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Historia 45483 — capítulo 11
Hermione se incorporó de golpe en la cama. Acababa de tener una pesadilla horrible, con todos los ingredientes propios de una de ellas: uno bueno que lo pasaba mal, varios malos que atacaban a traición y un escenario lóbrego y tenebroso. <<¡La Casa de los Gritos!>>, pensó, confusa. El protagonista, como no podía ser de otra manera últimamente, era Stefan Stapleton, y se hallaba en la Casa de los Gritos peleando con nada menos que Bellatrix Lestrange, y aun con cuatro aliados de ésta. Le acababan de lanzar cinco crucios a la vez, y había caído al suelo. Hermione no sabía por qué, pero, para ser un sueño, le había parecido muy real. Un quejido se escapó de sus labios cuando estiró la pierna derecha. <<¿Qué...?>>. Era la cicatriz de la Felix Felicis... otra vez. Llevó sus dedos con cuidado a la parte de atrás de su muslo, palpándose la cicatriz en la oscuridad. Notó que estaba más inflamada que nunca. <<¿Por qué está así? Sólo ha sido un sueño>>. El corazón le palpitó con fuerza en los oídos. ¿Y si realmente no fuera...? De pronto, como un rayo, un fogonazo de dolor le atravesó la pierna. Conteniendo un alarido, y mientras se llevaba una mano a los labios, se sujetó la herida con la otra. No tardó mucho en darse cuenta de que ésta se le había humedecido sin razón aparente. La retiró y se la puso a la altura de los ojos, intentando descubrir algo en la oscuridad. Al no conseguirlo, se abalanzó sobre la mesilla de noche, donde descansaba su varita mágica. La cogió con la mano izquierda, pronunciando con voz temblorosa: Lumos. Una tenue luz prendió en la punta de su varita e iluminó la palma de su otra mano. Estaba cubierta de un oscuro líquido rojo. <<¡Oh, Dios mío! Está sangrando la cicatriz>>. Se puso en pie sin pensárselo más, calzándose precipitadamente. Ahora, la idea de que lo que había visto era real no se le hacía tan descabellada. En su mente, sólo una frase: <<*Tengo que hablar con el profesor Dumbledore>>.*Salió corriendo de la habitación, sin importarle demasiado hacer ruido o despertar a sus compañeras. De hecho, le daba igual despertar a todo el castillo si era necesario.
Corrió por los pasillos desiertos, esperando dar a la primera con la, seguro, excéntrica contraseña de Dumbledore. Llegó frente a la gárgola de piedra y empezó a pasearse por delante de ella.
-¿Pastillas de limón?- preguntó, sin mirar a la figura de piedra que, como había supuesto, no se movió. Eso habría sido tener demasiada suerte-. ¿Grageas de todos los sabores? ¿Pastel de calabaza?
Nada... Siguió sin ocurrir nada de nada.
-Piensa, Hermione, piensa- se dijo a sí misma en voz alta, intentado recordar algo que le diera una pista.
Los nervios hacían que su fría lógica no se enfocara correctamente. ¿Qué podía gustarle tanto a Dumbledore y a la vez ser tan banal como para convertirse en la contraseña de su despacho?
-Rana de chocolate... Caldero Chorreante... Varita de Saúco... Harry Potter... ¡Maldita gárgola, apártate de mi camino! Si lo llego a saber, hubiera cogido unos calcetines de lana y se los hubiera traído a Dumbledore... ¡Seguro que su mera presencia lo hubiera hecho salir del despacho!
De pronto, la gárgola empezó a apartarse. La chica la miró con la boca abierta. <<¿Qué demonios...?>>. Un minuto después, el director aparecía de detrás de ella, con un gracioso gorrito de dormir, un largo camisón plateado y unas babuchas.
-¿Alguien ha dicho "calcetines de lana"?- preguntó, mirando a ambos lados del pasillo. Cuando se percató de la presencia de Hermione, su cara mostró una enorme sorpresa-. Señorita Granger, ¿qué hace levantada a estas horas?
Ahora que lo veía, Hermione se sintió estúpida. ¿Con qué cara iba a mirarla cuando le dijera que estaba allí por un sueño absurdo que seguramente había sido un producto de su imaginación? El director seguía mirándola de aquella manera, entre sorprendido e inquisidor.
-Verá, profesor Dumbledore...
-¿Eso que tiene en la mano es sangre?- la interrogó Dumbledore, observando su mano derecha con preocupación.
Hermione se dio cuenta de que con las prisas ni se había limpiado. Instintivamente, escondió la mano en su espalda.
-No es nada, sólo... Una cicatriz que me hice hace unos días se ha abierto si avisar...
La avispada mente del director no necesitó mucha más información. Ató cabos y se imaginó qué había provocado esa cicatriz y cuántas personas estaban involucradas en el accidente. Sin embargo, no dijo nada.
-Profesor, yo... he tenido un sueño muy extraño. No sabría cómo explicar la sensación que me ha producido. Sólo sé que no era como los demás. No parecía... un sueño.
-¿Qué ocurría en él?
-El chico nuevo... Stapleton, estaba en la Casa de los Gritos. Allí se encontraba con... otras personas y era atacado.
Los ojos de Dumbledore la miraron con horror.
-¿Quiénes eran esas personas, señorita Granger?- inquirió, con la voz repentinamente cargada de urgencia.
-Pues...- titubeó la chica, intentando sin éxito soportarle la potente mirada al director- No pude verlos a todos, pero era unos cuatro o cinco y...
-¿Y...? Por favor, señorita Granger, esto puede ser un asunto de vida o muerte.
El aire se le congeló a Hermione en el pecho. ¿De vida o muerte acababa de decir? ¿Significaba eso que Stefan estaba en peligro de verdad, que la cosa no había sido una simple pesadilla?
-Sólo pude reconocer a Bellatrix Lestrange, profesor.
Dumbledore apretó la mandíbula imperceptiblemente y murmuró algo, que a Hermione le sonó como "Severus", pero se dijo a instante que eso era imposible y lo borró de su memoria.
-Le suplico que vaya a mi despacho y me espere allí.
-Pero...
El director la miró fijamente durante un segundo y se desapareció sin decir nada. La chica giró los ojos a ambos lados del pasillo y decidió obedecer a Dumbledore sin pensar demasiado.
La espera estaba volviéndola loca. ¿Qué habría pasado? ¿Por qué Dumbledore no había vuelto todavía? ¿Sería cierto entonces lo que ella había presentido en un principio? De pronto, con un "PLOP" al estilo palomita, Dumbledore se apareció en el despacho, sobresaltándolos a ella y a Fawkes, que dormitaba tranquilamente sobre su percha. Llevaba en los brazos a Stefan Stapleton. Hermione se puso en pie por inercia, horrorizada ante la visión que tenía ante sus ojos, dejando caer al suelo su varita sin siquiera darse cuenta.
-Por favor, señorita Granger, ayúdeme tumbarlo allí- dijo el anciano, señalando con la cabeza un bonito diván que Hermione no recordaba haber visto nunca.
Corrió hacia donde estaban ambos y puso uno de los brazos del chico sobre sus hombros. Entre los dos consiguieron conducirlo con éxito a donde querían. Entonces, la chica pudo observarlo bien. Tenía la túnica rasgada a la altura del costado, de donde brotaba bastante sangre de un corte considerablemente profundo. Sus ojos permanecían cerrados, y había dos hilillos rojos que provenían de su nariz y boca. Inconscientemente, le acarició la mejilla, sintiendo que las lágrimas acudían a sus ojos irremediablemente, mientras un sollozo se atoraba en su garganta.
-¿Cómo está?- consiguió articular, tras lo cual sus ojos se desbordaron.
-Vivo, señorita Granger, pero por muy poco. Si no hubiera sido por usted... Y yo sabía a lo que le exponía, y sin embargo volví a hacerlo, como siempre- añadió, más para sí mismo que para la chica, que lo miró de un modo bastante inquisitivo.
El director pareció no percatarse de esta mirada, y siguió observando al muchacho acostado con tristeza.
-El problema, señorita Granger, es que cinco mortífagos estaban haciéndole la maldición Cruciatus a la vez. No sé cómo le habrá afectado eso... a otros niveles.
Hermione recordó con pavor a los padres de Neville. Bellatrix Lestrange había conseguido, ella sola, que enloquecieran a base de torturarlos con la maldición imperdonable. ¿Qué pasaría con Stefan después de haber sido atacado por cinco como ella a la vez? No quiso ni pensarlo. <<No, a él no le va a pasar eso. Él se va a recuperar, y volverá a contestarme con frialdad y a mirarme con esos ojos tan poderosos y a llamarme cara de marmota... Tiene que ponerse bien. No puede... haber enloquecido. Yo no... Nunca me lo perdonaría>>. El profesor Dumbledore se incorporó, diciendo:
-Voy a avisar a la señora Pomfrey. ¿Le importaría quedarse con él hasta que vuelva, señorita Granger?
Hermione asintió sin dudarlo, y volvió la cabeza a Stefan, mientras Dumbledore salía en busca de la bonachona enfermera. Un nudo de tristeza, como una violenta oleada, la sacudió entera. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera ido a buscar al profesor Dumbledore, si hubiera aceptado eso de que no había sido más que un sueño? <<Él seguramente estaría muerto>>, dijo su voz interior. La sola idea de perderlo la martirizaba. <<¿Perderlo? Pero si ni siquiera es mío...>>, suspiró. <<Tal vez, pero... Aunque nunca lo sea... ¡Bueno, ya está bien, Hermione! Habías dicho que lo olvidarías, y tienes que conseguir lo que te has propuesto. No puedes rendirte a tus sentimientos cada vez que lo ves. ¡Es ridículo!>>, se recriminó a sí misma. Un suspiro involuntario se escapó de los labios de Stapleton, lo que le puso a Hermione la carne de gallina. Se fijó bien en las rasgaduras de su túnica. El costado seguía sangrando copiosamente, y la chica se preguntó si eso no lo estaría debilitando aún más. Después de ver numerosos cortes, se fijó en un roto mayor en el muslo derecho. Entre los jirones de tela no le costó mucho distinguir la cicatriz de la Felix Felicis. Hizo un poco más grande el agujero (supuso que a él le daría igual) y la observó con atención. Estaba tan inflamada como la suya, pero no sangraba. <<¿Y por qué la mía sí?>>. Se fijó de pronto en que tenía una forma peculiar. Era como la mitad de un corazón roto. Se dijo que serían imaginaciones suyas, que ahora no veía más que tonterías relacionadas con el amor y esas gilipolleces. Entonces, por un impulso, alargó sus dedos hasta él. Éstos, al entrar en contacto con la piel fina de la cicatriz, se iluminaron. Hermione estuvo a punto de caerse del hueco en el diván donde se había sentado, pero no pudo moverse. Un segundo después, sintió que el interior de su cuerpo empezaba a agitarse, que su energía vital comenzaba a fluir hacia sus dedos para ir al cuerpo del chico herido. Al principio no sintió ningún tipo de respuesta por parte de él, pero cuando una fracción de la energía ya se había transferido al otro cuerpo, advirtió un extraño tipo de conexión con él. Por fin, la luz se apagó, y ella pudo separar sus dedos de la pierna de Stapleton. Una sorprendente debilidad se apoderó de su cuerpo entonces. Notó que se le iba la cabeza, y mientras con una mano se sujetaba la frente, con la otra se apoyó inconscientemente sobre el torso del chico que, sin que pudiera adivinarse, abrió los ojos.
-¡Granger!- exclamó con la voz ronca, mirándola con asombro.
La chica lo miró desde detrás de sus dedos, sin creerse lo que veía. ¡Era él! ¡Estaba despierto! La vista se le nubló de repente y cayó sobre su pecho.
-¡GRANGER! ¿Qué te ocurre?
Intentó incorporarse, pero le dolía todo el cuerpo, como si le hubiera pisado más de mil veces un Colacuerno Húngaro. Sin embargo, ver a Hermione sobre él, desmayada, le hizo sacar fuerzas de flaqueza, apoyándose sobre los codos primero, y después, no sin esfuerzo, sentándose con la espalda recostada sobre el brazo del diván (N/A: Véase diván del s. XVIII, que Dumbledore tiene gustos extravagantes). La levantó con delicadeza de los hombros y le retiró el pelo de la cara. Estaba tan preciosa...
-¿Qué ha pasado, Granger? ¿Por qué te has desvanecido de pronto?- le preguntó con la voz sedosa.
La acomodó sobre sus muslos, sujetándola con su brazo izquierdo, y le apoyó la cabeza inerte sobre su hombro. Sintió el roce de su nariz en el cuello y le dio un escalofrío. Inclinó un poco la cabeza y su mejilla quedó rozando el cuero cabelludo de la chica. Suspiró.
-No sé por qué cuando cerré los ojos tenía la cara de Bellatrix en la retina y, al abrirlos, me he encontrado con la tuya, pero me alegra... que estés a mi lado.
Le acarició con cuidado el fino pómulo, pero al instante retiró la mano, apretando los dientes. Se le había olvidado por completo... <<Ahora ella es la novia de Weasley>>.
-Además de mi alumna- murmuró entre dientes-. Severus, sigue siendo tu alumna...
-¿Mmm?- respondió la chica, incorporándose tras parpadear repetidas veces. Tenía una mano apoyada en el hombro derecho de Severus y la otra cerca de su cuello. Se quedó paralizada al encontrarse de pronto con esos ojos negros que la enloquecían.
Se quedaron en esa posición, sin decir nada ninguno de los dos. <<¡Vamos, Severus, reacciona!>>, se dijo a sí mismo el ex profesor. <<Que parece que no la has visto en tu vida y llevas siete años despotricando de ella>>. <<Y un mes enamorado>>, respondió su malvada conciencia. <<Yo todavía no he dicho nada semejante, conciencia del demonio>>. Y, sin embargo, siguió sin dejar que una palabra se escapase de sus labios. Hermione, por su parte, tenía la boca seca. Estaba segura de que la causa de su desmayo estaba íntimamente relacionada con la luz de unos minutos antes. <<¿Ha sido un transvase de energía? Porque así lo he sentido...>> Volvía a estar hipnotizada por sus ojos, por su nariz, por sus labios, por su voz, por su olor... Hacía que lo amase sin ni siquiera darse cuenta.
En esas estaban cuando Dumbledore y la señora Pomfrey irrumpieron en el despacho. Los ojos del director se iluminaron, y se apresuró a acercarse a ellos.
-Sev... Señor Stapleton- se corrigió, ante la mirada de advertencia que le lanzó Severus-, me alegro de verlo así, ¿pero cómo...?
-¿Me permite examinarlo, director?- preguntó la enfermera, no dejando acabar al anciano.
Albus se hizo a un lado y Hermione se levantó, pero aún no se había recuperado del todo del mareo y sus piernas temblaron bajo su peso. Severus tuvo el impulso de levantarse, pero antes de que pudiera hacer nada, el director la había sujetado.
-¿Se encuentra bien, señorita Granger?
-Sí, sí, es sólo... No tiene importancia, profesor.
-¿Seguro?
La enfermera los interrumpió diciendo:
-Albus, ¿dónde dice que tenía una herida que sangraba copiosamente? Yo no veo más que rotos en su ropa y restos de sangre, pero ni un solo rasguño.
El director miró a los ojos a Severus, como intentando leer en su alma. El chico le sostuvo la mirada, pero sin saber qué transmitirle, pues él estaba tan sorprendido como el anciano.
-De todos modos, Poppy, no estaría de más que pasase esta noche en la enfermería. Mañana por la mañana iré a verlo.
-Como quiera, director. Señor Stapleton, ¿puede mantenerse en pie?
Sin esperar respuesta, se echó un brazo de Severus por los hombros y tomó impulso para levantarlo. Severus sintió que pesaba veinte toneladas más que antes.
-Últimamente no sale de la enfermería. Voy a pensar que lo que quiere realmente es venir a verme.
Y rió por su propio chiste. Severus chascó la lengua, cosa de la que no se percató la enfermera, e intentó enderezarse, pero sin éxito. Con paso titubeante, ambos salieron del despacho, dejando solos a Dumbledore y a Hermione.
-Bueno, señorita Granger, lo mejor será que vuelva a la cama. Le agradezco mucho lo que ha hecho esta noche. Le ha salvado la vida a ese muchacho.
-No... No soy una heroína, profesor. Lo hice porque tuve miedo, porque sentí...
Se calló. Se sentía tremendamente violenta. Aunque en el momento no se había dado cuenta, el director y Madame Pomfrey los habían pillado a ella y a Stefan en una posición ciertamente comprometedora. Y ahora Dumbledore le decía todo esto...
-Gracias por sus palabras, profesor. Si no le importa, me gustaría volver a la cama.
-Desde luego, señorita Granger. Buenas noches.
-Buenas noches, profesor Dumbledore.
Al día siguiente, cuando bajó a desayunar, sus amigos ya estaban en el Gran Comedor. Llegó muy apurada, sentándose al lado de Ron, que le tomó la barbilla para que lo mirara y la besó. Hermione no supo cómo reaccionar por un momento. Se le había olvidado completamente que Ron y ella estaban saliendo juntos.
-¿Qué te ha pasado hoy, dormilona?
Ella sonrió por toda respuesta. Miró a Harry, que leía con atención una noticia en El Profeta.
-¿Qué ocurre, Harry?- preguntó con preocupación ante el ceño fruncido de su amigo, bebiendo un poco de zumo.
-Han avistado mortífagos cerca de aquí... Bellatrix Lestrange- añadió entre dientes. Harry no podía olvidar que Bellatrix había sido la responsable de la muerte de Sirius Black, su padrino y el mejor amigo de sus padres.
Hermione se echó a toser desesperadamente, ante la sorprendida mirada de sus amigos.
-¿Estás bien?- dijo Ron, dándole unos golpecitos en la espalda.
Ginny llegó en ese momento con otro ejemplar del periódico mágico en la mano.
-Buenos días, chicos. ¿Habéis leído ya la noticia de la Suerte Líquida?- preguntó, mostrando una de las páginas.
Hermione se habría atragantado de tener algo más en la boca aparte de la lengua.
-¿Me dejas ver eso, Ginny?- preguntó, intentando controlar el temblor que invadía su voz.
Cuando el periódico estuvo en sus manos, tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no perder la compostura. Leyó la noticia para sí misma, mientras sus amigos debatían sobre el tema de los mortífagos.
¿La suerte del amor?
Esta noche han aparecido en la habitación del conocido Caldero Chorreante una pareja que llevaba dos meses desaparecida. Al parecer, debido a la oposición de sus familias...
Hermione miró a su amiga pelirroja con el ceño fruncido.
-Ginny, ésta parece la típica historia de la pareja incomprendida. ¿Qué tiene de interesante?
-Baja al tercer párrafo, tonta, y lee. Es increíble.
La chica obedeció a regañadientes.
La pareja ha alegado que ya nunca podrá volver a separarse, pues dice haber sellado su amor mediante la legendaria "Unión de suertes", procedimiento más mítico que otra cosa consistente en mezclar una misma pociónFelix Feliciscon la sangre de ambos miembros de la pareja. Ellos están convencidos de la validez de lo que han hecho, a pesar de que no haya podido ser demostrado de ninguna manera que dicha práctica funcione realmente. Los resultados, según ellos, son...
No quiso seguir leyendo. Le aterraba lo que podría encontrarse si continuaba.
-¿Qué opinas?- preguntó Ginny-. ¿No te parece romántico lo de "los destinos unidos para siempre"?
Hermione notó que el corazón se le aceleraba. <<¿Des... destinos unidos para siempre?>>.
-¿Y qué me dices de las cicatrices en forma de medio corazón? Parece ser que ambos tenían una, cada uno de una mitad.
El corazón de Hermione pasó entonces de su pecho a su garganta. El recuerdo de la pierna de Stefan la golpeó como una bofetada en toda la cara. <<Medio corazón roto...>>.
-Qué pena que sólo sean leyendas- intervino Ron-. Si no fuera así, Herms y ese estúpido de Stapleton estarían ahora unidos para siempre.
-Es verdad, que se os rompió un frasco de Suerte Líquida en la pierna, ¿no?
-Sí, pero Ron tiene razón- contestó Hermione, intentando cambiar de tema-: Es sólo una tontería. Por cierto, Harry, ¿qué más dice sobre esos mortífagos?
A pesar de haber sido ella quien había iniciado la conversación, al instante se abstrajo en sus propios pensamientos. ¿Y qué iba a hacer ahora? Porque por mucho que pensase que era una tontería, las cosas estaban así. Tenía los hechos ante sus ojos: Suerte Líquida, cicatrices, sangre... Recordó la cara de Stefan cuando le dijo que lo que llevaba era el frasco de Felix Felicisy cómo la había mirado cuando ocurrió "el primer momento de luz". <<Él sabe algo>>, pensó de pronto. <<Él sabe algo y me lo va a explicar>>. Se puso en pie, llena de una determinación que llevaba días sin sentir. Sus amigos la vieron salir del Gran Comedor, pero no tuvieron tiempo de decir nada. Ron se volvió hacia Harry y su hermana, con un cacho de beicon en la boca.
-¿Qué bicho le ha picado a ésta últimamente?
Albus llegó a la enfermería por la mañana. Todas las camas estaban vacías salvo la de Severus, que llevaba bastante rato despierto. Giró la cabeza al ver aproximarse al anciano, que se sentó en la cama de al lado.
-¿Cómo estás, muchacho?
-No me había sentido mejor en toda mi vida- respondió Severus con ironía.
-Lo siento mucho, Severus. Puse en peligro tu vida.
-Yo solo puse en peligro mi vida, director. No intente flagelarse por ello, cuando el único responsable de mi estupidez soy yo.
<<Y Granger>>, añadió para sí. Se quedaron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
-Severus... ¿Cómo es posible que estés vivo? Cuando yo llegué, tenías a cinco personas lanzándote la maldición Cruciatusa la vez. No puedo creer que no hayas sufrido más secuelas que unos cuantos dolores por el cuerpo.
Severus se removió en la camilla, incómodo. No le apetecía mucho en ese momento hablar de lo que, él suponía, era la causa de que estuviera vivo.
-Y no sé por qué, creo que tiene que ver con la señorita Granger. ¿Tú qué opinas?
-No sé a qué se refiere- se apresuró a contestar Snape.
-Oh, vamos, Severus, lo sabes perfectamente. No hace falta ser un genio para saber quién es la persona a la que también afectó la Felix Felicis. La señorita Granger, ¿no?
-Es usted quien lo ha dicho, no yo.
-Por favor, muchacho, que nos conocemos...
Severus se cruzó de brazos, mirando a Dumbledore con el ceño fruncido.
-¿Y qué se supone que he de hacer ahora, Albus? Que su brillante mente invente alguna solución para mí.
Hermione llegó sin resuello a la puerta de la enfermería, que estaba entreabierta. Oyó voces que provenían del interior. Las distinguió al instante: eran el profesor Dumbledore y Stefan. Se acercó a la ranura para escuchar. Su curiosidad podía más que su ética en esos momentos en que se hallaba tan exaltada. La voz del chico llegó a ella exaltada, furibunda, nerviosa, casi desesperada...
-Albus, sabe que es verdad. Esa maldita poción... ¡Estoy unido a ella de por vida!
Hermione se quedó helada. Entonces no sólo sabía algo... Lo sabía todo. Su respiración se aceleró aún más. Sin embargo, su mayor sorpresa llegó cuando habló Dumbledore.
-No te preocupes. Quizá esa posible encontrar una solución, a eso y a todo lo demás... Severus.
- * *
Hello, amigos. Aquí estoy de nuevo, después de haberme librado de diez siglos de literatura, volviendo a la carga. Espero que os haya gustado ese capítulo y que me dejéis muchos comentarios.
Un beso
L&S