Tituladas 16.2% · 32,298 de 199,415 descubiertas
Rescatado 61.5% · 57,949 de 94,296 páginas identificadas · 57,939/58,568 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 49154 · de

Historia 49154 — capítulo 2

LLAMADA

-Demetri. Ya me estaba preguntando dónde te habías metido -dijo alguien.

Miré a mi alrededor. A mi derecha había tres vampiros más dos que estaban protegiendo una puerta. Dos eran mujeres, y el resto eran hombres. A mi izquierda había dos mujeres. Una de ellas tenía las manos entrelazadas con un hombre. Otro vampiro estaba más adelante, alado de Marco, si bien no me equivoco. Su pelo era castaño oscuro, ondulado. Tenía la típica belleza de un vampiro, pero al ser casi un hombre mayor yo no le veía lindo alguno. A su izquierda, estaba el asqueroso Aro. Su pelo largo negro hasta los hombros era lacio. Sus ojos estaban abiertos de par en par y una pequeña sonrisa se asomaba en sus pálidos labios. Al verlo me llené de ira, pero eso no fue nada cuando vi a Cayo. Quería ir a pegarle, matarlo, por arruinarme la vida. Quería arrancarle la cabeza tirando de sus rubios cabellos largos y destrozar su cuerpo en pedacitos. Quería quemarlo en una hoguera, para hacerlo sufrir como yo lo hice al ser una neófita. Lo odiaba, lo odiaba con toda mi alma. Él era un monstruo asesino. El idiota que me quiso matar, pero al no lograrlo, me transformó en un vampiro. Obligándome a apartarme de mi madre.

No pude contener mi ira. Y tampoco me quería contener. Me tiré encima de Cayo, tomándolo de sorpresa y empecé a tirar de sus pelos.

-¡ERES TÚ, MALDITO VAMPIRO! ¡TU ME DEJASTE TIRADA EN ESA CALLE! ¡TU ME APARTASTE DE MI MADRE, MALDITO! -gritaba. Cayo no se quedaba atrás. Me pegaba y empujaba, pero yo era más fuerte. De repente sentí cuatro brazos agarrarme por mis hombros y apartándome a la fuerza de Cayo. Yo no me pude soltar. Esos dos vampiros eran muy corpulentos y me levantaron del piso. Le llevaron en frente de Aro y me arrodillaron allí. Yo luchaba con que me suelten, pero la voz de Cayo me detuvo.

-Mátenla.

Me di vuelta hacia él, furiosa, y le grité:

-¡NO! ¡A mí no me matan! ¡Claro! ¡Cómo tú no pudiste esa noche de Junio que me acorralaste y me atacaste, querés que lo hagan ellos! ¡¿No?! ¡ERES EL VAMPIRO MÁS PATÉTICO QUE VI EN MI VIDA! ¡SI QUIERES QUE MUERA, MÁTAME TÚ MISMO!

Cayo se levantó de su "trono" súbitamente furioso. Pero Aro lo detuvo.

-Siéntate hermano. Déjame a mí arreglar esto -miró hacia atrás de mí y entrecerró los ojos -. ¿Qué trajiste, Demetri? -no escuché respuesta de parte de él, así que giré mi cabeza para verlo.

Demetri me miraba con los ojos y la boca abiertos como platos. Estaba paralizado, y parecía no dar señales de vida. Ni siquiera respiraba. Me distraje mirando hacia los vampiros que me tenían agarrada. El de mi derecha era rubio, con los ojos rojos como todos los vampiros de éste lugar. Y el de mi izquierda, tenía el pelo negro. Éste era tan corpulento como el de mi derecha. Clavé mis largas uñas pintadas de negro en los brazos de cada uno de ellos, y, con una mueca de dolor, me soltaron. Me paré, sacudiéndome el vestido que se había arrugado. Miré nuevamente para atrás y allí estaba mi capa tirada alado de Demetri. Fui hasta allí y la tomé. Levanté la mirada y vi que Aro me miraba con los ojos abiertos por la sorpresa. Pero no sorpresa por tener una capa roja de los rumanos. Era por otra cosa.

-Eres igual a Suplicia -susurró. Me sorprendí. ¿Él conocía a Suplicia? ¿Conocía a mi madre?

-¿Disculpe?

-¡Eres igual a Suplicia! Oh, Dios mío -exclamó. Esto me estaba hartando.

-¿Conoces a mi madre?

Aro se quedó estático. Me miró durante mucho tiempo, sin moverse. Luego de más o menos media hora, susurró con la voz ahogada:

-Llamen a Suplicia, por favor.

¿Suplicia? ¿Estará hablando de mi madre? ¿O de otra mujer? Todas esas preguntas desaparecieron de mi mente cuando vi a una mujer de treinta y cinco años aparecer por detrás de Aro. Ésta tenía un pelo castaño claro igual al mío. Sus ojos eran rojos, ya que es vampiro. Su cuerpo… su estatura... sus rasgos de la cara...

-¿Qué ocurre, Aro? -preguntó con voz dulce.

Su voz...

-¡MAMÁ! -grité con los brazos abiertos. Mi madre me miró y sus ojos se iluminaron.

-¿Nazareth? ¡OH, NAZARETH!

Las dos corrimos y en la mitad del camino, nos abrazamos. Sí, ella era mi madre. Mi hermosa madre. Si pudiera llorar, ahora lo estaría haciendo. Ella era mi madre. Mi madre... vampiro. Mi madre era vampiresa como yo.

-Oh, mamá. Pensé que estabas muerta. Cuando volví a Volterra ya no estabas más. Me encontré con un funeral. Tú funeral.

-Hija... Yo pensé que habías muerto. Me deprimí y caí enferma. No habían medicamentos y estaba a punto de morir, pero Aro me encontró y me transformó. Ahora es mi esposo hija. Tienes de nuevo un padre.

Me separé de ella bruscamente.

-¿QUÉ? -grité. Mi mamá pestañó confundida.

-Tu nuevo padre es Aro. ¿Algún problema?

No. No podía ser. Tiene que ser imposible. Mi padre no puede ser un Vulturi. Mi madre no puede ser una Vulturi. No... ¡NO!

-¡NO! ¡No puede ser! ¡Tiene que ser imposible! -caí de rodillas al suelo agarrándome la cabeza con las manos enredadas en mi pelo. Me lo quería arrancar. ¡Esto significaba que era una Vulturi a pesar que estoy con los rumanos!

Sentí como mi madre se ponía en marcha para consolarme, pero alguien la empujó. Sentí los brazos de Demetri rodearme el cuerpo. Al parecer mis gritos lo sacaron de su trance.

-Shh cariño, calma. Tranquila, tranquilízate -me repetía. Hoy Demetri me había consolado dos veces. Y en las dos se mostraba muy preocupado por mí. No.

Lo alejé de mí parándome de golpe. Miré a mi madre con rabia, y me preparé para hacerla recordar viejos tiempos.

-¿Cómo pudiste hacer eso, mamá? ¿Cómo pudiste engañar a papá? ¿Cómo pudiste romper la promesa que me has hecho esa tarde? ¿La recuerdas? ¿Recuerdas haberme dicho que amarás a papá pase lo que pase? ¿Qué lo amarás toda la vida? -mi madre asintió mirándome dolida. Parecía querer llorar, ye so me desgarraba el alma. Pero me puse firme, y seguí acusándola -. Entonces si la recuerdas. ¿Por qué? -pregunté apuntando al maldito de Aro -. Dime, ¿Por qué rompiste la promesa?

Mi madre tenía el rostro contraído. Parecía querer aguantarse los sollozos, pero no había lágrimas en sus ojos. Nunca las abría. Nunca más.

-El amor no gira alrededor de una promesa, hija. Yo no planeaba enamorarme de alguien después de la muerte de tu padre en esa tormenta. Pero...

-¿Pero qué, madre? ¿Por qué? ¿Encima de un Vulturi?

Ella me miró confundida.

-¿Qué tiene que ver que sea un Vulturi?

Tiene mucho que ver. Que los odio.

-Que ése maldito que esta allá -dije señalando a Cayo -. Me atacó el día que iba a entregarle las cosas que me diste para la abuela. Me atacó y al ver que no me pudo matar, me dejó tirada en el medio del campo, sufriendo. Él es el culpable de que me haya alejado de vos -terminé en un susurro. Me iba aponer a llorar, sin lágrimas. Necesitaba recomponerme.

Suplicia puso cara asesina mientras se daba vuelta en dirección a Cayo. En éste, pude detectar una pizca de miedo en sus ojos y sonreí ante ello. Escuché un gruñido proveniente de mi madre, pero antes de que me dé el gusto viendo como ella mata a Cayo, Aro se puso en movimiento y detuvo a Suplicia.

-Querida, ¿Ella es tu hija?

-La misma -dijo Suplicia con voz contenida por la ira. Pero a pesar de eso, su voz acarició las palabras.

Aro me miró con adoración, y yo le devolví una mirada furibunda. Él ignoró eso.

-Así que la gran y poderosa Nazareth es hija de mi queridísima esposa.

Me enojó mucho la manera en la que me refregó en la cara que ella era ahora su esposa. Quería matarlo, estrangularlo, degollarlo, arrancarle cada extremidad de su cuerpo y hacerlo picadillos.

-Pequeña, ¿Quieres entrar en la guardia Vulturi?

Le iba a dar un NO rotundo, pero luego recordé mi misión y asentí con la cabeza esbozando una sonrisa forzada. Y pensé que ésta misión iba a ser divertida. Es lo peor que hice en mi vida.

-¡No podes unir a ese demonio en la guardia Aro! ¡Matará a todos! ¡Es del aquelarre Rumano! ¡Mira su capa! -gritó Cayo señalándome. Me quedé estática. Lacapa.

-Niña, dame tu mano -dijo Aro severo. Yo respiré entrecortadamente. Se notaba demasiado que estaba nerviosa. Tenía que controlarme.

-No, no. Yo no soy de ese clan. Estuve con ellos solo unas pocas semanas. Pero me hartaron. Solo me entrenaban para atacarlos a ustedes, los Vulturi. Y lo la verdad es que no tengo nada contra ustedes -miré a Cayo de una manera que dabaentender que con él tenía el odio del mundo.

Odiaba decir que con ellos no tenía nada. Ahora que sabía que me habían sacado a mi madre los odiaba aún más. Si eso es posible.

-Tu mano -insistió Aro más relajado.

Oh, oh. ¿Qué hacía? Me mordí el labio mientras me balanceaba sobre mis talones, nerviosa. Intenté probar lo que hice con Edward, aunque sabía que no funcionaría y me matarían. Pero también está la opción de que me salga el truco. Cerré mis ojos con fuerza y oculté lo más profundo que pude a los rumanos y nuestro plan, y cambié esos pensamientos en mi gran mentira. Abrí los ojos, mientras veía como Aro me miraba con una ceja alzada. Estiré mi mano hacia la de él, pero una voz que no conocía habló por primera vez:

-Está nerviosa, Aro. Duda entre darte la mano o no. ¿Es que no lo ves?

Miré hacia un costado para ver a un chico de dieciséis años mirarme con furia. Aro le contestó con la voz tranquila mientras agarraba mi mano.

-Esto no es asunto tuyo, Alec.

El interpelado gruñó y rodó los ojos. Lo miré con fijeza. Él desconfiaba de mí. Pero... ese chico me era conocido. ¿Dónde lo habré visto?

Alec me devolvió la mirada con la furia saliendo de sus ojos como fuego. Le sonreí inocentemente y me volví hacia Aro. De seguro no me haría mal un poco de humor negro con un Vulturi. Le haré la vida imposible mientras esté aquí.

Escuché otro gruñido de su parte.

-Interesante -murmuró Aro soltando mi mano -. Te han torturado los rumanos con todo ese entrenamiento, querida. También encontré unos cuantos muros en tu mente, pero supongo que son cosas que no quieres recordar.

Asentí rápidamente. Estaba sorprendida. Había funcionado el muro en mi mente. Había bloqueado su don. Sonreí.

-Bienvenida a los Vulturi, Nazareth -sonrió Aro. Estaba punto de vomitar (aunque sabía que no podía). No quería ser una Vulturi, una asesina por gusto. Pero era una misión que debía cumplir.

Todos empezaron a aplaudir. Entre medio de los aplausos, escuché gruñidos. Tuve una leve sospecha de quiénes fueron los autores de esos siseos. Sonreí.

-Pareces hambrienta Nazareth. Heidi, tráele unos humanos a ella y a todos nosotros. Vamos a festejar -dijo Aro a una chica hermosa. Tenía le cabello color caoba, y la figura de una modelo. Sus ojos eran violetas, de seguro la mezcla del rojo por naturaleza y unos lentes de contacto azules. Ella me sonreía con sinceridad, y me sorprendí al darme cuenta de que no sentía odio por ella. En verdad, no sentía odio por nadie más, excepto Alec, Cayo y Aro.

¿Por qué tendría que sentir odio por estos vampiros? Ellos no tienen la culpa de estar con los Vulturi. De seguro todos y cada uno de ellos vinieron aquí por su cuenta, solo por tener un pasado doloroso. Vinieron aquí con la esperanza de pasar sus eternas vidas ocupados, intentando olvidar su pasado. Comúnmente los vampiros viejos hacen eso. No soportamos la soledad por mucho tiempo y vamos con clanes grandes a pasar tiempo.

Heidi desapareció y al momento traía decenas de humanos con ella. Humanos con sangre caliente y dulce.

Fui la primera en atacar a un humano, ya que yo estaba desesperada. Necesitaba sangre.

Tres adultos y un adolescente después todos estábamos satisfechos. Heidi recogió todos los cadáveres a velocidad vampírica y se los llevó a algún lugar. De seguro a quemarlos.

Mientras me limpiaba los labios con la lengua sentí un brazo posarse sobre mis hombros. Al sentir las corrientes eléctricas supe de quien se trataba antes de que hablara.

-Al final estás con nosotros. Conmigo -dijo con voz dulce. Por poco me derrito.

-Sí... -susurré deslumbrada. Demetri rió. Me temblaron las piernas.

-No sabía que eras hija de Suplicia. Eras muy parecida cuando te vi, pero no lo imaginé -luego se acercó a mi oído -. Eres como una versión de ella de chiquita, pero mucho, mucho más hermosa -susurró. Me estuve a punto de desmayar, o tuve esa sensación. ¿Me había llamado hermosa? Reprimí un suspiro.

-Todos dicen eso, menos la última parte -si fuera humana ya me hubiera sonrojado -. Todos decían que era el vivo retrato de Suplicia. Pero mi cara demostraba ternura, no belleza como ella -susurré con voz ahogada. Sentir la respiración de Demetri en mi cuello me estaba volviendo loca.

-Se equivocan. Eres muy, muy hermosa.

Depositó un beso en mi cuello y desapareció. Me quedé paralizada. Me hormigueaba la piel que sus labios tocaron. Estuve aproximadamente un minuto paralizada en el lugar, hasta que escuche la dulce risa de Demetri a lo lejos. Me di vuelta y lo encontré mirándome divertido.

-Demetri, dame tu mano -escuché a Aro decir. Él puso mala cara y yo, como la vampiresa madura que soy, le saqué la lengua. Él sonrió y fue con Aro.

-¿Sabes, Suplicia? Me da el presentimiento de que vahaber una pareja nueva en el castillo Vulturi -dijo al soltar la mano de Demetri. Éste le gruñó por lo bajo.

-A mí también me da el presentimiento -dijo mi madre guiñándome el ojo y sonriéndome pícaramente. Gruñí y me fui del salón tan rápido como pude.

Había entrado a un pasillo dónde había un montón de puertas con los nombres de la guardia. Eso me hizo pensar que yo no tengo un cuarto. ¿Dónde estaré?

De repente ciento unas manos sostenerme cada lado de mi cintura y llevarme a la décima puerta del lado derecho del pasillo.

Ni siquiera me pregunté quién puede ser el que me esté guiando. La electricidad ya me lo decía.

-Dem... ¿Dónde me llevas?

-A tu nueva habitación -contestó en mi oído. Cuando llegamos a la puerta, su pálida mano la abrió.

El cuarto era, sinceramente, hermoso. Nada estaba pintado con colores claros. La mayoría era oscura. No había ventanas, ya que estábamos abajo del piso. Pero había lámparas y veladores que iluminaban a la habitación dándole algo de vida al color rojo de las paredes. Los dos sillones y el sofá eran negros. Justo en el medio de éstos había una mesa ratona cuadrada color marrón oscuro. Brillaba, así que supuse que estaba barnizada.

-Dentro de poco van a poner tu nombre en la puerta. Mi habitación es la de alado, así que si me necesitas estaré allí.

Demetri desapareció por la puerta, sin darme tiempo a contestarle. Ignoré eso y fui directo al baño. Me quería duchar. Todo le viaje por la selva me había ensuciado un poco de tierra. Pero luego recordé que no tengo ropa.

Seguí el consejo de Demetri y fui a su habitación. Toqué dos veces la puerta.

-¿Dem?

Él abrió la puerta al instante. Me sonrió.

-¿Sí?

-Necesito ropa para ponerme. ¿Por las casualidades...?

-Busca en el armario. Jane ya habrá puesto algo de ropa ahí.

-Oh, gracias.

-De nada.

Fui a mi habitación y busqué un armario pero... no encontré ninguno. Miré hacia todos lados y vi una puerta que tenía tallado en sí "Armario".

Me quedé confundida. ¿Una puerta para ir a un armario? Me acerqué y la abrí, esperándome un mueble. Pero me encontré con una habitación con miles de tapados, vestidos y polleras colgados en perchas y shorts y remeras doblados. En el medio de la habitación había una mesa con estantes llenos de... zapatos. Zapatos con taco, chatas, sandalias... ¡Hasta unas Converse!

Tenía la boca abierta casi hasta el piso cuando escuché unos pasos caminar hasta donde estaba yo.

-Lindo, ¿Cierto?

-Jane esto es...

-Espectacular -sonrió la niña de unos dieciséis años. Cuando movió su cabeza hacia la ropa sus rubios y ondulados cabellos volaron.

-Más que eso... ¿Cómo es que...?

-Nosotros esperábamos a una vampiresa, pero al parecer ella decidió irse con otro aquelarre y preferimos dejarlo por si alguien quería venir.

-Wau... Se pasaron con todo esto. Gracias.

-De nada. Ahora, te dejo tranquila.

Ella desapareció de la misma manera que lo había hecho Demetri antes. Ignoré nuevamente el comportamiento que tienen los Vulturi y busqué algo de ropa que ponerme. Luego de revisar todo lo que tenía, opte por ponerme otro vestido. Era strapless, como el que tenía puesto, solo que éste tenía volado en la parte de abajo. Me llegaba poco más arriba de las rodillas. Busqué unas chatas, ya que pegaban más, y fui directo al baño.

La ducha fue bastante relajante. Nadie me molestó entrando a mi habitación como comúnmente hacen los nuevos integrantes en el clan Rumano. Me tomé todo le tiempo que quería, sin interrupciones.

Salí de la ducha renovada. Me cambié y fui a buscar la capa de mi clan. Allí, escondido, tenía un celular. Marqué el número de Sirena.

-¡Hola, Nachie! -gritó ella desde el otro lado de la línea. Decidí ir al lado más apartado de la habitación y hablé en susurros que con suerte los podía escuchar yo.

-Sire, primero: sabes cuánto odio que me digas así. Segundo: ya estoy entre los Vulturi. Todos se creyeron la mentira. Y adivina qué más me pasó.

-¿Otra razón para odiarlos?

-Y odiarme a mí misma.

-¿Qué pasó?

-Sire, te lo cuento, pero promete no decirles nada ni a Vladimir ni a Stefan.

-Claro. Ahora dime qué pasó.

-Bueno... ¿Viste que mi madre se llama Suplicia y es igual a mí?

-Sí.

-Bueno, parece que cuando me fui ese año, ella se enfermó y estaba punto de morir, pero Aro Vulturi la encontró y la transformó. Ahora están casados Sire. ¡Mi madre es una Vulturi y encima está casada con otro Vulturi! -susurré un poco más alto.

-Oh Dios mío.

-Eso no es todo Sire. También me encontré a Cayo. No me pude contener y lo ataqué. ¡Él ordenó que me maten! Pero yo le contesté bien y Aro arregló todo.

-Hablando de Aro, ¿Te pidió la mano?

-Recordá la promesa de no contárselo a nuestros maestros.

-Claro.

-Pude bloquear algunos pensamientos, sustituyéndolos por las mentiras. ¡Y funcionó!

-¡Oh! ¡Qué bien! Pero... por tu tono de voz presiento que viene lo peor.

-Sí, viene lo peor, y la razón del por qué me odio.

-Dime.

-Me enamoré de un Vulturi.

-¡¿QUÉ?!

-¡Shh! Te pueden escuchar.

-¿Cómo es que te enamoraste de un Vulturi? -preguntó enojada.

-Lo siento… no sé qué me pasó.

-¿De qué Vulturi? Tal vez podamos usar eso a nuestro favor -murmuró Sirena un poco más calmada.

-Demetri. Demetri Vulturi.

-¿El rastreador, cierto?

-Sí.

-Bueno... Tal vez si te descubren, puedes escapar y como él no va a querer que te hagan daño va a mentir en la dirección dónde huiste. Además, me puedes avisar y borro todo tu rastro con mi don. Él pensará que desapareciste del planeta.

-Cierto. Humm...

-¿Algo más?

-Sí. Hay un Vulturi. Alec. Me parece conocido de algún lado. ¿Tú lo recuerdas?

-¿Alec Vulturi? ¡Pero si es el vampiro que mató a Dídima!

-¿Qué? -dije elevando mi tono de voz.

-Contrólate. Te pueden escuchar.

-¿Alec es el que te puede privar de los sentidos?

-¡Sí, Nachie! ¿Es que no lo recuerdas?

-Humm... Es que con todo lo que pasó...

-Bueno, me tengo que ir. Vladimir y Stefan llegaron de la cacería. Algún día te visitaré. Sal sola hacia fuera y me encontrarás. ¡Adiós!

-Adiós.

Corté el teléfono con una gran sonrisa en mi cara. EL plan estaba saliendo perfecto (sacando de lado mis extraños sentimientos). Solo unas cuantas mentiras más y los Vulturi mueren.