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Rilato — capítulo 5

005: Evento.

(Abierto)

Elévate, para triunfar donde nadie más lo ha hecho…

Edúcate, para demostrar que tienes potencial…

Enmiéndate, para no arrepentirte cuando ya no hay remedio…

Un paisaje tranquilo, impenetrable y en cierta forma, desolado, era lo que tenían enfrente.

—¿Es una broma?

Khaos, arqueando una ceja, contempló la escena.

Se había enterado, hacía casi una semana, que Yumegami tendría un trabajo de campo alejado del Albedrío, lo que para ella era perfecto. Con lo que no contó fue con la petición del muchacho de alguien que lo ayudara y sus jefes, sin tardanza, la enviaron con él.

—¿Por qué habría de ser una broma? —inquirió a su vez Yumegami.

Él ya inspeccionaba el sitio con la mirada, además de colocarse en el oído algo similar a un audífono, pero sin cable alguno.

—Es decir… ¿Sabes lo que cuesta venir hasta acá? —Khaos, imitando a Yumegami, acomodó un mechón de su cabello de tal forma que cubría el audífono recién puesto —¡Es la Torre Rainbow! ¡Esto es Scandingard!

—Creo que los lugareños prefieren el nombre "Bifrost" para la torre.

—Como sea —Khaos no podía creer que a Yumegami le preocuparan más la opinión de los lugareños —¿Hablaste en serio cuando dijiste que…?

—¿Entraríamos a la torre? Sí, lo hice.

La joven torció la boca, arrebujándose en el abrigo.

Scandingard, que entre otras cosas era uno de los países más grandes del mundo, se caracterizaba por su patriotismo y poca tolerancia a lo que ellos llamaban "invasión a los tesoros nacionales". La Torre Rainbow, una soberbia construcción que había sobrevivido a las guerras antes de la firma del TRAPIR, ahora se veneraba como un monumento histórico en restauración constante y, sobre todo, no abierto al público.

Aunque el gobierno hubiera querido mostrar la torre al mundo, era imposible para los extranjeros soportar las bajas temperaturas que se registraban allí la mayor parte del año. Ése era el motivo para que ambos jóvenes portaran sendos abrigos rellenos de forro de piel de borrego, siendo el de Khaos gris y el de Yumegami… ¿azul?

—¿En serio te gusta el azul? —quiso saber la chica.

Yumegami hizo gala de su nula elocuencia y se encogió de hombros. A continuación, arrugó el ceño, apretando las manos en sendos puños.

—¿Sientes eso? —le preguntó a su compañera.

Khaos estaba por preguntarle de qué estaba hablando cuando creyó dar con una respuesta. Aparte del frío climático, se sentía otra cosa en el ambiente, parecido a… Bueno, las palabras exactas para describir aquello no le llegaban a la cabeza, pero no era agradable.

—¿Qué es ese sentimiento tan… horrible? —quiso saber.

—No estoy seguro, pero creo que de momento, nos indica que estamos en el sitio correcto. Anda, busquemos un punto débil en el cercado.

Lentamente, Khaos asintió con la cabeza.

La Torre Rainbow, a lo lejos, semejaba una larga aguja de color blanco grisáceo, pues la nieve que la rodeaba era tan blanca que la opacaba. En realidad, sus paredes exteriores eran de mármol blanco pulido y grabado con infinidad de símbolos, que destellaba un poco cuando en aquella región era alcanzada por la luz del sol. En esa época del año, el astro rey se preparaba para la noche, que en esas latitudes duraba meses, por lo que apenas contaban con luz natural. Un área de un kilómetro de diámetro era cercada a su alrededor por una muralla de ladrillo gris, recubierto de nieve y hielo, aparte de que los rumores declaraban que poderosos hechizos y siniestras trampas también ayudaban a su resguardo.

Quien quisiera traspasar esa barrera debía ser diestro en esos menesteres. O muy estúpido.

—Por aquí —llamó Yumegami de pronto.

Habían recorrido por casi una hora el cercado circular, pero a Khaos todo lo que había visto le había parecido idéntico: piedra gris, hielo y nieve. Con todo, se colocó a la izquierda del chico y miró lo que tenía enfrente, que no parecía tan distinto a lo ya inspeccionado.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó, intentando no sonar incrédula.

Por toda respuesta, el muchacho sacó del bolsillo el dibujo rápido de la torre que le había mostrado días atrás. Khaos lo miró, luego se fijó en el paisaje frente a ella y abrió los ojos al máximo.

—¡Es idéntica desde aquí! —exclamó por lo bajo.

—Exacto. Ahora a entrar.

Khaos no sabía cómo harían eso, pero decidió prestar atención a su compañero, quien se limitó a sacar un extraño artefacto de su bolsillo, similar a una linterna de pilas, color azul marino con pequeños botones plateados. Yumegami presionó el más grande y la linterna se encendió, dirigiendo el haz de luz hacia el muro de piedra, que se iluminó cual espejo por un momento, debido al hielo que lo cubría.

En pocos segundos, la joven descubrió que la luz de la linterna, un poco más blanca de lo que debía ser, revelaba un marco casi imperceptible que era, sin lugar a dudas, de una puerta.

—Runas… —musitó el muchacho, arrugando la frente en actitud de concentración —Recuerdo lo básico, pero…

—¿Hay que leerlas para poder pasar?

—Supongo que sí.

Los símbolos en la puerta, que únicamente formaban cinco renglones, no eran ajenos para los dos jóvenes. Durante su instrucción escolar, las runas fueron uno de los alfabetos que habían estudiado, porque aún sin uso en la actualidad, escritos oficiales de Scandingard y otras naciones lo empleaban como parte de elaborados códigos de protección. ¿Protección contra qué? Se ignoraba.

Pero algo les decía a esos dos que estaban por averiguarlo.

—Si no me equivoco, la primera palabra es "contrato" —concluyó él al cabo de un rato —Pero la segunda dice "absolución".

—¿Qué clase de código es ése?

—Ninguno bueno para los intrusos, te lo aseguro.

Sin esperar más, Yumegami pulsó otro botón de la linterna, con lo cual su luz cambió a una ligeramente anaranjada. Para asombro de Khaos, las runas habían desaparecido por letras del idioma de Mexitlán.

—"Absolución del contrato con el viviente pago" —fue lo que leyó Khaos tras unos minutos, en los cuales acomodaba las palabras de diversas formas, esperando que tuvieran coherencia —¿Así está bien?

—Sí, creo que sí. Yo no puedo pagar, tendrás que hacerlo tú.

—¿Yo?

—Exacto. Sólo espera un minuto.

Yumegami presionó otro botón de la linterna y la luz de ésta se tornó rojiza. A los pocos segundos, el hielo que cubría el trozo de muro con runas se derritió poco a poco.

—Recorre las runas con el dedo desnudo —indicó el chico, regresando la luz de la linterna a la modalidad que mostraba la escritura antigua.

Khaos se quitó uno de los guantes grises que llevaba para hacer lo que le pedían. Tardó, pues aún sin hielo, la piedra estaba helada.

Y entonces los símbolos se iluminaron tenuemente, para acto seguido desvanecerse como si se hundieran en la roca. El marco que lucía como puerta también pareció hundirse y poco a poco, esa porción de cercado se cayó por un hueco en la tierra.

—¿Fue así de fácil? —Khaos se mostraba escéptica.

—Por supuesto. Debías pagar con una vida, pero dado que tu habilidad es quitarla, hiciste que el hechizo se retire momentáneamente. Esperemos que la puerta no se cierre antes que acabemos, o activaremos las alarmas.

Yumegami, tras esa explicación, dio un paso al frente y atravesó el hueco, entrando a territorio oficial de la Torre Rainbow. Khaos, aún con dudas, lo siguió apresuradamente.

—Pareces muy informado de esas cosas —comentó en voz baja, andando por un prado que en esa época del año, no mostraba más que la blancura de la nieve y unos cuantos árboles desprovistos de hojas.

—Nada que unos cuantos hipnoviajes no pueda resolver.

—¿Hipno-qué?

—¿Has oído hablar de los hipnoandantes?

La inesperada pregunta le hizo recordar a Khaos el día que Yumegami había estado por primera vez dentro del Albedrío.

—Pues no, no sé qué sean…

—Eran —aclaró el muchacho al instante, dando pasos más lentos en la nieve —Se consideran extintos, aunque he hallado a unos cuantos. Tienen la capacidad de visitar sueños propios y ajenos, presentes y de otros tiempos. Eso los convierte en monstruos extremadamente codiciados, puesto que a veces, entre sueños y pesadillas, se vislumbran muchas cosas.

—¿Cosas como qué?

Yumegamii se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio. Tenía la vista fija en el frente, donde tenían como figura central la estilizada torre de mármol y a derecha e izquierda, el oscuro horizonte del norte. La joven no sabía qué estaba esperando su compañero, pero éste de pronto estiró una mano y se la colocó en la cabeza, inclinándola un poco.

—Con cuidado —indicó el muchacho.

Ella no comprendió del todo aquel gesto precautorio, pero de repente se sintió muy incómoda con esa mano en su coronilla, aunque estuviera por encima de la capucha del abrigo.

-&-

La entrada a la Torre Rainbow no supuso complicaciones. Debido a su aislamiento y la amplia cerca circular, la construcción no tenía vigilantes, así que Yumegami se limitó a abrir la pesada puerta de madera cuando llegaron, pudiendo así acceder a un vestíbulo tan blanco como las paredes externas. El piso, compuesto por minúsculos mosaicos de colores, no parecía mostrar una imagen concreta. Khaos, asombrada, hubiera querido tener más de dos ojos, observando a su alrededor, pero al notar que se movía Yumegami, lo secundó.

—¿Y ahora qué? —le preguntó en un susurro, al cruzar el vestíbulo y quedarse quietos ante el inicio de una enorme escalera.

Hasta esa parte era hermosa, una escalera hecha de mármol blanco y cuyos largos peldaños formaban una inconfundible espiral que ascendía hasta donde la vista alcanzaba. En ciertos puntos, se conectaba con las distintas plantas de la torre a través de pasillos estrechos y bordeados por herraje en plata, dándole a aquel sitio una imagen de pureza inmediata… e irreal.

—No me gusta —masculló Yumegami con el ceño fruncido, plantando uno de sus pies en el primer escalón.

Con eso, el entorno a su alrededor se desdibujó y lo único que alcanzó a hacer fue a extender un brazo.

Antes de que el panorama cambiara para él, su mano se encontró con otra y entrelazó los dedos con firmeza.

—¿Otra vez por aquí… Kuu?

El joven, quitándose un mechón negro de los blanquecinos ojos, se halló otra vez en aquel vacío paralelo a la realidad que no solía visitar por voluntad propia. Enfrente tenía a una chica delgadísima y de azulada cabellera, observándolo entre perspicaz y preocupada.

—No lo hice a propósito —el chico inclinó la cabeza, disculpándose.

—Me lo imaginé. Debe ser cosa de las personas a mi alrededor. ¿Ya estás en el lugar que te mostré?

Yumegami alzó la mirada y asintió.

—Muchas gracias. Es lo más que te pude enseñar del sitio, porque mi mente no puede salir de este terreno. ¿Cómo entraste? ¿Te atreviste a sacrificar la energía vital de alguien?

—No, Himmel. La entrada se desactivó gracias a Áphatos.

—¿Áphatos? ¿Vienes con Khaos?

—¿De dónde la conoces?

Himmel Irminsul esbozó una sonrisa socarrona, como burlándose.

—¿En serio no te lo imaginas? —quiso saber, bromista.

—Tal vez no quiero imaginármelo.

—Buena respuesta. Ahora, respecto al camino… Tendrás que subir, mirar el mundo a tus pies e ir en su dirección.

—¿El mundo a mis…?

Yumegami tuvo que cortar sus palabras, pues la chica se desvaneció sin otra cosa que una serena sonrisa y palabras dichas con voz segura.

—Me encontrarás… Nos reunirás… Y no la dejes atrás… o se perderán.

Acto seguido una de sus manos se sintió más tibia y eso lo hizo cerrar los ojos en ese vacío.

En la realidad, los abrió y se halló tirado en el suelo, medio aplastando a Khaos, que no dejaba de temblar.

Cosa comprensible si se había quitado el abrigo para cubrirlo.

—¿Qué sucede? —preguntó con su habitual voz neutra, aunque arqueó una ceja al sentarse con lentitud y librar con eso a la chica de su peso.

En el proceso, soltó la mano que había estado sosteniendo, sin dar muestras de algún sentimiento en específico.

—¡Yo qué sé! De repente te desmayaste, caíste encima de mí, pero… Estabas helado, casi no respirabas y por eso…

—Comprendo —Yumegami asintió con la cabeza una sola vez, se quitó el abrigo gris de encima y se lo tendió a Khaos —Póntelo.

—Oye, ¿pero qué…?

—Te lo explicaré cuando acabemos el trabajo. Tenemos qué subir.

—¿Y no caerás inconsciente otra vez?

Yumegami, para su sorpresa, frunció el ceño casi con rabia.

—Tendremos que recurrir a tu habilidad otra vez —sentenció.

La joven lo miró con una ceja arqueada.

—Subirás delante de mí. Descalza.

—¡Estás loco! ¿Sabes a cuántos grados estamos? ¡Me moriré de frío!

—No lo creo. Sucederá lo mismo que cuando entramos.

Khaos, acordándose del hechizo de runas del cercado, no tuvo más remedio que darle la razón con una mueca y procedió a quitarse las botas y los gruesos calcetines que usaba. Sus pálidos pies tocaron el suelo lleno de mosaicos, pero al instante dio un pequeño salto, debido a la baja temperatura. Al brincar, se subió al primer peldaño y para su asombro, sintió de pronto una tibieza inaudita.

—¿Qué rayos…? —dejó escapar, plantándose bien en el escalón.

—Habrá que avisarle a Viola-sama que su teoría es correcta —comentó Yumegami como si hablara de una de sus clases —Ahora subamos, antes que otra cosa suceda.

—¿De qué teoría estás hablando?

—Viola-sama investigaba sobre la posibilidad de que en cada acción que requiera nuestras habilidades de monstruo, empleamos algo de tiempo o energía vital. Así pues, al quitar tú esas cosas con tu habilidad, estás deshaciendo los hechizos por un corto periodo. En pocas palabras…

—¿Los estoy rompiendo? —dejó escapar Khaos, atónita.

—No exactamente. Si lo hicieras, no se reactivarían. Digamos que los debilitas, porque si la persona que ejecutó el truco sigue viva, el truco también. Supongo que por eso los hechiceros se valen de la escritura y otras cosas, para que así lo que hacen no se deshaga aunque ellos mueran. Lo que también explicaría las runas.

Aquella charla le resultaba un poco extraña a Khaos y no porque no la estuviera comprendiendo, sino porque la hacía olvidar, por momentos, que subía una escalera de mármol helado con los pies descalzos y además, ¡conversaba civilizadamente con Yumegami! La sensación que le había dado siempre, de una incomodidad indefinida, seguía allí, pero ahora…

No, lo mejor era concentrarse en el trabajo, ya habría tiempo de analizar los últimos acontecimientos.

-&-

Kuu admitía que era ingenioso. Supuso que Himmel tuvo que decírselo así para no ser obvia. Y tendría que explicárselo luego a Khaos, por ahora sólo había tiempo para completar el trabajo y nada más.

—Andando —pidió, tomando uno de los pasillos que se conectaban a la escalera desde la última planta.

Khaos había mirado hacia abajo, como Yumegami, en cuanto acabaron de subir, pero aparte de admirar la espléndida imagen que componían los mosaicos multicolores desde esa altura, no veía algo de utilidad.

—¿Crees que tenemos el mundo a nuestros pies?

Yumegami hizo repentinamente esa pregunta, señalando el piso que habían dejado al subir, con lo que Khaos creyó que se refería al dibujo de mosaicos. Lo vio de nuevo, tanto de reojo como mentalmente, y creyó saber de qué estaba hablando.

—Pues… sí. Al menos esa parte —señaló hacia abajo, a un punto ligeramente a su derecha —No sé qué pensarían los que construyeron la torre, pero esa imagen es impresionante.

El suelo que habían dejado les mostraba una ilustración magnífica, que podía identificarse con los mitos de los antiguos habitantes de aquel país: una bandeja azul, verde y marrón, representando al planeta Tierra, se conectaba por medio de un puente a un palacio sobre una nube. El puente en realidad era un arco iris, por lo que la exactitud de los mosaicos de cada color era extraordinaria.

—¿Por qué vamos en esa dirección?

—Porque es la correcta. Sigue delante de mí, por favor, que necesito que sigas abriéndonos paso.

Khaos encontraba chocante la actitud de Yumegami, pero no tenía razones de peso para contradecirlo, por lo que siguió caminando. Si había acertado al decir que no se congelaría, no tenía por qué ignorarlo ahora.

El pasillo al que ingresaron, oscuro y de curveado techo, no daba la mejor de las impresiones. Lo recorrieron con buen paso y la cautela en alto, además de que la tensión en el ambiente era casi palpable.

—No me gusta estar aquí —masculló la chica, haciendo una mueca.

—No eres la única, pero espero que lleguemos pronto.

—¿Exactamente qué estamos buscando?

Khaos miró por encima de su hombro, hacia el punto a su espalda donde Yumegami, sosteniendo la lámpara, le iluminaba el camino. Vio la cara del muchacho girarse ligeramente hacia un lado, con su rostro adornado por una mueca, hasta que finalmente contestó.

—Buscamos a una de los nuestros.

Khaos trastrabilló y dio media vuelta, deteniendo sus pasos.

—No tenemos tiempo para esto —acotó Yumegami con voz cansina.

—¡Olvida eso! ¿A qué te refieres con "uno de los nuestros"?

—Te repito que, ahora mismo, no tenemos tiempo para esto.

—¡Al diablo! ¡Tienes que explicármelo! ¿O acaso me trajiste nada más como otra de tus "herramientas"?

Yumegami contorsionó la cara con una rabia que a Khaos le dio escalofríos. Sin embargo, el joven no contestó, sino que se irguió de golpe y giró la cabeza con brusquedad.

—¡Demonios! —escupió por lo bajo —Avanza, Áphatos, ¡nos encontraron!

Khaos, pese a su frustración, no protestó y siguió el camino de antes, aumentando la velocidad de su andar hasta que se alcanzó a ver el final del pasillo. Quiso preguntar lo que seguía, pero no hubo necesidad: lo supo en cuanto la luz de la linterna cambió y vio en la pared frente a ella un montón de runas que luego, cambiaron a su idioma.

—¡Lee, rápido, y luego apaga el hechizo!

Khaos arrugó la frente, recorrió con los ojos las arcaicas oraciones de la pared y tras exprimirse el cerebro, supo lo que tenía que hacer.

Colocó la palma de la diestra exactamente en el centro de aquel muro, con un golpe que retumbó en sus oídos y sintiendo casi al instante un dolor insoportable. Sin embargo, la pared dejó ver un hueco y no tuvo tiempo de quejarse. Yumegami, a su espalda, la alcanzó y la empujó, justo antes que la pared volviera a la normalidad.

—Lo siento —se disculpó Yumegami en un susurro —Eso fue maleducado de mi parte. Pero al menos ya llegamos.

Khaos, observando a su alrededor, se sintió literalmente extraviada. Aquel sitio era más semejante a donde trabajaba su jefa que a un sitio de los antiguos habitantes de esas tierras.

Un laboratorio, eso fue lo que pensó. Eso era un moderno, enorme y hasta cierto punto, escalofriante laboratorio. ¿Cómo es que había algo así en la Torre Rainbow?

Y más importante aún, ¿quién lo había mandado construir?

—Buenas —saludó una voz femenina.

Antes de girarse hacia la fuente del sonido, Khaos y Yumegami se habían puesto en guardia, adoptando posturas que para muchos podrían haber sido mera fachada, pero para ellos eran cosa estudiada hasta el cansancio, debido a la necesidad de defenderse en innumerables ocasiones.

—Se me avisó que vendrían, aunque creí imposible que pasaran todos los mecanismos de defensa sin ser detectados.

Quien les hablaba era una mujer encantadora de tez clara, cara pecosa y cabello castaño rojizo atado en una pequeña coleta que caía sobre su hombro izquierdo. Los ojos, de color azul lavanda, miraban a los recién llegados con suspicacia, arrugando un poco el ceño. Su vestimenta consistía en un conjunto de falda larga y saco color violeta oscuro, blusa blanca, medias gruesas y botas negras de tubo largo.

—¿Sabía que vendríamos y no nos echó una mano? —inquirió una Khaos molesta que no abandonaba su pose defensiva.

—Ni siquiera puedo salir de aquí —se defendió la otra, irónica —He sido encadenada a este lugar por mis superiores y aunque pudiera escaparme, también tendría que vérmelas con los mecanismos de defensa. Tal vez ustedes puedan ayudarme con eso.

—Quizá —aventuró Yumegami, para sorpresa de Khaos y la otra mujer —Ahora lo importante es completar el trabajo por el que nos enviaron. A propósito, ¿puede decirnos con quién estamos tratando? Nombre completo, por favor —aventuró, al ver que la mujer de bata blanca abría la boca.

—Por supuesto, aunque normalmente les basta con uno de mis nombres —sonrió un poco, con buen ánimo, lo que por algún motivo calmó ligeramente a los dos jóvenes —Pueden llamarme Mía, pero ya que así lo necesitan… Mi nombre entero es Lily Mía Franchesca Alighieri Romanov.