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Oscuridad deseada — capítulo 3

Severus contemplaba la enorme colección de libros que recidía en Hogwarts, mientras Elise, negaba con la cabeza. Con una sonrisa suave, acariciaba las páginas de alguno de los libros y suspiraba. Tanto conocimiento sin explorar, tanto universo sin saber de lo que trataba la vida. Tanto ignorante.

Intentaba pensar, pero un movimiento inquieto a pocos centímetros de él, no le permitía concentrarse. A su lado, en el suelo de aquella enorme biblioteca, estaba una mujer. Inspiraba con dificultad. Estaba abarazada a su cuerpo. Estaba bajo una gruesa manta, muy calurosa. Él simplemente continuó mirando los libros.

- ¡Tienes que escucharme, por favor!- imploró, pero él simuló no haberla oído y continuó leyendo- ellos son malas personas, ellos solo te harán sufrir.

- No juzgues a los libros, por su carátula.

- ¿¡Por qué rayos, no me escuchas!? Vas a sufrir junto a ellos. Ellos simplemente quieren usarte. Una vez que no les seas útil, te eliminarán. Por favor, no te hagas esa marca en tu brazo. Sé que la amabas, que la perdiste, pero eso no es motivo para...

- ¡Tú que sabes!- le espetó y ella, se encogió de miedo. Severus empujó la manta, fuera de su cuerpo desnudo y ella trató de no echarse a llorar, tragándose las lágrimas y el miedo.

- ¡No te vayas!- le imploró, sosteniéndole uno de los brazos. No dijo nada, solo la contempló con enojo en su semblante.

- Si no te callas, juro que...

- Por favor...Perdóname- dijo, obligándose a rebajarse. Estaba loca, estaba sintiendo tantas cosas por él, que ya no podía verlo ir.

Regresó a su posición original y con una sonrisa sarcástica, la contempló. Ella no dijo nada, no tenía por qué. ¿Qué podía decirle a alguien que ya estaba predispuesto a peder la vida, de una forma imbécil? Aparte de estar devastada, ya no podía convencerlo de que no la abandonara, de que no se uniera a ellos.

Severus inspiró y cerró los ojos, acomodándose bajo la gruesa manta. Ella lo miró, preguntándose si podía acercarse o simplemente debía quedarse allí. Se resignó a cobijarse y a acomodarse en una esquina. Severus abrió uno de sus ojos y con una sonrisa a medias, la miró de reojo.

- Acércate, si tanto quieres hacerlo- ella no dijo nada y se acomodó en su pecho. Sintió un brazo que la rodeó suavemente- Ahora, duérmete.

Recordaba eso, hasta ese mismísimo día. Volver a mirar a sus ojos, sin duda iba a ser una experiencia traumática, para ella. Prefería no tener que hacerlo, pero a esas alturas, no tenía otra opción. Dumbledore allí lo requería y tenía que acostumbrarse a ello.

A trabajar juntos y a mirarse una vez más. Aunque dudaba de una coexistencia pacífica y armoniosa, al menos podía soñar con sus viejos recuerdos.

Que no se quemaron en el papel. En el libro que ella escribió sobre ambos. En aquella página completa, que le dedicó a lo que sentía.

Y que él razgó sin contemplaciones.

Así era él. No se le podía cambiar.

  • Severus...- dijo, su voz débil. Sintió que su cuerpo no soportaría tanta presión, algunas lágrimas se escaparon y no se atrevió a mirar más.

Una huida dramática, era la mejor forma de desaparecer. Albus sonrió, mirando a su sorprendido estudiantado. Eris solo quería huír y su cuerpo se lo dijo, de inmediato. Se levantó lentamente y caminó por detrás de la mesa de Ravenclaw. No quería que la viera. No quería que notara que había estado llenando sus hojas, con su nombre.

Ahora quería irse para siempre y jamás regresar. Que jamás pudiera saber de ella. Que jamás pudiera verla ante sus ojos.

Que todo tuviera el final que él esperaba. Que el libro se partiera a la mitad.

Desaparecer.

  • ¿Elise?- dijo Albus, con una inspiración suave. Pero claro, ella nunca se lo había confesado. Que moría de amor, por aquel hombre que nunca le prestó atención. ¿Y para qué? ¿Para que se burlara una vez más, de ella?

  • No está, señor director. No sé, qué pudo haberle pasado.

Llegó a oídos de Snape, aquella conversación. No podía culparla, por querer permanecer en aquel lugar. Seguramente había salido huyendo y con la voz seca. No lo dudaba, lo entendía perfectamente y no podía decir que eso le inquietaba.

Ella tenía toda la razón en quererse ir y él, en equivocarse al volver. ¿Qué más esperaba, si seguían formando parte, de las mismas cuarenta y tantas paredes?