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Historia 47652 — capítulo 1

CAPITULO I

"RASTREADOR"

(POV DEMETRI)

Rastrear… Aquello era lo mejor que podía hacer, lo mejor que hacía, lo mejor… Tenía que encontrar a las personas adecuadas, y después, mis maestros se encargaban de ellas. Tenía que hacerlo para seguir teniendo mi lugar en la guardia. Tenía que cazar, tenía que rastrear.

Alec, mi hermano, se acercó sigilosamente hacia el lugar donde mi don me había dicho que se encontraban los Vampiros.

Jane iba a mi derecha, mientras que Félix a mi izquierda. Alec iba al frente. Ellos tres eran mejores luchadores que yo, y lo sabía muy bien. Yo solo servía para decirles donde se encontraban las personas que debíamos buscar. Nada más.

Mis hermanos se ocuparon con gran facilidad de ellos, yo ayudé en mucho, claro, pero ellos fueron más rápidos. Siempre había deseado que me tomaran más en cuenta. Pero claro, dirían: "Tú tienes demasiado con solo ayudarnos a saber donde están ellos".

˜.˜.˜

- Muy buen trabajo - Aprobó mi maestro en cuanto llegamos - He de decir que estoy muy contento con tenerlos en la guardia. A todos ustedes.

- Gracias maestro - Comenzó Jane - Es un honor servirles a ustedes.

- Jane. Siempre he dicho que, más que mi guardia, son mi familia. No deberían de sentir aquello, sino que solo han hecho el bien para las mejores causas para los de nuestra especie. Me siento orgulloso de ustedes.

Jane, Alec, Félix y yo sonreímos con suficiencia. Por lo menos había sido de utilidad, ¿Cierto?

- Así, como siempre les he dicho - Prosiguió Aro - Nosotros debemos de hacer que nuestra especie no se extinga nunca, aunque claro, con las mejores precauciones posibles. Bien. Creo que se han merecido un buen descanso.

Aro hablaba de forma figurada, ya que nosotros no podíamos descansar. Lo mínimo que podíamos hacer era dar una vuelta por la ciudad, o por lo menos holgazanear en los pasillos. Cuando no podíamos descansar, Aro solía "Apoyarnos" a que siguiéramos entrenando. Nunca nos dejaba salir en esos momentos, así que decidí hacerlo antes de que se arrepintiera.

- ¿A dónde vas? - Preguntó Jane en cuanto salimos de la Sala donde se encontraban nuestros maestros

- Voy a… Dar una vuelta - Murmuré - Vuelvo enseguida

Al pasar por los castillos miré a Aftón y Chelsea. Parecían tan felices juntos, como si les encantara vivir aquella vida.

Tal vez era aquello lo que necesitaba, encontrar el amor.

Aquello era ridículo. Podía rastrear a las personas, pero dudaba mucho que pudiera rastrear el amor.

Con un suspiro, me alejé de la imagen de Chelsea y Aftón. Sentía que si la veía por más tiempo me iba a envenenar. Claro, no literalmente. O tal vez sí.

Sacudí la cabeza y salí a las oscuras calles de Volterra, esperando disfrutar un poco de ellas, intentando no pensar en la frustración que tenía al no encontrar el amor de mi vida.

Caminé por las calles sin mirar las caras de las personas. Era un rastreador, el mejor del mundo, pero no podía encontrar lo que realmente buscaba.

Ahogué un grito de frustración. No quería pensar en aquello. No debía…

Las personas pasaban como si nada les preocupara, como si fueran las más felices. Como si no necesitaran más que su mortal vida para vivir. Para seguir adelante.

Corrí casi a velocidad sobrehumana hasta el bosque. No quería matar a nadie, ya que, de lo contrario, me matarían a mí o solo haría que descubriesen nuestra existencia. Algo que no debía de permitir.

Grité en cuanto llegué al árbol más lejano, y comencé a destrozarlo con toda mi fuerza, desahogándome con él. Habría disfrutado aquello si el árbol hubiera sido algo viviente, algo que podía matar en un santiamén, algo que gritara.

Para mi sorpresa, un gritó se escuchó muy cerca del lugar donde me encontraba. Genial. Una humana me había visto destrozar el árbol.

Me giré para observar a aquella humana y matarla en esos momentos, para que no quede ninguna sospecha de ser el culpable de los destrozos del árbol.

Bien, si aquella muchacha era lista, sabría que era una suerte, ya que deliraría mucho tiempo sobre mí, y, lo más seguro era que pasara el resto de su mortal vida en una cárcel donde ponen a los enfermos mentales.

La miré y me quedé sorprendido.

Era más o menos de la edad de Alec y Jane, rondando por los 16, así que me llevaba cuatro años. Por lo menos físicamente.

Su largo cabello le llegaba hasta la cintura, era de un hermoso color rubio. Tenía las manos fuertemente apretadas al pecho, y sus ojos estaban cerrados con fuerza. Parecía tener miedo.

Lentamente me acerqué a ella, intentando tocarla, pero lo único que logré fue que abriera los ojos de repente y que retrocediera hasta el árbol más cercano.

Sus ojos eran de un hermoso gris. Eran tan hermosos, que deseaba no quitarles la vista de encima. Deseaba… Deseaba…

No sabía lo que deseaba. Solo sabía que si dejaba de ver esos ojos por unos momentos, cosas terribles pasarían. Tenía que verlos por siempre.

¿Aquello era Amor? Si era así me alegraba demasiado, ya que como nosotros éramos unas criaturas malditas, algo dentro de nosotros que cambiara, cambiaría por siempre.

Lo que quiere decir que si estoy enamorado de aquella frágil humana, significa que lo estaría por siempre. Lo que quiere decir que sería feliz por siempre, al lado de ella.

Me acerqué aún más, con la mano extendida. La chica solo se estremeció de miedo, aunque no lo comprendía. ¿Por qué sentía miedo de mí?

"No sería porque vio como un Vampiro arrancaba un árbol y lo hacía trizas" Le dijo al oído una voz. Detestaba la conciencia. Siempre te hacía tener los pies sobre la tierra.

Retiré la mano rápidamente, intentando no asustar más a la chica.

Ella me miró con ojos de miedo, y se intentó pegar más al árbol.

Creí que aquello debía de ser muy raro en ella, pero claro, no estaba tomando en cuenta de que había comenzado a rodear el árbol para huir de mí.

Caminé hacia ella rápidamente, intentando que no escapara. No la podía perder.

Ella gritó con más desesperación al ver que la alcanzaba rápidamente, así que me paré en seco. No podía obligarla a algo que ella no quisiera, y, si ella quería huir de él, lo más seguro era que no estaría muy contenta si la llegaba a alcanzar.

Mis rodillas no pudieron más y se flexionaron, dejándome débil. Había tenido al amor de mi vida a unos centímetros de mí. Lo había tenido y lo había perdido. ¿Por qué la vida era tan injusta conmigo?