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Historia 45483 — capítulo 12
Hermione se encontraba completamente bloqueada. Sentía que las conexiones entre las neuronas de su cerebro se habían roto. <<¿Severus... Snape? No, no puede ser. No puedo creerlo>>. El Profeta que llevaba en las manos se escurrió de entre sus dedos. Ni siquiera podía descifrar ya las palabras que salían de la enfermería. Una mano en su hombro le hizo darse la vuelta, sobresaltada.
-¿Necesitas algo, querida?- dijo la señora Pomfrey, mirándola con una sonrisa.
-No, no, yo sólo...- titubeó Hermione-. Había venido a ver a Sn... Stapleton, pero... estaba dormido.
Y sin dejar que la enfermera añadiera nada, salió corriendo de allí. La mujer vio entonces el períodico en el suelo y se agachó a cogerlo. Después, entró en la enfermería.
-Buenos días, profesor Dumbledore. ¡Qué sorpresa encontrarlo aquí!
-Hola, Poppy. Bueno, ya dije anoche que vendría, ¿no?
-¡Ah! Es que como la señorita Granger me ha dicho que el señor Stapleton estaba dormido...
-¿Granger ha estado aquí?- preguntó Severus, sobresaltado.
-Sí, acabo de encontrármela fuera. Se le ha caído este ejemplar de El Profeta...
Snape se incorporó de golpe, y tras sucesivos quejidos, extendió un brazo tembloroso hacia la enfermera.
-Démelo.
Fue tal su tono, que la señora Pomfrey se ofendió por toda respuesta. Puso los brazos en jarra y lo miró reprobatoriamente.
-Usted de lo único que tiene que preocuparse es de recuperarse. No hay periódico.
Viendo que Severus estaba dispuesto a levantarse por conseguir el ejemplar que la enfermera sostenía en su mano derecha, Dumbledore decidió intervenir.
-Poppy, por favor... Stefan está lo suficientemente bien como para leer El Profeta. No es más que el periódico...
Tras pensárselo mucho, la enfermera le pasó el ejemplar a Severus de mala gana. Éste lo cogió con brusquedad y empezó a hojearlo con avidez. Al desdoblarlo y ver el artículo en el que (seguro) Hermione había centrado toda su atención, se puso lívido.
-¿Te encuentras bien, muchacho?- preguntó con preocupación el director.
-Lo sabe, Albus. Lo sabe TODO.
Se miraron a los ojos durante un momento. Dumbledore pareció comprender.
-Poppy- comentó, volviéndose hacia la enfermera-. ¿Recuerdas cómo estaba la puerta cuando has entrado?
-La verdad es que no estoy muy segura, pero... Casi podría jurar que estaba entreabierta. ¿Ocurre algo, director?
Severus notó que un escalofrío le recorría todo el cuerpo. Sin poder controlarse, empezó a temblar. Intentó poner los pies en el suelo y levantarse. Albus se puso en pie también y lo sostuvo, apoyando las manos sobre sus hombros.
-Lo ha oído, Albus... Sabe que yo... ¡Tengo que ir a buscarla! ¡Debo hablar con ella! Tiene que entender...
-Tranquilo, muchacho- intentó calmarlo Dumbledore-. Aún no estás recuperado. ¡Mírate! No sé ni cómo puedes mantenerte en pie.
-Pero...
-¡Dumbledore, no puedo permitir que mis pacientes se anden levantando de la cama por las buenas!
-Tienes razón, Poppy- asintió Albus, obligando a Severus a que se sentase en la camilla-. El señor Stapleton no debe moverse de aquí- volvió los ojos a Snape, que tenía la mandíbula apretada-. No te preocupes. Yo hablaré con ella.
El ex profesor miró a Dumbledore durante un segundo más y dejó de intentar zafarse de su agarre. El director le devolvió la mirada, haciendo una leve presión en sus hombros.
Hermione se movía por los pasillos como una autómata. Todavía no conseguía procesar toda la información que su mente había recibido esa mañana. La imagen de sí misma besando al que ella consideraba Stapleton, la horrorizaba ahora. <<Si de verdad él es Severus Snape... ¡Oh, Dios mío! He besado al murciélago de las mazmorras>>. Y eso no era lo peor. <<Lo peor es que estoy completamente enamorada de él>>. Cuando cayó en la cuenta, vio que sus piernas la habían llevado a la gárgola que vigilaba la entrada al despacho de Dumbledore. <<¿Por qué he llegado hasta aquí?>>.
-Señorita Granger.
La chica se dio la vuelta ante la conocida voz que había pronunciado su nombre. Vio al profesor Dumbledore a su espalda, erguido, sereno como siempre estaba, con una expresión afable en el rostro. Para su sorpresa, y sin decir nada más, extendió un pañuelo hacia ella. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba llorando. Lo tomó y se lo pasó delicadamente por la cara. Su mente confundida le hacía no darse cuenta de que Dumbledore sabía todo acerca de Severus desde el principio, y que ella acababa de enterarse.
-Creo que se merece una explicación, señorita Granger. Por favor, vayamos a mi despacho.
Hermione se dejó conducir por el director al despacho, y ni siquiera tuvo conciencia de que se había sentado hasta que Dumbledore la atravesó con sus ojos azules a través de sus gafas de media luna. Tragó saliva.
-¿Se siente bien, señorita Granger?
La chica asintió. No se sentía capaz de hablar.
-Me parece que usted... se ha visto envuelta en algo que no debía. Le pido disculpas por ello.
Hermione volvió a asentir. No llegaba a comprender del todo las palabras de Dumbledore. En ese momento no entendía nada.
-Se trata de dos... noticias muy chocantes recibidas a la par, y no de la mejor manera posible, la verdad. ¿Me equivoco?
La chica movió la cabeza a los lados. Obviamente, no se equivocaba. ¿Desde cuándo Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore cometía errores?
-Una de ellas- continuó el anciano- está relacionada con el incidente acaecido con la Felix Felicis.
Hermione subió la mirada y la fijó en los ojos azules del director. Movió la cabeza afirmativamente. Tenía la boca seca, tanto que no podía pronunciar palabra.
-El otro... Bueno, es sobre la verdadera identidad del señor Stapleton.
La muchacha sintió que el desayuno que había tomado esa mañana se le subía a la garganta y le daba arcadas. No estaba segura de querer tratar realmente el tema con nadie, ni siquiera con Dumbledore.
-Pero centrémonos en la primera. Creo que es importante ir por partes para que usted entienda a la perfección todo lo que tiene que entender.
Buscó algún signo de aprobación por parte de Hermione, pero en vista de que la chica no decía ni una palabra, ni ejecutaba un gesto que dejase entrever su opinión, continuó.
-Como ya sabrá, nadie ha podido demostrar que esa conexión que se establece entre dos almas al llevar a cabo el ritual de la "Unión de Suertes", y de la que hablan las leyendas exista realmente. Sin embargo...
-¿Sin embargo?- dijo Hermione, hablando por primera vez.
-Sin embargo, me parece que en este caso, todo está bastante claro. Hay una sorprendente conexión entre usted y...- el director calló.
Hermione no sabía si se trataba de una pausa dramática o no, así que aguardó a que continuara. Efectivamente, Dumbledore volvió a hablar un minuto después, cambiando el tema.
-Y eso nos lleva al otro asunto: la identidad de Stefan Stapleton.
La chica notó que el nudo de su garganta se volvía más amargo por momentos y sintió que no quería seguir escuchando. Quería levantarse, irse de allí, huir... <<Olvidar a ese maldito Stapleton o Snape, o como demonios se llame>>.
-Stefan Stapleton es en realidad Severus Snape, nuestro profesor de Pociones.
Lo sabía, y aun así, oírlo de los labios de Dumbledore fue como una sentencia para ella. El nudo ya completamente amargo de su garganta empezó a subir lentamente hacia sus ojos. Escuchó cómo el director le contaba lo que había ocurrido desde que Severus regresó al castillo con veinte años menos hasta el momento, omitiendo ciertas partes que no creía que fueran fundamentales para la historia.
-Fui yo el que le ordenó absoluta discreción, el que ideó introducirlo como un alumno en Hogwarts... Severus no tiene la culpa de nada.
<<Sí, sí es culpable de algo... Me dio el golpe de gracia dejando que me enamorara de él>>, pensó Hermione con amargura.
-Ahora tengo que pedirle un favor, señorita Granger: lo que le he contado aquí debe quedar entre nosotros. Nadie, ni siquiera sus amigos, pueden enterarse. Eso supondría un duro golpe para la resistencia contra Bellatrix Lestrange y los suyos, de llegar a sus oídos. Severus estuvo a punto de echar a perder anoche esta ventaja que hemos ganado, pero aún conservo la esperanza de que esos asesinos no se percataran de nada.
Hermione se puso en pie de golpe. No podía seguir allí. Estaba a punto de echarse a llorar, y no quería resultar tan obvia ante el director del colegio. Cuando habló, lo hizo con voz neutra, tratando de parecer lo menos afectada posible.
-No se preocupe, profesor Dumbledore. No diré nada. Es a mí a la que menos le interesa seguir con esto. Será como si nada hubiera ocurrido, como si él... no existiera.
Se dio la vuelta y echó a andar hacia la salida sin dejar que Albus contestara. Lo había hecho justo a tiempo, porque sus mejillas se hallaban ahora surcadas de sendas lágrimas. Dumbledore la vio salir a través de sus gafas de media luna. Suspiró, negando lentamente con la cabeza.
Severus continuaba en la enfermería, bajo la amenaza de la señora Pomfrey de ser inmovilizado con un Petrificus Totallus si se empeñaba en intentar levantarse. Habían pasado ya dos horas desde que Dumbledore salió de la enfermería, y seguía sin tener noticias. <<Tranquilo, Severus... No tener noticias son buenas noticias>>, se dijo a sí mismo para calmarse. Pero tenía un mal presentimiento. Sentía que algo se había roto. De todo el dolor que soportaba en el cuerpo, el peor era el de la cicatriz de la Felix Felicis. Le ardía horrores. <<¿Qué pasa, Granger? ¿Tanto te ha asqueado enterarte de que Stapleton era en realidad tu grasiento profesor de Pociones?>>. Se reacomodó en la camilla y cruzó los brazos sobre el pecho. Aunque no quería admitirlo, estaba tremendamente preocupado.
Hermione pasó meditabunda todo el día. Sus amigos ya habían renunciado a la hora de la cena a arrancarle una sola palabra, porque la chica parecía haber hecho huelga de labios cerrados. Ni siquiera Ron, con sus chistes tontos, había conseguido hacerla reaccionar. Cuando fue hora de acostarse, todos se despidieron de ella, que no contestó a ninguna de sus palabras. Se quedó sola en la sala común, sentada en uno de los sillones y con los pies apoyados en el asiento. Observaba las llamas desde detrás de sus rodillas. Su mente vagaba, perdida en sus recuerdos de la última semana. ¡Cómo había cambiado todo en tan solo siete días! Siete días en los que su mundo se había vuelto del revés, su mente se había idiotizado y su corazón había enloquecido. <<Y todo por Severus Snape>>. A pesar de no apreciarlo como persona, ella siempre había sentido una secreta admiración y un auténtico respeto por él. Lo consideraba un de los mejores magos y sabía que se podía confiar en él. Y ahora, de repente, estaba en la disyuntiva más compleja de toda su vida. <<Por un lado, es mi profesor, Snape, el desagradable hombre de las mazmorras, serio, fríamente brusco, desagradable e incluso cruel>>, se dijo, enumerando todo los defectos que pudo encontrarle a Severus. <<Y por otro... lo amo, y me aterra pensar que realmente no me importe quién sea ni que me haya mentido... Que no me importe nada salvo la posibilidad de estar con él>>. Sabía que más tarde o más temprano tendría que hablar con él, tendría que enfrentarlo, pero pensar ahora en ese momento hacía flaquear sus fuerzas y nacer en ella un miedo que no conocía. Tenía miedo de que con solo mirarla descubriera todo lo que sentía por él, temía que se diera cuenta de lo que pensaba al respecto, la amedrentaba la idea de volver a chocar con sus ojos una vez más, de perderse definitivamente en ellos y olvidarse de que, al fin y al cabo, lo suyo nunca podría ser. Siguiendo con estas cavilaciones, se levantó de repente y salió de la sala común.
Severus caminaba despacio, apoyándose en las paredes. Harto de estar en la enfermería sin hacer y sin saber nada, había aprovechado que la señora Pomfrey no estaba para escaparse sin ser visto. Si pensaba que tumbado le dolía el cuerpo, la sensación de ponerse de pie fue horrible para él, y mucho más aún la de mantenerse sobre sus piernas sin caerse al suelo. Había tomado la resolución de marcharse porque sabía que si continuaba en la enfermería, terminaría embotándosele el cerebro. Necesitaba respirar el aire fresco que recorría el castillo por las noches, ese que podía despejarle los sentidos y a la vez, apasionarlo como ningún otro. Paró para descansar, apoyando la espalda en la pared de piedra. No dejaba de preguntarse dónde estaría Hermione, cómo se sentiría después de lo que había pasado y sobre todo... si lo despreciaría tanto como él la amaba a ella. <<¿Has dicho "amar", Severus?>>, habló su maligna voz interior. <<Ya empezamos... Ahora no, ¿quieres?>>. <<Pero lo has dicho... Eso significa que...>>. <<¡Basta, BASTA! Estoy harto de ti, conciencia maldita. ¡Sí, estoy enamorado de ella! ¡Sí, la amo! ¿Te ha quedado claro?>>.
-¿Qué es lo que tiene que quedarme claro?
Severus se sobresaltó ante la aparición repentina de esa voz. Hermione Granger salió de entre las sombras y lo encaró. Su semblante era una máscara de frialdad impenetrable. Al parecer, esta última pregunta la había pronunciado en voz alta sin darse cuenta.
-¡Granger! ¿Qué haces tú...?
-Paseaba. Solamente paseaba...
-Saltándose las reglas, como de costumbre.
Hermione lo miró con el ceño fruncido. ¿Ya volvía a su puesto de profesor cabrón? ¿Con la verdad había reaparecido su Yo de siempre? Perfecto, así las cosas serían mucho más sencillas.
-Verá, PROFESOR, no hay ningún motivo por el que quisiera saltarme las normas... por ahora. Solamente me estaba ahogando en la sala común, y necesitaba aire. Y si usted es tan respetuoso con ellas, ¿qué hace vagando también por el castillo a esta hora?
-Mira, niñata insolente... Yo acabo de salir de la enfermería. Iba a la sala común de Slytherin.
-Curioso camino para dicho destino.
Hermione no podía evitar emplear un tono sarcástico y frívolo en todas sus respuestas. De no ser así, sabía que se vendría abajo.
-Eres una... insufrible sabelotodo.
-Veo que le murciélago espantoso de las mazmorras ha vuelto. Muy bien, profesor, así resultará mucho más fácil dejar claras las cosas entre nosotros.
Se obligó a acercarse un paso más a él, para que, a pesar de la oscuridad, le fuera posible hablarle mirándole a los ojos.
-A partir de este momento- susurró, casi pegando su nariz con la de él-, usted no existe para mí. Yo no lo conozco, no sé quién es, ni siquiera puedo verlo... Nada.
-Perfecto- contestó él en el mismo tono susurrante-. Es lo que llevo pidiendo desde que nos chocamos en el maldito Callejón Diagon.
-Me alegro de darle gusto.
-¿Tengo que darte las gracias?
Hermione no contestó. Intentó fulminarlo con los ojos, hacer que el dolor que ella sentía le llegase a él de algún modo. <<¿Pero cómo va a sentir dolor este iceberg? Seguro que le duele más que se le rompa un frasco de veritaserum que lo que yo le estoy diciendo. ¡Imbécil, más que imbécil!>>.
-No, no será necesario- tomó aire-. Sólo espero que se lo haya pasado muy bien riéndose de mí todo este tiempo.
Severus la observó un momento, recibiendo como puñaladas cada una de sus hirientes palabras. Y él, de lengua pronta para respuestas desagradables, era incapaz de mantenerse callado. Cuando le había dicho que desde ese momento en adelante, él iba a dejar de existir para ella, se había quedado helado. Y el sarcasmo, mezclado con la rabia y los celos porque ahora Weasley iba a tener el camino libre con ella, le llenaron la boca. Contestó, yendo contra sus propios sentimientos:
-Sí, ha sido muy divertido, sobre todo ver tu estúpida cara con esos enormes incisivos. No me lo habría perdido por nada del mundo.
Hermione no pudo contenerse más y lo abofeteó. Después, con las lágrimas a punto de salirse de sus ojos, escupió con todo el rencor que pudo:
-Te odio, Severus Snape.
- * *
En fin, chic@s, siento que esta actualización se haya retrasado tanto, y debo advertiros de que la siguiente tardará más o menos por el estilo, porque este lunes empiezo con los exámenes y no voy a poder ni encender el ordenador.
Ojalá que os haya gustado y, por favor, no me lancéis muchos crucios, que estoy molida ya.
Un abrazo
L&S