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Rilato — capítulo 23

023: Wang-Meng.

(Abierto)

Without time… (Sin tiempo…)

We haven't soul… (No tenemos alma…)

With you or whithout you…**(Contigo o sin ti…)

Beltane Stoker solía ir el Albedrio para ver a Khaos o a Yumegami, por lo que Mía Alighieri se sorprendió de que la buscara a ella en ese día ventoso y gris, que presagiaba tormenta y algo mucho más siniestro.

—¿Por qué ese muchacho querría verme? —se extrañó la hechicera, en cuanto Keb fue a su habitación para pasarle el recado.

Al bajar, lo halló en la sala principal bromeando con Himmel, pero en cuanto la vio, la sonrisa fue borrándose de su rostro, le susurró a la omninauta y ella, asintiendo, salió de la habitación musitando algo de estudiar con Keb. Stoker le indicó a Mía, con un gesto, que se sentara.

—Necesito su ayuda —fue lo primero que pronunció Stoker.

—¿Mi ayuda? ¿Exactamente con qué?

El muchacho explicó lo que quería y Mía frunció el ceño.

—Eso es… No voy a mentirte, es básicamente sencillo, pero llevará un poco de tiempo. Me estás hablando de indagar en tu cabeza…

—… Y seguro Viola tiene hechizos contra eso, lo sé —completó Stoker, sonriendo levemente —Pero no se lo quiero pedir a ella, haría muchas preguntas que no puedo contestarle ahora. Y no va a usar sus habilidades para hacerme daño, ¿cierto?

—Cierto, pero físicamente lo resentirás un poco.

Stoker dio una cabezada, dando a entender que sabía en qué se metía.

—Inténtelo y si pasa algo malo, acudiré a Viola.

Con eso bien presente, Mía hizo un vago gesto de mano en la mesa de centro, como si le sacudiera el polvo y allí fueron apareciendo varias hojas de papel blancas. A continuación, hizo un ademán a Stoker para que se sentara a su lado, lo cual él hizo enseguida, colocándose a su izquierda. Luego, la hechicera hizo de nuevo un movimiento de mano como si sacudiera, delante de los ojos de Stoker, antes de que su otra mano hiciera el mismo gesto sobre la primera hoja blanca.

Lo que plasmó Mía con ayuda de sus habilidades tardó mucho en tomar forma. A medida que avanzaba, comenzó a reconocerlo, aunque no sabía de dónde. La primera hoja quedó lista más pronto de lo que creía, así que sacudió levemente la segunda, para reflejar lo siguiente, pensando que al terminar aquello, podría hacer todas las preguntas que quisiera.

Stoker, para su sorpresa, no tenía una mente fácil de manipular. Si estaban haciendo aquello con relativa rapidez era porque él ponía a su disposición los recuerdos necesarios, pero cuando debió indagar un poco más, el pirogénito sintió tal punzada que dio un brinco en su asiento, alejándose de ella, pálido como un muerto.

—¡Lo siento! —soltó Mía enseguida, avergonzada —No sabía…

Se interrumpió, desconcertada. Eso no se había sentido normal en absoluto. Para ella, fue como toparse con una barrera, y había pocos que podían bloquear sus habilidades.

—Creo que la próxima vez, debe avisarme si necesita algo más —apuntó Stoker, malhumorado, colocándose de nuevo en su sitio.

—¿Quién demonios protege tu cabeza, Stoker?

Al muchacho ya le habían advertido que Mía no tenía tacto cuando se enfadaba o se preocupaba demasiado, así que se lo tomó con calma. Sonrió levemente, con cierto aire triste, antes de contestar.

—Mi madre.

Mía presintió que era un tema delicado, así que no insistió y siguió trabajando, haciendo unas cuantas preguntas ocasionales para no repetir la mala experiencia. Al final, tardaron dos horas y media en aquel trabajo, por lo cual Mía se sintió medianamente orgullosa.

—Solo así habría hecho carrera en el arte —intentó bromear.

Stoker sonrió, pero no le siguió la broma. Contemplaba fijamente el resultado de su petición, seguramente para buscar algún defecto.

—A ella no la conozco —indicó, señalando la primera hoja.

Mía observó, esforzándose por saber qué le resultaba tan familiar.

El procedimiento que habían seguido, en teoría, era que Mía extrajera las imágenes de la mente de Stoker para plasmarlas en algo físico. Antaño, varios hechiceros se habían servido de ese talento para volverse artistas plásticos, pero no tardaron en tacharlos de tramposos y pocos seguían esa profesión en la actualidad, sino que aplicaban esa habilidad en retratos hablados policiacos o apuntes preliminares para la ciencia, como solía hacer Mía cuando trabajaba para el CIIG.

La hechicera parpadeó repetidamente, asombrada.

—¡No puede ser! —exclamó, acercándose tanto la primera hoja a los ojos que casi la perforó con la nariz —¿Dónde la viste?

—Oiga, primero quiero saber quién es, porque…

—No lo entiendes, ¡tú no pudiste conocerla en persona! ¡Está muerta!

Stoker de nuevo perdía el color del rostro.

—¿Muerta? —el muchacho repitió la palabra con dificultad.

—Sí, bueno… Ahora mismo ya no confío en las noticias oficiales. Menos estando involucrado el Jefe Supremo —Mía hizo una mueca, como cada vez que tenía que usar algún sobrenombre para referirse a Si-Wang Quilin —Ella… fue dada por muerta hace como quince años. Lo recuerdo bien porque en aquel entonces estaban creando a Himmel y a Keb…

—Oiga, pero ¿quién es?

—Quién fue.

—¡Lo que sea!

—No puedo pronunciar su nombre, pero lo tienes aquí —Mía le entregó a Stoker la segunda hoja —Está en cantorii.

—¿El idioma de Tian-Long-Cheng?

—Ese mismo.

Stoker asintió, meditabundo, guardándose las dos hojas donde ahora se veían sus recuerdos. Quería saber quién era la chica, antes de que fuera demasiado tarde.

¿Tarde para qué? No quería ni pensar en la respuesta.

-&-

La última vez que fue allí, Stoker tendría unos siete años. Fue una de esas tantas salidas dominicales en familia que en ese momento disfrutabas a medias, pensando en la siguiente, solo que él no recordaba muchas después de aquella. El CIIG se había encargado de ello.

Hidracalia, desde hacía un par de siglos o más, era reconocida como un lugar donde se daba la bienvenida a todo extranjero que quisiera hacer fortuna honradamente, sin importar sus creencias, su situación económica o su especie. Era por eso que contaba con aquel rincón, el Tian-Meng, o como lo traducían los hijos de los fundadores del lugar, el "Sueño Celestial". En teoría, inició con la unión de tres colonias, pero al paso de los años creció hasta formar una franja en el lado este de la ciudad.

Stoker aún recordaba cómo llegar a su destino. No se entretuvo en el camino, pese a que algunas tiendas y casas ya no eran como antes y tuvo que entrecerrar los ojos un par de ocasiones, haciendo memoria. Al final logró su cometido, arribando a un pequeño local de comida tradicional del que salía un aroma delicioso. Se acomodó la mochila al hombro, se pasó la mano por el cabello y suspiró antes de entrar.

El ruido inmediatamente golpeó sus oídos. Los restaurantes tiangzi, en su mayoría, no eran de ambiente tranquilo y sobrio. Quien iba a probar la comida al Tian-Meng, debía prepararse para hablar en voz muy alta, ya fuera al saludar, al ordenar o al charlar con su acompañante en turno. Stoker, por ir solo, llamaba la atención, aunque solo fue unos segundos. La gente en ese lugar estaba demasiado ocupada en sus propios asuntos como para fijarse mucho en los demás.

—Sigue igual —musitó Stoker, sonriendo de manera nostálgica.

Fue a sentarse a una mesa junto a la pared, donde sabía que pocos se ubicaban. Era el lado más tranquilo y no se veía desde las ventanas.

—Buenas tardes —saludó una mesera de uniforme color verde jade y bordes dorados que recordaba al atuendo típico de las mujeres en Tian-Long-Cheng; su indumentaria constaba de un vestido recto y largo, abierto en los laterales y mostrando una especie de pantalón ligero y un poco abombado, color verde claro —Le dejo el menú. Vendré a tomar su orden en dos minutos, ni uno más. Puede contarlos, si quiere.

Stoker sonrió ante la ocurrencia y observó a la mesera. Era bonita, de rasgados ojos marrones, cabello negro atado a la cabeza en un moño y tez clara, donde destacaban sus delgados labios, rosados y sonrientes. Sí, era una chica linda. Lástima que no tenía tiempo (ni ganas) de ligar.

—Gracias —dijo, sacando sus mejores gestos para caerle bien a la mesera, quien no tardó en sonreír y mostrarse avergonzada —Disculpa, hace mucho que no vengo, ¿todavía anda por aquí el señor Baxian?

La mesera, parpadeando mucho, se echó a reír enseguida.

—¡Claro que sí! Al señor Baxian van a tener que sacarlo en un ataúd de esa cocina suya, se lo digo yo. ¿Quiere verlo? A él le agrada hablar con viejos clientes de vez en cuando.

—Sí, por supuesto, si no es molestia.

La mesera asintió y se marchó. Ese instante fue aprovechado por Stoker para observar a su alrededor y, sonriendo con ironía, se atrevió a sacar un cigarrillo del bolsillo, llevándoselo a los labios y dando una calada, lo encendió en un santiamén.

—¿Stoker? Antes eras todo un xian-sheng, ¿qué pasó contigo?

El que hablaba era un hombre delgado, con los ojos más rasgados que Stoker hubiera visto en todo el Tian-Meng, cuya cabeza y barbilla estaban cubiertas de cabello blanco. Su tez era bronceada, algo poco común en la gente de Tian-Long-Cheng, pero Bing Baxian había vivido en Mexitlán tanto tiempo que él mismo se sentía como del país. Vestía cual típico chef, con un inmaculado uniforme blanco y un gorro alto que, en alguien tan alto, rozaba algunos de los adornos que colgaban del techo.

—Buenas tardes —saludó Stoker, dando otra calada al cigarrillo.

El señor Baxian frunció el ceño, perspicaz.

—Tú no eres Fatuo —declaró por fin.

—Usted le habló a un Stoker, ¿no es así? Y yo soy un Stoker.

Ante semejante respuesta, el otro no pudo evitar reír.

—¡Tienes cara! —sentenció, tomando asiento frente al muchacho —Debes ser el hijo de Fatuo, ese con el nombre raro que le puso su mujer…

—Soy Beltane, sí —reconoció Stoker, ladeando la cabeza.

—Beltane… Ya me dirás de dónde sacó tu madre ese nombre…

—La familia de mi madre vino desde un simpático país en Pandemundi llamado Eriland, ¿lo ha oído nombrar?

—Sí, claro. ¿Y qué te trae por aquí, muchacho?

—Quiero saber qué dice aquí.

A continuación, Stoker depositó sobre la mesa una hoja de papel blanca, doblada al menos en cuatro partes. El señor Baxian la tomó, la desplegó y arrugó la frente casi enseguida.

—Pobrecilla —se le escapó musitar.

—¿Disculpe? —Stoker se puso alerta ante eso.

—Es un nombre —comenzó el señor Baxian, extendiendo la hoja ante Stoker para señalarle una delgada línea central —Esto de aquí une dos símbolos de tal forma que la nueva palabra es un nombre de persona. Solo alguien que conozca el idioma se daría cuenta.

—¿Y cómo se lee?

—Esta parte la sabes —el chef señaló la derecha del símbolo compuesto en el papel —Estamos en ella, no te costará trabajo recordarlo.

Stoker arqueó una ceja, hasta que su rostro mostró la comprensión y asintió, en tanto el señor Baxian le dedicaba un gesto de aprobación.

—La otra parte… —un índice del señor Baxian se posó en la parte izquierda del papel —Hacía mucho que no la veía, no así. En las Semanas Sombrías, se hizo costumbre usar este kan-jin para nombrar al hijo que no cumpliera con las expectativas.

—¿Eso qué significa?

—Repasemos lo que ocurría en Tian-Long-Cheng en ese periodo, así te quedará claro —indicó el señor Baxian, solemne —Los niños nombrados así eran tratados peor que bastardos. Este kan-jin significa "olvidar" y eso hacían con los que llamaban así: se olvidaban de que existían, los usaban como mejor les pareciera. Por desgracia, la práctica recaía sobre todo en las niñas, más si eran primogénitas; en aquel entonces, los que heredaban todo del padre eran los hijos varones. Las mujeres fueron relegadas a ser monedas de cambio, más cuando el país fue sangrado por clanes monstruosos rebeldes. Se hacía lo que fuera para conseguir alianzas y el matrimonio entre familias fuertes era un buen método para ello.

Que el chef tiangzi pudiera decir aquello con una leve nota de indignación en la voz era realmente sorprendente. Si algo distinguía a la gente de Tian-Long-Cheng era el apego fiel a su cultura. Tal parecía que vivir en Mexitlán no solamente cambió el físico de aquel hombre.

—No sé quién sea esta Wang-Meng, pero no le hicieron un favor con ese nombre —concluyó el señor Baxian, doblando la hoja nuevamente.

—¿Wang-Meng? —Stoker sintió un escalofrío —¿Wang, como en "muerte"?

—Se oye parecido, pero el kan-jin para escribirlo es distinto al de "olvidar", que es el que me mostraste. Créeme, nadie en su sano juicio llamaría a un hijo "muerte" en cantorii, se cree que es de mala suerte.

Stoker no estaba tan seguro, pero no replicó.

—¿Y quién te puso a averiguar nombres en cantorii, muchacho?

—Está de moda entre las chicas de la universidad —por fortuna, Stoker ya tenía preparada la excusa y lo mejor de todo es que no faltaba a la verdad —Una compañera me pidió que le averiguara si los kan-jin no significaban algo malo, porque le gustaron mucho. Tonto, ¿no cree?

—Un poco, no debería tratarse un idioma tan a la ligera. Cambiando de tema, ¿cómo están tus padres? Hace mucho que no los veo.

—Bien, creo —ante esa pregunta, el pirogénito perdió el poco ánimo que tenía, dando una calada a su cigarrillo antes de expulsar el humo con un deje de nostalgia —Están ocupados, casi no los veo.

El señor Baxian arrugó la frente de forma sutil, antes de estirarse sobre la mesa y tirar de un mechó de cabello de los que le caían a Stoker en la frente. El muchacho lo miró con asombro, haciendo una mueca.

—¡Oiga! ¿Qué mosca le picó?

—No creí que fueras tan idiota como para hablar así delante de uno de mi tipo, ¿acaso tus padres no te enseñaron nada?

Stoker dio un tirón a su cabeza, liberando el cabello de la mano de su interlocutor, para luego inclinar la cabeza en señal de disculpa.

—Normalmente no tengo que preocuparme por eso —se excusó.

—Pues empieza a hacerlo, muchacho. Algo me dice que si eres la mitad de alocado que tu padre, te meterás con gente que no debes y lo de ahora te podría perjudicar. En serio, ¿qué te han enseñado?

—Muchas cosas, pero considerando que su tipo ni existe ya…

—Te agradecería que no dijeras eso en voz alta.

Al fin Stoker pudo volver a sonreír, apagando lo que le quedaba de cigarrillo en el cenicero colocado al centro de la mesa.

—Olvidé lo que se sentía fumar —comentó.

—¿Qué, lo habías dejado? Según tengo entendido, ese vicio lo tienen varios de los tuyos.

—Sí, necesitamos quemar algo constantemente, y somos inmunes a casi todo lo que daña los pulmones de otras especies. Pero un amigo tiene una novia que detesta el olor, y me hizo jurar que no fumaría cerca de ella; más ahora, que está embarazada. Así que lo dejé.

—Debe importarte mucho ese amigo para dejar un vicio así.

—Él y su novia, sí…

El señor Baxian observó el rostro de Stoker suavizarse y mostrar una sonrisa entre orgullosa y tierna, por lo que se preguntó quiénes serían esos amigos para que un pirogénito les tuviera tantas consideraciones.

—¿Y solo viniste a hacerme preguntas o vas a comer algo? —inquirió.

—Me gustaría un tazón de su wu-chong, si fuera tan amable. Recuerdo que me encantaba, y no sé por qué, en casa casi no comía las verduras.

El señor Baxian asintió, sonriendo ligeramente, antes de levantarse e ir a paso lento hacia las cocinas. Se preguntó si debió mencionarle al muchacho que había algo más tras la mezcolanza de emociones encontradas que le causaba saber qué significaba el nombre que le había llevado, pero decidió que era mejor tenerlo en la ignorancia un poco más.

Definitivamente, ser un hechicero filópata podía ser divertido. Aún si era a costa de los demás.

-&-

—¿Wang-Meng? ¿Estás por aquí?

Esa misma noche, Beltane Stoker empezó a soñar de manera normal, con una tontería de la universidad que ya no recordaba. Pero cuando todo se puso negro y no se oía ni un soplo de viento, se atrevió a buscar a la dueña de tan peculiar nombre.

No tardó en obtener una respuesta. La jovencita surgió a su derecha, mirando a ambos lados, como si no comprendiera dónde estaba o qué hacía allí. Al fijar sus ojos en él, dio un respingo y se quedó de pie, inclinando la cabeza y retorciéndose las manos con nerviosismo.

—Hola —saludó Stoker con amabilidad, caminando hacia ella —¿Eres Wang-Meng, verdad? Alguien leyó para mí los kan-jin que me diste.

Ella asintió rápidamente, sin alzar la vista.

—¿Necesitas que te ayude en algo?

Era la única teoría que Stoker podía barajar con algo de certeza. Por lo poco que sabía, los monstruos con habilidades de sueño no buscaban a alguien si no tenían una razón de peso.

Para su sorpresa, la joven negó con la cabeza y dio un paso pequeño y temeroso hacia él, alzando una mano, pero la bajó casi enseguida.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Wang-Meng volvió a mirar a derecha e izquierda, para luego alzar la cara y ver hacia arriba. Stoker se quedó atónito ante la pálida mejilla izquierda, oscurecida por un moretón enorme.

—¿Qué te pasó? —dejó escapar, acortando en dos zancadas la distancia que los separaba —¡Mírate nada más! ¿Quién te hizo eso?

Al verlo, Wang-Meng compuso una expresión de alarma y dio un paso atrás. Stoker se detuvo enseguida.

—Lo siento, no quería asustarte —se disculpó el muchacho.

Ella lo miró con el asombro reflejado en el rostro. Sus brillantes ojos azules dejaban entrever miedo, pero también algo que Stoker solo recordaba haber notado en alguien más. Su corazón se saltó un latido, o eso le pareció, aunque no supo explicarse el motivo.

—¿Me conoces de alguna parte? —inquirió, teniendo un presentimiento.

La chica asintió, con los labios temblorosos, antes de ver a su derecha y señalar una mancha de color que comenzaba a formarse. Stoker miró con atención hasta que distinguió lo que era y sonrió con nostalgia.

Recordaba ese sueño, era de sus favoritos. Allí, cuando tenía unos ocho años, se divertía en un prado infinito, envolviendo en chispas de fuego a cuanta flor se le hacía bonita, riendo de alegría porque ninguna se encendiera. En aquel entonces aún no controlaba bien sus habilidades y soñar que hacía lo que quisiera con ellas le daba cierto ánimo.

Pero en aquella panorámica del sueño, pudo vislumbrar a una figura observándolo, escondida tras un árbol, enfundada en una deslucida bata blanca de hospital, descalza, con vendajes en brazos y piernas manchados de sangre. El cabello, que apenas cubría la nuca, era una maraña de rizos entre amarillos y rojos, y hacían un raro contraste con la piel pálida y los ojos azules tan claros como el hielo. Un vendaje en torno a su cuello tenía una mancha de un rojo particularmente intenso al frente.

—¿Me conociste allí? —se sorprendió Stoker.

Ella asintió con la cabeza, haciendo un gesto con la diestra hacia donde se veía el sueño, el cual cambió enseguida. Ahora mostraba un ambiente que recién había visto, aunque en un sueño ajeno.

Era otro laboratorio.

—¿Éxito o Fracaso? No tengo todo el día.

Stoker tragó en seco cuando la voz, fría y cruel, salió de la boca de un hombre de cabello oscuro y ojos pálidos ataviado con un traje negro de etiqueta, sobre el cual llevaba puesta una bata blanca. Él y otro hombre se inclinaban ante una plancha metálica, dándole la espalda, por lo que no veía de qué hablaban.

—Tal parece que las habilidades son las esperadas, señor —indicó el otro hombre, enderezándose hasta dejar ver una mata de pelo rojo en su cabeza —Solo que…

—Sin excusas, Stoker. Hice una pregunta concreta, quiero una respuesta concreta. ¿Éxito o Fracaso?

—Yo diría… Conforme al objetivo previsto… Es Éxito, señor.

—Bien. Partiendo de allí, ¿cuál es el problema?

—Las complicaciones físicas derivadas de sus primeras pruebas han influido en el desarrollo de sus habilidades. Parece tener miedo y eso le impide sacar todo su potencial.

—Miedo… Quítenselo como sea, no invertí tanto en el procedimiento para que se desperdicie por una cosa así.

—Pero señor… Podría llevarnos mucho tiempo. Y no hay terapeutas que…

—¿Quién habló de terapias, Stoker? Dile a Aristotel que se encargue.

—Señor, con todo respeto, el psicófago sigue mostrando poco control sobre sus habilidades. ¿Qué pasaría si se excede al usarlas en ella?

El otro frunció el ceño, claramente contrariado, antes que hiciera una mueca de inconformidad con lo que dijo a continuación.

—Bien, entonces haz lo que creas conveniente. Quiero verla activa en tres meses, máximo. Aprovecha la oportunidad, Stoker, y mantenla viva si de verdad es un Éxito, ¿entendido?

—Sí, señor.

El de traje salió del laboratorio, quitándose la bata blanca. Cuando la puerta se cerró tras él, el otro hombre dejó escapar un suspiro.

—Tiempo, Meng —susurró, con una sonrisa que, de forma extraña, reflejaba derrota —Es todo lo que pude conseguirte. Encuentra algo que te dé valor, ¿sí? Algo que te haga vivir…

En la plancha metálica, se hallaba recostada una versión más delgada y maltratada de Wang-Meng, con los ojos bien abiertos, pero vacíos, sin ser realmente consciente de lo que ocurría.

—Conoces a mi padre —musitó el pirogénito, sin poder creérselo.

El muchacho sintió un roce en la mano derecha. Wang-Meng lo tocaba con uno de sus índices, curiosa, pero al notar que la veía, retiró la mano y volvió a agachar la cabeza.

—¿Por qué fuiste a dar conmigo? —quiso saber él.

La joven señaló una vez más el punto donde se veía el sueño, dando a entender que faltaba algo más por ver. Él obedeció y la imagen se disolvió por un instante antes de reaparecer: el escenario seguía siendo el laboratorio, pero ahora Fatuo Stoker estaba sentado a su escritorio, leyendo un montón de papeles, marcando cosas con su bolígrafo aquí y allá, antes de dar un respingo y sacar de un bolsillo un celular, llevándolo a su oreja tras pulsar rápidamente un botón.

—¡Tara! —exclamó Stoker por lo bajo, sonriendo un poco —¿Cómo estás?

Stoker hizo una mueca. Hacía tanto que no oía el nombre de su madre…

—¿Beltane qué? Cariño, más despacio… —Fatuo se concentró en lo que oía, sin perder la sonrisa —Lo siento, de verdad… Sí, procuraré enseñarle más cuando vuelva… ¿Cuándo? Ah, en un par de días… Lo sé, pero sabes que no puedo hacer nada… Ajá, son todo lo que quieras… Sí, claro, pásamelo…

Tras unos segundos, a Fatuo se le amplió la sonrisa.

—¡Mi muchacho! ¿Cómo estás? Me dijo tu madre lo de la alfombra… No te preocupes, aquí entre nos, odiaba esa alfombra… —el hombre soltó una carcajada por lo bajo —Voy a enseñarte un par de trucos cuando vuelva, pero mientras tanto, recuerda: si sientes demasiado calor, debes sacarlo, ¿comprendes? —Fatuo asintió con orgullo antes de seguir —Y cuida de mamá… Sí, pásamela… Tara, espero que tengas seguro para esa alfombra… Sí, claro… ¿Ah, resolviste el asunto?

Fatuo, de pronto, adoptó una expresión severa, quedándose casi un minuto en silencio antes de continuar.

—No estoy de acuerdo con eso y lo sabes… Sí, sé que lo has revisado bien, pero… De acuerdo, todo sea por Beltane… Claro, espero tener tiempo para eso… No, mis padres me detestan, no querrán… Mira, si te conocieran sabrían que eres un encanto… Bien, arréglalo y veré cómo hacerme cargo de lo demás… Yo también te quiero, Tara, hasta pronto.

Cuando Fatuo Stoker se guardó el celular, le echó de nuevo un vistazo a los papeles que tenía en la mano, para acto seguido lanzarlos con desgano sobre el escritorio. Se levantó y fue hacia un extremo de la habitación, donde un enorme tubo de cristal tenía…

—Buenos días, Meng —saludó Fatuo, melancólico, a la figurita que flotaba en un extraño líquido dentro del tubo —¿Qué vamos a hacer hoy?

El diminuto ser, con el aspecto de una niña de unos cuatro años, tenía la cabeza cubierta por pequeños bucles que se veían anaranjados a causa de la luz y del líquido ligeramente verdoso en el que flotaba. Su cuerpecito estaba lleno de moretones y picaduras por todas partes, lo que seguramente explicaba la tristeza en los ojos de Fatuo.

—Si tuviera una niña tan bonita como tú, no le haría esto —susurró, frunciendo el ceño —Hace poco estaba trabajando con otra niña, pero se ordenó… Espero que sobreviviera. Era preciosa y tenía tanto qué hacer… — el hombre suspiró, meneando la cabeza —Te he contado de mi hijo, ¿verdad, Meng? Volvió a descontrolarse. Quemó una alfombra que su madre tenía desde que era pequeña. Quiero volver con él y con Tara, pero no se me permite —apretó los puños —Mientras tanto, espero hacer algo por ti. Pero si pudiera, te sacaría de aquí y te llevaría a casa conmigo. A mi hijo le gusta jugar con las niñas, no sé por qué, y las trata bien.

El aludido sonrió, sacudiendo la cabeza. Sí, de pequeño le encantaba jugar con niñas, imaginando que eran la hermanita que su madre siempre prometía pero nunca nacía. Ahora, de mayor, creía saber la razón, pero entonces solía enfurruñarse cuando pasaban los meses y su madre decía que la famosa hermanita "tardaría un poco más". Y luego…

Mejor no pensar en eso. Fijó los ojos en Wang-Meng, que se retorcía las manos, con los ojos moviéndose entre la escena que le mostraba y él.

—¿Es que querías ser mi hermanita? —inquirió, bromista.

Lo que obtuvo como respuesta fue un asentimiento algo dudoso, a la vez que el moretón de la mejilla le cedía un poco de espacio al rubor que comenzaba a colorearle la cara.

Su padre tenía razón, era muy bonita. Casi como Khaos, aunque… La novia de su mejor amigo, para él, sí era como la hermanita que siempre quiso. Podía cuidar de ella y sentirse feliz. Incluso el molestarla de vez en cuando tenía su encanto. Pero Wang-Meng…

—Ya tengo una hermana —le comentó, pensativo, notando de reojo que la joven lo veía con asombro, tristeza y cierta desesperación que le rompía el corazón —La adopté. Se va a casar con el que quiero como a un hermano. Tal vez los conozcas. Ella se llama Khaos. Y él se llama Kuu.

Al oír aquello, Wang-Meng mostró más miedo, negando con la cabeza y tapándose los oídos. Luego, dobló sus finos dedos en pequeños puños con los cuales se golpeó la cabeza una y otra vez, aunque de manera muy débil. Stoker se espantó y sin pararse a pensarlo, le sujetó las muñecas con firmeza, aunque sin apretar demasiado.

—¡No hagas eso! —increpó —¡Lo siento! ¿Dije algo malo?

Wang-Meng forcejeó un poco, pero no tenía nada de fuerza. Fue en ese momento que Stoker pudo ver mejor su rostro. Su mejilla herida le producía una sensación desagradable en la boca del estómago, y sin darse cuenta, le soltó una muñeca para rozar el moretón con las yemas de los dedos, delicadamente, casi como si tocara un cristal frágil. La joven abrió los ojos al máximo cuando lo sintió, pero no se apartó ni se tensó, lo que Stoker consideró un logro. Él sonrió un poco y la reacción de ella, sonrojándose a toda velocidad, no pudo parecerle más tierna.

—¿Acaso no querías oír esos nombres? —quiso saber. La vio negar con la cabeza —¿Es malo que sepas algo de ellos?

La chica, de nuevo miró a ambos lados y hacia arriba, antes de asentir una sola vez. Por lo que había visto, Stoker intuía con qué gente trataba, pero lo curioso era que no deseara información que el mandamás de los Proyectos ansiaba obtener.

—¿No deberías obedecer todo lo que dice Si…?

Con la mano libre, Wang-Meng le tapó la boca, aterrorizada. Stoker le dedicó una mirada de extrañeza antes de asentir. Así, ella retiró la mano, más colorada que antes, agachando la cabeza.

—Lo siento, no sabía que no debía pronunciar ese nombre aquí. ¿Él fue…? ¿Él te hizo eso?

Volvió a tocar la mejilla lastimada y obtuvo un sobresalto en la joven, quien de repente estaba llorando.

—No, por favor… Lo siento —a estas alturas, Stoker estaba seguro que nunca se había sentido más culpable —No quería… ¿Te hice daño?

Al ver que no obtendría respuesta mientras ella llorara, el muchacho se estrujó el cerebro pensando en cómo calmarla, hasta que recordó algo que Yumegami le contó en una ocasión. Claro, su amigo hacía esas cosas sin nada de vergüenza, era a veces tan inocente… Pero él no se atrevía. En contra de lo que varios pensaban de él, detestaba aprovecharse de los demás, sobre todo de las chicas. Su madre lo había educado bien.

Fue al recordar a su madre que terminó de decidirse. Stoker soltó su otra muñeca, lo que causó que Wang-Meng alzara un poco el rostro, desconcertada, antes de sentir algo en la cara, allí donde dolía tanto. Cuando se dio cuenta de qué se trataba, se quedó paralizada, dejando de llorar y enrojeciendo más, si es que era posible.

Stoker le estaba dando un beso en la mejilla.

—Yo…

El joven se enderezó, pasmado. El susurro, hecho con dificultad, le dio a conocer una voz dulce, prácticamente infantil, tímida y temerosa.

—Yo… Quiero… Tú… —musitó la vocecita, saliendo de los delgados labios de Wang-Meng en un volumen apenas audible.

—¿A mí? —a Stoker se le estaba bloqueando el cerebro, y no era para menos, pero logró concentrarse —¿Por qué?

Ella se encogió de hombros.

—¿Desde cuándo? —siguió preguntando él.

—Desde… Desde… —la joven se llevó una mano a la garganta, antes de toser roncamente, respirando con dificultad.

—Si no puedes hablar, no lo hagas, no te fuerces…

—¿Tú… querer… yo?

Stoker palideció. La pregunta era demasiado complicada como para contestarla enseguida. ¿Querer a esa chica? No sabía a qué se refería. Si ella era como Yumegami, tal vez no tuviera definidos correctamente los sentimientos, pero de todas formas, ¿por qué lo habría protegido la vez anterior de aquella presencia maligna, si se notaba que temía lo que pudiera hacerle? ¿Y por qué lo buscaría en sueños a él y no a alguien más? Por otro lado, su aspecto le gustaba y sentía cosas muy extrañas al verla y tocarla, aunque solo fuera en un sueño. Sacudió la cabeza.

—No lo sé —reconoció finalmente —Me agradas, eres muy bonita… Pero apenas te conozco. No quiero herirte, solo que…

Ella asintió, jugueteando con los dedos, con más lágrimas brotando de sus ojos, aunque esta vez no parecía notarlas. ¿Cómo era posible que el dolor de esa chiquilla le pesara tanto?

—Perdón… —musitó ella, volviendo a cerrar las manos en sendos puños —Perdón… Perdón… —estaba a punto de volver a golpearse la cabeza —Per…

No pudo continuar. Stoker rápidamente tomó sus muñecas de nuevo, pero además, inclinó la cabeza y depositó un beso en sus labios, apenas rozándola, pero ella sintió enseguida algo agradable, algo parecido a…

—Fatuo… —susurró cuando Stoker se apartó —Tara…

¿De qué hablaba ahora? Él no comprendía. Además, estaba demasiado ocupado intentando no sonrojarse por lo que recién había hecho, aunque estuviera en un sueño. ¡Si Khaos se enteraba…!

—Él… Fatuo… A Tara… —intentó explicar ella.

—¡Ah! ¿Viste a mi padre besando a mi madre?

La chica asintió con la cabeza.

—Es normal, las parejas que se quieren hacen eso a menudo.

Stoker comprendió lo que había dicho cuando contempló los claros ojos de Wang-Meng llenos de esperanza, al tiempo que esbozaba una sonrisa diminuta, titubeante y preciosa.

—No sé si te quiero —aclaró él, dejando libres sus muñecas —No debí besarte. Pero ten por seguro que voy a pensarlo. Y también hallaré la forma de que no te hagan más daño, ¿de acuerdo? ¿Confías en mí?

La muchachita, sin perder del todo el reciente brillo en sus ojos, asintió, tomando una mano de él entre las suyas con sumo cuidado, antes de llevársela a la mejilla sana, frotándose un poco contra ella.

A Stoker eso lo conmovió, sentía que tenía enfrente a una criatura que ansiaba su cariño más que nada en el mundo… Y se sintió ruin por hacerla ilusionarse. ¿Pero quién decía que no podía corresponderle? Ella le recordaba terriblemente a Yumegami, a quien quería tanto como a su padre y a su madre. Y Khaos… ella al principio le temía, pero siempre la vio como parte de su familia, lo mismo que su futuro ahijado. Carraspeó.

—Dame un beso tú —pidió, sobresaltándola —Anda, te doy permiso.

A Wang-Meng le temblaron los labios y se puso muy nerviosa. Dio un paso hacia atrás, para después darlo hacia adelante, indecisa. Con otro paso al frente, estuvo a pocos centímetros de Stoker, sin dejar de mirar a todas partes, antes de respirar profundamente, pararse de puntillas y apoyar sus delgadas manos en el pecho de él, intentando alcanzarlo. Stoker le facilitó la tarea agachando la cabeza, cerrando los ojos y dejándose hacer, pensando que no pasaría gran cosa.

Pero pasó. Evidentemente, Wang-Meng no tenía idea de lo que estaba haciendo, solamente posó los labios sobre los de él, e increíblemente, eso fue suficiente para que un estremecimiento lo recorriera de pies a cabeza, se sentía igual que al concentrar su energía cuando quería encender fuego, pero esa sensación no quería liberarla, sino quedársela en el cuerpo, disfrutarla, aumentarla incluso. Al sentir que ella se separaba, estuvo a punto de protestar, pero Wang-Meng se limitó a ladear el rostro y besar su mejilla suavemente, luego de lo cual dejó de estar de puntillas y apoyó la frente en su pecho, temblando.

Y de pronto, ella se enderezó, se apartó de él a toda prisa y, como en el sueño donde se conocieron, hizo señas de que guardara silencio y que inclinara la cabeza. Stoker no tardó en obedecer, pero en esta ocasión, le tomó una mano, esperando que el detalle no la perjudicara. Cuando ella le dio un ligero apretón, supo que no habría problema, siempre y cuando no mirara hacia arriba.

—¿Qué encontraste?

Esa voz… A cualquiera se le erizaría la piel. La mano de Wang-Meng que sostenía temblaba, pero la oyó aclararse la garganta y musitar con todo el aplomo del que era capaz.

—Sueño… Pirogénito… Pasado…

—¿Y de qué pirogénito era? ¿Lo conozco?

—No.

Stoker contuvo un suspiro de alivio. Ella no mentía, porque por su parte, jamás había oído antes la voz de ese tipo.

—Bien, vuelve. La última prueba no fue concluyente. Te haremos otra.

Ella palideció aún más, apretando la mano de Stoker con la poca fuerza que tenía, antes de asentir con la cabeza. La presencia se esfumó, y solo entonces ella lo soltó, alejándose con pasos lentos, pequeños, sin darle la espalda. Stoker la miró y recordó a Yumegami en las escasas ocasiones en que había mencionado lo que vivía antes de escapar del laboratorio donde lo tenían.

Ella sufría y al mismo tiempo, anhelaba algo con toda el alma.

Lo anhelaba a él.

—Vuelve cuando quieras —pidió, al ver que se desvanecía —Te espero.

Wang-Meng asintió, temblorosa, antes de desaparecer.

Fue entonces que Stoker se prometió buscar la forma de ayudarla.

Y también sabía que, al descubrir quién o quiénes la habían lastimado, no les tendría piedad.