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Rilato — capítulo 4
004: Deseo.
(Abierto)
Dime lo que piensas, porque no lo sé…
Dame de lo que tienes, porque no tengo nada…
Duele lo que me haces, porque te tomo en cuenta…
—No es cierto…
Mientras se arrastraba por uno de los numerosos corredores de piedra de la universidad, Khaos no podía creer en su mala suerte.
El nuevo semestre había comenzado, con profesores presentándose y amigos reencontrándose. Sin embargo, en el salón del tercer semestre de Programación Gráfica hubo una conmoción al ver que Khaos Áphatos llegaba acompañada por Kuu Yumegami el primer día. Era bien sabido que esos dos no podían verse sin acabar peleando.
La realidad era que llegaban juntos porque trabajaban juntos.
A Khaos no le quedaba de otra, pues el contrato que Yumegami había firmado con el Albedrío explicaba que parte de su pago era laborar en el lugar. Ahora era él quien se encargaba de limpiar, ordenar y catalogar los artículos que se habían acumulado en la bodega de los Arafat, pagos de anteriores contratos, en tanto Khaos hacía el resto. No comprendía cómo a Yumegami no lo asustaban maldiciones ni hechizos descontrolados, pero no se había atrevido a consultarlo con Viola o Alí.
Y ni muerta despejaría su duda preguntándole a Yumegami.
—Mi pesadilla hecha realidad —se quejó Khaos por lo bajo.
—No armes tanto escándalo —pidió Yumegami con apatía.
—¡Deja de decirme lo que tengo que hacer, so tonto!
El resto de la clase, que caminaba en torno a ellos por el corredor, ni se extrañó de contemplar a Khaos perdiendo la paciencia de aquella forma tan graciosa. Ya estaban acostumbrados.
—Yo nunca te digo lo que tienes qué hacer. Sólo te hago sugerencias.
—Sí, claro…
—Como sea, tu compañía es útil —Yumegami observó su entorno, notando a varias chicas viéndolo con ansias, pero enseguida fulminaban a Khaos —Aunque espero no ser perjudicial.
—¿Ah?
Yumegami negó con la cabeza y siguió andando. Khaos, sin tener más remedio, apresuró el paso para alcanzarlo.
Otra parte del contrato de Yumegami especificaba que debía ser más sociable, cosa que a él le tenía sin cuidado. A Khaos le dio una especie de risa burlona al enterarse, pero casi pone el grito en el cielo cuando Viola le recordó parte de su propio contrato, aprender a relacionarse con las personas sin usar en ellas sus habilidades de manera accidental. Viola y Alí (él con cierta renuencia) le ordenaron estar con Yumegami el mayor tiempo posible, pues al parecer sus habilidades se repelían: Yumegami no había podido robarle sueño y ella no quitó tiempo de vida con el único contacto físico que habían tenido. Khaos estuvo a punto de replicar ese mandato, pero al ver las melancólicas expresiones de Alí y Viola, mejor desistió… y se desquitaba con Yumegami cada que podía.
—Eres despreciable —le musitó a la espalda del muchacho antes de quedar a su derecha —Y dime, sabelotodo, ¿a dónde vamos?
—Tenemos que hacer una prueba en el proyector holográfico, ¿no?
Khaos renegó como nunca de poseer escasa memoria para los planos. Si no fuera por Yumegami en esos días, se habría perdido la mitad de las clases, pues debían cambiar seguido de aula.
—¿Tienes las cifras para la programación? —inquirió Yumegami.
—Sí, claro que las tengo. ¿Por quién me tomas?
Él se encogió de hombros.
—Vaya, vaya, mis compañeros favoritos. ¿Van rumbo al proyector?
Khaos resopló con fastidio, pero Yumegami notó que una mano, con la que sujetaba una carpeta, temblaba.
—¿Qué quieres, Stoker? —masculló Yumegami.
—Vamos, Kuu, ni que te hubiera hecho algo…
—Ajá. Entonces la quemadura de la puerta de nuestro lugar de trabajo que Viola-sama tardó dos días en reparar no es nada.
A Khaos ya no le extrañaba escuchar que Yumegami llamara así a las personas, agregándole sufijos propios del idioma de Nihotto. Los había oído por primera vez en voz de Ryoko, así que se daba una ligera idea de lo que significaban.
—¿Ustedes trabajan en unas ruinas? —Stoker literalmente se burlaba en sus caras —Sí que son el uno para el otro.
—¡No lo digas así, idiota, suena mal!
Stoker soltó una carcajada y los adelantó, encendiendo un cigarrillo en el proceso. Yumegami observó las manos de Khaos, descubriendo que no temblaba ninguna de las dos. Dejó escapar un leve suspiro.
—Andando, que se nos hace tarde —indicó.
Khaos volvió a resoplar.
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Viola tecleó en el archivo de computadora las últimas palabras que necesitaba y envió el texto a través de un icono especial, cortesía de un programa que hacía tiempo recibió en pago por uno de los contratos del Albedrío. Era una especie de correo electrónico masivo, un aviso para varias personas, que por la diferencia de horarios, esperaba que llegara a tiempo. Sus habilidades como hechicera eran buenas, más no infalibles. Esperaba recibir confirmaciones a más tardar en una semana. En caso contrario, sus planes se vendrían abajo. En ese momento, sonó su celular.
—¿Ahora qué? —se extrañó, pues reconoció el número que mostraba la pantalla de su celular —Médici. ¿Qué pasa? —su saludo fue directo al grano, lo que convino, pues casi de inmediato los ojos se le abrieron de par en par y una sonrisa se instaló en su cara —¡Excelente! Muchísimas gracias por confirmar tan pronto, eso me ayuda mucho. Sí, sí, todo es cierto. Y espero que no haya ningún problema cuando lleguen. Adiós.
Colgó y mirando la pantalla de su computadora, Viola se preguntó si de verdad tanto esfuerzo acabaría valiendo la pena. Pensó en Alí y asintió con la cabeza.
—Claro que vale la pena —musitó con convicción.
En cuanto el texto acabó de enviarse, apagó la computadora y todos los aparatos del laboratorio subterráneo y se marchó hacia la más cercana área pública del CIIG.
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—… Y es por eso que un simple toque puede hacer la diferencia.
Los alumnos reunidos en el pequeño auditorio norte de la Universidad Pública de Hidracalia eran testigos de una magnífica imagen, que era parte de un trabajo en equipo que realizaban los de Programación Gráfica. Yumegami hablaba pausada y concisamente del holograma interactivo que los espectadores veían, en tanto Khaos manipulaba los controles.
—Este tipo de hologramas pretenden ser usados por los criminalistas para desarrollar, entre otras cosas, retratos hablados más rápidos y precisos. La policía se vería beneficiada con ello. Y también quienes nada más quieren describirle a alguien un sitio o una persona que están buscando, podrían hacerlo con un holograma como éste.
Yumegami hizo una reverencia y Khaos supo que era hora de apagar el proyector de hologramas, con lo cual finalizó la presentación. Varios aplausos se dejaron oír, junto con algunos comentarios favorecedores de parte de los profesores presentes. En general, se dirigían al intelecto de Yumegami como creador del proyecto, cosa que a Khaos no le sorprendía. Ella no era del tipo de persona a la que notaban por cosas así.
—Gracias, profesor —dijo Yumegami con toda seriedad —Aunque gran parte de la teoría la desarrolló Áphatos.
El profesor, un hombre de baja estatura y cabeza calva, desvió los ojos hacia la chica, quien no miraba en su dirección por comprobar que no hubiera problemas con el proyector.
—¿Quién lo hubiera creído posible de una chica que ni siquiera sabe decir de dónde viene? —comentó con cierto aire despectivo.
Yumegami frunció el ceño, pero antes que pudiera alegar algo a favor o en contra de aquello, el profesor hizo un gesto de despedida y se marchó. Al segundo siguiente, Khaos estaba a la derecha de Yumegami, con sus cosas en las manos y una ceja arqueada.
—¿Te dijo algo malo? Tienes una cara… —comentó.
Por toda respuesta, Yumegami se encogió de hombros y se pasó una mano por la nuca, como si quisiera quitarse de encima un escalofrío.
—Creí que no te preocupabas por mí —fue su lacónica respuesta.
—No lo hago precisamente. Pero ese profesor nunca me ha gustado.
—Qué novedad.
El repentino acercamiento de Stoker causó que Khaos diera un brinco.
—¿A ti qué te pasa? —reclamó la chica, retirándose rápidamente del pirogénito, quien para su asombro, jugaba con un cigarrillo en su boca —¿Vas a fumar aquí? —soltó con consternación.
—Claro que no, es contra las reglas —Stoker esbozó una sonrisa tan mordaz que Khaos no le creyó ni una palabra —¿Te digo una cosa, Áphatos? La gente no suele sentirse cómoda en tu presencia.
—Dime algo que no sepa —masculló la chica.
—No, mejor otro día —sentenció Stoker, claramente divertido por algo —Nos vemos en la siguiente clase, amigos.
—¿Quién es amigo de quién? —se indignó Khaos, al verlo marcharse.
—Déjalo, no vale la pena —apuntó Yumegami, con aspecto cansado.
—Ya lo sé, pero me saca de quicio tanto como tú.
—Yo diría que le tienes miedo.
Khaos, apretando un par de libros contra su pecho, hizo una mueca.
—No digas tonterías y vayamos a nuestra próxima clase —indicó.
La joven se adelantó, siendo observada por un Yumegami que volvía a suspirar con pesar ese día.
¿Es que ella de verdad era ciega? ¿O algo le impedía darse cuenta?
Eso era algo que tendría que averiguar durante su contrato.
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—Todo listo, así que es hora de una prueba.
Viola estaba en una de las muchas habitaciones de su casa, reunida con algunos de sus amigos y socios del Albedrío. Además, había un hombre joven de cabello azul y porte indiferente montando un peculiar aparato.
—Espero haber cumplido con sus especificaciones, señora de Arafat. Es lo mejor que he podido hacer en tan poco tiempo.
—Está bien, lo probaremos ahora, para que puedas corregir cualquier fallo, y después nos enseñarás a utilizarlo correctamente.
—Como usted diga.
El aparato, similar a un enorme cilindro de cristal, era de unos dos metros de alto y se encontraba colocado sobre una complicada consola de control, que con distintos botones y sensores digitales, daba la impresión de ser en extremo sofisticado.
—¿En serio esperas que usemos esa monstruosidad? —se burló Azur en broma, tomada del brazo de su sonriente marido.
—Al menos de forma básica. Sé que tú y León no son diestros con las máquinas. Pero a falta de Alí, Verne y Ryoko, aprenderán conmigo ahora.
—¿Oíste, León? No somos de fiar, ¡qué lástima!
—Sí, preciosa. Deberíamos buscarnos otros amigos.
—Dejen de hacer el ridículo, ¿quieren? —rogó Amaranta, quien por una de esas agradables casualidades, tenía vacaciones en su trabajo —Ya son grandecitos para eso. Mejor presten atención.
—¡Uy! A alguien no le dieron su beso de buenos días —soltó Napoleón, recibiendo un codazo de su esposa —¿Qué? —soltó, frotándose un costado.
—Ese terreno no se toca —le recordó Azur.
Acto seguido, señaló a Amaranta con la cabeza. Napoleón observó a su amiga, que contempló la pantalla de su celular con ojo crítico antes de mover los dedos con increíble rapidez.
—¿No me digas que estás trabajando, Amaranta? —quiso saber Napoleón.
—Claro que no. Solamente me interesa saber dónde anda Amador.
—¡Madre controladora! —exclamó Napoleón acusadoramente, haciendo que Azur contuviera la risa.
—No seas ridículo, León. Sólo estoy preocupada.
—¿Cómo puede preocuparte un geogénito que podría crear una nueva falla geológica si lo hacen enfadar?
—No opines sin saber qué se siente, León. Cierra la boca.
Amaranta, aún concentrada en su celular, no se dio cuenta de lo que había dejado escapar por su boca hasta que sintió un azote en la mejilla que la hizo girar violentamente la cara.
—¡Eh, bonita! —se oyó llamar a Napoleón.
—Tenía que ser… —suspiró Viola, antes de hacerle un gesto de cabeza al hombre de azulados cabellos para que no atendiera el alboroto.
—¿Estás bien, Amaranta? —quiso saber Napoleón, acercándosele.
La encontró sosteniendo su celular con mano temblorosa, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que el hombre temió que le sangrara.
—¿Y todavía lo preguntas? ¿Cómo puedes preocuparte por mí ahora, León? ¡Ve ahora mismo con tu mujer, maldita sea!
Más que sorprenderse, Napoleón se espantó un poco con tales frases de Amaranta. Y sabiendo lo que podía ocurrir si la enojaba de más, salió corriendo por el mismo camino que había tomado Azur.
—Esto ya quedó —anunció el hombre de cabello azul, acomodándose el nudo de su corbata color gris plateado —Si me permite, señora de Arafat, volveré a Nihotto mañana por la mañana, después de enseñarles las funciones básicas y las claves de seguridad. Es cumpleaños de mi hija.
—De acuerdo. Si llegamos a necesitarlo, lo llamaremos.
El hombre asintió secamente una sola vez, observando con ojo crítico la máquina que había creado. Eso fue aprovechado por Viola para acercarse a Amaranta, quien había guardado su celular con lentitud.
—Lo arruiné, ¿cierto? —murmuró Amaranta.
—No arruinaste nada. Dijiste la verdad. Pero recuerda que la verdad, además de alegrar, también puede entristecer a las personas.
—Aún así…
—Mira, ya pensarás la forma de arreglarlo. Te lo garantizo yo. Ahora ve a buscar a esos dos para que nos expliquen el funcionamiento de la nueva adquisición, que no hay mucho tiempo, ¿de acuerdo?
Amaranta asintió y dejó la habitación a paso rápido y firme.
—¿Cree que esto funcionará, señora de Arafat?
Viola observó al hombre que quedaba en la habitación.
—¿Has hablado con tu prima, cierto?
—Más bien ella habló conmigo. Me advirtió que me tocaría presenciar una situación un tanto incómoda. Pero a la vez me pidió que le avisara que las cosas se arreglarían de manera alegre e imprevista.
—Sí, eso también lo sé. Recibí distintos avisos. Te lo agradezco.
El hombre asintió, esbozó una ligera sonrisa e inclinó la cabeza.
—¡Aquí las traigo! —Napoleón parecía de lo más alegre al regresar a la habitación, con ambos brazos ocupados al escoltar a su esposa y a su amiga geogénita —Vamos a ver, ¿cómo se usa esta cosa, señor Hoshi?
El hombre de cabello azul dio una cabezada y procedió a explicar el funcionamiento de la máquina que había instalado.
No en vano la había creado para pagar un contrato con el Albedrío.
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—Ah, ¿te toca ir al Albedrío?
Khaos, al preguntar eso, deseaba una respuesta negativa por parte de Yumegami, puesto que no quería verlo más de lo necesario. Sin embargo, el asentimiento de cabeza del muchacho echó por tierra sus planes.
—Haré una labor de búsqueda —señaló con simpleza.
La joven, a sabiendas que el contrato de su compañero era diferente al suyo, dejó el asunto por la paz.
Había terminado la jornada escolar y varios en el salón de clase comenzaron a despedirse entre sí. Yumegami captó frases dirigidas a él, sobre todo de las chicas, pero arqueó una ceja cuando Stoker hizo amago de acercarse, cosa que acabó haciendo.
—Eh, Kuu, vamos a comer al EGO! ¿Vienes?
—Tengo trabajo.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde, si puede saberse?
—No, no puede saberse. Vámonos, Áphatos.
La joven, sin poder ocultar su entusiasmo por alejarse de Stoker, se colgó la bolsa al hombro y caminó hacia la salida. Al dar el primer paso, Yumegami le advirtió a su "amigo".
—Será mejor que te dejes de juegos, Stoker. Si vas a hacer algo, decídete de una vez, ¿quieres?
Al hallarse solo nuevamente, Stoker esbozó una sonrisa de lado, entre maliciosa y victoriosa.
Eso era precisamente lo que había estado esperando.
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Viola lo guió hasta una habitación que se sentía de todo, menos hogareña. Supuso que allí haría el trabajo del día.
—Aquí tienes el aparato y las instrucciones básicas por escrito. El creador tuvo que regresar a su país, pero estará disponible por si te surge alguna duda. ¿Algo más que necesites, Kuu?
El muchacho, entrecerrando los ojos para leer el pequeño libro que le había tendido Viola, asintió un par de veces con la cabeza.
—Después de realizar la búsqueda, ¿qué sigue?
—La recuperación, obviamente. Pero ese punto es complicado y preferiría tratarlo cuando tengamos la información disponible.
Yumegami asintió y siguió leyendo.
Viola lo observó unos pocos segundos, antes de dejarlo a solas. El muchacho, a simple vista, era más o menos como lo había descrito Khaos, pero tenía el presentimiento de que había algo más bajo su apariencia impasible. Aunque claro, las mentes ajenas no eran su especialidad.
—Sí, claro… —masculló con ironía.
En tanto, Yumegami había terminado de leer las instrucciones y se preparó para usar el aparato ante sí, similar a un enorme cilindro de cristal de unos dos metros de alto y colocado sobre una complicada consola de control con distintos botones y sensores digitales. Un par de sensores, de hecho, servía para colocar las palmas de las manos, algo parecido a los lectores de huellas digitales.
Haciendo una mueca imperceptible de molestia, encendió la máquina y colocó las dos manos en los sensores, para luego cerrar los ojos y concentrarse en lo que tenía que hacer.
Casi de inmediato, una espantosa sensación de caída lo invadió, pero se mantuvo firme haciendo presión en sus párpados. Abrió los ojos, pero ya no veía ante sí el cilindro de cristal del aparato, sino una negrura salpicada aquí y allá de senderos de colores, en espera de que él tomara alguno. Giró los ojos a derecha e izquierda con sumo cuidado hasta ubicar un sendero de color blanco azulado más brillante que los demás. Lo tomó, convencido de que por allí debía ir.
Pero cuando iba a llegar al final, inesperadamente surgió una puerta para bloquearle el paso.
Yumegami hizo una mueca. Ya se esperaba algo así. Con todo, la puerta se veía de lo más sencilla, blanca y sin adornos, con una perilla de oro que no estuvo seguro de tocar. Volvió a revisar con la vista a ambos lados, asegurándose que nada ni nadie lo estaba acechando, para finalmente, intentar abrir aquella puerta.
Lo logró con increíble facilidad.
Arrugó el ceño, pero siguió su camino. El sendero se oscurecía conforme avanzaba, lo que solamente significaba que estaba cerca. Y en efecto, cuando llegó al último tramo, se encontró con alguien que, aparentemente, lo estaba esperando.
—Buenas tardes —saludó aquella persona.
Yumegami nunca había visto a alguien así. Era una chica, casi una niña, físicamente no aparentaba más que catorce o quince años. Sumamente delgada, se cubría con un vestido blanco, sencillo y de manga larga, que le llegaba a la rodilla. Sus zapatos estaban calzados con unas sandalias blancas. Y su aspecto… Bueno, estaba seguro que era quien buscaba porque nadie más que un monstruo tendría un color de pelo como ése de manera natural; los humanos sólo habrían conseguido con tintes.
El cabello de aquella jovencita era de raíces violetas y conforme se alejaba de su cráneo, se tornaba verde y azul, hasta alcanzar un tono intenso del segundo, similar al del mar. Después, volvía al tono de las raíces, por lo que las puntas eran violetas, aunque de un tono claro semejante al rosa. Quizá era porque se lo había cortado en algún momento, pues la parte más larga de su melena llegaba a su cintura y la más corta, a la altura de las mejillas. Era un corte entre moderno y extravagante.
Pero el muchacho pudo confirmar quién era por sus ojos. El tono de verde que poseía en los iris era completamente irreal, uno que conforme pasaban los segundos, cobraba más o menos vida, dependiendo de su propietaria. En ese momento un tono claro, semejante al de una manzana, era el que lo recibía.
—Buenas tardes —contestó el saludo, inclinando levemente la cabeza —¿Quién eres tú y dónde estás?
La chica, arqueando una delgada y azulada ceja, sonrió.
—¿Qué forma de preguntarme es ésa? Eres muy impaciente, ¿no crees?
—Quizá. Tengo el tiempo limitado, disculpa si te ofendí. ¿Podrías contestar mis preguntas, por favor?
La otra pareció pensárselo bien antes de asentir con firmeza.
—Dónde estoy, no lo sé exactamente. Pero me otorgaron el nombre de Himmel Irminsul en cuanto mi concepción resultó exitosa.
—¿Quién te nombró así?
—Lo desconozco. No era muy consciente de mí misma en esos momentos. Lo que sí puedo decirte es que no me gustan esas personas ni el lugar al que me han traído.
—¿En verdad no sabes cuál es el sitio donde te encuentras?
La joven negó con la cabeza lentamente, para a continuación esbozar una radiante sonrisa, cosa que descolocó a Yumegami.
—Quizá es una buena señal que me encontraras —comentó, como si discutieran el clima que hacía —No había contactado con otro de los nuestros desde que me separaron de Keb.
—¿Quién es Keb?
—Las personas a mi alrededor lo llamaban "la contraparte" y créelo, a él no le gustaba nada.
—¿Y a qué te refieres con… "otro de los nuestros"?
—Creo que sabes perfectamente a qué me refiero… Kuu.
Yumegami parpadeó, mostrando su asombro de manera apenas notoria. En toda la conversación no había pronunciado su nombre.
—Bien, debes irte —pidió ella, mirando a su espalda —Percibo que hay gente a mi alrededor y si detectan esta actividad mental, quizá te lleguen a encontrar. Y eso no sería nada bueno.
—¿Por qué lo dices?
—Porque quien consiguió tu concepción con éxito prefirió darte la libertad de tener una vida. Las personas que me rodean, no son así.
Yumegami estuvo a punto de preguntar algo más cuando la chica le hizo un ademán para que se marchara y en ese mismo instante, ella desapareció tras la misma puerta blanca que él atravesara momentos antes, sólo que esta vez, la puerta mostraba una imagen que no pudo identificar.
Casi al mismo tiempo, el muchacho abría los ojos en la realidad, frunciendo el ceño y pensando que el trabajo se complicaría más de lo previsto. Por lo pronto, registraría lo sucedido en la máquina y le informaría de los resultados a Viola.
Esperaba, sinceramente, que todo eso sirviera de algo.
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Por la noche, al acabar con su trabajo, Khaos se despidió de todo el mundo, colgándose la mochila al hombro y pensando en los pendientes que debía completar llegando a su departamento. Al dirigirse a la puerta, Yumegami salió de donde quiera que estuviera y con un ademán le pidió que lo esperara. Ella no sabía para qué, pero obedeció de mala gana.
El muchacho, tras algunos instantes conversando en voz baja con Viola y Alí, se acercó con su respectivo maletín. Hizo signo de salir y Khaos lo siguió. A estas alturas estaba más que acostumbrada a que el tipo no hablara más de lo necesario.
—¿Reconoces esto?
Sin venir a cuento, Yumegami le mostró a su acompañante una hoja con un dibujo a lápiz en ella. Era una ilustración hecha rápidamente, pero aún así cercana a la realidad. A la chica no le costó nada identificarla.
—Sí, la reconozco, es un torre, ¿qué hay con eso?
—¿Sabes cuál torre?
—Vamos, Yumegami, estás bromeando, ¿cierto?
El nombrado arqueó una ceja, en claro signo de preguntar si alguna vez había bromeado antes. Como la respuesta era negativa, Khaos suspiró.
—Ya, ya, perdón. ¿Es urgente que lo sepas?
Al ver el asentimiento de él, dio la respuesta. Lo que nunca imaginó fue que vería una auténtica sonrisa en aquel pálido rostro al decir.
—Esa preciosidad que en la vida podría visitar es la Torre Rainbow.