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Historia 49479 — capítulo 2

PoV Lyss. Another dream, another feel of pain.

-No sabía donde estaba, Doug-suspiré y le miré.-Tenía miedo, ¿sabes? Mucho miedo, y solo recuerdo, dos grandes ojos rojos mirandome desde la más absoluta oscuridad... -Estás preocupada por el viaje a Volterra-me recordó divertido.-Es un viaje a una ciudad italiana, sólo eso. ¿Qué te va a pasar allí? Se estaba riendo de mí, podía notarlo en su cara. En su sonrisa ladeada y en el brillo de sus ojos, se revolvió el pelo con una mano y se encogió de hombros. -¿Para eso querías que te lo contase, Doug?-le miré mal, enfadada. Se burlaba de mí. -¿Tú eres tonta?-me preguntó mientras se levantaba y me tendía la mano.-¿Quieres ir a dar una vuelta? Siempre sabía lo que me hacía sentirme bien. Douglas tenía una preciosa yamaha negra, no sabía cuantos caballos tenía y en esos momentos, no me preocupaba demasiado. Tomé su mano y dejé que él me levantase con facilidad. -Vamos a ver, rubia-comentó mientras pasaba sus brazos por mi cintura y apoyaba su barbilla en mi hombro.-¿Qué te hace pensar que eso sí se va a cumplir? Rodé los ojos al escuchar su voz tan cerca, su piel abrasaba, pero siempre le había conocido así, suponía que era la temperatura del sol la cual modificaba la suya. -Pues no sé, cariño-murmuré mientras abría la puerta principal.-Quizá, qué todo lo que veo, sueño o lo que sea que hago, se acaba cumpliendo, y por lo visto, no lo para nada ni nadie. -Yo sigo diciendo, que cuando eras pequeña, te caíste de la cuna-comentó de nuevo con tono burlón mientras se montaba en la moto. Decidí ignorarle, era mejor por el momento, tan sólo quería sentir el viento de Forks en mi cara, y quizá, sentir el olor del mar llenar mis pulmones cuando llegasemos a La Push, que era, donde él planeaba llegar en apenas segundos. El motor emitió un gruñido, y Douglas aceleró con rapidez. Siempre hacíamos el mismo recorrido, yo no estaba cansada de aquello, ni mucho menos, era algo excitante y ahorraba mucho tiempo y muchos dolores de cabeza, porque conseguía despejarme con una facilidad impresionante. -Mi madre ha preparado tarta de galletas y chocolate, como sé que te gusta, ¿qué tal si duermes en mi casa esta noche?-gritó para hacerse oír por encima del rugido del motor. Yo, por toda respuesta, golpeé levemente su costado, como solía hacer siempre que estaba de acuerdo con él en algo. Era verano, quizá uno de los pocos veranos calurosos que Forks poseía, si es que, alguna vez había poseido alguno. Lo mejor para esos días, era encerrarse en La Push, con alguna película o realizar salto de acantilado, un divertido juego de la reserva el cual estaba totalmente prohibido para mí, tanto por parte de Douglas, como por parte de los demás miembros del grupo de amigos de Douglas. No sabía que les unía tanto, eran siete u ocho, Douglas, Ethan, James, Fred, Chris, el pequeño Kevin, Oliver y Patrick. Siempre estaban juntos, todos eran quileutes excepto Douglas, su abuelo había sido un anciano de la tribu y por ello, él sentía que estaba en deuda con los miembros de la reserva india, aunque él no fuese al instituto de la reserva, sí pasaba bastante tiempo allí. Yo conocí a Douglas cuando me mudé a Forks, hará seis o cinco años, nací en Long Beach, y cuando mi madre anunció que nos mudabamos porque había conseguido el puesto de directora en el Hospital de Forks creí que el mundo se me caía encima. Nunca había sido muy buena para las relaciones sociales, pero en cuanto llegué al instituto de Forks, Douglas me ayudó en todo lo que pudo, me contó una y mil cosas sobre el pueblo, la reserva... Me contó leyendas como "el frío" o que los quileutes proceden de los lobos o están emparentados con ellos, me protegió de todas mis locuras y de mis tropiezos, porque a pesar de tener dieciseis años, soy muy, pero muy patosa. La moto derrapó cerca de la playa, el aire del mar rejuveneció mis pulmones llenandolos de ese aroma salado tan característico del océano. Me bajé de la moto de un salto y cerré los ojos disfrutando de esa sensación, no sé cómo hizo para que yo no le notase, pero en un segundo, estaba echada sobre el hombro de Douglas que me llevaba cojida como si fuese un saco de patatas, y por más que yo pataleaba, a él no parecía importarle. -¡¡Douglas!!-exclamé golpeando su espalda. -Sh, a callar señorita, que los chicos nos esperan-comentó como si fuese obvio. Gracias a la erosión del mar y del sol, cerca del acantilado se había creado como una pequeña cueva donde nos solíamos reunir cuando a mi me ocurrían cosas de esas, o al menos, yo iba cuando ocurría eso. Los chicos ya estaban allí, se estaban riendo de no sé qué cosa, y finalmente, adiviné que se reían de mí, de mis gritos y de los intentos por hacer que Douglas me bajase al suelo, finalmente, me hice la enfadada. Douglas me bajó con diversión dejandome frente a los chicos, y se sentó tirando de mi mano hasta que yo quedé sentada en sus piernas. -Sé sentarme-bufé cruzandome de brazos. -Oh, la pequeña Lyssie se nos enfada-bromeó James divertido. Miré mal a James, a diferencia de los demás chicos, él era el único rubio del grupo, tenía unos ojos azules y la piel tostada, además de ser el que más disfrutaba haciendome enfadar. -Bueno, darnos planes para esta noche-exclamó Ethan impaciente.-¿Qué hacemos al final? Douglas se encogió de hombros y se dispuso a hablar, pero Fred lo cortó. -Podríamos ir a casa de Douglas, cuando venía hacia aquí he visto a su madre poner un par de tartas de chocolate en la ventana a enfriar... -¡Eh, esas tartas son mías!-exclamé mirandole mientras entrecerraba los ojos.-No las toques, Freddie, o serás hombre muerto. Oliver pareció tener la idea para solucionar todos y cada uno de los problemas. -Acampada en el jardín de Douglas-dijo mirandonos.-Así Lyss se queda con las tartas y nosotros vemos un par de películas de las que Dougie se descarga. -¿Porno?-preguntó Patrick con una sonrisa y un brillo raro en sus ojos que me dio miedo. -Douglas, estoy sintiendo un miedo impresionante-comenté mientras escondía mi cara en su camiseta.-Patrick me da miedo. Patrick me miró confuso pero finalmente, rodó los ojos y se encogió de hombros, alegando que la necesidad es muy mala para un hombre como él. Parecía que los dos últimos antes del viaje a Volterra iban a ser divertidos. La clase de mi instituto había decidido hacer un viaje a Volterra, ciudad natal de uno de los alumnos el cual, regresaba a su casa ese mismo año y no le volveríamos a ver, o al menos, eso creíamos. Sólo me quedaba divertirme, y eso al lado de Douglas, iba a ser fácil.