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Historia 45037 — capítulo 3

3

En cuanto la comida estuvo lista todos dejamos lo que estábamos haciendo y nos fuimos directamente al comedor para almorzar…

Me dirigí hacia allí con caminar pesado y con la cabeza gacha. Lo sabía, se supone que debería haber estado divirtiéndome pero en el grupo de chicos había algunos indeseables y con sólo notar su presencia mi ánimo cambiaba radicalmente. La mayoría de todos los chicos y algunas chicas eran así.

Mientras caminaba pude ver que mucha gente llegaba al lugar para pasar algunos días allí.

Entré en el comedor y me senté en una mesa alejada de las demás, solo. Después de mí entró un chico que, por más extraño que suene, se sentó a mi lado. Y luego apareció por la puerta la cocinera McKillip con una gran bandeja en las manos.

Esa mujer se me hacía muy extraña y noté que, al pasar por en frente mío, me miraba de reojo.

Todos hicimos una fila con nuestros platos en mano y nos sirvieron una especie de sopa con papas. Luego de que lo hicieran me senté en mi mesa y luego el otro chico, llamado Tom, se sentó a mi lado.

Para mi asombro entablamos conversación realmente rápido. Él era mucho más alto que yo, era morocho y su piel era muy pálida. Sus ojos, muy parecidos a los de la cocinera, eran verdes. Nunca habíamos hablado en la escuela… y si lo habíamos hecho no había sido por mucho tiempo. Durante todo el almuerzo estuvimos hablando y compartiendo ideas.

De repente un fuerte ruido en uno de los vidrios del comedor hizo que diera un respingo y que todos se callaran. Al igual que todos, giré mi cabeza hacia donde se originaba el ruido y pudimos ver a un ñandú golpeando el vidrio con su pico. Éste comenzó a romperse y el sonido se multiplicó rápidamente. No era un solo ñandú, eran aproximadamente quince golpeando ávidamente aquellas ventanas con sus picos…

Pude ver algo extraño en ellos… sus miradas, no eran las mismas que antes. Era como si estuvieran enojados por algún motivo. Otro vidrio se rompió y pude oír un extraño y feo sonido* proveniente de aquellos animales.

Algunos chicos se pararon de sus asientos y los quisieron espantar y otros gritaron en cuanto un vidrio se rompió.

Uno de mis compañeros, Riley (Uno de los chicos indeseables), se acercó a una de las ventanas rotas y por allí apareció un enorme ñandú de aproximadamente un metro ochenta o dos metros de altura. Tenía la corona, parte del cuello y el pecho, negros. El muchacho quiso golpearlo y, tras una oleada de gritos, el animal abrió su pico y lo cerró rápidamente, dejando en ella la mano del niño. Éste comenzó a chillar y por la puerta entró, estruendosamente, la cocinera.

— ¿¡Pero qué rayos ha pasado!? —Exclamó la mujer, corriendo hacia Riley. — ¡Ya suéltalo!

Increíblemente el animal abrió su pico y liberó la mano ensangrentada del muchacho. Éste, al igual que los demás, se alejó corriendo y batiendo las alas.

—Ven—Dijo la mujer llevando al chico hacia el lavabo. —No llores, —Le dijo al ver que lo estaba haciendo—no fue nada. Casi no te ha hecho daño.

— ¡Claro que me ha hecho daño! —Exclamó el chico entre sollozos.

— No seas exagerado. Aprende tu lección, no tendrías que haberte acercado a un animal violento.

Riley la ignoró y siguió llorando.

— ¿Y nuestro profesor? —Preguntó una chica de rizos rubios llamada Emily, que al parecer se veía atraída hacia el maestro.

— Él ha tenido un… sorpresivo inconveniente y tuvo que regresar a la ciudad. Me pidió que esté a cargo de ustedes y así lo haré hasta que él vuelva.

— ¿Usted? —Preguntó otra chica morocha llamada Helen, mirándola con desprecio.

—Sí, yo. —Respondió la mujer abriendo los ojos para intimidarla. Luego se dio vuelta y miró la herida de Riley. — ¿Lo ves? No ha sido nada.

—A usted no la ha atacado un feo bicho. —Replicó el muchacho.

—Yo he sufrido peores dolores que un tonto mordisco de ave. De eso quiero venir a hablarles.

Cuando dijo esto todos la miraron. Noté que Amelia McKillip tenía un brillo de emoción en sus ojos.

—Han sido seleccionados para jugar al juego de sus vidas. —Nos dijo con una amplia sonrisa que dejaba relucir sus amarillos y gastados dientes.

— ¿El juego de qué? —Preguntó Mike, un chico alto de facciones desaliñadas.

—El juego de sus vidas. —Repitió. —El juego consiste en varias pruebas que tendrán que pasar sin rendirse y sin caer. Tendrán que luchar…

— ¿Que luchar? —La interrumpió Sarah— ¿De qué nos está hablando?

—Jugaran un juego para conservar su vida. —Aclaró secamente la cocinera viéndonos con mala cara.

—Mi vida no es algo que se puede "ganar". No la perderé. —Replicó Emily.

— ¿Crees que vale mucho, verdad, que es intocable, que no podría arrebatártela en un segundo? —Preguntó Amelia arrugando la nariz.

—No lo hará… ¿Verdad? —Inquirió la muchacha.

—Ya lo veremos.

— ¿Quiere…?—Comencé reprimiendo mis palabras.

— ¿Sí, muchacho? —Preguntó la señora.

— ¿Quiere decir que… tendremos que jugar ese juego para conservar nuestra vida? —Continué.

—Exacto. —Dijo—De otra manera, adiós.

—¿Por qué deberíamos hacerlo? No tiene sentido. —Dijo Michael.

—Porque si no perderán su vida. Muchachos, no es algo que yo decida… estoy obligada a hacerlo—Dijo con una voz más dulce.

—Suponte que lo hiciéramos—Comencé— ¿Todos conservaríamos nuestras vidas?

—No. —Respondió. —Suele puede haber un solo ganador, por lo tanto uno solo debe conservarla. Los otros… deben morir.

Todos se asombraron y dijeron unos cuantos "¡Oh!"

— ¿Y por qué dice que está obligada? —Inquirió Thomas.

—Porque… yo fui la ganadora del último juego…—Cuando dijo esto todos se quedaron en silencio. —Y tuve que pasar por los mil y un horrores, pero aquí estoy. Y… el ganador debe obligar a jugar a una nueva generación y… como verán estoy cada vez más cerca de la muerte. Debo hacerlo. —Terminó tragando saliva.

—Yo no jugaré. —Dijo Emily cruzándose de brazos.

Cuando dijo esto, la cara de la cocinera se transformó. Pasó de tener una mueca amable, comprensiva y nostálgica a ser una de odio y sadismo.

—Entonces debes morir… Ahora. —Dijo secamente. —Cualquiera que se salga del juego, se rinda o caiga al suelo sin poder continuar… deberá morir.

—No es justo. No quiero jugar. —Repitió la muchacha de cabello rubio.

—Yo no he inventado las reglas, mocosa. —Dijo como si escupiera las palabras.

—Ya lo dije, no jugaré.

—Ven aquí, mocosa insolente. —Dijo la mujer tomándole de un mechón de pelo -o de la oreja, no recuerdo- y arrastrándola a la salida. Todos salimos del comedor y el sol nos iluminó. —Morirás al instante y frente a los ojos de tus compañeros.

— ¡Usted está loca! —Exclamó Emily. — ¡Loca como una cabra!

Y luego de eso le escupió el pie.

Amelia McKillip la obligó a acostarse sobre el césped.

—¡Suélteme, chiflada!

—¡Suéltela! —Gritábamos todos al unísono intentando liberarla, pero aquellos brazos musculosos de la mujer no eran en vano.

—¡Traeré la escopeta en este mismo instante! —Gritó la cocinera a los cuatro vientos, levantando a la muchacha por los aires con agilidad.

En ese momento pude notar que toda la gente que había llegado ya no estaba… Al menos no a la vista.

—¡No! —Chilló la niña desesperadamente. —¡Está bien, está bien! ¡Jugaré!

La mujer la soltó, dejándola caer al suelo.

—¡Es una asesina!¡Es una asesina! —No dejaba de gritar Emily— ¡Le odio!

—Que esto sirva como advertencia. El que se quiera ir morirá en el acto.

—¡Es una bruja! —Gritamos todos al unísono, entre otros adjetivos.

—¡Son unos cobardes! ¡Unos cobardes que no quieren enfrentarse a la vida! —Gritó la mujer desquiciadamente ignorando nuestros gritos. — ¡Cállense o los mataré a todos!

Después de haber dicho esto, todos la obedecimos.

—¿Acaso morirían como cobardes, rindiéndose, saliendo del juego? ¿O morirían peleando por sus vidas? —Dijo la mujer en un tono más bajo (Una frase que no olvidaría jamás). —¿Qué dicen? ¿Se atreven?

—Aún así moriremos. —Susurró Emily.

—¿Qué me dicen? —Repitió la cocinera. —¿Hecho?

Todos nos miramos pensativos pero luego asentimos con la cabeza.

*El esófago se puede inflar con aire para producir los sonidos profundos y resonantes que realizan durante la época de celo.