Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Camino de Vida · de

Camino de Vida — capítulo 1

Su muñeca de cristal

Estar en clase era realmente aburrido, peor aún si ella no estaba su lado para salpicarlo con sus gotas de sabiduría, o para hacer algún comentario gracioso cuando el momento lo ameritaba, quizás para regañarlo por no estar poniendo atención… o simplemente para sentirla respirar en su hombro cuando tomaba apuntes a la velocidad de la luz.

Con los años se había hecho adicto a su presencia, misma que a los cinco años cuando la conoció, le pareció abrumadora. Él era un chico extremadamente tímido, se avergonzaba al hablar, sentía nervios cuando alguien le decía que era lindo, prefería la soledad de su cálida alcoba; pero ella llegó, con apenas cinco años y como un torbellino lo obligó a ser quien él no quería.

Ahora, cuando ambos gozaban de encantadores diecisiete primaveras; sentía que no podía sin ella a su lado, y se quebraba cuando pensaba que no la tendría para siempre.

La pizarra donde escribía el profesor, le parecía inútil; inútil porque no se llevaría todas esas letras y números a la tumba. ¿Por qué ella le ponía tanto cuidado a las clases?

Era de un alma fuerte y un corazón valiente, pero una salud débil y fácil de quebrantar. Motivo que la tenía hoy ausente; una cita más, de rutina, le había dicho; sin embargo él sabía que eso no era rutina.

Siempre la vio como un frágil lienzo al cual cuidar, pero hace casi dos años había descubierto en ella a una mujer a la cual amar.

Solo amigos, dijo ella; pero él sabía que de igual manera era su muñeca de cristal que debía proteger, y ahora más que nunca cuando se había dispuesto enamorar. Realmente, estaba seguro que ya lo había hecho; pero ella no quería dañarlo más, con sus múltiples enfermedades.

Cuando su nombre escapaba de su boca, le causaba cosquillas, le sabía a miel mezclada con la gloria, y provocaba una sonrisa en su rostro. Estaba contrariado, quería saber si lo mismo harían sus labios sobre los suyos, pero no los tenía; aunque los quería, los labios de Belén, su Belén; aún vírgenes e intactos eran un manjar que por amor no se atrevía a tocar.

¿Lo amaba ella a él así? le gustaba imaginar que no, que era más… solo que su cobardía le impedía averiguarlo; mejor dicho su caballerosidad le impedía tocar el tema de amor, que sabía, tanto le molestaba a ella.

Quería enviar todo lejos, quedar solo ellos dos, pero no podía, siempre estarían rodeados por amigos, profesores, enemigos, padres, hermanos, doctores. Porque todo terminaba en esto, en doctores, en hospitales y en tratamientos que a su parecer no hacían más que dañarla. Y si no acababa en algo que se relacionara con las ciencias médicas, sería en el fútbol; esa maldita pasión que le robaba su preciado tiempo juntos, y había sido ella misma quien se la había enseñado, de ser por él jamás en su vida hubiera tocado un balón.

Belén había penetrado tanto en él, que estaba seguro; si le hacían algún examen a sus células los científicos dirían que el resultado es imposible, nadie podía tener en cada parte de su ser, por más microscópica que fuera, el ser de otro. Pero él se autoproclamaba un loco imposible, porque no solo eran sus células, eran sus sueños, sus metas, sus dolores, frustraciones y alegrías; lo que ambos compartían.

-¡Roberto! ¡Roberto!- gritó una voz masculina, aún con el cambio marcado en ella.

  • ¿Señor Cordero, se ha quedado dormido?- inquirió curioso el profesor parado frente al muchacho.

  • No… disculpe- fue lo único que alcanzó a decir, antes de que todos estallaran en carcajadas, y el profesor lo enviase a lavarse la cara… se había quedado pensando en ella, y sí, se podía decir que estaba dormido, por que ella era su sueño.