez para muchos era bastante tiempo, pero no era lo suficiente para mí.
Reaccioné lento, pero un poco desesperado; no había tenido muchas fuerzas en esos días, pero aún así seguía. Caminé hacia el armario y tomé de entre los trapos limpios el mejor de mis atuendos, quería verme bien para ella. Al asomarme por la ventana me percaté de que el sol aún no había salido, el cielo se encontraba todavía con ese tono azul oscuro, casi morado; la situación estaba controlada, ya que tenía todo preparado, lo único que hacía falta era salir y caminar unos pasos al que ese día sería mi destino.
Caminé por el cuarto, después por el pasillo, bajé las escaleras, lento, muy lento; me topé con cada uno de los retratos que estaban sobre la repisa de madera al final del barandal; todas eran fotos de ella, una, después otra, todos sus rostros, todos sus gestos. La tenue luz de la cocina alumbraba la sala, ese lugar en el que albergaban miles de recuerdos, donde los muertos volvían a la vida cuando el sol se ponía. Bonitos sillones, elegante candelabro, ventanales enormes y ese piano blanco junto a ellos; mi vida estaba en esa casa. Años tras años… ¿cuáles años?
—Discúlpeme, señor, no lo miré —mencioné al toparme con un anciano.
Era un hombre de rostro arrugado y cabellera blanca; se veía acabado, ojos tristes, cuerpo flácido y derrotado. La palabra dolor estaba marcada en todo él. Lo miré, no por uno o dos segundos, sino por el momento que me llevó analizarlo de pies a cabeza. Sentí lástima. Qué lástima daba. Pobre viejo sin vida; pobre hombre sin esperanzas, pobre anciano sin razones para vivir.
— ¿Cómo entró a la casa? —pregunté asustado, no era normal recibir visitas, mucho menos a esa hora del día y sin que Amanda estuviera.
No hubo respuesta, sólo se dedicó a observarme.
Nos encontrábamos ahí los dos: él y yo. Ese anciano, un viejo posiblemente acabado por la vida, sin fuerzas; un hombre patético y de figura grisácea; un hombre con los días contados, las alas rotas y el camino quebrado. Y yo, un joven de veinte años con toda la vida por delante, un vivaracho jovenzuelo; un tipejo con la conciencia no muy limpia, la mente fresca y el cuerpo igual a un jet; era inmortal, sí, inmortal. Ése era yo.
—Presiento que no responderá ¿no es así? —Dije echándome hacia atrás unos pasos—, no tengo tiempo para llamar a la policía; por favor, le pido que se retire.
El hombre se rió de mí. Se reía con inocencia, parecía disfrutar mi cara de asombro, de espanto. Yo seguía sin entender su extraña expresión. ¿Quién era ese hombre loco y arrugado? ¿Quién era ese extraño huésped? Me llené de valor y di un paso hacia él, pero hizo lo mismo; intenté alcanzarlo, pero imitaba mis movimientos; le hablé con fuerza, pero las palabras me golpeaban a mí y no a él. Di un paso más hacia él…
— ¡Quién rayos eres! —grité con fuerza, más desesperado que molesto.
Su sonrisa se transformó en molestia. Sus cabellos canos se volvieron castaños, su rostro era mi rostro… lo miré cambiar, de anciano a joven, se transformó en mí como un monstruo. Miré el tiempo en su mirada, en sus gestos, en mi cara. Lo vi y me vi. Cada parte de su ser era mi ser. Miré mis manos, después volteé a ver las de él, eran las mismas. Sentí un golpe muy fuerte cuando se dibujó el brillo del cristal en su vivaz rostro; asustado acerqué mis manos a donde él estaba… era un vidrio… era un espejo. Fue como una vida pasando frente a mis ojos en tan solo unos segundos, lo miré cambiar, me vi envejecer. Ese anciano sólo era mi imagen en el espejo.
Vaya que había olvidado lo que era: un viejo ¡Solamente era un viejo! ¿Qué había sucedido con aquel chico de 20 años? Nada fuera de lo normal, únicamente el tiempo había posado sobre él, dejando en presente a un anciano que apenas podía moverse. Daba miedo observar a ese viejo en el que me había convertido, daba lástima saber que sólo quedaban recuerdos de lo que un día fui; me llenaba de ansiedad mirar que el tiempo había pasado y sentir que me encontraba atrapado en un cuerpo inservible; comprender que no podía salir de una jaula sin barrotes, ni candados; darme cuenta que la prisión era mi piel y la condena era seguir viviendo.
Cuando salí de casa sentí el frío de la mañana calar en mis huesos, era verano, pero quién le impedía al clima jugarme mal uno que otro día. Verde pasto, verde, tan verde como esos días, siempre era el mismo suelo, la misma tierra, el mismo lago… me preguntaba por qué el agua del lago cada vez estaba más y más verde, con los días confundía cada vez más la hierba con el agua, pero últimamente confundía todo, ya nada me sorprendía. El camino era cansado, sólo unos pasos, pero cómo dolía darlos. Huesos, huesos, malditas reumas y calambres. Tiempo, el tiempo dañaba mi cuerpo. Dolía, aunque tenía que admitir que valía la pena avanzar. Cómo había cambiado todo, lo único que seguía igual era la huella de los zapatos en la tierra; ya nada era como antes, todo me hacía sentir como un viejo, desde la risa de los jóvenes, el color de los arboles, la fresca brisa de la mañana y sobre todo aquel pedazo de madera a medio caerse.
Seguí caminando, ¿estaba ahí? Sí, sí, seguía ahí, jamás se iría… ese madero flotante era lo único que no me abandonaría nunca. Me aproximé al muelle, estaba en el mismo lugar de siempre, con su cerco quebrado, tablones flojos, podridos y acabados. Casi se desmoronaba mi *Destino de destinos.*Tenían que verlo para comprender de qué hablo; si lo hubieran visto, si sólo se hubieran sentado una sola vez sobre él; ahora sin belleza, sin vida, sin soporte; sólo era un pedazo de madera que luchaba por seguir en la cima, se sostenía con milagros, y de cualquier manera yo estaba sobre él, sentado en su húmeda y fría madera, como en aquellos tiempos, cuando estaba ella.
Caminé sobre él, sentí como mis pies se aferraban a no resbalar a no hundirse entre la podrida madera. Miré todo desde ahí, desde el destino de destinos¿destino de destinos? Sí, ése era el nombre que había recibido cuando los barcos, lanchas y botes lo utilizaban. *Destino de destinos.*Según contaban había sido un muelle muy popular por el año 1968, años más años menos; los botes que acumulaban a su alrededor, todos lo procuraban; era el destino de destinostodos deseaban estar en él, pero después la gente se olvido de aquél pequeño pedazo de madera, de ese aburrido muelle del sur de Detroit Likes.
Se decía que el muelle DDD había estado ahí desde que Colón descubrió América, pero era mentira; otros decían que Noé lo usó para estacionar su arca, aunque tampoco era verdad; pero de lo que sí estaba seguro, es que el DDD presenció una de las más grandes historias de amor que han podido existir, pues éste mismo unió a la pareja, él hizo que se vieran por primera vez, él fue la flecha de Cupido; ¿Qué si como lo sé? Bueno eso es fácil de explicar, pues soy la prueba viviente de las palabras.
Las cinco con quince minutos; el día comenzaba a regalarnos un poco de luz, ligeros rayos, cielo naranja, quizás rojo o rosa, tal vez seguía morado… Miré el alrededor, el silencio me pareció perfecto, pero al mismo tiempo abrumador, el silencio era el compañero de mi soledad. Me recargué en uno de los postes del muelle y dejé que mi cuerpo tocara el suelo, como cuando tenía veinte años.
—Hola, mi niña —dije esbozando una sonrisa—, otro año, preciosa, feliz aniversario —las palabras salían, como siempre, como si estuviera a mi lado—. Sé que es muy temprano, pero heme aquí, contigo, como siempre.
Tenía el diario en las piernas, pero no lo necesitaba para recordar esa historia, sólo lo llevaba para tenerla a ella junto a mí. Con el diario en las piernas, la cabeza recargada en el cerco, así me gustaba recordar aquellos bellos momentos, cuando fui joven, cuando la tuve a ella. ¿Diario? Sí, su diario, el diario de la chica más increíblemente sensacional que pudo existir jamás.
— ¿En qué nos quedamos? —Pregunté en voz baja— ¡Ah, sí! Casi en las últimas páginas… las que más duelen, mi cielo.
La misma conversación, siempre las mismas palabras, día a día olvidaba que ya las había pronunciado. Seguía ahí, hablando, recordando y soñando. Trataba de viajar en el tiempo, de sentir las mantas sobre su piel desnuda, de oler el dulzor de su perfume, quería sentir su calor, su aliento, o por lo menos escuchar una frase de sus labios. La extrañaba como a nada.
"¿De quién habla este viejo loco?" se preguntaban muchos cuando me oían decir que ella tenía mi corazón. "¿De quién hablo? ¿De quién hablé? ¿De quién seguiré hablando?"… Su nombre fue Sandra Tinley, Sandy, para sus amigos; me es imposible hablar de ella con pocas palabras, pues éstas siempre faltarían para describirla. Por eso me gustaba recordar, volver a su lado, para sentirla y para no tener que hablar sobre ella, porque no era fácil.
Siempre sucedía lo mismo, me veía ahí sentado, disfrutando el fresco clima, tocando el agua del lago con la mano, la brisa. Me sentía como un muchachito, como un tonto y estúpido jovenzuelo. Me convertía en él, en mí. Cerraba los ojos y dejaba que las páginas del diario llegaran hasta ese punto en el que me había quedado la noche anterior. Sentía que todo a mi alrededor comenzaba a girar con la ayuda de las manecillas del reloj; escuchaba el tic tac cada vez más rápido, también oía risas, palabras, canciones; la música volvía a ese muelle, a ese lago, a mí. Recuperaba mi juventud, mis ganas de vivir; dejaba de ser un viejo para transformarme en un recuerdo. Los imágenes se volvían capullos de flor en una mente con fallas; la hipocresía se volvía parte de mi ser; el rencor y el odio eran mi personalidad. Sólo cerraba los ojos, sólo dejaba que ese otro yo se apoderara de mi cuerpo, ése ridículo e inmaduro muchacho golpeaba mi conciencia y agujeraba mis sueños; sólo volvía a ser yo.
Mi historia, su historia… nuestro destino. Reloj, reloj… el tiempo caminaba hacia atrás, volaba conmigo… 19 de junio de 1999… tenía 20 años, era muy joven, muy joven… ¿mi nombre? Bueno, eso en realidad no le importaba a muchos, pues me conocían de una infinidad de maneras: Jensen, Daniel, Tom, Dean… pero mi nombre, mi verdadero nombre, era y seguirá siendo Jason… Jason Thompson.
Bienvenidos sean ustedes, éstas son las reglas del destino... lee, siente y comenta.
Adriana Coronado.