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Historia 45037 — capítulo 2
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9:00 a.m.-El autobús comenzó a andar. Me acerqué a la ventana y miré hacia fuera. Allí estaban mis padres despidiéndome con la mano, a los que les sonreí débilmente. No entendía por qué tanta despedida, sólo iríamos una semana a un campamento de verano con mis compañeros de escuela. Pero luego, más tarde, lamenté no haberlo hecho mejor.
Éramos veinte en total, los demás no habían decidido ir. Primero pensé que eran pesimistas pero después los envidié. Iríamos a un campo y allí dormiríamos a la intemperie, en carpas…
Dejé mi bolso a un lado, saqué la cámara fotográfica y alguien dijo mi nombre.
—Joshua. —
Me giré y pude ver que era el profesor de gimnasia, un hombre alto y musculoso que siempre fruncía el ceño como si no tuviera nada mejor que hacer. Desgraciadamente, él nos estaría acompañando la semana entera y estaría cuidándonos.
—¿Si profesor? —Le pregunté al hombre.
—Saca tu bolso del pasillo, impides el paso. —Me dijo éste.
—Pero…—Traté de refutar.
—Joshua—Me interrumpió pronunciando mi feo nombre con su vozarrón. —
—Está bien, profesor.—Dije de mala gana, poniéndome el bendito bolso entre las piernas.
Continué aquel corto viaje sin hablar con nadie y sacando fotografías del paisaje.
No tenía muchos amigos… De hecho ninguno, pues no era muy sociable…
Al llegar nos encontramos con un amplio campo de verde césped recién cortado, altos árboles y varias casas. En una zona se podía ver una pequeña laguna con un puente de madera. Había varios animales, pero los que primero vimos fueron un par de ñandúes, que se alejaron de nosotros en cuanto pasamos a su lado.
El peso de mi bolso, mi bolsa de dormir y la carpa me hacían doler la espalda, aunque, para ese entonces, no sabía lo que era el verdadero dolor.
—Dejen sus pertenencias allí y síganme, les mostraré el lugar. —Dijo el profesor señalando un cobertizo abierto por los cuatro lados y techado con paja.
Después de dejar todas nuestras cosas, seguimos al maestro de educación física. Éste nos mostró dónde íbamos a armar las carpas, los baños, el comedor y la cocina. Dormiríamos en un lugar situado bajo los árboles, a un lado de los baños. El comedor era un amplio cobertizo semejante al anterior, pero con la diferencia de que éste tenía los cuatro lados cerrados. Cuando entramos en la cocina nos encontramos con una fea y regordeta mujer, que estaba cortando papas con una cuchilla. Podían verse sus pronunciados músculos a través de la sucia camiseta que llevaba puesta. Su cabello castaño oscuro y lacio llegaba a tocar sus hombros. Sus ojos eran pequeños y de color verde.
—Oh, hola niños. —Dijo con una voz dulce que nunca me hubiese imaginado, después de dar un respingo. —Bienvenidos. Soy Amelia McKillip, su cocinera.
Todos la saludaron excepto yo. Me quedé allí, mirándola fijamente. Algo de esa mujer me extrañaba, como si fuese una corazonada.
—Estoy haciendo su almuerzo. Conmigo se alimentarán muy bien. —Añadió y luego levantó los ojos de la cuchilla y dirigió la mirada hacia mí, que seguía mirándola. — ¿Pasa algo malo?
Al preguntar eso parpadeé y dejé de mirarla. Noté que tenía los ojos posados en mí.
—No, señora. —Respondí.
—Bueno, vayan a recoger sus platos y vasos para comer. —Nos dijo el profesor.
Todos se fueron corriendo de allí, pero yo me alejé con paso más lento, preguntando quién era esa mujer realmente.