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Historia 48490 — capítulo 1
Todo el mundo conocía la historia: El unicornio, el shek y el dragón, salvando Idhún. Lo que nadie sabía era cómo habían llegado a odiarse tanto los sheks y los dragones.
En una tarde ardiente, en el corazón de Awinor, territorio sagrado, un grupo compuesto por feéricos(que habían tenido serios problemas para llegar allí, por tener que dar un gran rodeo), que habían ido simplemente porque el último dragón había estado muy unido a su último unicornio, yan, que iban a rendir homenaje a sus amados dragones y algunas otras personas que todavía rendían culto al Séptimo dios, pero no lo habían revelado, contemplaban las ruinas de Awinor como testimonio de la terrible guerra entre los seres de su dios y los dragones. Había también un celeste y varios humanos. Estaban dentro de Awinor, en su mismo corazón. Era un cementerio sagrado, sí, pero algunos de los más recónditos clanes yan, en memoria de los dragones, una vez al año, marchaban por sus tierras, por un camino que no se podía ignorar. En medio de ellas, había una escultura de piedra pulida. En él, se mostraban juntos un shek, un dragón y un unicornio.
-Son los que hace mil años salvaron Idhún-dijo un humano-. ¿Por qué venís aquí, yan?
-No son ellos-replicó el semi-yan del grupo-. Nosotros venimos aquí para ofrendar algo a los señores de Awinor, sólo una vez, para no profanar sus tumbas, pero venimos aquí, porque estos tres seres semi-divinos fueron el origen de todas las guerras, porque cuando vivían ellos, los sheks y los dragones apenas comenzaban a odiarse, porque aún no estaban perfeccionados, pero sus luchas eran feroces. Por ellos, apareció el terrible odio entre ellos, y por eso, los unicornios eran neutrales, ellos fueron nuestra gran leyenda: la leyenda de Los Tres Amigos.
-¿Qué leyenda es esa?-preguntó interesado el celeste-. Debe de ser una historia interesante. Esos dos de ahí tienen algo que llama a la vista. Esta roca rezuma energía, los magos lo notamos. Esta roca es muy antigua, y une los poderes de los tres seres, porque sólo los restos del cuerno de Lunnaris despiden esa energía ¿me equivoco?
El cuerno legado por Victoria a Shail hacía ya mil años, había pasado de mano en mano a través de los descendientes de Shail y Zaisei. Podía conceder magia, aunque esta no la entregara un unicornio. Ahora, aquellos seres extraordinarios habían desaparecido del todo, o casi, pero varios de los magos consagrados hacía años, habían separado en trozos minúsculos el cuerno, y los habían unido a cuernos simulados, para que hubiera más gente con la capacidad de entregar magia. Los Archimagos habían vuelto. Ahora, los perlinos unicornios habían sido sustituídos recientemente por algunos descendientes del último unicornio, que todavía podían hacer pequeñas metamorfosis durante unas horas, para parecer unicornios sin cuerno(este era falso con un único trozo de cuerno en la punta, para canalizar energía e iba acoplado mediante magia). No era precisamente un gran consuelo, pero por lo menos, hasta que los Seis enviaran como habían dicho, algún otro ser semi-divno para conceder magia a los minúsculos mortales, al menos, iba a servir. Ante ellos se hallaba uno de los Arhimagos, un celeste, Had-Sin, que quería dar las gracias de alguna manera a los unicornios gracias a los cuales su magia podía ayudar a mucha gente, y se había unido a la partida poco antes de llegar a Kash-Tar.
-Paranadaceleste-dijo un yan-. Eldragónsellamaba...
-Espera, iremos a la Torre de Awinor-intervino otro guía que hablaba más despacio-. Allí la magia feérica no****se debilitará.
-No os preocupéis-intervino una feérica-. Esta roca rezuma la energía de los bosques, es como si estuviéramos en el corazón de Nuevo Awa. Continuad, por favor.
Kalinor era una débil uña de luz en el horizonte de Idhún, pronto anochecería. Los yan hablaron muy deprisa entre ellos: si volvían a la Torre de Awinor tras contar la historia, sería de noche completa, y no querían salirse del estricto camino no marcado para llegar a la escultura; si volvían ahora, los cogería la gélida noche a medio camino. Mejor era quedarse al pie de la escultura para contar su historia antes de que el tiempo para rendir homenaje a los dragones acabara. Comunicaron aquello a los demás.
-Encendamos fuego-sugirió uno de los adoradores del Séptimo-.
-No, a nosotras no nos gusta el fuego y también el fuego arrasó este lugar, además-se quejó la misma feérica que antes había intervenido-.
-No hay problema-dijo sonriendo el celeste-.
Sobre el centro del círculo que formaban, apareció una bola de luz azulada y cálida, que levitaba a unos cenetímetros del suelo. Al pie de la estatua, junto con otras ofrendas, reposaban objetos dejados allí a modo de regalo por los dragones, y eran iluminados por la esfera.
-Continuad-pidió el celeste amablemente-.
Uno de los yan, el semi-yan, se colocó junto a la esfera, en el centro, para estar a la misma distancia de todos. Era el único que se controlaba más al hablar idhunaico, y el más indicado para contar su historia: -----------------------------------------------------------------------------------
Hace mucho, mucho tiempo, Idhún era joven, y los dioses habían querido deshacerse de lo malo que habitaba en ellos, para no destrozarlo con sus peleas, como revelaron que ocurrió con un lugar llamado Umadhún. Ese ente fue el Séptimo. Los Seis lo encerraron, pero se liberó y creó a los sheks y a los szish para inciciar una guerra contra los dragones que iban a destruir su cuerpo material para que los Seis, que los habían enviado, lo atraparan de nuevo. En un principio, los dragones y los sheks comenzaron a experimentar el odio que sus dioses querían que sintieran.
>Este se hizo muy, muy profundo, pero aún no era perfecto, de forma que aún había sheks que no eran odiados por los dragones normales ni les odiaban y viceversa.
>>Cada vez, estos eran más raros, porque los siete dioses se esmeraron en que las nuevas generaciones se odiaran cada vez más. Al final, sólo quedaron cerca de una decena de dragones y sheks que no se odiaban. El resto, como orden de los dioses, decidió destruirlos, pero antes de que sucediera, una hembra de dragón y una shek entregaron sus huevos a una pareja de unicornios para que los guardara mientras esperaban nacer, y cuando lo hicieran, se encargarían de que alguna madre los cuidara.
>>Así fue. Durante su nacimiento, ambos estuvieron unos días juntos. Eran como hermanos, se llevaban como si no hubiera diferencia entre ellos. Pronto, en esos días, todo Alis Lithban conocía a los Tres Amigos: El dragón y la shek, y la cría de los unicornios, que también era muy amiga suya. Nada más nacer, ambos se habían mirado a los ojos. Ningún dios ni ningún ser en todo el Universo podría separar la amistad que crecería entones.
>>El dragón fue enviado al seno de los dragones en el corazón de Awinor: la única madre que podía aceptarlo estaba entre los más fuertes. Aquella cría llenaría el espacio dejado por el asesinato de sus crías a manos de sheks. Lo llamó Kalindrak, en honor al sol Kalinor y a su raza. La shek fue enviada a otra parte, donde se concentraban los ejércitos del rey shek y Talmannon. Muy parecido, sin embargo, era el caso de la madre: huevos destruidos por dragones y un vacío que, Zaissen, nueva shek, llenaría a partir de entonces. Estaba en la parte de los dirigentes de Idhún, pues aún faltaba mucho para que los unicornios crearan el Báculo de Ayshel y Talmannon reinaría por bastante tiempo más. Poco hacía de la creación de dragones y sheks, finalizando la Primera Era, y por eso su odio seguía sin perfeccionarse.
>>Nadie sabía que no odiaban a sus contrarios, a parte de la pareja de unicornios y su cría, pero ellos bien vivían en Alis Lithban, aunque no consagraban magos, sino, como mucho semimagos allí, procuraban ocultarse bastante a las miradas de todos, y como unicornios, esto les era muy fácil. Por otra parte, Talmannon dejaba que los magos estudiaran en sus torres, sólo algunos pasaban por entonces a ser controlados por él, aunque a los unicornios no les hacía ninguna gracia.
>>En el nido donde se hallaba Kalindrak, un dragoncito con tono dorado y unos ojos azules purísimos, había agitación. Awinor era un lugar rebosante de vida. Hasta tenía su propio lago, y esto a veces era un problema. Un shek joven, posblemente desviado de su ruta por instinto, había ido derechito a la zona donde habían más crías, evitando al resto de dragones por el agua, ya que en ella, los sentidos que alertaban por instinto a ambos seres, se nublanban, y los dragones no podían percibir tan bien cuándo un shek se introducía allí. Aquel debía de estar desesperado por instinto como para colarse en pleno Awinor. Pero los dragones no en vano podían sentir su presencia. En cuanto notaron que se nublaba su percepción, pero que notaban algo, fueron los más cercanos derechitos al lago. Kalindrak, desde su nido, observó, casi con terror, como lo hacían pedazos en tal instinto.
-¿Por qué hacen eso?-preguntó a su madre, que miraba, casi con ansia de destrozo, como los demás dragones terminaban con la vida del shek-.
-Es instintivo-dijo ella-. Ellos y nosotros nos llevamos así. Nos matamos unos a otros, pero a nosotros nos gusta también pelear. Ellos son fríos y no tienen sentimientos, por eso los odiamos: porque son sheks.
>>El dragoncito quedó pensativo. Los dragones crecían enseguida, y en un mes ya era inteligente y tenía mayor tamaño. Tenía un recuerdo de un shek. Una shek, para ser precisos. Habían estado unos días juntos, o algo así, con unos unicornios, y se habían hecho amigos. ¿Por qué él no odiaba a los sheks? No lo sabía. Había dragones que sabían mucho, pero un mes de vida no dejaba aprender demasiado. Los dragones volvieron triunfantes, aunque después sostuvieron la razón del adentramiento del shek en sus tierras. Awinor ofrecía una bella tarde. Casi todos los dragones dormitaban, algunos volaban cerca de la Torre de Awinor, donde los jóvenes aprendices los admiraban en todo su esplendor. Otros simplemente peleaban entre ellos por diversión, los más jóvenes, que solían soñar con ardor con exterminar cientos de sheks ellos solos. Esto, a algunos, les pedía. Eran ya varios los dragones que habían atacado a los sheks...y ninguno había vuelto. Era el instinto. Se entregaban demasiado a la lucha y morían por la superioridad de adversarios, o intentaban huir pero era demasiado tarde. Todos eran, por lo general, jóvenes machos, ansiosos de detrozar sheks.
Kalindrak se preguntó entonces qué pasaría con su "amiga" shek, con la que se había llevado bien en sus primeros días. Seguro que se volvían a encontrar. Aquel encuentro llegaría antes de lo previsto por él.
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El semi-yan se detuvo. Todos escuchaban con atención su historia. Sin darse cuenta, el amanecer se acercaba y la luz comenzaba a cubrir Idhún.
-¡Qué noche más corta!-dijo bostezando un humano-.
Con el amanecer, el homenaje a los dragones acababa por fin, y con él, nadie entraría allí para no profanar el cementerio de los dragones. Pronto llegaron a la Torre de Awinor. Otros grupos de yan y de idhunitas habían ido también en aquel día a la escultura de Awinor. Sólo aquel día en todo el año, porque cada vez que se cumplía ese período de tiempo entre dos Triples Plenilunios, hacía un año más que habían sucumbido los dragones. La Torre daba hospedaje a cualquier persona que quisiera hacer el camino hasta la escultura.
-¿Puedes contarnos más sobre la leyenda?-preguntó al semi-yan el celeste-. Ahora estamos todos, puedes contarnos más.
-Esta noche-sonrió él-. Esta noche os continuaré contando la historia.
Supongo que alguien me dirá sobre el cannon, acepto todas las críticas(si llega algún comentario, claro). Miau.