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Rilato — capítulo 3
003: Complot. (Abierto)
Calla, porque puedes arrepentirte… Conversa, porque necesitas comunicarte… Cela, porque ésa es tu naturaleza…
—Idiota, idiota, idiota…
Un mantra, eso parecía el insulto que salía de boca de Khaos a toda velocidad, en voz baja y sin pausa. Lo pronunciaba desde que había llegado al Albedrío y los Arafat la contemplaron con cierta sorpresa.
—Mamá, ¿Khaos está enojada? —preguntó inocentemente Alhelí.
—¿Qué sucede? —inquirió rápidamente Alí.
Eso hizo que Khaos reaccionara como si apenas se diera cuenta de dónde estaba. Miró a la familia presente, abrió los ojos un poco más y se mostró sumamente apenada.
—¡Lo siento! —se disculpó apresuradamente —Venía pensando en mis cosas, no era mi intención…
—¿Algún problema ayer, Khaos? —se preocupó Alí —Como no me dejaste acompañarte a tu casa…
Esas palabras le regresaron a la joven el mal humor. Sin previo aviso, abandonó la sala y fue rumbo a la cocina a cumplir con su primera tarea del día (limpiar y lavar los trastes del desayuno) repitiendo por lo bajo idiota con mucha más rapidez que antes.
—Creo que sí está enojada —comentó Vittorio con cautela, contestando a la pregunta de su hermana.
—Tal vez pasó algo… —aventuró Alí.
—En ese caso, hablaré con ella o nos destrozará algún plato —Viola se puso de pie, sonriendo por su pequeña broma —Vete a trabajar, Alí. Niños, vayan por sus cosas. Los va a llevar papá.
Los dos pequeños dieron un animado salto y se fueron corriendo a sus habitaciones, en tanto Alí veía a su esposa con el ceño fruncido.
—¿Le vas a decir…? —comenzó, temeroso.
—No, aún no. Primero veré qué le sucede, ¿no es eso más importante?
Alí asintió, sonriendo ligeramente. En eso los niños regresaron con maletines deportivos colgados al hombro y botellones de agua en mano. Cada uno le dio un beso en la mejilla a su madre y se fueron trotando delante de su padre.
Viola los vio marcharse, lo que aprovechó para ir con Khaos. La encontró concentradísima en lavar los platos, como si con ese quehacer se estuviera despejando la cabeza. O eso parecía, puesto que ya no siseaba con furia cada pocos segundos.
—¿Todo bien, Khaos? —preguntó la rubia suavemente.
La nombrada suspiró.
—Sí, eso creo —contestó, restregando una sartén —Señora Viola, yo…
—¿Hasta cuándo vas a llamarme solamente por mi nombre? Creí que después de tanto tiempo tratándonos, podrías hacerlo.
—Bueno, es que…
—No hay pero que valga. Alí y los otros se alegrarían mucho si me hicieras caso. Pero dejando eso de lado… ¿Algo que quieras contarme?
Khaos la vio por encima del hombro con una ceja arqueada, para acto seguido centrarse nuevamente en lavar platos. Cuando acabó, se secó las manos con un trapo y dio media vuelta.
—Seño… Viola —dijo con algo de esfuerzo —Es que… Bueno, creo que cometí un error ayer. Vino alguien y…
—Eso es raro —soltó la rubia con naturalidad.
—Sí, eso ya lo sé. Porque usted y algunos amigos pusieron hechizos alrededor para que solamente llegaran aquí quienes necesitaran… de los servicios del Albedrío, ¿correcto?
Viola asintió.
—Bueno, al chavo éste yo lo conozco… Es mi compañero de clases, llegó a preguntar por una calle porque se perdió…
—No parece caerte bien —observó Viola.
Eso fue todo lo que Khaos necesitó para desahogarse.
—¡Es insufrible! Siempre con esa actitud de ser cool y sabelotodo… No sé, me saca de quicio. ¡Y lo de ayer! ¿Qué pretendía el muy imbécil? Sólo porque me ayudó, no tenía que andarse aprovechando y…
Khaos notó de pronto con quién estaba hablando. Se puso roja hasta las orejas e inclinó la cabeza. Tanto Viola como su marido le caían muy bien y no quería decepcionarlos con rabietas sin sentido.
—Tranquila, todos llegamos a encontrarnos con alguien irritante —aseguró Viola con convicción —Yo también, claro está. Cuando estudiaba, había una chica… Metaxas, se apellida… Ella simplemente no me aguantaba. ¿Por qué? Nunca me enteré. Supongo que era instinto.
—¿Instinto? —se sorprendió Khaos.
Viola asintió.
—Tal vez seamos demasiado racionales en ocasiones para relacionarnos con las personas, pero por otra parte, nuestros instintos básicos siguen ahí, en espera de que algo o alguien los active. Puede ser que, aún sin razón aparente, una persona no te agrade. Quizá es porque hay algo en ella que no puedes ver, pero que… no es para ti.
Khaos ladeó la cabeza, tratando de comprender esas palabras. Pero finalmente logró hacerlo, aunque en parte.
—Oiga, quiere decir… ¿que podríamos saber cuando alguien no es sincero… sin darnos cuenta?
Viola no contestó, sino que esbozó una misteriosa y ligera sonrisa. A continuación, se acercó a los platos recién lavados, chasqueó los dedos y un trapo apareció en su diestra, con lo que se puso a secar.
—Se… Viola, ¿no sería más fácil usar su poder? —inquirió Khaos, colocando el último traste en el escurridor.
—Sí, lo sería. Pero he decidido no usar magia para esto.
—¿Magia? —Khaos ladeó la cabeza, sin comprender.
—En otros sitios, lo que yo puedo hacer es llamado magia —explicó Viola con cierto aire de nostalgia —Aunque se exterioriza de otra manera. Como en los cuentos, hay quienes usan varitas y bastones con propiedades extraordinarias, ¿sabes? Aunque es complicado manejar esos instrumentos.
—¿Cómo lo sabe?
Khaos no se esperaba que la respuesta le llegara con una sonrisita de parte de Viola, quien luego de secar los trastes, chasqueó los dedos y éstos desaparecieron con el sonido de un suspiro.
—Unos amigos quisieron enseñarme, pero resulta que mi magia, siendo lo mismo, no es igual a la suya. Así que no funciona.
Khaos entendió menos que antes.
-&-
Viola tenía trabajo qué hacer en el CIIG, así que salió de su casa como a las tres de la tarde, después de dejarle instrucciones a Khaos acerca de la comida de sus hijos y sobre qué hacer si se presentaba un cliente. La chica asintió de buena gana y la despidió con una sonrisa, cosa que Viola temía que no ocurriera muy seguido en el futuro.
—Señora de Arafat, ¿cómo está?
Un empleado la saludó respetuosamente en la recepción del edificio que albergaba la sede nacional del CIIG. Viola se limitó a sonreírle brevemente e inclinar la cabeza en señal de reconocimiento. El empleado, sin esperar más, siguió su camino, como miles de personas de ese lugar, ataviado con una bata blanca que en ostentaba el símbolo del CIIG en el bolsillo superior derecho: una doble espiral semejando el ADN, en rojo y verde, con varias líneas entre ellas a modo de cadenas de proteínas. Viola había encontrado extraño el símbolo alguna vez…
Al menos hasta que se le ocurrió analizarlo bien.
Su oficina quedaba en el último piso, pero no fue a ella. Con una tarjeta que entre otros datos contenía su Código Racial de Identificación Universal (que la gente conocía más por CRIU), abrió unas puertas dobles blindadas que la conducían a un pasillo intensamente iluminado, donde un rayo láser azul la escaneó de pies a cabeza.
—Esto sí que es molesto —musitó por lo bajo justo cuando el láser terminara su trabajo —Y pensar que lo impuse yo…
Viola anduvo unos cuantos pasos más hasta el final de ese pasillo estrecho, que eran otras puertas dobles a cuya derecha había un lector óptico. Colocó su pupila derecha frente a éste y la pequeña pantalla, en cuanto procesó la lectura, mostró su retrato y su nombre, reconociéndola.
—Veamos qué más encontramos —se dijo la rubia en voz baja.
Las puertas dobles se abrieron, mostrando un laboratorio con la modernidad por todas partes. Aparatos sofisticados, gran cantidad de sustancias en frascos debidamente etiquetados, además de computadoras de última generación. Además, en una de las paredes, estaba empotrado un monitor plano, delgado y de bordes negros que Viola ojeó con suspicacia antes de sentarse ante una de las computadoras y encenderla manualmente. No podía hacerlo con su poder pues iba en contra de la seguridad que ella misma había implantado en ese lugar. Mientras la máquina comenzaba a operar, sonó una melodía acelerada desde su celular, así que lo sacó de uno de los bolsillos de su bata y lo contestó.
—Buenas tardes, habla Médici —tras el saludo, Viola escuchó con atención lo que le decían —Gracias por hacer la prueba, estoy satisfecha. Puedes pasarte por el Albedrío cuando quieras, para discutir los términos del contrato… —tras unos segundos de escucha, Viola arrugó la frente —No, eso aún no está resuelto. Estoy en ello. No quiero dejar nada al azar. Sí, te agradezco la paciencia. Buenas tardes. ¡Ah, lo siento! No sabía que allá fuera de mañana. Perdona. Adiós.
Viola colgó con una sonrisa que fue efímera, a juzgar por cómo se apagó casi al instante en que guardó su celular. Observó que ya estaba el anuncio de bienvenida en la computadora, así que en un renglón especial tecleó a toda velocidad algunas letras como contraseña para accesar.
—A Alí no le va a gustar —musitó al abrir una carpeta de archivos e ir directamente a un álbum donde guardaba fotografías digitales tomadas de lo que se veían como expedientes clínicos —Aunque esto avanza más de lo esperado. Terminaré lo preliminar y discutiré el resto con los demás. Pero… —fijó sus ojos en una de las fotografías con mirada dura —Lo dicho, a Alí no le va a gustar.
Sacudiendo la cabeza ligeramente, se puso a trabajar en aquello que cumpliría con algunos de los contratos actuales del Albedrío.
-&-
Khaos se había cansado por atender a los hijos de los Arafat, que cuando volvían de sus clases de verano, todavía tenían mucha energía. Les preparó la comida, lavó los platos y luego los ayudó con algunas cosas antes de echarse sobre el sofá de la sala, exhausta. Los niños la dejaron en paz alrededor de las siete, hora en la que sabía que normalmente volvía Viola, si es que no se le presentaba un imprevisto.
Tocaron el timbre, cosa que no esperaba, pero Khaos ahora tenía una idea clara de lo que debía hacer si veía que era un cliente potencial. No sabía exactamente cómo se daría cuenta, pero pensó que debía aprender algo de sus actuales jefes y ser un poquito más observadora…
—Ah, hola. Tenemos qué hablar.
Khaos hizo una mueca de asombro y enfado bastante evidente. Al otro lado de la puerta no estaba otro que Yumegami, con aspecto casual al vestir una playera verde, un pantalón de mezclilla, tenis y una gorra azul en la cabeza. Con una mano sostenía una bolsa de supermercado.
—¿Quieres hablar? —inquirió Khaos, amenazante —Te tengo noticias, señor me-creo-lo-mejor-del-universo: ¡yo no quiero hablar contigo!
Iba a cerrarle la puerta en la cara, pero con increíble rapidez, Yumegami usó una mano para detenerla.
—Claro que tenemos qué hablar —insistió él con voz más severa de lo que Khaos le había escuchado jamás —Además, no todo se trata de ti.
Eso sí que captó la atención de la chica que, de la impresión, dejó de cerrar la puerta y lo miró con confusión.
—¿Entonces? —logró preguntar en un momento dado.
—Nada, déjame pasar y hablamos. Luego te libro de mi presencia.
—Pero…
—Eh, Kuu, ¿eres tú?
Khaos no sabía a quién llamaban hasta que Yumegami giró la cabeza. ¡Cierto! Yumegami se llamaba Kuu, que no era un nombre originario de ese país. Por sus rasgos y apellido, Yumegami debía ser, como Ryoko Akai, descendiente de personas de Nihotto.
Quien nombraba a Yumegami era un muchacho con facha de modelo. Alto, delgado, de tez bronceada y suave cabello castaño, sus ojos grises daban la impresión de que no rompía ni un plato. Vestía una camisa azul marino, un pantalón tan negro como sus zapatos y al cuello de la camisa le colgaba una corbata negra con el nudo muy flojo. En una mano sostenía un celular y en la otra, un delgado cigarrillo encendido.
—¿Qué quieres, Stoker? —inquirió Yumegami con brusquedad.
—Nada, que me extrañó verte por aquí —el tal Stoker dio una calada a su cigarrillo, exhalando poco después un hilillo de humo —¡Pero mira nada más! Si es Áphatos, ¿verdad? ¿Cómo te va, Áphatos?
No sabía por qué, pero si Yumegami la irritaba con sólo verlo, Khaos sentía verdaderos escalofríos teniendo cerca a Stoker, que si mal no recordaba era pirogénito. Curioso, ella siempre tenía frío y le daba mala espina un sujeto que podía producir fuego.
—Bien, gracias —la joven contestó con mesura y se medio ocultó tras la puerta —¿Qué quieres?
—Nada en especial. Me contaron de una casa curiosa y vine a verla.
Khaos frunció el ceño con suspicacia, pero se libró de hablar porque Yumegami, sorpresivamente, empujó la puerta con suficiente ímpetu como para abrirla completamente y colarse adentro, para luego cerrarla tras sí. Khaos se quedó anonadada.
—¿Se puede saber qué te pasa? —quiso saber ella —Nadie te dijo que podías entrar y además…
Un pequeño estallido se oyó afuera, como si algo hubiera chocado con la puerta. Luego, silencio total.
—Ese Stoker, sí que está loco —Yumegami torció la boca —Bien, a lo que íbamos, Áphatos…
—¡Tú y yo no íbamos a nada! Te me vas ahora mismo antes que hagas que me corran del trabajo, ¡faltaba más!
—Precisamente de eso quiero hablar.
—¿Qué?
—¿Dónde has leído que un contrato de trabajo incluya que te manden muy tarde y de noche por la calle?
—No te entiendo…
Yumegami la observó un poco más antes de dejar escapar un breve suspiro de lo que parecía hartazgo. Al final, se decidió por adentrarse a la casa por el pasillo, cosa que desconcertó a Khaos.
—Oye, ¿quién te dijo que podías pasar? —vociferó.
—Rumores —respondió Yumegami, encogiéndose de hombros —Si logras llegar a esta casa, tienes derecho a conocerla.
—¿De dónde sacaste eso?
—Es una característica de este tipo de lugares. No es gran ciencia para quienes entienden la mente truculenta de los hechiceros.
—¿Mente… truculenta? ¿Estás ofendiendo a Viola?
Yumegami se detuvo y dio media vuelta para encarar a Khaos.
—Yo no insulto a nadie. Sólo declaro los hechos. Como el hecho de que pudieras dormir anoche.
—¿Y eso qué demonios te importa?
Yumegami no contestó. Se limitó a mirar algunas puertas del pasillo y se decantó por la que llevaba a la sala principal, donde Khaos recordó que los niños estaban haciendo sus últimas tareas de verano. Alhelí y Vittorio siempre parecían encantados con la idea de gente en su casa, pero al ver a Yumegami, Alhelí desapareció detrás de un molesto Vittorio.
—¿Qué busca un hipnoandante aquí? —preguntó el pequeño rubio con voz severa, muy parecida a la que usaba su madre para los negocios.
¿Hipnoandante? Khaos desconocía el significado de eso, pero fuera lo que fuera, a Yumegami no le sorprendió en absoluto. Se limitó a ladear la cabeza levemente, con los ojos fijos en Vittorio, quien no dejaba que su hermana se apartara de su espalda.
—No soy precisamente uno de ésos —explicó Yumegami con tranquilidad, tomando asiento en el sillón más cercano —Pero se acerca bastante. Digno descendiente de los Médici, si lo presentiste con sólo verme.
Le dedicó un gesto de ligera sorna a Vittorio, quien arrugó la frente con verdadero enfado.
—Yo ya no entiendo nada —se quejó Khaos repentinamente.
—Vittorio, ¿qué pasa? —quiso saber Alhelí.
—No me gusta tratar con hipnoandantes —fue todo lo que dijo el niño, antes de volver a sentarse ante sus tareas, todo enfurruñado.
—¿Quién es el hipnoandante? —se interesó de repente Alí, que acababa de llegar. Depositó su portafolios sobre la mesa de centro, junto a los libros de sus hijos, y se aflojó el nudo de su corbata gris —No he visto uno en años. ¿Acaso es usted, joven? —inquirió, dirigiéndose a Yumegami.
—No tengo tan alto privilegio, señor Arafat, pero gracias por pensarlo. En realidad… Vine por negocios, ¿sabe a qué me refiero?
Alí asintió en el acto y se sentó frente a Yumegami, no sin antes mandar a sus hijos a sus cuartos y pedirle amablemente a Khaos que sirviera algo de café. La chica accedió, pero Yumegami la detuvo cuando estaba por retirarse con una petición.
—Yo nada de café, por favor. Sólo algo que ayude a dormir.
Khaos le dedicó un gesto de desdén y abandonó la habitación. Los niños, tras recoger sus útiles, no tardaron en obedecer a su padre y marcharse también, aunque Vittorio fusiló a Yumegami con la mirada.
—¿De dónde conoce a Khaos, joven…?
—Yumegami. Kuu Yumegami.
—Nombre curioso, ¿no? Mi amiga Ryoko comentó una vez que la palabra "yume", en el idioma de Nihotto, significa "sueño", ¿es correcto?
Yumegami asintió.
—¿Entonces de verdad no es un hipnoandante?
Yumegami esta vez negó con la cabeza.
—Pues Vittorio parece convencido. Será difícil que cambie de idea —Alí meneó la cabeza, sonriendo ligeramente —En eso es como su madre. Lo que por cierto, es parte de su encanto. Y dígame, señor Yumegami, ¿en qué podemos servirle?
Khaos entró en ese momento con una charola en la que reposaba un juego de café. Colocó todo en la mesa de centro y comenzó a servir una taza que le tendió a Alí, para luego estirarle bruscamente a Yumegami un vaso con agua.
—Lo siento, pero no conozco nada que te haga dormir —espetó.
El chico se encogió de hombros y aceptó el agua. Iba a beber un sorbo cuando se abrió la puerta de la sala y Viola apareció en el umbral. Se quitó la bata del CIIG y observó la escena con ligero interés.
—Ah, ¿tenemos visitas? —preguntó amablemente —¿Quién es, Alí?
—Acaba de decírmelo. Es Kuu Yumegami. Y Vittorio afirma que es un hipnoandante, aunque el joven lo niega rotundamente.
Viola arqueó una ceja.
—¿Y qué es, Alí? —fue su siguiente pregunta.
Ante eso, Alí le tendió una mano a Yumegami, quien la observó con un dejo de desconfianza. Khaos se sintió indignada por ese desaire, pero al segundo siguiente, cambió de idea. Los ojos de Yumegami, que normalmente eran fríos como el hielo, mostraban un vago destello de miedo.
—Ah… Viola —llamó de repente la chica —¿No podría… revisar su CRIU?
Se hizo el silencio. Viola observaba a los presentes de forma imperturbable, como buscando qué responder. Alí bajó lentamente la mano extendida, convencido de que no lograría nada con ello. Khaos inclinaba la cabeza, sin saber exactamente cómo se le había ocurrido sugerir aquello y Yumegami… él alzó su diestra hacia Alí.
—Procuraré no hacer demasiado daño —afirmó.
Alí frunció el entrecejo, pero aceptó la mano ofrecida. El contacto duró unos pocos segundos, pues fue Yumegami quien lo finalizó.
—Un poco más y lo lamentaríamos ambos —afirmó con seriedad.
—Sí, creo que tiene razón —concedió Alí, mirándose la diestra —Viola, nunca había sentido algo así. Aunque… me recuerda a Khaos.
—¿A mí? —la nombrada protestó enseguida —¿En qué podría parecerse él a mí, Alí? ¿Seguro que no se equivoca?
Alí negó enfáticamente con la cabeza.
—¿Y bien? —se interesó Viola.
—No sé cómo se le llame ahora, pero Vittorio tiene razón: tienes algo de hipnoandante —se dirigió a Yumegami —Ya no me siento cansado y no me acuerdo de lo que soñé anoche —añadió con una ligera sonrisa.
Khaos, por primera vez, vio en su compañero de clase una intensa emoción. Pero la mortificó que ésta fuera tristeza.
—Hipnófago —atajó Viola de golpe —Dijiste que te llamabas Kuu, ¿cierto? —el joven asintió —¿De dónde sacaste el apellido?
—Yo no lo saqué de ninguna parte, señora. Me lo dieron, igual que mi nombre. Pero desconozco quién pudo ser.
—El historial debe ser idéntico, en ese caso —Viola se giró hacia Alí, como si solamente estuviera él en la habitación —Al parecer, había más de un Desertor. Los estoy buscando a todos, pero por cómo van las cosas, no hará tanta falta.
Alí asintió lúgubremente, lo que hizo que Khaos se sintiera peor. Al notar que las manos le temblaban, las cerró en sendos puños, buscando calmarse. Nadie, salvo Yumegami, fue consciente de eso.
—Muy bien, hablemos de negocios —invitó Viola, sentándose junto a su marido con extraordinaria rapidez —Khaos, por favor, ¿podrías prepararme algo de té? Sabes que el café no me gusta mucho.
La joven, desconcertada, asintió y salió apresuradamente.
—Como hipnófago, tienes ciertas cualidades de hipnoandante, eso lo sabes perfectamente —Viola no estaba sugiriendo nada: lo estaba afirmando —Así que eso podría ahorrarnos complicaciones. Aceptamos tu trato. ¿Qué es lo que nos darás como pago por el servicio?
—Lo único que tengo en este momento son mis talentos —reconoció Yumegami con seriedad —Puedo ponerlos a su disposición.
Viola y Alí se miraron un segundo antes de que ella hiciera aparecer un fajo de papeles en la mesa de centro con un chasquido de dedos.
—Lee cuidadosamente el contrato —pidió Alí con la severidad con la que trataba cualquier asunto legal —En cuanto comprendas los términos, fírmalo. Y el tiempo del mismo comenzará a correr.
Khaos entró cinco minutos después, encontrándose a Yumegami leyendo un montón de papeles. Al acercarse para darle su té a Viola, alcanzó a distinguir el texto.
—¿Qué podrías estar vendiendo tú? —quiso saber.
Yumegami, en ese momento, terminó de leer y sacó un bolígrafo de su bolsillo, firmando el original del contrato y todas las copias. Luego, se guardó el bolígrafo y depositó los papeles en la mesa de centro.
—Espero que hayas comprendido perfectamente cuál es el precio total a pagar, Kuu —advirtió Viola, chasqueando los dedos para que los papeles desaparecieran de la mesa —No quisiera tener que ejercer alguna de las cláusulas de castigo.
—Descuide, señora de Arafat. Sabré si estoy faltando al contrato. ¿Puedo retirarme?
Se puso de pie y después de hacer una breve reverencia, se encaminó a la salida. Khaos lo veía verdaderamente confundida y a una seña de Alí, tuvo que acompañar al chico a la puerta.
—¿Hace cuánto sabías del Albedrío? —preguntó ella sin rodeos.
—Creo haber dejado claro que sólo había escuchado rumores —contestó él enseguida —Los cuales, por cierto, no le hacían justicia a este lugar.
—No has contestado mi pregunta.
—Y no pienso hacerlo. Ya habrá tiempo para eso. Nos veremos mañana.
El muchacho llegó ante la puerta principal de la casa, la abrió y dio un paso afuera, pero antes de retirarse, giró sobre sus talones y se acercó tanto a la joven de cabello gris que ésta abrió mucho los ojos.
—¿Qué pretendes…? —comenzó a preguntar la chica.
—Nada, solamente me pregunto cuánto podrá durar esto.
Khaos no tuvo la oportunidad de preguntar de qué estaba hablando. Yumegami abandonó la casa con paso firme, cerrando la puerta con suavidad tras de sí. No sabía por qué, pero Khaos juraría que el día siguiente no sería tan normal como los precedentes.
En tanto, Viola había realizado unos cuantos hechizos para mandar a sus amigos copias del contrato recién firmado por medio de un viejo fax.