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Rilato — capítulo 2
002: Beso. (Abierto)
Brilla, cuando demuestres de qué estás hecho… Brinca, cuando te sientas libre y contento… Busca, cuando necesites una solución…
—… Y entonces, uno de los niños sin querer mandó a volar la dotación de lechugas de toda la clase. La madre ya me había dicho que aún no era bueno controlando el viento, pero eso…
Napoleón Eaglepass era, de los siete amigos, el que tenía más tiempo para darse sus vueltas por el Albedrío, que entre otras cosas, era el hogar de la familia Arafat Médici. Khaos se había enterado de ello cuando, después de leer el extenso contrato que Viola había aparecido ante ella, había decidido firmarlo.
Inicio de remembranza
—¿Exactamente qué van a venderme? —había preguntado la chica al tener un bolígrafo en la mano. —Como ya leíste, la compra-venta no siempre se realiza de la forma convencional, sino basada en un simple trueque. Para cumplir tu petición, nos prestarás tus servicios y a cambio nosotros te haremos compañía. Así, aprenderás la mejor forma de relacionarte con las personas sin usar en ellas tus habilidades de manera accidental y cuando llegue el día en que tu malestar al respecto desaparezca, consideraremos saldada la deuda. En tanto, deberás hacer cualquier cosa que te pidamos con motivos de la relación laboral que adquirirás. No creo que sea tan difícil, se ve que eres lista. ¿O ustedes qué creen? Los demás no se habían atrevido a contradecir a Viola, por lo que Khaos dedujo que en gran parte de los negocios del Albedrío*, la rubia hechicera llevaba la voz cantante.*
Fin de remembranza
Así pues, había firmado el contrato y desde aquel día era considerada la ayudante general del negocio. Había días de lo más agradables en los que solamente tenía que limpiar un poco las habitaciones, archivar documentos o hacerle compañía a Vittorio y Alhelí, los hijos de Viola y Alí. Pero le agradaba más cuando recibían visitas. Napoleón, teniendo su primer y principal restaurante a unas calles del lugar, se daba una vuelta cada vez que podía y Khaos tenía la impresión de que disfrutaba tanto las conversaciones con sus amigos como los juegos con Vittorio y Alhelí.
—Quiere tener hijos, ¿sabes? —le comentó Viola a Khaos una tarde, estando ambas en la parte trasera de la casa, en una habitación amplia y sin ventanas que servía de bodega, ordenando infinidad de curiosos objetos —Nos consta que él y Azur lo han intentado, pero hasta ahora nada. Ryoko dice que no hay de qué preocuparse, pero…
—¿Pero? —inquirió Khaos con timidez.
—Cuando éramos jóvenes, León… estuvo enfermo una temporada, por así decirlo. Creemos que eso le afectó. Pero él asegura que no tiene ninguna prisa y que pronto podrá presumir a sus hijos.
Tras tres meses trabajando para ellos, Khaos se había percatado del profundo afecto que unía a Viola y Alí con el resto de sus amigos. Sonrió levemente, pensando en lo bueno que era tener amigos así, cuando entre sus manos sostuvo una cajita de terciopelo negro, que por pura curiosidad abrió para ver su contenido y resultó ser una argolla de plata.
—¿Es un regalo del señor Alí? —Khaos le enseñó la argolla a Viola.
—No, claro que no. Todo lo que se guarda en este almacén son cosas que nos han dado a cambio de nuestros servicios. Pagos en especie.
—¿Y entonces?
—Esa argolla cargaba con una poderosa maldición.
Al oír eso, Khaos cerró la cajita de terciopelo y la colocó en una repisa, apartándose un poco. Viola rió por lo bajo.
—Descuida. La maldición que traía se rompió hace tiempo y su dueña nos la dio en pago por ayudarle con el nacimiento de su primer hijo.
—Sé que las maldiciones existen —confesó Khaos —Pero no sé… Ese tema siempre logra asustarme un poco.
—Es natural. La maldición de esa argolla, por ejemplo, afectaba a una familia entera. Se rompió y la argolla se agrietó en consecuencia, pero se mandó reparar y se nos dio en pago. Por cierto, la dueña es una omnimorfa muy hermosa.
Por lo que Khaos sabía, los omnimorfos eran aquellos monstruos capaces de alterar su aspecto físico de la forma en que quisieran. No eran como los zoomorfos, que solamente adoptaban las formas de aquellos animales que previamente hubieran tocado. Ahora sabía lo que hacía exactamente un zoomorfo y todo porque Napoleón era uno.
—Se casó con un humano muy amable —siguió recordando Viola —Ahora ambos tienen tres hijos. Ryoko es quien más se entiende con ellos, pues son de una ciudad de Nihotto.
—¿La señora Ryoko también es de Nihotto?
—No, ella nació en Mexitlán. Sus padres son de Nihotto y les han enseñado a todos sus hijos el idioma y las costumbres.
Khaos asintió en señal de comprensión, pero de todas formas, no quiso volver a acercarse a la cajita de terciopelo y su contenido. Le había dado escalofríos. Siguió limpiando por otro lado y se topó con una vitrina llena de diversas joyas, entre aretes, anillos y cadenas con sus respectivos dijes. Arqueó una ceja.
—¿Y si colocara todas las joyas juntas, señora Viola? Como las que están en esta vitrina —sugirió.
—Eres muy amable, pero esa vitrina tiene un hechizo de sellado. Las joyas de allí, a diferencia de la argolla que me enseñaste hace poco, todavía tienen magia encima y la mayoría son algo… peligrosas.
Khaos se alejó de la vitrina lo más deprisa posible.
—No todas son peligrosas de manera negativa —matizó Viola al sacudir con un plumero lo que parecía un rollo de tela roja y dibujos dorados —Lo que pasa es que algunas de esas joyas fueron creadas originalmente para ayudar a alguien, pero se salieron de control, es todo. Nos dieron esas joyas en pago por librar a los dueños de su influencia.
—A veces sus negocios son… peculiares —comentó Khaos.
—Sin duda.
—¡Mamá, mamá, ya llegamos!
Un sonido de pasos apresurados se oyó en el exterior y poco después, la puerta del almacén se abrió, lo que permitió que Alhelí entrara seguida de cerca por Vittorio. Lucían uniformes azul oscuro con detalles en verde, blanco y rojo que creaban un inusual contraste.
—Hola —Viola se inclinó para permitir que sus hijos besaran sus mejillas —¿Cómo les fue?
—Bien, bien —Vittorio asintió repetidamente con la cabeza.
—Mamá, mamá —Alhelí tironeó un poco de la bata de Viola —¡Hoy supe qué era mi amiga Agar! ¿Quieres que te diga?
Viola frunció el ceño ligeramente al escuchar eso, cosa que Khaos no pudo evitar notar. Fue una mueca fugaz, pues Viola enseguida sonrió y les pidió a sus hijos que la acompañaran al comedor en lo que seguía preguntándoles por su día. Khaos decidió quedarse en el almacén a terminar de sacudir y acomodar, aunque no estaba muy segura de dónde colocar cada cosa. Eso sí, tuvo muchísimo cuidado de no tocar las cosas más de la cuenta. No fuera siendo que, sin querer, se topara con un objeto maldito y le tocaran algunas desgracias.
Salió poco después y a la vez escuchó el sonido de una campanilla de cristal. Corrió por los pasillos hasta el comedor, que era la habitación contigua a la que visitó por primera vez en esa casa, recogiéndose el cabello en la nuca con una liga. Viola y sus hijos estaban sentados a la mesa y la estaban esperando.
—No sé porqué insisten en que coma aquí —balbuceó Khaos al regresar de la cercana cocina (que como casi todos los cuartos en esa casa, era enorme y refinada) con su plato —Puedo ir a mi departamento. Queda cerca.
—No nos molesta la compañía en general. Mucho menos la tuya, en particular. ¿Verdad, niños?
Los pequeños asintieron de buena gana.
—Me parece que siempre doy la impresión contraria, ¿verdad? —comentó Viola tras unos minutos, luego de comer una sopa con movimientos veloces y perfectos —Eso dicen Alí y mis amigos. Pero porque me conocen. Los demás creen que así soy en verdad.
—¿En serio?
—Sí. Y debo admitir… que así era antes. Pero el tiempo y el estar conviviendo con la gente siempre ayuda.
Las comidas solían ser así en esa casa, lo que Khaos no podía catalogar como normal, pero tampoco como engorroso. Viola Médici de Arafat podía charlar de cualquier tema, desde el clima que creía que habría al día siguiente (y casi siempre acertaba) hasta la política que prevalecía en gran parte del mundo. Sus hijos, por lo general, se dedicaban a comer y platicar entre sí, pero de vez en cuando, Vittorio miraba a su madre con un dejo de tristeza que no podía ocultar.
Para el mes siguiente, ya era verano, lo que significaban vacaciones escolares y Khaos tenía que pasarse la mayor parte del día en el Albedrío. Así estaba especificado en su contrato. No le molestaba y en esa temporada vio más seguido a los grandes amigos de Viola y Alí. De hecho, Napoleón era el gran ausente la mayor parte de las veces y todo porque se le requería con urgencia en sus restaurantes.
—Podemos ir a comer al EGO! un día de éstos —ofreció Azur una calurosa tarde, llamando al restaurante de su marido con las siglas de la campaña publicitaria que ella misma le diseñó —¿Qué, hago la reservación?
—Un momento, Azur, que estos días tengo que andar en el extranjero con mi jefe —Amaranta hizo una leve mueca.
—Y yo no podré venir a la ciudad hasta dentro de otras dos semanas —comentó Verne —Andaré por la Reservación Iztáe, revisando ocelotes.
—Tú y tus animalitos, Verne… —Ryoko meneó la cabeza.
Khaos, por varias conversaciones, ahora sabía que Verne Homme era licántropo y el presidente de la Sociedad Nacional de Zoología. Además, visitaba las distintas reservas naturales del país estudiando su fauna.
—¿Qué, tú no tienes nada qué hacer? —inquirió Azur, burlona.
—Nada del otro mundo. Partos, consultas, estar con Ryoichi mientras Ben trabaja… —la hematófaga se encogió de hombros —Oye, Viola, ¿y Alí?
—Ha estado llegando tarde últimamente. Que tiene un caso grande.
La forma en que Viola inclinó la cabeza al decir eso pareció alertar a sus amigos. Khaos fue muy consciente de ello cuando todos, sin ponerse de acuerdo siquiera, rodearon a la rubia y le dedicaron gestos de afecto.
—¿Qué, se está metiendo en algo peligroso? —quiso saber Ryoko —Si es así, podemos ir a regañarlo.
Viola negó enseguida con la cabeza.
—Entonces debe estar ocultando cosas —dedujo Verne, frunciendo el ceño —Ese Alí… Nunca aprenderá, ¿verdad?
—Si ya lo conocemos, ¿porqué nos enfadamos? —replicó Azur.
—Nunca dije que fuera eso —aclaró Viola al instante.
—¿Entonces? —intervino Amaranta.
—Creo que pronto tendremos otro cliente.
Tal afirmación hizo que los amigos de la rubia se tranquilizaran, aunque no del todo. Khaos, encargada de atenderlos, sostenía una charola redonda con ambas manos, nerviosa por no saber qué hacer.
—A ver, ¿qué clase de cliente? —Ryoko tomó las riendas de la charla en cuanto volvió a sentarse —No te pones así seguido por los clientes.
Viola se encogió de hombros.
—Alí lo atraerá y es lo que me preocupa —declaró.
—Debe ser algo serio para que precisamente tú te preocupes —observó sensatamente Amaranta.
—Sí, un poco. Creo que es… hechicero, como yo. Quizá por eso no puedo precisar nada.
Khaos, en lo poco que llevaba trabajando allí, había deducido que Viola podría ser una hechicera del tipo precognitivo, pues eso de decir con antelación cosas que iban a ocurrir no lo hacía cualquiera. Según los rumores, sólo hechiceros que nacían con gran poder también lo hacían con esa habilidad. Y también dedujo que eso le causaba pesar a sus amigos, aunque no sabía exactamente la razón. ¿Era tan malo en realidad saber por anticipado lo que podía pasar?
—Pues eso se arregla fácil: le preguntas a Alí qué hechiceros ha frecuentado y ya —alegó Azur con toda confianza.
—No es tan simple. Si es un cliente suyo, no hablará. Me recitará de nuevo su famoso código de ética —Viola logró esbozar una sonrisa.
Por lo que Khaos sabía, Alí Arafat era miembro de la Barra Nacional de Abogados Públicos. A juzgar por las palabras de su esposa y sus amigos, era un fiel creyente del cumplimiento de las reglas. Había varias anécdotas al respecto, e incluso ya había oído algunas. Contuvo la risa.
—¿Qué pasa, Khaos? —le preguntó Ryoko, arqueando una ceja.
—No, nada —la chica se tapó parte de la cara con la charola —Me acordé de un compañero de la escuela.
—Vas a la universidad, ¿verdad? —recordó Verne —¿Qué estudias?
—Ah… Programación Gráfica. Me gustan los dibujos.
—¿No será que con las computadoras no te da frío? —aventuró Viola.
La joven se encogió de hombros.
—Como sea, esperaré a que Alí venga y le plantearé la situación. Y tengo que darme una vuelta por el CIIG, así que se quedan en su casa —Viola se puso de pie —Khaos, los niños llegarán como en media hora. Les tienes listo algo de comer. Siempre llegan con hambre.
La nombrada asintió, marchándose enseguida a la cocina. Cuando la puerta de la estancia se cerró tras ella, Viola se volvió hacia los demás con expresión concentrada.
—Tal como lo pensábamos —pronunció con cierto aire solemne, pero también con una nota de tristeza —La especie resurgió en Khaos. Es por ese proyecto que he estado investigando.
—Los seres racionales podemos llegar a ser crueles —se lamentó Amaranta, meneando la cabeza de un lado a otro —Nicolás y yo intentamos enseñarle a Amador que el raciocinio es un don, no un arma.
—Forma curiosa de expresarlo, la tuya —señaló Azur, aunque parecía tan desanimada como el resto.
—¿Alí y León están al tanto? —inquirió Verne.
—Por supuesto. Y ya saben cómo son: León solamente sonrió y dijo que era una pregunta menos qué contestar, pero Alí… está más que decidido a seguir con su cruzada. Sólo le pedí que no se excediera.
Los demás asintieron, fueron despidiéndose de Viola y junto con ella, abandonaron la casa en dirección a sus actividades.
En tanto, Khaos se entretenía en la cocina, preparando una buena sopa de verduras para los niños, que volverían pronto de sus clases de verano: Vittorio tomaba natación y Alhelí, karate. Mientras se le ocurría con qué acompañar la sopa, escuchó el timbre. Se preguntó quién sería.
Recorrió el largo pasillo principal, sin dejar de pensar en lo que recién había escuchado. Los clientes no eran frecuentes, eso decía Viola, lo que debía ser cierto si se consideraba que la última había sido ella. ¿Y si el timbre sonaba por ese cliente que Viola esperaba? Bueno, en ese caso no creía poder atenderlo como se debía.
Casi sin darse cuenta, llegó ante la puerta y la abrió un poco, asomando solamente parte del rostro.
—¿Sí, dígame?
—¿Áphatos?
La muchacha arqueó las cejas, para acto seguido arrugar la frente con verdadero fastidio.
—No puedo creerlo… —musitó, torciendo la boca —¿Por qué tengo que verte incluso en mis vacaciones de verano, Yumegami?
Al otro lado de la puerta se encontraba un joven alto, delgado, vestido con una camisa negra, un pantalón de mezclilla, zapatos tenis negros y una gorra negra protegía sus ojos del sol. Sus cabello, lacio y negro, contrastaba con su pálida piel y con sus ojos, casi blancos con una pupila negra y un poco más grande de lo usual. Al hombro le colgaba la correa de un maletín negro que lucía abultado.
—Yo no vine a verte a ti —aclaró el muchacho con voz indiferente —Es más, ni siquiera sé porqué estoy aquí. Me perdí y vine a pedir informes.
Khaos no pudo contener la risa, abriendo toda la puerta.
—¡No eres tan perfecto después de todo! —se burló.
—¿Me vas a tener aquí parado mientras te ríes de lo lindo, Áphatos?
La joven se calmó poco a poco y suspiró al final.
—Lo siento, pero no puedo dejar entrar a los extraños —explicó.
—¿Qué, no es tu casa?
—¡Claro que no! Es mi lugar de trabajo, so tonto.
El tal Yumegami arqueó una ceja y alzó la cara, sin duda observando con más detenimiento la fachada de aquella casa.
—Curioso lugar para trabajar —comentó.
—¿Te importa?
Yumegami negó con la cabeza.
—Necesito informes —repitió —¿Hacia dónde queda la calle de Oberón?
Khaos se llevó una mano a la barbilla, meditabunda.
—Creo… creo que hacia allá —señaló finalmente hacia su izquierda —Caminas dos cuadras y das vuelta a la derecha.
—Espero que tu memoria sea confiable —dijo Yumegami con un poco de desdén en la fría voz —Me retiro. Buenas tardes.
El chico hizo una pequeña reverencia y se marchó, cruzándose en el camino con Vittorio y Alhelí Arafat, que recién iban llegando. Al encontrarse con Khaos en la puerta, Vittorio preguntó.
—¿Quién era él?
—Un compañero de clase. Se perdió y me pidió indicaciones. ¡Pero pude reírme de lo lindo! Se cree la gran cosa, pero ya vi que no lo es.
—¿Y qué es? —se interesó Alhelí de pronto.
Khaos se puso a recordar. ¿Qué era Yumegami?
—Pues… Ahora que lo preguntas, me doy cuenta de que no lo sé.
Los tres fueron a la cocina, a esperar que la comida estuviera lista y a que Khaos oyera las historias de lo que les había pasado a los niños en sus clases. No hubo nada fuera de lo ordinario hasta que Vittorio hizo notar una cosa.
—Eh, Khaos, ¿y ese muchacho no quería nada de la tienda?
La chica, que sabía que los niños se referían al Albedrío, se detuvo a medio camino de partir un jitomate para una ensalada. ¿Debió decirle a Yumegami acerca del lugar al que había llegado por mera coincidencia?
—No sé —contestó al fin —No le pregunté. No me cae muy bien, además.
—¿Porqué? —preguntó Alhelí —No parece malo.
—¿Bromeas? ¡Parece un muerto viviente! Hasta podría ser hematófago, como la señora Ryoko, pero a él nunca lo he visto con lentes oscuros, ni tomando suplementos. Aparte, se cree tanto…
—¿Es muy presumido? —inquirió Vittorio.
Khaos lo meditó. ¿De dónde había sacado la idea de que Yumegami era pretencioso? Ciertamente, no era muy sociable y rara vez mostraba en su rostro algo que no fuera seriedad o una leve molestia. Pero de ahí en fuera, la mayoría de la gente lo consideraba un buen muchacho.
—No sé —volvió a contestar, muy a su pesar —Pero cada vez que lo veo, me saca de quicio. Es algo automático.
Vittorio miró a su hermana, quien se limitó a encogerse de hombros.
El resto del día transcurrió sin incidentes, aunque Khaos se preocupaba de que fuera anocheciendo y tuviera que irse dejando a los niños solos. Al terminar con sus labores, acomodó las cosas en su bolso y mirando el reloj, se decidió por esperar a Alí o a Viola un poco más. No le costaba nada y podría marcharse tranquila.
Pero para cuando Alí finalmente entró a la casa, eran casi las diez de la noche y le causó cierto malestar retirarse. Nunca le había gustado andar en la calle por la noche. Rara vez lo había hecho y ninguna de esas ocasiones sola. Alí notó el inconveniente de la hora.
—Puedes dormir aquí hoy —ofreció —Me preocupa que te pase algo.
Khaos se le quedó mirando con cierta sorpresa.
—Señor Alí, usted mejor que nadie sabe que no puede pasarme nada.
Lo dijo intentando sonar despreocupada, pero era cierto: la extraña facultad de Khaos se resumía a que, en caso de tocar a alguien, le quitaba tiempo de vida. A eso se había referido Alí cuando había dicho que atraía a la muerte. Era la única forma en la que la chica sentía algo de calor, pero como ese detalle no le incomodaba mucho, procuraba no tocar a nadie. Por más ridícula que se viera, se ponía guantes cada vez que era indispensable tratar con muchas personas y que obviamente, había el riego de rozarlos con su letal tacto. Por ese modo de vivir, pocos se le acercaban.
Pero ante las palabras de Alí, Khaos sabía que el hombre de verdad se preocupaba por ella. Y eso era algo realmente nuevo en su vida.
—Se lo agradezco, señor Alí, en serio. Pero no creo que me pase nada de aquí a mi casa. De todas formas, ¿le parece que le marque desde allá, en cuanto llegue?
—No, claro que no. Esperaré la llamada.
Khaos asintió, se colgó el bolso al hombro y salió.
En verano oscurecía tarde, pero el cielo a esa hora era casi negro. Lo único que destacaba en él eran las titilantes estrellas. Era novilunio y por donde el alumbrado público no alcanzaba a llegar, las sombras se escurrían a su antojo. Khaos tomaba un atajo por un callejón para llegar a su departamento, pero en esa ocasión no lo consideró apropiado. Así que rodeó un poco hacia una avenida transitada y bien iluminada, por donde llegó pronto al edificio donde vivía.
Con lo que no contaba era con que alguien le saliera al paso y la empujara al interior del mismo callejón que había evitado.
—¿Qué rayos…? —espetó con fastidio.
—Vamos, niña, ¡el dinero, de prisa!
Khaos miró a quien la amenazaba, un hombre con ropas oscuras, un pasamontañas en la cabeza y un arma en la mano. Tratando de calmarse, abrió el bolso y rebuscó en él la cartera, sólo para darse cuenta que no la traía. ¿La habría dejado en casa de los Arafat?
—Rápido, niña, ¡suelta el dinero!
—Yo… yo no tengo nada —tuvo que confesar ella.
—¡No me salgas con eso, escuincla!
El tipo le apuntó con el arma, una pistola de cañón largo y delgado, por lo que Khaos inmediatamente miró alrededor para buscar cómo escapar. Pero no había forma: el sujeto interfería con una de las entradas del callejón y no llegaría a la otra sin recibir un balazo.
Pero de pronto, el tipo se congeló en su posición, soltó el arma y cayó al suelo, inconsciente. En su lugar, Khaos logró ver una figura alta y de ropa oscura, que cargaba con un maletín negro.
—Sí que tienes mala suerte, Áphatos.
Yumegami, de hecho, era el de peor suerte, pues se había perdido de nuevo y no lograba dar con la calle donde podría esperar un autobús que lo llevara a casa. Pero no se acordó de eso al ver a Khaos paralizada, viendo fijamente al frente, aparentemente sin poder reaccionar.
—¿Áphatos? —llamó el muchacho, dudoso.
En ese momento, ella reaccionó. Parpadeó velozmente, sacudió un poco la cabeza y se abrazó a sí misma.
—Eso fue escalofriante —musitó con un tono de voz que pretendía restarle importancia al asunto —Y yo que no me vine por aquí precisamente porque ya era tarde…
Yumegami, al ver que ella no se movía de sitio, se acercó y la tomó por los hombros, zarandeándola un poco.
—Anda, despierta —solicitó.
Ella lo miró y dejó caer los brazos a los costados.
—Ah, hola, Yumegami —saludó distraídamente —Es tarde, ¿no?
El joven entrecerró los ojos. Hasta la fecha, era la primera vez que Khaos no le hablaba con enfado o burla. Aunque no lo aparentara, debía estar muy afectada por el reciente incidente.
—¿Dónde está tu casa? —le preguntó.
Que Khaos le respondiera señalando el edificio verde a su derecha sólo le confirmó a Yumegami que algo andaba mal con ella. La sacó del callejón, la llevó al interior del edificio y revisó en un tablero cercano la numeración de los departamentos, descubriendo que el de Khaos era el veintisiete, en el cuarto piso. Fue al elevador, pero al ir a presionar el botón para llamarlo, Khaos se apartó de él.
—Lo siento, Yumegami, pero ha sido demasiado por una noche. No voy a meterme a un elevador y menos contigo. Buenas noches.
La joven fue hacia la escalera, pero tropezó al comenzar a subirla, lo que causó que Yumegami hiciera una mueca de hartazgo y se acercara a la joven, cargándola como si un saco de papas se tratara.
—Oye, ¿qué crees que estás haciendo? —se quejó ella, golpeándolo en la espalda con los puños —¡Bájame ahora mismo!
—No.
Khaos siguió peleando por un rato, pero al llegar al segundo piso, se dio por vencida. Se limitó a mirar lo que dejaban atrás y reflexionar un poco sobre lo acontecido con la mente más despejada.
—¿Qué estabas haciendo por aquí? —fue lo primero que pudo preguntar.
—Buscaba la parada de autobús —contestó Yumegami secamente.
—¿Otra vez te perdiste? —Khaos no cabía en sí de incredulidad —¡Pero en la universidad siempre pareces saber dónde está todo!
—La universidad la conozco —aclaró él.
—Ah…
Se quedaron callados por un rato y antes de darse cuenta, estaban en el cuarto piso. Yumegami la bajó con cuidado, cosa que Khaos agradeció mentalmente. Y pensándolo bien…
—Ah… yo… Muchas gracias —la chica inclinó la cabeza, buscando sus llaves en el interior del bolso —No debiste molestarte y…
—Áphatos.
Ella alzó la mirada, haciendo un gesto de interrogación, cuando tuvo que abrir los ojos desmesuradamente ante lo que él hizo.
En cuanto tuvo la cara de Khaos completamente a su disposición, Yumegami se inclinó y depositó un beso en sus labios.
Cuando el muchacho se enderezó, se le quedó viendo cuidadosamente, obviamente esperando su reacción. Pero ella simplemente frunció el ceño, encontró sus llaves y mientras con una mano las sacaba del bolso, con la otra se dedicó a darle una bofetada a Yumegami.
—No deberías aprovecharte de la gente —advirtió ella con voz tensa, pero firme —Y con tu permiso, buenas noches.
Abrió la puerta de su departamento a toda prisa y se coló por la puerta antes que Yumegami pudiera decir algo. Pero él se limitó a llevarse una mano a la mejilla golpeada y dar media vuelta.
Definitivamente, no había sido pérdida de tiempo haber confundido la calle Andrey con la calle del Virrey.