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Oscuridad deseada — capítulo 1

Estaba parado al final de un largo pasillo, bajo la débil luz de una vela. La luz amarillenta, proyectó sombras, cerca de la pared en la que se encontraba. Caminó torpemente, no sabía qué se podía encontrar allí. Tenía un extraño presentimiento, que no le gustaba en absoluto.

Suspiró, sentía el peso de sus acciones, sobre su garganta. Continuó caminando hacia la débil luz, mientras parpadeaba para acostumbrarse a la poca luz. Tenía los pensamientos revueltos, confundidos.

Apenas obtenía ideas claras. Estaba próximo a sentenciarse, pero sus pies seguían caminando. Y seguirían, hasta saber que estaba allí.

1981 la última vez, que se habían visto. La última vez había sido el peor de sus males. ¿Por qué se dejó atravesar por el calor del sentimentalismo? Se dejó atravesar por la sensación dependiente, que le generó.

Se dejó convencer. Se dejó engatuzar, con unas simples palabras. Pero ya había pasado un buen tiempo, de esa sensación. De ese momento equivocado. ¿Había pasado el tiempo suficiente como para volver o aún era muy apresurado, sacar conclusiones?

Evidentemente, estaba confundido. Pero él era Severus Snape. Nada lo acongojaba, nada le preocupaba, ni helaba sus huesos.

Nada de nada... Pero aún así, la mente grababa lo que vivía el día a día.

Sentimientos entrelazados. No sabía llorar, no sabía sonreír, pero aún guardaba en su túnica, aquella lágrima derramada bajo su nombre. Bajo sus labios.

Un error lo cometía cualquiera. Todos tenían algo de lo que arrepentirse. Y él, ya tenía mucho de esas sensaciones, saboteando su cabeza y sus pensamientos.

Continuó caminando, cada vez se acercaba más a la luz. Parpadeó, escéptico. No esperaba encontrar nada allí. Recordaba su mano temblorosa, mientras escribía una carta que se dirigía a terminar con aquella sensación, con aquellos sentimientos encontrados, que no le hacían bien a niguno de los dos.

Por que él amaba la oscuridad y ella, intentaba encajar en aquel mundo. Pero él solo tenía una dama que le hacía compañía, una dama que nunca le abandonaba.

Y esa dama, era...La soledad.

Pero su corazón insistió, su mente se enturbió. "Tenía que seguir allí" "Tenía que seguir, donde leyó su última carta". Donde le dijo adiós. Si la conocía como creía, no se había movido del lugar.

Le había helado el corazón, para siempre. No fue su culpa, simplemente odiaba sentir. Tenía miedo.

No sabía nada de amores. No sabía nada de sorpresas, de regalos y sensaciones. No sabía nada de sí mismo y mucho menos, iba a entender a los demás.

Terminó el recorrido, con la garganta seca, con la mente en blanco. Había algo al final de su camino. La vela estaba por consumirse. Estaban ambos, por sumirse en la oscuridad deseada.

En esa oscuridad que los reunió.

La contempló, sí seguía allí. Sus largos cabellos castaño oscuro, alrededor de aquel sillón. Estaba dormida, acurrucada y temblando, entre hojas de papel que se quemaban lentamente y con un crujido relajante. De ser por ella, jamás notaría que aquel lugar se incendiaba. Prefería morir bajo aquel abrasante calor, que sin sus brazos.

Siguió mirándola, parado a su lado. Su cabello cubría su angular rostro blanquesino. Lo apartó delicadamente, con dos de sus dedos, lo dejó tras su oreja. Su semblante, su cuerpo y sus apariencias, no habían cambiado en todo el tiempo que había pasado. Recordaba su último encuentro.

Aún se esmeraba en conseguir todos los detalles posibles.

  • Severus...- Escuchó su gemido, irresistible ante su sistema auditivo. Ella quería irse, ocultarse entre libros. Pero, una vez iniciado el fuego, no podía extinguir la llama que se acrecentaba en su cuerpo- Creo que me equivoqué, no creo que sea lo correcto.

- Shh...- siseó- no debes hablar en una biblioteca. ¿No sabes tus propias reglas?

- Pero...- sentía una presión punzante, una presión que recorría cada vena de su cuerpo y sabía, que él la estaba sintiendo. Sus caderas se rozaban intencionalmente y una de sus piernas, pretendía soportar su peso.

- Nada. Iniciaste esto, escribiste esto en tus páginas y ahora, yo quiero darle el final que me place.

Nunca lo había visto de esa forma. Nunca había sentido tanta tensión entre su cuerpo y el suyo. Nunca había leído el lenguaje corporal, de tal forma. Nunca lo había visto anhelar tanto. Nunca había visto a Severus Snape, bajo las olas de placer. Sus ojos negros, perdían color, solo eran dos pequeños pocillos bajo la luz ténue de una vela que estaba por extinguir su último aliento.

No supo de sí por un par de segundos. Segundos en los cuales, solo sintió el bamboleo de su corazón. El latido, lo podía escuchar. Un ritmo acelerado que le hizo suspirar. Al abrir sus ojos, supo el motivo. Mantenía su cabeza cerca de su pecho, bajo su aroma húmedo, bajo su aroma masculino. El aroma de una poción.

Así se sentía, vigorizante.

El hombre acarició su espalda con dos de sus dedos, siguiendo la línea de su columna, hasta donde su espalda perdía su nombre. Ella tembló, sintió un escalosfrío, recorrer su cuerpo de una forma muy placentera.

- Severus...

- Ya lo sé, no tienes por qué decírmelo. Tus ojos hablan claramente. Aún sin decir palabra alguna, puedo entender lo que piensas. ¿Es que se te olvida, quién soy?

- Yo no...- balbuceó, las palabras no tenían sentido. Las sensaciones ocupaban su cabeza, mantenían su mente ocupada- Yo no sé qué decir...Que- sus mejillas ardían, peor el rostro de Snape, permaneció inmutable.

- Que me amas, que me deseas por sobretodas las cosas...- completó la frase, mientras su ganchuda nariz, recorría su sudorosa piel. Su aroma a canela, a camomila o lo que fuese, lo embobaba, prácticamente lo sumía en una especie de trance, una sensación que no podía describir aún, puesto que nunca la había experimentado.

Su rostro recorría cada centímetro de su piel, grabándose su imagen, construyéndola en base a su aroma, una idea imaginaria. Ella no hizo nada, sus manos estaban sobre las repisas de libros. Estaban por caerse. Tanto sus manos, como los libros. Su ganchuda nariz, siguió deslizándose por su piel, por su vientre liso y pálido. La ropa comenzaba a ser un estorbo. La ropa no tenía un papel protagónico.

Pero él no hizo nada al respecto, solo era ella. La mujer, mantenía sus manos cerradas sobre su camisa, la apretaba con sus dedos, quería arrancarla. El hombre sonrió sarcásticamente, al mirarla alzar la cabeza, invitación que tomó gustoso. Por una razón que no conocía, la piel de su cuello era ligeramente distinta. Le atraía, le cambiaba el humor hasta cuando la miraba. Lo besó con suavidad, como si fuese una especie de elíxir mágico.

Chocó con el estante, apoyándose con ambas manos en el. Parecía una especie de lucha entre dioses, por conquistarse el uno al otro. Ella rodeó su cintura con sus piernas, se sostuvo como pudo. La tierra y el cielo se quebraban y caían en forma de libros, sobre el suelo. La vela estaba próxima a caerse de  la mesa, detrás de ellos. La presión era angustiante. Tenía tanto tiempo sin ser explorada, sin sentir. Rasgó las vestiduras y los botones chocaron con murallas que se derrumbaban paulatinamente. Miró la piel expuesta y no dijo nada, simplemente se sumergió en su pecho, simplemente se quedó donde estaban los pausados latidos, de su corazón.

Estaban más acelerados que de costumbre, cuando tuvo su rostro entre sus senos, entre ese delicado espacio que solo él había explorado. Ella no supo como, pero en poco tiempo, mientras se desbalanceaba, simplemente la sostuvo con una mano, mientras que con la otra intentaba desabrocharse el pantalón. No lo soportaría más, sabía lo que estaba por venir. Se mordió el labio y bajó la vista. Severus soltó un gruñido de frustración, su ropa interior estorbaba.

Unir sus cuerpos, significó otro tipo de sensación. Era como si nunca hubiesen estado separados. Con sus dedos, hizo a un lado la ropa interior de ella y simplemente la apegó más a su cuerpo. Ella se aferró a él, como si su vida dependiera de ello. Solo oyó una voz, perdida entre sus cabellos.

- No pienso soltarte- escuchó y recordó que había clavado sus uñas en su espalda. Miró las marcas, apenada, inquieta.

Los libros siguieron cayéndose del estante. Los truenos y relámpagos del cielo, en forma de hojas y palabras. Podía sentirlo bajo sus brazos, la pasión que ebullía de sus cuerpos, solo inquietaba más al hombre. Solo lo volvía más fiero, más irracional que un animal. Sus manos se aferraban a ella, a su frágil cuerpo, prácticamente capaz de romperlo. El constante movimiento, se convertía en algo adormecedor. En algo embelezante. Besos frenéticos, para demostrar quién dominaba al otro. Y de pronto, todo estalló. Sus ojos se cerraron, su visión se oscureció y dejó de percibir. El fuego en su interior creció violentamente y luego, se redujo. Soltó un grito que estremeció el lugar y sintió como Severus se aferró a su cuerpo, al estante. Como gruñó en su oído, con esa voz suave que tanto amaba escuchar.

Permanecieron allí, quietos. Permitiendo que sus cuerpos se enfriaran, que la sensación no se perdiera en el ambiente. Ella mantenía su cabeza entre sus húmedos cabellos, permitiendo que sus sistemas regresaran en sí. Permitiendo que su cabeza transmitiera pensamientos nuevos.

- Severus...- suspiró, no encontró voz para culminar su frase. El hombre permaneció allí, de piedra. No dijo nada ni demostró estar vivo- Severus...Escúchame.

- Es nuestro último encuentro- le dijo, de forma fría y sin emociones- espero te bastara.

- No quiero decir eso, es que yo no quiero separarme de ti. Te amo por sobretodas las cosas y no quiero perderte. Tengo miedo de despertar y observar que las páginas de mi libro, están en blanco. Por favor...

- No te esfuerces en perder tu aliento, ya sin hablar lo has dicho antes. No necesitas las explicaciones.

- Pero, Severus...-su voz se extinguía, se ahogaba, como su placer- Severus...

- Shh, ya basta. Deja de hablar- le dijo, su cálido mirar la confundió. ¿Por qué decía todas esas cosas?

- Estoy diciéndote la verdad, ¿Cómo puedes estar tan ciego que...?- dijo, cuando su rostro estaba surcado por profundas lágrimas de dolor. Ya no había placer, solo había tristeza. Severus permaneció inmutable, aún aferrado a su cuerpo. El único calor que los unía, no podía separarse.

Su collar de perlas fue el único ruido en el ambiente, cuando algunas rodaron fuera de la mesa. La vela terminó de caer y la llama se apagó con un chispazo. Los papeles en el suelo, no fueron suficientes para prender la llama una vez más.

- La vela se apagó- fue su única respuesta, en su oído. Aquella mujer encendió su varita, que estaba a un lado de la enorme estantera, que ya libros, no tenía. Se sorprendió de estar con los pies en el suelo, ya que creía que él continuaba abrazándola. Se abrochaba el pantalón, mientras la miraba.- ¿No piensas vestirte? Aunque dudo que tu camisa y tu collar, sirvan de nuevo.

Los miró, eso era lo último en lo que pensaba. Pensaba más bien, en todo lo que le había dicho. En que aquel era su último encuentro, tras la oscuridad de todos esos libros. Ya lo sabía, aquellos libros miraban demasiado y guardaban muchos secretos. Entonces, él huía.

- Severus...

- Gastarás mi nombre- fue lo que dijo, mientras colocaba su saco negro, en su lugar.

- Te amo.

- Ya lo sé y lo llevo todos los santos días.

- ¿De qué...?

- Oh vamos, ya eres lo suficientemente inteligente, como para intuírlo. Elise, te amo. Me acostumbraste a esto y es un hábito, que no quiero dejar.

- ¿Me amas?- repitió como tonta y las lágrimas de tristeza dejaron de acariciar sus mejillas, se convirtieron en lágrimas de felicidad.

- Sí, te amo. Y por esa razón, es que quiero que se termine todo esto.