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No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso — capítulo 3
Parte III: Y como no teníamos apellidos…
Enrique llevaba sin trabajar cinco años, desde que un accidente de coche lo dejó medio cojo. Y estaba casado desde hacía casi veinte. Lo había hecho cuando tenía treinta años, cuando su mujer todavía era joven, bonita e infantil; cuando todavía estaba enamorado. Ahora, las cosas habían cambiado mucho; los años habían agriado el carácter de su esposa, María, los tres embarazos habían deformado su cuerpo, y las noches de pasión irrefrenable de habían visto sustituidas, poco a poco, por un conjunto de horas insulsas frente a la televisión.
Pero, a pesar de todo, a Enrique nunca se le había pasado por la cabeza engañar a su mujer, por mucho que añorara el sentir otro cuerpo bajo el suyo.
De vez en cuando, sólo de vez en cuando, una vez que sus hijos y María se habían ido a dormir, se permitía recordar aquellas noches, en solitario. Frente a una fría pantalla que le mostraba imágenes de mujeres exuberantes, no tan distintas a la propia María en sus años de juventud.
Así, la monótona vida de Enrique seguía su curso, sin sobresaltos. Claro que eso cambió cuando aquelladesgraciada llegó a sus vidas. La había visto por primera vez en la fuente de la plaza, una mañana, cuando María le había enviado a comprar el pan. En un principio, le sorprendió ver cómo la mujer, de una edad más bien indefinida, se quitaba la ropa y se metía en la fuente como si no la estuvieran observando decenas de personas que pasaban por la concurrida plaza.
La sorpresa inicial pasó pronto para Enrique, y fue sustituida por una mezcla de indignación y excitación. Una excitación que hacía mucho que no sentía. La observó salpicarse a sí misma durante unos segundos, pero acabó saliendo del trance en el que se había sumido, y continuó caminando a paso ligero, tratando de ignorar la súbita tirantez que sentía en sus pantalones.
Ese encuentro solo fue el primero de muchos otros. Aquella mujer parecía pasar toda la mañana en aquella fuente y Enrique, por una cosa o por otra, siempre pasaba mientras ella se lavaba.
Pronto descubrió que aquella fémina le atraía tanto o más que su mujer cuando estaban recién casados. Aquella pordiosera no era hermosa; Dios sabía que no lo era; tenía la piel demasiado estropeada y los ojos demasiado vacíos para serlo. Pero había algo en ella que lo fascinaba; el hecho de que ella era libre. De que podía ir donde quisiera, a la hora que le apeteciese. Era pobre, sí, pero solo había que mirar la expresión de su rostro durante unos instantes para darse cuenta de que era feliz. Seguramente, mucho más feliz que los hombres que, como Enrique, se dedicaban a observarla con un sentimiento que no podían o no querían identificar; la envidia.
Sin saber muy bien cómo, en pocas semanas Enrique había caído entre las redes de la mujer. Sin saber cómo, se vio paseando todas las mañanas por la plaza, aunque su mujer no le hubiera mandado a hacer ningún recado. Empezó a soñar con aquella mujer, empezó a pensar en ella a todas horas, sin ser demasiado consciente de lo que le sucedía. Sin saber cómo había sucedido, se enamoró total y perdidamente de ella.
Se enamoró de aquella indigente cuyo nombre, si lo tenía, desconocía. Y fue precisamente esa ausencia de nombre lo que le llevó a bautizarla, al menos para sí mismo, con cierto apelativo que no hacía sino simbolizar todo lo que ella representaba para Enrique; Libertad.
—Enrique, querido, ¿te has enterado? — le dijo María desde la cocina, una mañana, cuando se disponía a salir: Ella, Libertad, debía de estar a punto de llegar a la plaza, y, como era habitual, Enrique deseaba estar allí cuando ella se desvistiera.
—¿De qué tengo que enterarme? —le respondió, nervioso, mirando disimuladamente el reloj de la cocina. María arrugó la nariz, como hacía siempre que algo le disgustaba.
—Hay una desgraciada que se baña todas las mañanas en la plaza que tenemos aquí al lado, ¿te parece normal? — dijo, indignada, y le dio la espalda a su marido, cogió un afilado cuchillo de uno de los cajones y comenzó a cortar las piezas de carne que serviría cuando ellos dos y sus hijos de sentaran a comer.
—Tendrá que lavarse, ¿no? — murmuró Enrique, lo bastante alto como para que el agudo oído de María captara las palabras. — Es mejor eso a que luego vayan llenos de piojos…— María se giró, dejando el cuchillo de lado, para alivio de su marido, y frunció el ceño.
—*¿*Mejor? ¡Se desnuda delante de los niños! Me lo dijo ayer Helena… ¿Nunca la has visto? Dice que la ve por ahí sobre las once o las doce y, últimamente, tú siempre sales a esas horas…
—No. Nunca la he visto. No suelo pasar por la plaza — respondió frenéticamente, sin darle tiempo a su esposa a terminar de hablar.
—Entiendo. ¿Sabes? Helena también me dijo que vive en ese solar que hay al lado de su casa, con un hombre tan desgraciado como ella — Enrique no supo qué añadir, y se hizo un tenso silencio, solo interrumpido por el sonido del cuchillo cortando la carne.
—Bueno, yo… me voy. — murmuró Enrique a los pocos minutos.
—Te acompaño. Me apetece dar una vuelta… Pasemos por la plaza, quiero saber si es verdad que esa mujer va ahí todas las mañanas. — y el tono de María era tan cortante, que Enrique no se atrevió a contradecirla.
La siguiente media hora fue el rato más incómodo que Enrique recordaba en su vida. Libertadestaba allí, como siempre. Y, como siempre, el hombre no pudo evitar sentir la habitual excitación. Una excitación que se reflejó en cierta parte de su cuerpo. Enrique rogó que su esposa no se diese cuenta de ello.
Pero María sí que advirtió lo que aquella desgraciadaprovocaba en su marido, aunque no dio señales de ello. Y también se dio cuenta de la felicidad que aquella mujer sentía. Observó su cuerpo, y detuvo su aguda mirada en la curva de su vientre. Su experiencia habló por sí sola; aunque Enrique todavía no se había dado cuenta de ello, estaba segura de que aquella mujer esperaba un hijo.
María se prometió que haría que la felicidad de aquella indigente se viese interrumpida. No podía permitir que su marido siguiese observando cada día (porque estaba segura de que no era la primera vez que lo veía) el cuerpo de aquella desgracia.
María sonrió calculadoramente, y aquel gesto se traspasó también a sus ojos.
Lo primero que hizo al llegar a casa fue marcar en *092,*e informó de que, cerca de su piso, los restos de lo que había sido un edificio amenazaban con caerse. Dijo también que allí vivían un par de indigentes, y que no tirasen aquello abajo sin asegurarse de que habían salido de allí.
Su voz sonó tan dulce que casi pareció que realmente se preocupaba por aquella pareja. Casi pareció que lo que le habían movido a hacer esa llamada era realmente la preocupación de que aquellas ruinas se vinieran abajo, hiriendo a alguien, y no un miedo irracional a que aquella desgraciadale robara a su marido; no aquel odio sin límites que sentía por que ella, aun teniendo un hogar que no amenazaba con venirse abajo, era más infeliz que aquella indigente de ojos apagados.
—¿Estás bien? — preguntó Adán tres días después, al ver entrar cabizbaja a Eva en la casa, preocupado por la inusual palidez del rostro de su rostro.
Ella negó con la cabeza, respondiendo a su pregunta, y se arrodilló junto a él.
—¿No te has enterado aún? — murmuró Eva, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No, ¿qué sucede?, ¿no está bien el niño? — preguntó, señalando el vientre de su compañera.
—No, no es eso. Pero había un hombre en la puerta, y ha dicho que era del ayuntamiento. Dice que van a demoler esto. Dice que tenemos que irnos. — Adán abrió mucho los ojos, sorprendido.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Qué no vamos a movernos de aquí. Que tendrán que sacarnos por la fuerza. — Adán asintió, conforme con la contestación de su compañera, y la abrazó.
Lucharía, aunque, en el fondo, sabía que no había nada que hacer. Ellos eran parias, lo peor de la sociedad. Nadie se preocupaba por ellos, nadie lamentaría su pérdida.
Lo sintió realmente por el hijo que venía de camino, si es que llegaba a nacer. Eva había tardado bastante en saber que lo esperaba, porque sus reglas eran extremadamente irregulares, pero, una vez su vientre comenzó a abultarse, no habían podido negar lo evidente.
Iban a tener un hijo. Adán lo sintió realmente por él, porque, al menos, sus padres habían sabido hasta qué punto estaban vacías las vidas que quienes se decían mejor que ellos. Pero él no lo sabría. No tendría forma de saber que, a veces, es más reconfortante no tener ningún apellido, y dormir en una casa en ruinas, sobre un colchón con olor a orina, si tienes a alguien a tu lado a quien quieres y que te acompaña. Aunque te arriesgues a que una víbora de arrebate la casa y el colchón, como había sido su caso. Aunque te arriesgues a que Dios decida castigarte, aunque no hayas hecho nada malo.
Ahora, Adán y Eva habían tocado fondo de nuevo, o la harían cuando se viesen desalojados. Pero seguirían luchando. Por su hijo, por ellos mismos. Porque ahora sabían que la felicidad no era tan difícil de alcanzar.