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En las tinieblas — capítulo 2
Estaba de pie, cuando su profesor de pociones había decidido hacer un entrenamiento sobre hechizos. Estaba exhausta, débil y deprimida. No creía ser capaz de vencerlo. No lo era.
Las voces, volvían a turnarse lejanas. Los pies de aquel hombre, retumbaban en su cabeza. Uno detrás del otro y así, seguían sin detenerse en ningún intervalo de tiempo definido. Esa simpleza, también dolía. El mero caminar.
Preparada o no, miles de hechizos parecían venir en su dirección. Deprimente, sus ganas de esquivar y de combatir. Cayó al suelo en el primer intento. Un resultado increíble. Descuidado e impráctico en todo sentido.
La gran Granger, reducida a la nada. Reducida a una gelatina- afirmaba cerca de su oído, cuando se inclinaba para verla temblar, en posición fetal. Cuando sus deseos y sueños, aplastaba sin ningún miramiento. No podía tenerlo- ¡Arriba!
Se levantaba, era una deshonra el quedarse allí en el suelo. Los oscuros pozos negros, aquellas orbes que la analizaban, la desvestían con su visión, una vez más estaban sosegados.
Se detuvo a su lado, le haló por una muñeca y la guió a través de interminables pasillos. Ella no caminaba, ella se dejaba arrastrar. Se detuvieron en una puerta, en la sala de menésteres.
Allí se detuvieron. Allí Severus, imaginaba el porvenir. La sala tenía la apariencia real de la batalla, de la muerte y la desesperanza. Era dentro de esa habitación, donde podría enseñarle todo lo que en algún momento iba a vivir.
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¿Podrá enfrentarse a todos los males, habidos y por haber? ¿Podrá, Granger?
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Estoy dispuesta a todo.
Suspirando, miraba sus acaramelados y suaves ojos. Ella no mentía, ella no debía mentirle. La entregaría, la pondría en las manos del ser más peligroso que existía, luego de su señor por supuesto. No dudaba, de que muriera de una estocada.
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Te entregaré a ella, sufrirás su crueldad, su odio...
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No tengo alternativa. No hay retorno, en las piezas de ajedrez.
Severus lo sabía, los peces morían por la boca. Asintió. Esa tarde ella confrontaría a la peor pesadilla de muchos. Ya estaba listo para mostrársela. Para mostrar, su trofeo de exibición.
Dumbledore hacía las últimas recomendaciones, pero Severus sabía que eso no servía. Las miradas incómodas en la estación del tren, eran apreciables. El frío, entumecía los débiles y frágiles huesos de aquella que fue su estudiante. Ya era una joven mayor, una mente en crecimiento que podría ser maleada. Destruída... ¡Una mente, que tenía tantos conocimientos!
La estación del tren, vacía en un frío y lluvioso día de sábado por la mañana. Solo estaba ella, al final de una larga hilera de sillas oxidadas ya. Severus estaba a lo lejos, observando las llegadas y las partidas. Nada interesante. Las manos, dentro de los bolsillos de su túnica de viaje. Tanto frío, entumecía hasta a la más pequeña hoja.
Aparecerían, muy pronto. Entre sombras, la muerte se aparecería. No podía evitarlo. Temblar de miedo y de frío. Muy pronto, la estación se estremecía. El reloj de la misma, se estremecía y las luces titilaban. El encuentro, sucedería muy pronto.
Emergía ella, de entre las sombras, rodeada de su séquito. Una mujer alta, de rostro cuadrado e imperfecto, angular y de apariencia fiera. Sus largos y rizados cabellos negros, apenas estaban peinados y en un orden no específico. Su uña metálica, hizo un rechinido al chocar con su varita. Ella estaba allí, tenía un nombre. Era, Bellatrix Lestrange.- Mi querida hija, bienvenida a la familia...- dijo con una enorme sonrisa. Su uña, acarició el níveo rostro de la joven que tenía frente a ella. Uno de sus compañeros, emitió una sonora carcajada fría. Las esperanzas se acabarían muy pronto- Gracias por traerme a mi hija, Snape. ¡No sabes cuanto, he deseado tener una hija!
No debía hablar, debía conservar sus modales. Una vez, se murieron aquellos quienes la protegieron, la cuidaron y la apoyaron. Ahora, necesitaba nuevos padres, por el bien de la misión.
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Ya sabes el trato..- siseaba el hombre. Bella, asentía sin pensárselo dos veces.
Nunca heriría a mi hermosa hija- su uña metálica ejercía una presión inimaginable en su barbilla. Podría traspasarla, con un solo movimiento de sus manos- Nunca...
Severus ladeaba la cabeza para mirarla irse. Hermione volvía la cabeza y ambas miradas, volvían a encontrarse. Sosegadas, débiles como el foco de luz que se iba, al comenzar la aparición. Lo único que quedaba en el cerebro de Hermione, era la nueva mansión.
Su cuerpo estaba aún helado, así que Severus había decidido tomar una ducha. Alejar los pensamientos, la mirada de resignación que ella trataba de esconder pero, que jamás podría enterrar para siempre. Siempre tendría miedo, siempre estaría aferrada a ese temor de perecer en la oscuridad sin ser vista; ni escuchada.
Por que, él ya no podría escuchar sus gritos de temor. Por que él, no podría socorrerla. Imaginandose su destino, regresó a su cama con un gesto cansino. ¿Qué le depararía mañana a Hermione Granger? ¿Cuál sería su identidad, mañana?
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Alessandra- mencionaba Bellatrix, moviendo sus pies en un sofá- Alessandra Black... Muy complicado- su hija, estaba de pie frente a ella. Con su varita en la mesa, con sus manos tras su espalda- Eris Black... Eris..
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Eris me parece un nombre perfecto- mencionó su esposo, con una voz suave. Bellatrix tenía sus mano sobre su boca. ¿Sería cierto? ¿Sería el nombre perfecto?
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Serás mejor que Draco, serás mejor que todos los hijos de aquellos que se atrevieron a reírse de mí. Ahora, quiero que te arregles para cenar. Tenemos, algunas cosas que hacer.
Hermione asentía en silencio, en realidad el terror no le permitía mover la mayor parte de su cuerpo. Antes de irse tras su esposa, Rodolphus le dedicó una curiosa mirada. Una mirada lujuriosa ¿tal vez?
Entrando en su cuarto, supo lo que se avecinaba. Perfectamente acondicionado y lleno de sus enseres personales, necesarios. Pero, ¿Por qué? Ella era una sangre sucia, valía menos que cinco centavos. ¿Por qué? Bajó las escaleras, con un vestido blanco, perfecto. Bellatrix sonreía, admirando su creación. La mesa estaba dispuesta, los invitados ansiosos de ver a la hija de Lestrange. La primogénita...
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Curioso..- era la voz de él, de Draco- La nueva hija de mi tía, se parece tanto a Hermione.
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Entiendo perfectamente, tu sarcasmo- repetía Hermione, con voz sedosa.
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¿A qué le debemos, tu estúpido juego? ¿Sabes, que acá no estarás a gusto como tanto imaginas?
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Yo no he venido a eso. En la vida, no todo el tiempo se está a gusto.
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No, los que no han vivido como yo...
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Eres solo un niño mimado, que no entiende ni siquiera, el significado de la palabra mundo...
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Acá no sirve el mundo. Acá el mundo, somos nosotros.
Hermione alzaba su cabeza, sin evitar mirarlo de reojo. Su madre, esperaba a lo lejos y parecía muy emocionada. Su vida, daba un nuevo vuelco y todo, gracias a un viejo pergamino chamuscado.
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¡Título de propiedad!- mencionaba la mujer, con una sonrisa. Narcisa, miraba con atención. Lucius entendía, que la descendencia se había perdido en el tiempo- Hermione Granger, proviene de mi familia. Es una lástima que terminara siendo hija de muggles...
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¿Es algo creíble?- preguntaba una de las Carrow. Bellatrix, apartaba un mechón de cabello de su cara. Odiaba tanto, que dudaran de ella... De lo que estaba demostrando. La mataría de poder hacerlo. No debía, no tenía el permiso para hacer algo semejante.
Por supuesto que es creíble- decía, juguetonamente, con sus barbilla sobre sus manos. Relamía sus labios, ante la sola mención de haber tenido éxito. De haber sido bendecida con la descendencia. No importaba si estaba algo sucia, sus manos limpiarían toda impureza posible y presente.