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No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso — capítulo 5

Parte V: ¿Besos, cebolla y pan?

Navidad, Navidad. Las madres paseaban tranquilamente llevando de la mano a sus pequeños, quienes señalaban con entusiasmo las cientos de luces que brillaban en los interiores de los escaparates y en el centro de las calles mismo.

Pero había otra cosa más que los niñitos solían señalar cuando se cruzaban con ello; y ese algo era Adán y su familia. Adán, el hombre esquelético que dormía en el cajero en aquellos fríos días de diciembre junto a una mujer igualmente delgada y un par de pequeños que casi parecían a punto de morir.

Evidentemente, en cuanto los chiquillos que pasaban por allí los señalaban, sus madres arrugaban la nariz y los alejaban de todos, aunque estuvieran separados por el cristal del cajero; como si Adán y su familia fueran los portadores de una enfermedad que fuera a matar a sus hijos con sólo mirarlos.

Claro que ni Adán ni su compañera, Eva, culpaban a las madres -y mucho menos a los niños que los señalaban - de aquello; tenían perfectamente asumido, aunque doliese, que era los apestados de la sociedad; unas personas que en la práctica no eran personas, sino más bien un reflejo de en lo que podía convertirse la vida de cualquiera.

Adán y Eva no solían dormir en los cajeros. No les gustaba estar a la vista de todo el mundo, a pesar de todo. Pero hacía unas semanas, una mañana, habían descubierto que los labios de su hija menor, María, habían adquirido un tono morado, y que la piel del niño mayor, Abel, que no tenía todavía dos años, estaba más pálida de lo normal. Así que no habían tenido más remedio que ir allí y enfrentarse a la gentenormal.

—Abel está muy enfermo — le dijo Eva a su compañero aquella noche, la de Navidad—. Y nuestra hija también lo está. Creo que pude contagiarle algo —. Y en ese momento una punzada de culpa le obligó a cerrarse los ojos.

Eva era prostituta desde poco después de quedarse embarazada del niño. Sabía que si no lo hubiera hecho probablemente en ese momento estarían todos muertos. Y ahora ni siquiera podía asegurar que sus hijos estuvieran libres de enfermedades o que la niña fuera hija de Adán, y ambos lo sabían.

— No pueden seguir así, Adán. Si seguimos así cualquier día amanecerán muertos... y lo sabes.

— Bien. ¿Y qué propones?—le dijo en tono áspero, porque aunque no quisiera reconocerlo sabía que lo que ella decía era verdad.

—Hay casas de acogida. Orfanatos. Hospitales donde dejarlos... Abel ni siquiera habla y María no ha cumplido el año. Si desapareciésemos de su vida... no nos recordarían. No les dolería— y aunque aquello lo había dicho con firmeza, en esos momentos lloraba. Tenía a sus dos hijos sentados en el regazo y los abrazaba con fuerza.

— ¿Estás loca?— Adán la miró como si realmente lo estuviera— . No voy a separarme de mis hijos...yo no...

— ¿Y qué propones, Adán?, ¿qué prefieres, separarte de tus hijos o llevar su muerte sobre la conciencia?

—De todas formas nos lo quitarán tarde o temprano. Siempre nos lo quitan todo.

Y ya estaba dicho. Ahora Adán lloraba con Eva, porque los dos amaban a sus hijos. Los amaban. Pero, ¿qué más podían hacer? Porque en ese momento Adán miró a los ojos de los niños y supo que su mujer tenía razón. No era justo condenarles a una muerte prematura o, en el mejor de los casos, a una infancia de mendicidad, huyendo de todos. Tampoco era justo para ellos que se los llevaran algún día, quizá cuando tuvieran ya suficiente edad para recordar sus primeros años de vida.

La niña se había dormido entre los brazos de su madre, pero su sueño era, como siempre, un sueño ligero, malo. Cuando María dormía su respiración se hacía entrecortada, y en los últimos días se escuchaba en su pecho unos extraños ruidos que asustaban a sus padres.

Pero su hermano no dormía en esos momentos. Miraba atentamente el rostro lloroso de su padre, con sus grandes y enfermizos ojos.

Fuera, las madres seguían paseando llevando de las manos a sus hijos, que señalaban a la pequeña familia de apestados.

Para ellos nada había cambiado en la imagen de esa familia. Para Adán y Eva, nada volvería a ser como antes.

Sin embargo, el hijo mayor de Adán y Eva —lo que no significaba que fuera el primero — murió pocos días después, un veinticinco de Diciembre, no muchos meses antes de cumplir los tres años. Exhaló su último aliento en un cajero de una calle de nombre desconocido para sus padres.

El niño murió por la tarde, mientras dormía. Lo hizo mientras su madre, que, aunque no era consciente de ello todavía, estaba en el segundo mes de su cuarto embarazo lo observaba, impotente, mientras trataba de calmar a su hija menor, que, a pesar de no hablar todavía, parecía totalmente consciente de lo que le estaba ocurriendo a su hermano.

Adán estaba no muy lejos de allí, tocando la vieja guitarra con la que mendigaba cada día, consciente, a pesar de todo, de lo que le sucedía a su hijo.

No había hablado de ello con Eva, pero, en cierta forma, hacía mucho tiempo que ambos sabían que el niño no tardaría en perecer. Porque Abel había sido un chiquillo débil - mucho más que su hermana- desde su nacimiento. El latido de su corazón solía ser irregular, a veces demasiado pausado. Había sido así desde el principio. Probablemente el niño había nacido con alguna enfermedad.

Los padres del chiquillo lloraron su muerte toda la noche, mientras los gemidos lastimeros del bebé que les quedaba con vida los acompañaban.

Dejaron a María en la puerta de un hospital a la mañana siguiente y pocas horas después enterraron a Abel en un descampado. Sabían que la policía probablemente acabaría encontrando el cadáver del niño, pero no sabían en qué otro sitio podrían dejarlo. Así que lo taparon con la misma manta azul con la que lo arroparon el día de su nacimiento.

Ese día el último resquicio de felicidad de sus padres murió. Murió al tiempo que la tierra cubría el rostro del chiquillo.

El peso por la responsabilidad de su muerte, de una muerte que podrían haber evitado si hubieran claudicado, entregándolo a alguien que pudiera cuidarlo como un niño necesita, era demasiado para ellos.

Adán y Eva murieron con Abel. No era que aquella noche las puertas del paraíso se hubieran cerrado, sino que desaparecieron por completo de su vista.