← No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso · de
No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso — capítulo 1
Parte I: Si no has estado allí no has visto el paraíso terrenal
Toda su vida se sostenía en una mentira que ellos mismo habían ideado para no sucumbir ante la miseria. Para empezar, ni siquiera sabían el verdadero nombre del otro. Adán ya no recordaba el suyo; no quería hacerlo, porque le recordaba demasiado a su anterior vida, que, en contra de lo que muchos pensaban, había sido peor que la que llevaba en esos momentos. Había sido peor porque entonces no la conocía a ella.
Y, a decir verdad, Adán siempre le había parecido un buen nombre; al fin y al cabo, él se parecía bastante al Adán original; ambos habían sido abandonados a su suerte por Dios; ambos se habían visto desprovistos de todo de un día a otro, y ambos habían luchado después por sobrevivir.
Adán había sentido atracción por ella desde que la conoció. Le parecía la mujer más hermosa que había visto en su vida, a pesar de que sus cabellos estaban mugrientos, tanto que no se distinguía ya el color original; a Adán no le importaba que su rostro se asemejarademasiado a una calavera, y que los ojos, oscuros, se asemejaran a dos pozos, de tan hundidos que estaban en las cuencas. Ni que sus manos fueran extremadamente ásperas y frías, y tan sucias como el resto de su cuerpo. A Adán nunca le importaron esas nimiedades. Se dejaba llevar por sus sentimientos, por lo que ellale provocaba.
A Adán le gustaba pensar en cómo empezó todo, en que la conoció un día de lluvia. Lo recordaba como si hubiera pasado ayer.
La encontró en un callejón alejado de la mano de Dios, acurrucada entre un montón de cartones, indefensa; tiritando de frío, apenas cubierta por unos cuantos harapos, con los pies mal calzados en unas viejas zapatillas llenas de agujeros, repletos cortes y heridas mal curadas.
Adán recordaba la forma en la que le tendió la mano. La forma en la que ella había alzado la mirada, y había abierto los apagados ojos, sorprendida. — ¿Quién eres? — le preguntó, sin aceptar la mano, recelosa. Él se quedó callado unos segundos y luego sonrió.
— Para ti, seré Adán. Ven. — le dijo, simplemente. Ella lo miró, todavía desconfiada. Pero había algo en ese hombre, tan escuálido como ella, que le atraía. Quizá era eso mismo lo que le inspiraba aquella confianza; que él parecía tan desgraciado como ella; que él también parecía ser una de esas personas a las que Dios olvida. También él parecía haber sido abandonado por todos.
— Está bien. — Murmuró, mientras aceptaba la mano que el hombre le tendía.
— ¿Y tú cómo te llamas? —le preguntó Adán pocas horas después de encontrarla. Había dejado de llover, y se habían acurrucado en un banco solitario, frotando su cuerpo con el del otro, tratando de entrar en calor.
— No me gusta mi nombre — dijo ella, súbitamente tensa. Él la miró extrañado.
— ¿Por qué?
— Porque… me recuerda a mi antigua vida, ¿sabes? — se mordió el labio inferior fuertemente. Luego cerró los ojos, y comenzó a hablar, sin abrirlos —. Mi madre murió, y papá… bueno, digamos que no se comportaba muy bien conmigo — emitió un débil gemido y calló de pronto. El hombre la miró, sin saber muy bien qué decir, porque aquella chica le recordaba demasiado a él mismo —. Pero no importa, Adán. ¿Sabes? Eso ya pasó. — suspiró. Adán la observó largamente y luego susurró:
— ¿Llevas mucho tiempo en la calle? —ella reflexionó unos instantes.
— Tengo casi veinticinco años, si no he perdido la cuenta, y me marché de allí a los dieciséis —. Él le pasó un brazo por el cuello, tratando de reconfortarla, de hacer parar el temblor de su cuerpo que, sabía, no era causado por el frío. Ella apoyó la cabeza en el hombro de Adán, y, tras exhalar débilmente, murmuró:
— Puedes llamarme Eva. — y, tras unos instantes de silencio, levantó de nuevo la cabeza, observó los ojos azules de Adán unos segundos y juntó sus labios con los de ella.
Las primeras semanas no fueron del todo fáciles para ellos. Al igual que ella, Adán tenía por costumbre pasar los días vagando por las calles, sin intención de rogar a la gente por un par de monedas; aunque su hogar fuera la calle, aunque un montón de cartones hicieran de cama, seguían teniendo la dignidad y el orgullo, un orgullo demasiado grande como para rebajarse a pedir limosna. Pero, a pesar de ello, de vez en cuando se topaban con algún alma caritativa que les cedía una parte de su comida, o que depositaba entre sus grasientas manos un poco de dinero, lo justo para no sucumbir al hambre.
— ¡Adán, mira! — dijo ella cierto día, cuando caminaban por un barrio de las afueras, lleno de gente como ellos.
El hombre miró un instante a su compañera, y luego fijó su mirada en el punto donde la mano de Eva señalaba.
Era una casa, o más bien, las ruinas de una. Parecía a punto de derrumbarse y a ninguna persona en su sano juicio se le hubiera ocurrido acercarse demasiado a ella. Pero a Adán le pareció la vivienda más hermosa que había visto.
— Eva, yo… —murmuró. Tragó saliva, y el corazón se le aceleró. — ¿Crees que…?
— ¿… estará ocupada? — concluyó ella, y lo miró, sonriendo. —No, no lo creo. — y, tras mirarlo de nuevo, brevemente, echó a correr hacia la casa, riendo.
A Adán nunca antes le había parecido tan llena de vida la risa de Eva. Definitivamente, ante ellos se alzaba el paraíso. Y Eva era mucho más hermosa que la descrita en las escrituras; y el paraíso, mucho más grandioso.