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Historia 48889 — capítulo 7
Odio... Dicen que el odio es lo opuesto al amor, dicen que aquel que odia lo hace porque nunca ha conocido el amor. Pues bien, eso es falso. El odio es, simplemente, amor corrupto, podrido, roto, destrozado y asesinado con frialdad. El odio no es la inexistencia del amor, es la ausencia de éste.
Yo te odié cuando ya no pude amarte. Cuando la realidad se colocó ante mí y no tuve más remedio que mirar. Aunque no puedo echarte la culpa de nada, o al menos, de casi nada. No te conocía, no había tenido conversación alguna contigo. Si la hubiera tenido sabría que eres muy distinto a la persona que yo forjé en mi imaginación. Una personalidad inmaculada, con sólo un defecto ínfimo, la timidez. Y ése ser perfecto que yo formé no eras tú. Pero sí tienes la culpa de romper mi anhelo, quebrar mi ilusión y mi esperanza con esas duras palabras. ¿Por qué habías de hablarme con crudeza si yo jamás te ofendí? No te hablé por miedo, y ahora me alegro de no haberlo hecho. Aunque también he de agradecerte lo que hiciste, pues logré ver mi propia ceguera. Te lo agradezco, porque encontré a otra persona, más importante de lo que tú fuiste. Y ahora sé que el amor no debe ser doloroso, incluso cuando no es correspondido. En ocasiones sí duele, pero cuando además es amistad, se trata del soplo de la brisa de verano. Te agradezco que te fueras de mi corazón sin despedirte para que otro entrara, pero a pesar de todo te odio. Gracias, y me complace decirte que no te olvidaré. Te mantendré vivo en mi recuerdo para no caer en el mismo error, pero por encima de todo, para odiarte tanto como te odié aquel día.