Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← El más bello de mis males. · de

El más bello de mis males. — capítulo 7

—¡Maldita sea! —rezongó furioso. Odiaba que las situaciones se salieran de su control— ¡¿Qué diablos esta haciendo ella conmigo?!

Cuando tomó aire profundamente, se dio cuenta de que todo lo que había en su escritorio se encontraba en el piso. Su rabieta incontrolable ocasiono que los pergaminos se revolvieran y ahora tenía que ordenarlos de nuevo.

—Tengo que calmarme. No puedo permitir que esto me afecte —se mormuró así mismo al intentar aclarar su mente—. No puede sacudirme de esa manera, no es correcto —estrelló un puño contra el escritorio—. ¡El problema es que lo esta logrando!

Ese era el punto, ella había conseguido sacarlo de sus casillas y peor aun, le había incitado a quebrantar las leyes, aquellas que magistralmente le había restregado en la cara a ella, cuando el idiota de Igor se atrevió a marcarla como presa de cacería.

Pero aunque esa situación le daba malestar, tenia que reconocer que si Celeste no hubiera iniciado el beso, él hubiera terminado por hacerlo.

El aroma que despedía la piel de la chica, lo llenaba en todos los sentidos; aquel aroma a jazmín, libro antiguo y extrañamente a Abedul, le embrujaba. Olía "casi" igual a Lily, pero al mismo tiempo eran tan distintas como el aceite y el agua.

Sabía que sus sentimientos, no eran de amor. Estaba seguro de que no podía estar enamorado, o eso creía. A pesar de todo, ya olvidado que era un hombre. Un hombre que necesitaba esa pasión en su vida y era sólo un capricho del destino el que ella estuviera allí. Se le había presentado sin que él lo pidiera,aunque no sabia si aquella vieja carta, que inesperadamente había llegado a sus manos, aun contenía los verdaderos sentimientos de Celeste. Ya habían pasado muchos años desde entonces y él no creía que ella aun mantuviera sus palabras.

Era ridículo pensar que todavía mantenía la idea de ser sólo para él, al fin y al cabo, después de haber dividido sus caminos y estar rodeada de otros magos, era muy obvio que sus palabras de amor las hubiera borrado el tiempo.

Se sentó en un pequeño sillón de dos plazas, que tenia lleno de recortes de periódicos, y se masajeó las sienes con ambas manos.

"Ella era sólo mía cuando escribió aquella carta… sólo mía". Sin entender la razón, comenzó a recordar cuando un alumno intentó besar a la bruja, justo el mismo día en que ella lo había besado a él. "Ese beso fue más que un simple arrebato. Ella en verdad estaba enamorada de mi".

Su estomago gruñó estrepitosamente sacándolo de sus pensamientos, aún no había desayunado, pero tampoco quería ir al comedor. No estaba listo para volver a verla, así que decidió bajar a las cocinas con los elfos domésticos y comer algo de prisa.

No tardo mucho en llegar y beber algo de jugo de calabaza, no deseaba nada sólido, no estaba de humor, la cabeza le dolía después de lo sucedido y no podía entender que le estaba ocurriendo.

*"No eres un jovenzuelo, Snape. Eres un Profesor. No debería de dejarme llevar por mis hormonas, pero ella es tan insoportable, tan ingenua, tan… simplemente es tan diferente a otras y tan parecida a una sola".*Le resultaba perturbador el haber encontrado a una mujer que lo apasionara tanto como había sucedido en un pasado con la bella Lily; pero era indiscutible que su atracción sólo podía ser momentánea.

Su larga capa ondeó cuando dio la media vuelta para subir las escaleras. Siempre de negro, siempre de luto, del color que reflejaba su inaccesibilidad y su misterio.

Sus sollozos se podían escuchar afuera del salón de clases, donde ella daba pociones. Era un lamento ahogado, que se detenía y volvía a empezar. No se arrepentía de lo que había pasado, pero ya no encontraba la manera de hacerle ver a él, que era la persona más importante en su vida

Ya lo había besado y le había dicho que le aterraba estar lejos de él,¿qué no era suficientemente obvio lo que sentía? Era indiscutible que necesitaba hacer algo más para que la situación cambiara, y para su sorpresa, la respuesta llegaría ese mismo día, justo al atardecer en el lago.

—¿Es hermoso, verdad? —una voz varonil la rodeó.

Ella estaba contemplando el esplendoroso barco que flotaba tranquilamente en aquellas aguas.

—Sí —sonrió Celeste, complacida—. Es increíble ¿Seríaposible que me permitiera subir?

—¡Claro que si! —se iluminaron de inmediato los ojos de Karkarov—. Será un placer tenerte de visita. Pero dejemos los formalismos aún lado.

—Me parece bien —en verdad se moría de ganas de ver el interior y lo que ocultaba—. Me has hecho muy feliz.

—Si tú quisieras, Celeste —él le ofreció su brazo para caminar juntos y ella lo aceptó—. Yo te haría muy feliz toda tu vida.

—¿Disculpa? —no sabia que responder. Aquella confesión la había tomado por sorpresa y sus mejillas se habían sonrojado.

—Bueno, no suelo ser tan directo —la ayudó a subir a un pequeño bote—, y se que soy muy mayor para ti; pero puedo ofrecerte una buena vida, si tú me aceptaras.

—Igor, yo… —pensó en una frase que la sacara de esa posición incomoda—. Me halaga tu proposición, pero en este momento no puedo pensar en eso.

—Ahora soy yo, el que no comprende —sus ojos la miraron fijamente y le sonrió intrigado.

—No debería de comentarlo con nadie, pero en estos momentos necesito protección y Dumbledore me la ha ofrecido —no sabia porque le confiaba aquello. Casi no lo conocía, pero era agradable platicar con alguien más que no fuera su lechuza—. Soy blanco de los Mortífagos y es posible que no tenga muchas oportunidades de una vida en el futuro.

El director de Durmstrang, al escuchar aquello palideció y la sonrisa que había tenido hasta ese momento, se borró de su rostro. Ella no lo notó hasta que el silencio entre ellos dos se tornó incomodo.

—Discúlpame —se apresuró a decir, como era ya una costumbre en ella—. No debí de haberte preocupado con mis problemas.

—No, no —sonó casi como un suspiro—. No te disculpes, soy un viejo tonto. No ha ocurrido nada.

Al llegar al barco engancharon el pequeño bote con unas cadenas, las cuales alzaron el bote hasta llegar al nivel de la cubierta.

—¡Igor, que bello! —bajó lo mas rápido que pudo. El piso era de una madera rojiza y muy pulida. Tanto, que podía contemplar su reflejo perfectamente— Es mucho mejor de lo que me imagine.

—Y no has visto lo mejor. Ven, acompáñame —la tomó de la mano y la ayudó a bajar unas escaleras— Este es el comedor.

Los adornos dorados de las paredes, junto con las pieles que adornaban el lugar, daban un aspecto ostentoso. Las llamas verdosas que salían de una enorme chimenea, calentaban el ambiente y la mesa negra del centro, se veía impactante. La habitación no era muy grande, pero se veía bastante bien. En la pared había algunos cuadros con personajes vestidos muy raros, eran personas importantes para ese colegio.

—¿Te gustaría algo caliente? —le ofreció un poco de té oscuro—. Es un poco amargo. Espero y te agrade

—Sí, gracias —tomó la taza con ambas manos y sorbió un poco—. ¡Por Merlín! Es verdad, es muy amargo.

Igor se burló a todo pulmón al ver la expresión de asco de la chica y más cuando empezó a toser.

—Disculpe, Profesor —los interrumpió un alumno, que para los gustos de Celeste, era bastante atractivo—Viktor lo busca, en su oficina.

—Ahora estoy con él —se puso de pie inclinándose hacia ella—. Ahora soy yo el que debe de disculparse, Oleg la llevará de nuevo hacia la orilla del lago.

—Muchas gracias por su tiempo, Profesor —evitaban tutearse frente a los alumnos—. Ha sido una tarde estupenda.

Con un movimiento, le ofreció de nuevo su brazo y la acompaño a la cubierta. Hasta ese momento, le había parecido que el mago era una persona horrible; pero en esa ocasión, ella necesitaba olvidar aquello que la entristecía e Igor se había mostrado muy atento.

Oleg, la acompaño hasta llegar a la orilla. La ayudo a bajar y se despidió amablemente.

El sol estaba a punto de ocultarse y el viento frío golpeo su cara. Era importante que regresara al colegio antes de que oscureciera. Era muy peligroso estar sola en medio de la oscuridad, así que apresuró el paso. Cuando escuchó que alguien la perseguía saco su varita.

"*Lumos".*Su varita se iluminó y la dirigió hacia donde se escuchaban los pasos.

Pronto, distinguió una figura oscura que se acercaba cada vez más a ella.

"¡Un Mortífago!". Fue lo primero que se vino a su mente y se echó a correr.

Todavía faltaba un tramo para llegar a las enormes puertas dobles, cuando tropezó con una raíz y cayó al piso, golpeándose la cara.

Al intentar ponerse de pie no pudo, todo giraba a su alrededor.

"De prisa ya viene, es un Mortífago".**Escuchó una voz en su interior que le advertía su posición. Pero era muy fuerte el aturdimiento para lograr empatar su mente con su adolorido cuerpo.

—¡NO!—gritó desesperada al sentir que la sujetaba de la muñeca izquierda.

En un gesto desesperado, alzó su mano derecha y tocó el pecho de su atacante. Había llegado el momento de arriesgarse y defenderse ella sola.

"Extrahere". Conjuró en su mente y cerró los ojos. A diferencia del hechizoLegeremancia, este no podía ser evitado con Oclumancia.

Varias escenas pasaron por la mente, como si se tratara de una película.

—¿Por qué? — preguntaba, una bella chica pelirroja— ¡Vamos, dímelo!

—No— le respondió el chico, cabizbajo—. Yo tengo mis razones.

Ambos se encontraban en un largo pasillo, en la noche. Sólo se veían las antorchas danzar con sus flamas juguetonas.

—Severus, basta de tonterías —la chica estaba cada vez mas molesta—. Tengo que irme, no debería estar hablando contigo.

—¡Espera, Lily! —Snape, quiso detenerla y la tomó de ambas muñecas— Escúchame. Yo te amo, por favor no te cases con Potter. Es un idiota.

—Eso ya no es suficiente —ella lo empujó hacia atrás—. Entiéndelo. Mañana me caso, y tú no puedes hacer nada por evitarlo.

—Lily, por favor — suplicó con los ojos llorosos—. Tú me amas. Lo sé.

—Te amaba, Severus —lo corrigió—. Te repito que se termino. Tengo que marcharme.

Ella tomó el rostro de él con ambas manos y lo besó dulcemente en los labios. Al terminar de susurrarle al odio un triste adiós, dio la media vuelta y desapareció por el pasillo.

Una pena muy grande embargó su corazón y Celeste, derramo un mar de lágrimas.

Con una fuerte sacudida, la escena había cambiado. Aún con las lágrimas descendiendo por sus mejillas, la bruja supo a la perfección que se encontraba dentro de Hogwarts. Poco a poco una loca desesperación y una insana impotencia, la abarroto.

—¡Tienes que protegerla! —gritó Snape—. Tienes que hacerlo, Albus. Por piedad, sálvala a ella.

"¡No!, no me muestres eso por favor" imploró Celeste, pues ya no podía soportar tanto dolor. "¡Ya basta!".

—Severus, llegaremos a tiempo —Albus, se encontraba de pie y su voz tranquilizó de inmediato al profesor de pociones—. No pasara lo mismo, no con Celeste. Te lo aseguro.

"Lo mismo…" Se desconcertó al escuchar su nombre. "Pasarme lo mismo…" Severus estaba pidiendo por ella, pero no sabía el porque. ¿A que se refería Dumbledore? ¿Qué había ocurrido en el pasado, para que Severus estuviera tan desesperado?

De nuevo, una fuerte sacudida la sacó del transe. Aún tenía una gran opresión en su pecho y sentía las lágrimas muy vivas en sus mejillas.

Se podía apreciar débil, ya que no sólo su poder absorbía recuerdos, si no que también absorbía emociones. Su madre solía decirle: "Absorbemos almas, Demy. Almas ajenas".

—¡Celeste! —Escuchó una voz que la llamaba— Regresa ahora… ¡Con un demonio!

—Se, Severus —dijo entrecortadamente, jalando aire y aforrándose al cuerpo del mago—. No puedo… respirar.

Inmediatamente, él la tomó entre sus brazos. Atravesó las puertas dobles y desapareció con ella por el umbral.

Al abrir sus bellos ojos grises, lo primero que observó fue al Profesor Snape. Con su mirada esquiva y sus delgados labios fruncidos.

—Pensé que nunca despertaría —le sonrió agriamente— A veces se comporta como una cría.

—¿Dónde estoy? —Aún se encontraba perdida, con la mente revuelta.

—Eres una insensata —su voz era de desprecio y sus ojos demostraban un odio que ella jamás había contemplado en él—. No se te ocurre nada mejor que escapar un rato con Karkarov, para después regresar sola, en medio de la oscuridad, con un posible Mortífago rondando por el colegio. Si esperas que te siga a todos lados, estas muy equivocada.

—Severus, no comprendo… —pero guardó silencio cuando comenzó a recordar lo que había sucedido—. ¿Tú no eres un Mortífago? Estaba segura de que era uno de ellos el que me seguía.

—¿Cómo sabias que uno de ellos te perseguía? —alzó las cejas, aprensivo—. Pudo ser cualquiera.

—No, tú no entiendes —cerró los ojos—. Es parte de lo que soy. Escuché la voz de mi madre que me advertía…

—En verdad la estamos perdiendo, Nobilis —ella se sintió incomoda con aquel comentario y trató de sentarse—. Tu madre esta muerta, y los muertos no regresan.

La amabilidad de Celeste se esfumó por harte de magia y al parecer, él no se había percatado de que al hablar de su madre, de esa manera, la había herido en lo mas profundo de su corazón.

—¡Ya sé que no regresan, Profesor Snape! —berreó lo primero que se le ocurrió—. No insinué que estoy loca. Permítame recordarle que el Sanador soy yo. Sé perfectamente cuando la gente esta loca o no, además —agregó—, por lo que he visto, creo que usted tiene mas problemas que yo, para aceptar la muerte de un ser al que se ama.

*"¡Niégalo si puedes!".*Meditó al tragar saliva con dificultad.

—Jamás. Nunca vuelvas a meterte en mi mente, Nobilis —se acercó a ella y comenzó a tutearla sin darse cuenta— ¿Qué fue lo que viste? ¡Contesta!

—Yo, yo —no sabia si mentir era buena idea. Estaba metida en un callejón sin salida— ¡Te vi al lado de Lily Potter!Después la imagen cambio, hablabas con Albus. Le pedías ayuda…

Él se apartó con nerviosismo, tomó su capa que descansaba en una pequeña mesa y se encaminó para salir de la habitación.

—Mi don es una maldición, Severus —gimió angustiada y se tocó el pecho—. Poder sentir tu dolor, fue como sentir mi propia muerte.

—Realmente se encuentra muy mal —le respondió sin ni siquiera voltear a verla—. Debería de meditar sobre su actitud.

Aquellas palabras, dichas con bastante frialdad, atravesaron el alma de Celeste como si fuera una daga. Cómo si el blanco principal fuera exterminarla por completo.

—Sí. Estoy muy mal, pero no puedo evitarlo —se levantó de la cama a duras penas, dio dos pasos hacia él y se desplomó hasta tocar el suelo—. Pero me encuentro así, por que mi corazón no se cansa de latir cada vez que me miras. Por que mi cabeza me sigue repitiendo que tú jamás voltearas a verme. Estoy mal porque mi estúpida y frágil alma clama por tus besos… Dime que hacer, dime que hacer para llegar a ti.

—Nada… —aún seguía sin verla—. Entienda usted que las cosas tienen que quedarse como están.

—Si eso es lo que piensas, así debe de ser… pero —se apresuró a agregar y trató de incorporarse sin éxito— Tienes que saber que yo te amo. Qué el beso que te di, cuando era una mocosa, no fue un simple impulso o capricho. Qué el beso que ocurrió hace poco no fue sólo por arrebato. Yo se que no me amas, pero no me importa. Nunca me ha importado.

—Celeste… —escuchó que susurró su nombre, con tristeza.

—Severus —lo llamó con dulzura, al mismo tiempo que estiró su mano hacia él—, en verdad no me importa. No tienes porque amarme. Sólo no te apartes de mi lado… sólo eso es suficiente, para mi.

El Profesor derepente giró sobre sus pies, caminó hacia ella con agilidad y tomándola entre sus brazos, hundió su nariz en su dorado cabello. Cuando aspiró profundamente su aroma, no pudo controlar más sus instintos. La anhelaba más que nunca.

Ambos se apretaron uno contra el otro y ella cerró los ojos fuertemente dejándose llevar por el momento, no quería apartarse de él, sentía como todo su cuerpo ardía de pasión y era raro que ella se avivara de esa manera.

Cuando abrió los ojos, ambos se hayan recostados en la cama. Severus estaba ya sobre de ella; le jalaba su largo cabello dorado, la besaba en el cuello lleno de deseo y cuando sus besos lo llevaron lentamente hasta los hombros desnudos de ella, consiguió que Celeste dejara salir un gemido de placer.

Ya ninguno de los dos tenía su tunica puesta, pues se encontraban tiradas en el piso, y la blusa de Celeste se encontraba desabotonada, dejando visible su tórax desnudo y sus pechos aun cubiertos por su sostén rosado.

—Severus… —suspiró la chica y tomó su rostro para besarlo en los labios—. Te amo.

Esa fue la palabra mágica para acabar con la lujuria de él. Se separó bruscamente con el rostro pálido y descontinuado.

—Esto no es correcto —dijo agitado, mirándola con espanto—. No vuelvas a decirlo, ya no te acerques tanto a mi.

Tomó su ropa y decidió no mirar hacia atrás, pues temía no poder separarse de ella.

*"Ahora soy yo el que se comporta como loco"*Pensó antes de cerrar la puerta tras de él.

Ahí se quedó tan sola como antes, sin decir ni una sola palabra para detener su partida. Por fin era ella la que comprendía que nunca cambiarían las cosas con Severus. Era una persona tan difícil de comprender, y ella deseaba entenderlo, pero siempre le ponía un escudo; cada vez que ella intentaba traspasarlo, las cosas resultaban mal. 

*"Debería de aceptar la propuesta de Igor… por lo menos él se interesa en mí"*Suspiró agobiada.

Era tema prohibido hablar con Severus de amor. El amor lo transportaba a un lugar lejano, a un mundo donde Lily aun existía. Celeste no podía ganarle a un fantasma, no podía compararse ni siquiera en sus sueños y al parecer, Severus no intentaba siquiera concebir dejar de pensar en ella. Aunque ella ya se hubiera marchado de este mundo, hace bastante tiempo atrás.

—¡Harry! —recordó de inmediato—. Severus tiene que verlo todos los días. Es un recuerdo constante de ella, y yo no puedo evitar eso.

Y así era, ese chico combinaba lo que mas odiaba y amaba Snape: la dulce mirada de Lily Evans y el desagradable aspecto de James Potter.

Esa noche intento dormir, pero las imágenes, que había arrancado de los recuerdos de Snape, se lo impedían. Advertía que tardarían tiempo en desvanecerse, era una parte que se quedaba dentro de ella y en el peor de los casos, a veces jamás se iban. Ni las imágenes ni los sentimientos.

"Lo tuve en mis brazos., Por un instante pude sentirlo" postró su cara en la almohada. "Fue como un rayo. Sin el brillo no sabrías nunca que estuvo ahí"