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No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso — capítulo 4
Parte IV:Besos, cebolla y pan, ¿qué más quieres, Adán?
—¡Abrid! ¡No nos obliguéis a echar la puerta abajo! — gritó la voz grave del policía. Eva tembló, y Adán la estrechó más fuertemente entre sus brazos.
—¿Te encuentras bien? — le susurró al oído.
—Estoy asustada. — admitió, y vio cómo la puerta de su hogar se tambaleaba con los empujones de los hombres.
Una semana. Llevaban casi una semana encerrados allí. Habían sido enviadas varias personas a advertirles que con atrincherarse no conservarían su casa, y ellos no les habían escuchado. No dejarían atrás lo único que tenían sin luchar.
Y, ahora, varios hombres empujaban la puerta de su casa. Podrían haberla tirado abajo hacía mucho tiempo, pero habían preferido darles una última oportunidad de salir por propia voluntad. Sabían que ni ellos ni los indigentes se verían beneficiados si se veían obligados a usar la fuerza bruta. Pero, tal y como les iban las cosas, no tenían otro remedio.
—¡No digáis que no fuisteis advertidos! — se oyó decir a uno de los hombres, y, por fin, abrieron la puerta con un golpe seco.
Eva sintió cómo su cuerpo temblaba.
—Vamos, salid. — les ordenó uno de ellos impertinentemente, la placa de policía brillando orgullosamente en su pecho.
—No. — dijo Adán, desafiándolo con la mirada.
El resto pasó muy rápido, tanto que ni Adán ni Eva fueron totalmente conscientes de lo que sucedía. Los hombres rompieron su abrazo en pocos segundos. Dos de ellos se abalanzaron sobre Adán, que se debatía incansablemente. Los otros dos amenazaron con las porras a Eva, que miraba fijamente a su compañero. Le dijeron algo, pero ella estaba tan absorta observando cómo maltrataban a su pareja que ni siquiera se dio cuenta de que se dirigían a ella.
Una, dos, tres veces impactaron los palos contra la piel curtida de Eva. Y luego vinieron una cuarta y una quinta vez. Ella gimió e intentó decirles que pararan, pero las palabras no acudían a sus labios.
Tenía miedo. Lo había sentido muchas veces, pero no con tanta intensidad como en ese momento. Temía por su vida, y por la de Adán y por la de su hijo. Temía por las vidas de los únicos seres que le importaban.
Eva perdió el conocimiento después de un sexto golpe. Fue un impacto ligero, en la cabeza, sin intención de atentar contra su vida, realmente. A pocos metros, los otros dos individuos habían reducido de una forma similar a Adán.
Los arrastraron un par de calles, y los dejaron tirados cerca de un contenedor, sobre un húmedo montón de cartones. No les importaba que las cabezas de los indigentes sangrasen; no les importaba que la sangre brotara de entre las piernas de Eva, probablemente, indicando que el niño que esperaba no había resistido los golpes dados a su madre. Ellos debían de echarlos de aquel lugar, usando la violencia si hacía falta. La única condición era que las heridas no los matasen, al menos, no inmediatamente. Y nadie podía negar que habían cumplido con su parte.
Lo que les sucediese después a Adán y Eva ya no era problema suyo.
Al día siguiente, Eva dio a luz a Caín. Un niño muerto, un bebé diminuto, que apenas había tenido cinco meses para formarse antes de que pusieran fin a su vida.
—¿Mal día? — le preguntó Adán a su compañera. Ella asintió ligeramente con la cabeza, y buscó una posición cómoda para sentarse. Una posición que le permitiera soportar su tercer embarazo. Un embarazo, que, si llegaba a término, le obligaría a cargar con dos niños.
—¿Abel está bien? — le preguntó, sin querer más detalles. Se acercó a la hoguera que habían encendido en el parque.
—Está bien. — confirmó el otro, y le señaló a Eva la caja de cartón que hacía de cuna al niño. En ella, el pequeño Abel respiraba entrecortadamente mientras dormía. — ¿Qué ha pasado, Eva? ¿Otro cliente violento? — ella asintió, e hizo un gesto con la mano, como quitándole importancia.
—Estoy bien. He salido corriendo. — él frunció el ceño.
—Yo… Eva, no creo que debas seguir…
—No hay otra forma. — le cortó ella. — No pasaremos el invierno si lo dejo, y lo sabes. Y puedo soportar no poder comprarme ropa de abrigo, pero no voy a dejar que mis hijos pasen frío este invierno. Tú sigue tocando la guitarra. — señaló el raído instrumento que les proporcionaba parte del sustento. — Yo seguiré con lo mío.
La carne que se habían permitido comprar comenzaba a adquirir un color amarronado gracias al calor del fuego. Mientras Eva cogía a Abel, que se había despertado al oír la voz de su madre, Adán se dedicó a observar las brasas y a pensar.
Lo habían perdido todo hacía dos años. Habían perdido su casa, sus muebles y a su hijo. Y, con él, sus ganas de vivir.
Pero habían salido adelante. Se habían visto obligados a vivir de nuevo en la calle, incapaces de encontrar un hogar semejante al que habían perdido, pero habían conseguido sobrevivir.
El segundo embarazo de Eva fue para ellos como una bendición y, a la vez, como el peor de los castigos. Debía de haber alguien ahí arriba que los odiaba. Porque les había arrebatado un hijo cuando vivían lo suficientemente bien como para cuidarlo y les había enviado otro cuando no podían cuidarse ni a ellos mismos. Y, además, ahora enviaba a un segundo niño, que, seguramente, sería tan débil como su hermano.
Abel no era un niño sano. Estaba demasiado delgado y tenía el cabello lleno de piojos, a pesar de que su madre se encargaba de lavarlo varias veces a la semana. Eva ya no se atrevía a bañarse a plena luz del día, en medio de una plaza llena de gente, pero sí que le quedaban valor y dignidad suficiente como para bañarse, a ella y a su niño, de noche, sin hacer ruido. No quería volver a llamar la atención de la forma en que lo había hecho tiempo atrás.
A Adán le gustaba engañarse pensando que aquello mejoraría. Le gustaba pensar que pronto encontrarían un hogar, que, muy pronto, Eva podría dejar de vender su cuerpo en las esquinas. Pronto, los piojos desaparecerían de los cabellos de su mujer y de su hijo, y Abel dejaría de llorar porque pasaba hambre y sus padres no podían hacer nada para evitarlo.
Pronto, muy pronto, todo pasaría.
Pero, hasta entonces, tenía que soportar que Eva fuese acariciada por hombres que no conocía. Tenía que ver como su hijo adelgazaba día a día y cómo sus propias manos se llenaban de llagas, debido al constante contacto de las cuerdas de la desafinada guitarra que se veía obligado a tocar día y noche.
De momento, tenía que admitir que su vida no podía ir peor, que había tocado fondo. Pero, en cierta forma, eso era bueno. Porque, al menos, ya nada podía ir peor.
Al menos, conservaban la esperanza de que todo mejoraría pronto.
Porque él era Adán, y su compañera, su esposa, se llamaba Eva. Porque, al igual que ellos, habían sido abandonados por Dios, y expulsados del paraíso. Porque su primer hijo había sido Caín y, el segundo, se llamaba Abel. Porque, al igual que ellos, por mucho que tropezasen, acabarían saliendo adelante, costase lo que costase.
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N/A: No pensaba acabar tan pronto, pero las vacaciones me dan demasiado tiempo libre, y esto es lo único que tengo para entretenerme XD.
Espero que hayáis disfrutado de la historia de Adán y Eva. La vida sencilla que ellos pudieron llevar no siempre tiene por qué ser infeliz.
¡¡Besos!!