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Historia 48889 — capítulo 6
Ellos eran uña y carne. Él, que llegó nuevo al colegio, encontró en ella apoyo y amistad. Acababa de salir de una relación, o de un intento de ella. La chica de la que estaba enamorado en su antiguo colegio le dio calabazas. Y ella, que era su mejor amiga, al oír eso, se alegró secretamente. Se arrepentía de su disfrute ante el dolor de él, porque aunque nunca fuera a admitirlo...deseaba tenerle sólo para ella. Caminaban al lado, charlando animadamente. Siempre juntos, siempre riendo. Él no imaginaba los sentimientos que sus sonrisas despreocupadas promovían.
Porque él no se fija lo suficiente en ella como para adivinar sus sentimientos, lo que quiere decir que no le importa del todo. Eso la mata.
Caminan despreocupados. Como hermanos, pero eso para ella no es suficiente. Hace tiempo que la calidez de la amistad fue poco para ella, que deseaba que él la mirara con otros ojos.
No podía arriesgarse.
Temía perder su amistad.
Temía al rechazo de su mejor amigo.
Temía a causarle más dolor, eso era lo que más le preocupaba. Temor a que él sufriera más de lo que sufrió. Porque ella estaba convencida de que seguía enamorado de aquella chica.
Pero todo empeoró el día en que las malas lenguas comenzaron a hablar.
Rumores malignos, que eran toda una proyección de los deseos de ella.
Comenzaron a decir de su noviazgo.
Él odiaba aquellos rumores. Ella anhelaba que fueran reales.
Pero seguían siendo amigos, y ella seguía ocultando sus sentimientos, ahora más que nunca.
El tiempo pasó, los relojes continuaron y ella en su silencio.
Y un día, él la miró con otros ojos, abiertos ya, y miró, viendo a la persona que había tenido tanto tiempo al lado.
Para ese momento, sus lágrimas ya se habían secado, y había resignado su dolor a una simple nostalgia que en ocasiones, en puestas de sol particularmente hermosas o una poesía especialmente dulce, le formaba un nudo en la garganta por ese amor no profesado.
Pero su amor seguía intacto. Había madurado, y ellos seguían siendo mejores amigos. Nada había cambiado entre los dos.
Y cuando por fin se atrevieron, en las pupilas de él se reflejó por un instante la sombra del niño que fue hace años, y en los labios de ella se dibuja una tenue sonrisa.
Cuánto tiempo. Meses, años...¿Qué importa la decisión de un mecanismo? El amor no conoce relojes.
Por sus labios se rozaron, y provocó sonrojo entre ellos, como niños. Por eso tartamudeaon, como niños. Y su amor fue tan puro como la inocencia de un infante.
El tiempo transformó la amistad, en amor.
Y los dos, inmortales, como niños, unieron sus labios una vez más, mientras un reloj de pulsera yacía ensangrentado en un rincón, sin que nadie se preocupara por él.