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Oscuridad deseada — capítulo 2
Continuó mirándola. La hoja de papel, siguió qumándose, pero la aplastó con su zapato. Siempre tan descuidada. Tan necia, para ciertas cosas. Así era ella, así era Elise. A veces un desastre organizado. Sonrió levemente. No abandonaba esa maña de mecerse a sí misma, para provocarse sueño. Seguía intentándolo cuando ya no podía dormir.
No le cabía duda, de que ella era muy hermosa. De que ella sabía lucir la ropa y su olor...Ese delicado olor a especias, le encantaba. Aunque ya hacía tanto, que había abadonado esos extraños placeres, pecaminosos.
Nada de mujeres, por un buen tiempo. Eran peligrosas, te llevaban a desgracias, por amarlas tanto.
Suspiró y acarició el sofá en donde dormía. Lo rodeó sin quitar la mano de el mismo. Ella no se enteraría, aunque miles de mortífagos, viniesen a destruir el castillo. Ella dormía tan profundo, que nunca podría saberlo.
Y era por eso que la miraba, por que ella no se daría cuenta en un buen rato.
Se sentó frente a ella y se quedó pensativo, apoyando su quijada en una de sus manos, para contemplarla. Ella podría parecer muy dócil, cuando se lo proponía. Hacía cuanto que no la veía. Mucho tiempo. Y aún luego de ese tiempo, tenía la sensación de que había sido ayer, cuando se habían visto por última vez.
Había sido más que un simple ayer...
Parecía que la extrañaba, pero no estaba seguro. No podía darse el lujo de pensar que eso esperaba. Extrañarla, tocarla y sentirla. Él era un mortífago, un espía. Él no se enamoraba como un tonto. No debía, no era como cualquier imbécil, que se enamoraba solo por la piel que le ponían enfrente.
Pero se enamoraba, al final de cuentas lo conseguía. Ella supo como entrar en su ser y eso fue lo que más temor le causó.
Escuchó el suspirar de su aliento y decidió que lo mejor era irse, que lo mejor era evitar otro encuentro más. Se la imagianaba al verlo. La imaginaba sonriente, feliz de encontrarle. Pero por más que ella lo intentaba, no lograba atarle. No lograba convencerle de que amando, las cosas estaban bien. No podía conseguirlo puesto que él...
Él no sabía amar a nadie.
Caminó alrededor del lugar, un par de veces. No podía evitar mirarla, antes de simplemente perderse en las sombras. Le estaba diciendo adiós, pero un adiós momentáneo. Ella ya había comenzado a trabajar en ese lugar y él, también.
Tendrían que verse. Tendrían que aprender a convivir con el hecho de que estaban allí, encerrados, mirándose el uno al otro. Él era el profesor de pociones y ella, la bibliotecaria. Por desgracia para ambos, se necesitaban. Él dependía de los libros que ella ofrecía y ella, del conocimiento que él impartía.
Estaban atados...Sorprendentemente atados y ninguno de los dos, iba a poder mirarse, sin recordar el pasado al que pertenecían.
Por desgracia, la mente humana, pocas veces olvidaba. Y esa, no era una de las tantas veces, que él podía olvidar algo. Ella supo cómo quedarse allí y no podía extraerla de su memoria. Y muchas veces lo había intentado.
Elise despertó, con una curiosa sensación. Con un sueño, de que no estaba sola en aquel lugar. De que todo estaba como una vez lo soñó. Él y ella o ella y él, como lo prefiriera, pero no estando separados. Aunque se sentía ilusa.
Él no iría a buscarla nunca, ni siquiera aunque fuese una misión de su señor...Por que claro, ya había visto los anuncios en la prensa. Él era un mortífago. Él siempre había sido un traidor y ella se había creído toda su historia. Se sentía terrible.
Se sentía traicionada...
Miró su reloj, llegaba tarde para la cena. Se levantó, apresurada y se acomodó el vestido. Seguramente Dumbledore, creería que se había dormido otra vez. Inspiró y con una sonrisa, caminó hacia el comedor.
La cena, el momento que más le gustaba del día. Oía la risa de los niños, dispuestos a irse a sus camas, para soñar con lo que seguía.
A ella también le gustaba soñar.
Al llegar, se sorprendió de ver a tantas personas. Los niños...Era cierto, la nueva iniciación estaba por comenzar. Caminó hacia la mesa de profesores y Albus, le saludó con un gesto amable. "Siempre tan hermosa", le confesó y ella sonrió levemente.
Se sentó en el lugar que solía ocupar e inspiró, para maravillarse con la selección. Muchos Slytherins nuevos, entraron. Valientes Gryffindors, e inteligentes Ravenclaws. Ellos siempre buscaban los mejores libros, eran los que más trabajo le daban. Muchos Hufflepuff, parecían felices de hacer nuevos amigos.
- Bienvenidos entonces, alumnos, a la escuela de magia y hechicería. Hogwarts. Es un grato placer, tener rostros nuevos, como todos los años. Más sin embargo, no solo tenemos rostros nuevos en el estudiantado, sino en la mesa de profesores. Les daremos una bienvenida.
Ella sonrió, imaginándose a los nuevos colegas que iba a conocer. Los niños miraron con atención, el suceso que estaba aconteciendo. Nuevos profesores. Había cierta expectativa, cierta curiosidad de enterarse de qué se trataba.
¿Qué podría ser?
Mientras pensaba, Elise sintió un aroma característico. Algo que reconocía, aún dormida. Sabía de qué se trataba, así era el aroma de eso, cuando solía dormir con ella. Aunque eso había sido ya hacía tanto tiempo...Pero podía reconocerlo.
- En pociones, tenemos novedades- dijo Albus y ella, parpadeó, disipando la preocupación de su mente- un nuevo profesor. Bueno, ya es conocido, pero ha regresado para quedarse. Y esta vez, no se salvarán de él- sonrió Dumbledore, ladeando la cabeza hacia la otra punta de la mesa. Elise alzó su rostro, para mirar- démosle una calurosa bienvenida, al profesor...Severus Snape.
¡Severus Snape!...Eso era lo que percibía....¡Severus!