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No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso — capítulo 2

Parte II: Cogimos un colchón de la basura...

Durante las siguientes semanas, Adán y Eva vivieron como en una nube. Amueblaron como pudieron las ruinas de la casa, con lo poco que encontraron en un estado aceptable entre la basura amontonada en torno a los contenedores.

Eran felices; eso nadie podía negarlo. No les importaba que su cama fuera un colchón destrozado que desprendía un fuerte olor a orina, porque se habían acostumbrado a dormir al raso, revolcados entre cartones más sucios que su nueva cama. No les importaba que las ratas campasen a sus anchas por la casa, porque se habían acostumbrado a ellas durante sus años a la calle, y casi les parecían viejas amigas. No les importaba que la mesa en la que comían lo poco que conseguían estuviese coja, porque hacía años que no se daban el lujo de comer sobre una superficie plana. No les importaba absolutamente nada, porque por fin tenían un sitio al que acudir por las noches.

Pronto descubrieron que tenían otros vecinos aparte de los mendigos que, de vez en cuando, se acostaban en algún lugar cercano a su hogar. No podían olvidar que vivían en una ciudad en la que, por mucho que la gente tratara de negarlo, la vida acomodada de ciertos ciudadanos y la de los indigentes se juntaban; y ese era el caso de Adán y Eva. Porque, muy cerca de donde ellos estaban asentados, unos cuantos edificios de varias plantas se alzaban orgullosamente, como burlándose de su pobreza.

Los inquilinos de aquellas viviendas los rechazaron desde el primer día que los vieron. Unos cambiaban de acera al verlos; otros, se paraban en medio de la calle y se hacían a un lado, mirándolos con repulsión y miedo. Como si fueran alimañas en lugar de seres humanos. Como si fueran a secuestrar a sus hijos, como si fueran a atacarles a punta de navaja por unas míseras monedas.

Pero eso tampoco les importaba, porque les bastaba saber que se tenían el uno al otro; porque, tanto a Adán como a Eva les bastaba con saber que, al menos, había una persona en el mundo que se preocupaba por ellos y que disfrutaba de su compañía.

—¿En qué piensas? — preguntó Adán una noche, cuando ambos estaban tumbados sobre el viejo colchón, desnudos. Miró preocupado a su compañera, que llevaba todo el día en silencio, como encerrada en su propio mundo, muy lejos de él.

Eva tardó unos segundos en contestar. Y cuando habló, lo hizo muy lentamente, como seleccionando las palabras.

—Adán, yo… estaba pensando… ¿hay algún sitio donde pueda lavarme? — el hombre la miró desconcertado.

—¿Lavarte?

—Sí. — respondió ella, seriamente. — Antes… bueno, antes de huir, me encantaba el agua. Podía pasar horas bañándome. — hizo una mueca de desagrado al mencionar su anterior vida. — Y lo echo de menos; es lo único que echo en falta. — dio un ligero golpe con la palma de la mano al colchón. — Y ya estoy harta de oler peor que esta maldita colchoneta, y de que no puedas distinguir el color de mi pelo.

—Sé que eres rubia… — murmuró Adán, y pasó una mano por su descuidada barba. Lanzó una mirada fugaz a su compañera, cuyo rostro estaba iluminado por la pálida luz de la luna, que se colaba a través de las ventanas sin cristales y las grietas de las paredes. — Vale, tienes razón. Yo también estoy harto de ir pegándome a todo lo que toco…— calló durante unos segundos, y luego, dio una ligera palmada y sonrió a su compañera. — ¡Lo tengo! ¿Cómo no se nos ocurrió antes…?

—Dime, Adán. ¿Qué es lo que…?

—¡La fuente! Hay una fuente muy grande por aquí cerca, Eva, ¿la recuerdas? Sería una ducha fantástica. — Sonrió, y Eva también lo hizo.

—Buenas noches. — musitó, ya tranquila, acurrucándose cerca del cuerpo caliente de Adán.

—Buenas noches. — contestó él, abrazándola.

"Lo que no te he dicho" pensó Eva cuando los ronquidos del hombre resonaba ya por toda la casa "es por qué no me preocupé de ese aspecto antes, Adán."

En sus años de indigencia, Eva nunca antes se había preocupado de su higiene. No le importaba enfermar a causa de ello, porque, a sus ojos, su vida era tan miserable que no hubiera pasado nada si hubiera acabado sucumbiendo a las infecciones. Pero eso ya había pasado. Ahora tenía un motivo para cuidar su salud. Ahora tenía un motivo para vivir; porque, por fin, pensó mientras abrazaba más fuertemente a Adán, había encontrado un motivo para ser feliz.

Al día siguiente, bajo las escandalizadas miradas de las madres que llevaban a sus hijos a jugar a aquella pequeña plaza donde estaba el bendito surtidor, Eva se despojó de sus ropas. Todo rastro de suciedad se retiró de su piel y los cabellos, aunque extremadamente enredados, recuperaron su color original.

Fue entonces cuando Adán se dio cuenta de que Eva, a pesar de las canas que poblaban su cabello, a pesar de que estaba extremadamente delgada y de que sus ojos no transmitían otra cosa más que frialdad, era más hermosa de lo que le había parecido en ese momento. Y se sintió afortunado al pensar que aquella bonita mujer lo había escogido a él. Claro que Adán no podía saber que aquellos baños serían lo que les llevaría a la ruina.

A partir de ese momento, Eva comenzó a acudir a la fuente cada mañana, sin importarle mostrar su castigado cuerpo a todo aquel que pasara por allí. A veces la acompañaba Adán, pero por lo general iba sola.

Y, aunque ella no se daba cuenta de la exaltación que producían sus baños, no eran pocos los hombres que comenzaron a pasar habitualmente por la plaza durante las horas en las que ella solía lavarse. Fue precisamente uno de aquellos hombres el que, sin quererlo, les expulsó de aquel paraíso en el que se había convertido su vida.