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En las tinieblas — capítulo 1

Disclaimer: nada me pertenece, excepto ideas. El resto, como los personajes, pertencen a JK Rowling.

M&S

Sus labios articularon un "No" por respuesta y luego, sus pies se encargaron de arrastrarla por pasillos y pasillos, de interminables labertintos. Las voces aún retumbaban en su cabeza y las miradas lastimeras, eran el dolor creciente en cada una de las venas de su cuerpo. Ya no estaba asustada de fantasmas invisibles. Esos fantasmas ya eran su realidad. Arrodillada en el suelo, con sus ojos bien abiertos, con sus palmas sucias y sus dedos morados. Se había abierto una herida en su brazo, cuando su ira no encontraba otra forma pacífica de emerger del cuerpo. Una voz sobre su cabeza, un susurro suave que retumbaba en periodos cortos, en las paredes a su alrededor.

Ser una de ellos. El sentimiento más terrible y agudo que su estómago perforaba con crueldad. Sabía de quién era esa voz, pero no quería aceptarlo. No quería entender que la guerra comenzaba y ella, debía escoger su víaa seguir. Ya nada podría acabar con ese temor a ser tragada por la oscuridad.

  • Te enseñaré a serlo...- su voz seguía en su cabeza, como alma en pena. Sus manos sostenían y la arrastraban a lo largo de otro pasillo. Mareantes luces de colores y un suelo blando, bajo sus pies. No percibía con exactitud, sus sentidos no estaban despiertos.

  • Yo quiero hacerlo- dijo su voz, pero su mente estaba enfrascada en aquellas orbes oscuras que le miraban con una sosegación casi impenetrable. Parecía no haber vida en ese cuerpo. Sus blanquesinas manos, sostenían su brazo con mucha firmeza. Se derrumbaría si la soltaba en cualquier momento.

Lo miró y en poco tiempo sus espásmos violentos, cesaban como si nunca hubiesen sido sentidos. No podía explicarse, el sueño se había ido para siempre. El temor a ser tragada, como ondas suaves en un distante horizonte. Incesantes lágrimas y un gemido agudo. La ira que estaba por desaparecer próximamente.

El miedo se pagaba con la cárcel. Se pagaba con Azkaban. Retorcida estaba su mente, desde que aquella noticia brotó de los labios del director de Hogwarts. La descendencia perfecta, era inalcansable.

  • Míreme a los ojos, ¡Míreme!- gritó aquella calma imperturbable y lastimó sus oídos. Su voz ya se escuchaba en la lejanía, cuando pudo prestarle atención.

  • Ser... uno de ustedes.

  • Sí. Ser uno más de nosotros. Entrar en escena, con el papel más importante. El papel clave.

Dolorosas las palabras. Sostuvo su mano y la miró con indiferencia. Un cuchillo en una mesa de madera. Sabía que debía hacerlo, si el plan deseaba llevar acabo. Tenía razones de peso, miles de ellas, para ceder a las peticiones.

  • No hay vuelta atrás, una vez que esté hecho- le confesó Severus Snape. Ella asintió con pesadéz y miró el filo que brillaba, bajo la débil luz rojiza, de una vela.

Lo sostuvo, mientras sus manos temblaban una vez más. No era suficiente, no podía hacerlo. Aquel hombre de largos y grasosos cabellos, tomaría las acciones por su cuenta. Su vida estaba ofreciendo a cambio, del éxito de aquel nefasto plan.

  • ¿Está preparada?

  • Hágalo de una buena vez...- su voz entrecortada, sus ojos cerrados, esperando el duro golpe.

Su palma herida, dolía tanto, pero no tanto como lo que estaba por venir. Aquel sacrificio, aquella entrega de las sangres por un lugar alto en aquel trono. Se derramaba con mucha paciencia, en aquella mesa de bordes imperfectos. Alzó la mirada y los penetrantes ojos negros la desgarraban como si más cuchillos, se enterraran en su ser.

  • El sacrificio por la entrega completa a su servicio. Al cumplimiento de un deber, del que no se puede salir más- canturreó el hombre, sosteniendo su varita sobre la débil piel de ella. Aquella sangre deslizándose, tomaba la forma de una serpiente de sangre seca. El dolor era increíble, indescriptible e incesante.

  • Me duele mucho, señor...- su voz nuevamente entrecortada, su mirada apenas visible.

  • Los primeros días dolerá, los segundos sólo serán un vacío en su vida. Ya no tienes nombre, ya no eres quién creías ser. Ya no existe más, *Hermione Granger.*Estaba atada a su cama, él la miraba con sosegación nuevamente. Ella ya no le miraba, no tenía ningún sentido el hacerlo. Su camisa estaba entre abierta, su cuerpo era tan virginal, tan fácil de dañar. No entendía, no sabía a qué se estaba sometiendo. Él no podía, era tan complicado. Tan doloroso.

"Ya no existe más, Hermione Granger"

"Será doloroso"

Miles de lágrimas no serían suficientes. Su varita se movía, cual látigo, ella tenía que experimentarlo por su propia cuenta. Suspiros, gemidos de dolor y movimientos de cuerpo, rebeldes. Las heridas no tardaron en aparecer y sus oscuros ojos, se enfocaron en ellas. Ya sabía como se veían, hasta en cuerpos inocentes. Aún así, dolía tanto. Más y más Crucios, maldiciones imperdonables. Morder las ataduras, era su única solución, su única aspiración. Sus dientes, razgaban con fuerza lo que sus manos oprimían.

Un retorno cruel, un camino con una sola salida. Se unía y los seguía, o moría en el intento. Observaba su respiración rápida, su pecho subiendo y bajando, su sangre en movimiento. Aquella sangre cálida, se tornaría fría. Sería perfecto, sería el modelo de un ser nuevo. Su cadera estaba doblada. Ella estaba de lado, aunque seguía atada en cruz. El dolor, le había hecho tomar la peor forma, la peor imagen jamás concebida. Su cabeza estaba hacia arriba. Sus miradas, se encontraban una vez más.

  • ¡Desáteme, desáteme!- rogó ella, le imploró con una voz llorosa. Aquel hombre, le miró con una expresión inescrutable. Aquella pobre resistencia no le sería muy útil, cuando con su cuerpo quisieran jugar.

  • Desatarla- su mentor repitió, como si nunca hubiese entendido su petición. Con un movimiento de su varita, las cuerdas regresaban a él con un movimiento suave. Cual serpientes. Su cuerpo, regresó a su posición original. El dolor, lo tenía entumecido y no respondía a ninguna acción que ella quisiera realizar- ¡Es tan débil, Granger!- le criticó. Su voz sonaba aún, desgarradora.

La miró una vez más, cuando sus sábanas empalidecían bajo el color de su sangre. Ella temblaba de frío, de miedo y dolor. Ladeó la cabeza y arrojó sobre ella, una manta. El mero contacto, hería su resquebrajada piel. Ella suspiró y ladeó la cabeza, también, para mirarle. Estaba allí parado, sin moverse siquiera.

  • Profesor...- suspiró ella.

  • Relájese- fue su respuesta.

  • Profesor...

  • Relájese.

  • Pro..

Sus ojos se cerraban con mucha calma, eso dolería infinitamente, pero pasaría. La miraba, mientras convulsionaba, mientras sus espásmos se acrecentaban más y más. Suspirando, no tenía otra opción que mirar lo que ocurría.

  • ¡Profesor!- chillaba de dolor, la marca quemaba, las heridas se quejaban. Mirar dolía menos, que tomar acciones. Una y otra vez, un imperius en su cuerpo, un cruciatus por allí. Una invasión en su mente. Dejarla desnuda y sin armas.

Se terminaba, el dolor se terminaba. Él acabaría con su dolor, si ella se ponía de pie otra vez. La miró de reojo, mientras seguía temblando en su cama, en su despacho.

  • Granger, arriba...- le dijo, pero ella no escuchaba- ¡Granger, arriba!

Intentó sentarse, pero los esfuerzos eran inútiles. Seguía allí, pidiéndoselo a gritos. Al final de cuentas, sus músculos se movieron y sus ojos se enfocaron en los pasivos ojos negros, que parecían escaleras altas y vacías, que debía subir. Se levantó violentamente y su mente aún sentía su pasada intromisión. Tanto mirarla, derivaba en perturbar su mente, en profanar su santuario. Se sentó en la cama, tambaleándose con frenesí. Sus manos se aferraron a los angulosos hombros de su profesor. Estaba sentada, casi de pie. Un fuerte abrazo, un impulso sorpresivo que terminó en el dichoso abrazo. Él no hizo nada. Ellos, no le iban a demostrar amor.

Aún así, no se movió, no se lo permitió. Con un suspiro, sus manos apartaba de sí, pero estaban duras y tiesas. Sus manos en su cintura, no se apartaban. No había movimiento en aquel cuerpo, que ya pronto sería un cascarón vacío. Permaneció allí, reteniendo las sensaciones que le causaban el olor a sangre. El penetrante olor de una sangre pura.

Sus ojos estaban cerrados, era una calamidad. Los volvió a abrir lentamente, cuando una temblorosa mano sostuvo su cuerpo y luego éste, se movía. ¿Por qué?

Abrieron una larga cortina y la dejó allí. Ella le miró, mientras el agua fría caía sobre su herido cuerpo. Soltó un gemido y pegó un brinco, que la llevó al otro lado del lugar. La miraban, mientras su ropa empapada se mezclaba con su cuerpo y sus heridas.

Seguía temblando allí, sola. Severus Snape, ya no estaba con ella. La mirada negra y sosegada, ya no estaba allí detrás de esa cortina. Sólo había agua y sangre, mezclándose.

  • Quiere hacerlo, ¿quiere hacerlo de verdad?

  • Sí...

  • ¡Deje de temblar, de quejarse y de chistar!

Sus labios se abrieron, pero tuvo que cerrarlos cuando sus dientes amenazaban con seguir temblando. Ella le miró, cuando supo que su sombra estaba tras aquella cortina. Tenía que sentirlo, experimentarlo, si quería obtener resultados.

  • Una toalla, por favor.. señor- le imploró y una toalla efectivamente, la cubrió. Él se la colocó.

  • Ser una más de nosotros, una mujer más de este bando.

  • Quiero hacerlo, quiero intentarlo.

  • Ya no hay marcha atrás.

  • No sé, qué es el atrás.

Sonrió con sarcasmo, al oír semejantes palabras. Su cabello húmedo en partes iguales, cubriéndole el débil y grácil rostro. Tóscamente se llevaba las manos a la cara, que estaban tan frías como un témpano de hielo.

  • ¿Por qué, la ducha?- dijo, cuando estuvo más calmada. Aquel hombre mirando su cama, contestó con voz suave.

  • Para que dejara de quejarse y pudiera oírme. Un poco de agua fría, relajaría sus heridas. O tal vez no. Váyase a dormir, la veré mañana temprano. Recuerde, la puntualidad es esencial.

Lo intentó. Colocar sus pies en el duro suelo ya dolía lo suficiente. Miró por última vez a todo lo que le había estado rodeando. A su profesor, que acomodaba su ya pulcra cama. Todo eso, sería su nueva vida. Se acostó pensando en eso, como si pudiera dejar de pensarlo.

Suspirando, ladeaba su herida cabeza, sus enrojecidas manos sobre su almohada. Cerrar los ojos para luego mirar otro día, próximo a suscitarse en su vida. No hablar, no pensar en otra cosa.

La mañana emergía pronto, pero ella ya no estaba tan lista. Apenas se podía mover, apenas podía respirar. Sus senos le dolían, su vientre ardía y sus piernas, no respondían con exactitud. Una caricatura, se sentía ella.

  • Ser familiar de esa mujer, sufrir su descendencia...

  • ¿Qué otras alternativas tiene?- le pregunto a la angustiosa voz de Minerva.

  • Estoy segura, de que puede hacer otras cosas.

Se apegaba a la puerta y suspirando, evitaba que la vieran de esa forma. Caminó a rastras y miró su reloj de mesa. Se hacía tarde y él, quería verla. No precisaba, cómo llegaría hasta ese lugar, sin ser vista.

  • Usar sus técnicas de espionaje, ser sigilosa e invisible de algún modo.

Sacaba su varita y miraba a su alrededor. Un poco de magia no iba a afectar a nadie. Para cuando apenas llegaba, supo que no era cierto. Estaba muerta en vida, con todos sus órganos carcomidos por el dolor extremo que setía en ese espacio de tiempo. Dolía irremediablemente. Severus, ya le esperaba con una ceja alzada. Esa maldita ceja alzada.

  • ¿Llegando tarde, no?

  • Tuve contratiempos...

  • ¿Se tomará este asunto enserio?

  • Creo que quedó claro, desde que me ató a su cama y me torturó como bien quiso.

  • No me gusta su sarcasmo- dijo, mirándola mientras entraba- ella no mencionaba nada, sólo le miraba también. Ambos, centrados en sus propios pensamientos.

  • ¿Qué sigue después?

  • Llevarla ante su presencia...

  • ¿Ella no...?

  • Oh sí, claro. Pero por eso, estará conmigo. Si es su familiar o lo que sea, perdida, dudo que...

  • Ella odia a los muggles...

  • Pero apreciará a su descendencia.

Las miradas de incredulidad, de preocupación, no dejaron de aparecer. Con un suspiro suave, aquel hombre tendía su mano con un gesto lento. No sabía si tomarla, si ceder y adentrarse a esa boca profunda y oscura que le esperaba. Los colmillos y fauces del peligro al acecho. Tenía que acostumbrarse, desde ahora en adelante.