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Historia 49202 — capítulo 2

.1.

"LIBRE"

Demetri era el líder, ya que era el rastreador, por lo que él, junto con Jane (Que siempre discutía para que le dejara el mando, aunque sin éxito, ya que Aro los había colocado así), les indicaban el mejor camino para marcharse a casa.

Sí, claro, podían haber utilizado un avión, pero con la cantidad de humanos que habría ahí… Alec dudaba que los demás, que ahora tenían los ojos negros, pudieran haberse resistido. Incluso dudaba de sí mismo.

Jane gruñía enfurruñada, chantajeando a Demetri. Cosas que normalmente hacía. Demetri solía portarse muy paciente con ella, ya que Aro le había obligado a aquello. Jane siempre había sido la favorita de su maestro.

Alec solía ser siempre la sombra que había detrás de su hermana. Y no se quejaba, ya que prefería sentirse en algún lugar más protegido, fuera de la vista de todos. Jane era el arma que todos conocían, en cambio, Alec era el factor sorpresa.

Claro, solo para aquellos clanes que no conocían mucho sobre los Vulturi.

Alec sabía que, aunque Demetri se quejara de Jane, la quería como si fuera a una hermana, a pesar de sus peleas y de sus discusiones.

Alec no consideraba a nadie más que su hermana y Demetri parte de su familia, ya que solía esconderse de todos. Le molestaba el ruido de las personas. No solía ser social ante las personas, fueran Vampiros o no.

Los demás solían tomarle el pelo, por lo que Alec no se acercaba mucho a ellos. Solían decirle cosas acerca de su edad, y de su estatura. Alec parecía un niño en lo físico, aunque no lo era. Era incluso más grande que algunos Vampiros de la guardia, pero claro, no decía nada. No quería tener algún problema con alguien.

Aro solía decirle que no debía de hacerle caso a nadie, ya que tenía un don por el cual muchos Vampiros morirían, pero Alec no quería escuchar aquello. Quería golpear, matar incluso, cuando ocurrían aquellas burlas sobre su aspecto.

Jane no tenía grandes problemas, claro, ya que ella si tenía un don que, si lo accionaba con algún Vampiro, lo lamentaría. Su don era uno de los pocos que los Vulturi dejaban usar casi cualquier hora. Decían que quizá se volvería más fuerte mientras más lo usaba.

Alec no tenía tanta suerte, ya que su don era muy molesto, por lo que decía Aro, pero Alec no le creía. Él siempre había sido menos que su hermana. Siempre lo había sabido.

Su hermana se acercó a él, con expresión de suficiencia. Parecía feliz siempre que ganaba a Demetri en la mínima cosa. Le trataba como si fuera una simple cucaracha, y ella podía pasar siempre sobre de ella. Aquello no lo sabía Demetri, ya que él siempre creía que ganaba, y Jane siempre creía lo mismo… Alec creía en momentos que ellos debían de ser los gemelos y no Jane y él. Eso era porque Alec siempre hacía lo que su hermana deseaba, sin replicar. En contrario con Demetri, que siempre peleaba con Jane.

- ¿Qué tal lo he hecho? - Le preguntó Jane a su hermano, mientras seguía con aquella expresión de haber ganado un gran premio. El mejor de todos los tiempos.

- Bien - Musitó Alec, a pesar de que no había escuchado palabra. Bueno, de hecho Alec si las había escuchado, pero desde hacía mucho tiempo había practicado aquello de ignorarles en todas sus batallas, y no escuchar nada más que sus propios pensamientos, que cada vez eran más escasos, ya que no tenía demasiadas cosas en las que pensar. Todo siempre era lo mismo, todo tan cotidiano, que casi sabía con seguridad que es lo que sus maestros les dirían después del viaje "¡Que alegría! Me alegro tanto de tenerlos a todos. Han luchado y han terminado la misión con éxito total. Qué alegría" Después les mandarían a cualquier otra misión, y pasaría lo mismo. Sabía perfectamente que pasarían dos meses para que se las dieran, cualquiera. Jane siempre deseaba llegar a casa para ver a sus maestros. Sentía una gran adoración por ellos, y Alec sabía que Chelsea no había tenido nada que ver.

Alec siempre se había preguntado acerca de ello, pero Jane nunca le había dicho nada, simplemente le hacía una broma o también se burlaba de su apariencia. Era una cruel hermana.

Caminaron con rapidez aunque con un silencio sepulcral que Alec creía que, si un humano se acercaba a ellos, no oiría los pasos, a pesar de que eran muchos los de la guardia que se encontraban ahí, ansiosos por llegar a casa.

- Pronto llegaremos - Anunció Jane, feliz ante la perspectiva, unas cuantas horas después de haber cruzado un bosque. Todos lo sabían, pero Alec sabía que su hermana se encontraba demasiado feliz con la perspectiva de volver a casa que, no se había podido aguantar las ganas de decírselo a todos.

En respuesta a aquello, hubo algunos murmullos incontenidos de alivio para algunos Vampiros. Se sentían más a salvo bajo la presencia de sus maestros que entre una guerra, por lo cual Alec seguía aplaudiendo a Chelsea, aquella Vampiresa que hacía que todos sirviesen con alegría a sus maestros… Todos menos él, Alec.

La verdad era que éste creía que el don de Chelsea ya no le afectaba a él, puesto que cada vez, mientras los siglos se hacían más cortos, Alec ya no servía con la misma devoción a sus maestros, a pesar de que sentía algo que le molestaba y decía que tenía que servirles con alegría y entusiasmo. Igual que los demás.

Y aquella era la única razón (A parte de Demetri y Jane, sus hermanos), por la cual seguía sirviendo a sus maestros. Pero ya se había hartado de aquello.

Aro, al oír los pensamientos de Alec, y de que éste ya había notado la falta del don de Chelsea en él, como si se estuviera haciendo inmune, había puesto una máscara de indiferencia, pero Alec sabía muy bien que le había llamado a Chelsea y reclamado sobre su don. También sabía que ésta lo percibía, y, después del castigo que recibió tras no poder poner sus lazos de nuevo en él, le miraba con tal desprecio, que Alec sentía que su muerto corazón se encogía cada vez que miraba aquellos ojos bordos.

Claro, se había enterado de todo ello por medio de Jane, quien utilizó su don contra Chelsea. Ella solía comportarse con su hermano como si se tratase de un Vampiro enemigo, pero cuando estaba de buen humor (Como en aquellos momentos), parecía una hermana de verdad. Aunque solo fuese en apariencia, puesto que casi nunca había querido a Alec. Lo apreciaba, sobre todo por su don, pero éste sabía perfectamente que lo que su hermana sentía por él no era cariño.

Él si la quería. La quería a ella y a Demetri, como los únicos hermanos que tendría jamás. Las únicas personas con las que se llevaba más o menos bien.

Las fronteras de Volterra aparecieron en cuanto Alec terminaba de pensar en aquello último. Realmente detestaba no llevarse bien con las personas, a pesar de que no podía estar con los que se burlaban de él, aunque supieran que éste tenía un poder tan poderoso que tenían que tenerle respeto. Deseaba verdaderos amigos, ya que, a pesar de que con Demetri hablaba más que con Jane. Deseaba…

¿Qué acaso no podía? ¿Qué acaso él, Alec Vulturi no podía ser feliz a su manera? ¿No podía ser libre?

Aquellos pensamientos le embriagaron, como… sangre. Si, como un tipo de sangre deliciosa, apetecible, y, aunque él estuviera a punto de alcanzarla, ésta se resistía. Pero tenía que hacer el intento. Tenía que ser libre, por lo menos durante algo de tiempo. Quería probar a ver si tenía fortuna y encontraba lo que había estado buscando desde hacía siglos: Amistad, alguien que realmente le apreciara.

Aquél sueño parecía tan tentador, que Alec se lo tomó enserio. Tenía que marcharse por lo menos un año. Quería probar la libertad por su propia experiencia, y quería ser libre de todas aquellas misiones, aunque fuera por poco tiempo.

Tal vez aquello le llevaría grandes aventuras y misterios asombrosos.

Alec sonrió, mientras los demás entraban por un oscuro hoyo, hacia el Castillo de los Vulturi. Sí, haría eso. Los Vulturi no podían negarle aquello, puesto que él tenía todo el derecho en irse. Sabía que, por su don, le acogerían siempre con los brazos abiertos.

- Maestro - La emoción en la voz de Jane fue tal, que Alec pensó por un segundo que, si a él no le hacía efecto el don de Chelsea, a ella parecía que surtía y con el doble de efectividad.

- Jane, querida - Decía mientras tomaba la mano de la hermana de Alec y sonreía - ¡Que alegría! Me alegro tanto de tenerlos a todos. Han luchado y han terminado la misión con éxito total. Qué alegría - Repitió mientras sonreía a Jane, que rió. Su risa parecía la de un bebé.

Toda la guardia parecía orgullosa de sí misma, pero Alec no. El había ayudado mucho en utilizar su don contra aquellos que habían desobedecido las leyes, pero no se sentía orgulloso de ello, por primera vez, sentía un nudo en aquél corazón que había dejado de palpitar por demasiado tiempo. Sentía algo de indiferencia, claro estaba, porque él sabía que había hecho lo correcto, a pesar de que sentía algo molesto en su mente, que le decía que matar era malo.

"Tonterías" Pensó fríamente, mientras le recordaba a la misma, que había que matar para alimentarse. Aunque fuera malo.

"Pero puedes irte por la otra opción" Repuso una aguda voz en su mente, mientras recordaba los dorados ojos de los que habían llevado lo que ellos mismos llamaban "Un estado de Vida Vegetariano".

Pero Alec no quería discutir ni con su mente. Quería libertad, pero no quería dejar su estilo de vida. Sabía que la sangre de animal no le satisfaría igual que la sangre de humanos, por lo que no quería oír ni una sola palabra del asunto.

Éste, sin perder el tiempo, se acercó lentamente hacia su maestro, algo impulsado por la Valentía que sintió en aquellos momentos, cuando aún conservaba el recuerdo del pensamiento acerca de la libertad. Quería paladearla él mismo. Quería saber lo que se sentiría aquello.

- Maestro - Comenzó y terminó con aquella palabra. Su única acción fue extenderle la mano, mientras toda aquella Valentía se esfumaba de él mismo ¿Qué tal que, por su don, le dijera Aro qué no?

Pero no tuvo tiempo de pensar en otra cosa, puesto que Aro ya le había tomado la mano.

Éste se quedó un tiempo quieto, como si estuviera pensando en la respuesta que le daría a Alec, y no en los pensamientos del chico.

Al final, soltó la mano de Alec y, con una fingida sonrisa, se dirigió hacia él. Alec pudo notar algo de irritación en su rostro, pero lo ignoró. Creía conocer en aquellos momentos la respuesta de su maestro. Y aquello inundaba de alegría a Alec, sin importarle lo que a su maestro le pesara dejarle.

- Puedes hacerlo, Alec - Respondió Aro, mientras hacía una mueca - Espero que, si no encuentras lo que buscas, regreses inmediatamente hacia nuestro lado. No es que quiera obligarte - Sus palabras eran lentas ahora, como si estuviese meditando lo que diría a continuación. A Alec le izo un poco de gracia, ya que creía que su maestro nunca elegía las palabras con tanta lentitud, siendo Vampiro - Pero ya sabes, mis brazos siempre estarán abiertos para darte la más cálida de las bienvenidas…

- ¿Cómo es eso? - La voz de su hermana ahora no parecía muy tranquila, y Alec temió que usase su don contra él mismo - ¿Te vas? - Le preguntó con frialdad, mientras Alec asentía - ¡¿Por qué?! - Exigió, mientras sus ojos le miraban fijamente

- Vamos hermana. Volveré - Le dijo Alec, sin contestar a su pregunta. Jane lo notó

- Dime porqué - Le volvió a exigir, con aquella voz que sonaba como campanas - Tengo derecho a saber, Alec

- Y yo tengo derecho a que nadie me impida irme - Contesté - Y con ello me refiero a ti

Sí, Alec sabía que aquella respuesta no tenía ni pies ni cabeza, pero deseaba marcharse de una buena vez. Quería conocer la libertad por sí mismo, sin servir a nadie, sin tener personas que le molesten. Solo él… Por ahora.

Caminó hacia la puerta, después de inclinar la cabeza en señal de respeto a Aro, Cayo, Marco y las esposas.

Al llegar a un lugar apartado de Volterra, en el bosque por el que había pasado hacía unas horas, Alec Vulturi supo por fin a lo que sabía la libertad, aquella dulce y a la vez salada libertad.

Sabía que no lo necesitaba, pero se tumbó al pie de un árbol, mirando las estrellas. Había anochecido pronto, pensó él. Pero al final se dio cuenta de que había estado caminando como un humano hasta llegar al bosque. Había disfrutado como nunca aquellos primeros momentos de libertado.

Alec pensó que quizá no importaría mucho tener amigos, ya que la libertad parecía ser mejor que ello.

Alec sonrió, pensando que aquél sentimiento de felicidad era único. Como si no hubiera estado feliz durante siglos.

Cerró los ojos y escuchó.

Lo sintió todo. Los animales del bosque que corrían, el crujido de las hojas de un árbol al caer, el viento que movía dulcemente todas las plantas que se encontraban ahí. Todo aquello parecía tan armonioso, que Alec decidió quedarse ahí un buen rato, hasta que amaneciera, por lo menos, ya que a las personas (Turistas en su gran mayoría) deseaban conocer el bosque, y hacían picnics en éste. Podían verlo, y los árboles no se encontraban lo demasiado unidos como para ocultarle del sol.

Aquello era libertad, pensó él. Al fin era libre.