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Historia 49990 — capítulo 1

Su cabello era gris ese día.

Ella nunca lo llevaba así, puesto que la hacía verse mal; la hacía sentirse mal. Sin embargo, en aquella ocasión, y por alguna extraña razón que escapaba a su conocimiento, tuvo el impulso de concentrarse y poner esa cara rara para lograr que su cabello se tornara en el color de las nubes en el cielo lluvioso.

La casa estaba totalmente vacía, salvo por el viejo y molesto elfo que rondaba por aquí y por allá, tomando cada cosa que podía para salvar los tesoros de la familia que tanto adoraba; familia a la que ella jamás perteneció.

Tenía órdenes de quedarse en el cuartel. La misión iba a ser difícil, uno de sus compañeros había sido encerrado en Azkaban injustamente, y Kingsley, Alastor y Arthur tratarían de sacarlo de una manera disimulada y enfrentando a los Dementores, pero como reconocían a Kingsley y los otros dos irían bajo encantamientos desilusionadores, en realidad, aquella travesía no se transformaba en la mayor de las hazañas o en el más grande desafío que la Orden hubiera enfrentado.

Sentada en la oscura cocina, al lado del chirriante fuego de la chimenea, deambulaba en sus pensamientos como perdida en un agujero negro; sin salida posible.

Su encrucijada no tenía solución. Era demasiado peligrosa, pero no del peligro de muerte, sino del peligro que conlleva el dañar a otra persona, a la persona que se ama, a la que se defendería hasta el último aliento, pero que no sabía que era lo que sentía; y más aún, del riesgo que significa dañarse a uno mismo.

Su mente le jugaba malas pasadas.

Se imaginaba feliz, sonriente, de nuevo con ese tono rosa chicle en su cabeza, al lado de ese hombre que tanto necesitaba, que tanto amaba. Pero, lamentablemente, ella sabía que eso era sólo producto de su imaginación, ese duendecillo travieso que tantas veces le había salvado de peligros inminentes, y que otras, como ésta, le hacía sentir un poco más de sosiego en momentos de duro dolor emocional, de sufrimiento descontrolado pero a la vez tímido y oculto entre los mantos impenetrables de su conciencia, mediante la creación tal vez mágica de imágenes y recuerdos que no eran más que fantasía en su estado más puro.

Miraba al alto techo del recinto y recordaba su hogar.

¡Cuánto hacía que no lograba ver la cara sonriente de su padre y el rostro preocupado de su madre! Le parecía que la eternidad se había puesto en su camino y la separaba de aquel último encuentro, cuando, luego de continuas advertencias y pedidos de que se cuidara, sus progenitores le habían proporcionado ese abrazo cálido y a la vez distante que tenía tan presente en su cuerpo, como si hubiera marcado una diferencia abismal entre lo que era sentirse bien en soledad y la completa e interminable felicidad que se sentía estando con los seres queridos.

Sin embargo, su felicidad no era para nada completa. Y estaba a años luz de sus seres queridos, al menos emocionalmente hablando.

Volvió la vista hacia la escalera que llegaba hasta cerca de la desvencijada silla en la que reposaba en aquel instante y escuchó como arriba, en el vestíbulo, tan negro como el resto de la casa y como sus ocupantes anteriores, el pobre elfo doméstico le hablaba al último vestigio de su ama en el mundo; un mugriento y viejo retrato que gritaba a los cuatro vientos cada uno de los insultos que le venían a su mente de tela y sus labios de óleo; criticando y despotricando contra cualquier ser que osara pisar la casa de sus ancestros y que no fuera de sangre pura.

En aquel momento, Kreacher (así se llamaba el elfo) le comentaba a su ama cuanto odiaba a esos "asquerosos traidores a la sangre, muggles, basura de la tierra, que inundaba de asquerosidad la casa de su ama, y a ese hombre lobo que con sus garras de inmundicia tocaba la vajilla de su querida y pobre ama…"

La sangre le hirvió por dentro. El corazón le palpitaba como loco, queriendo salir del pecho para destruir a aquella maliciosa criatura que hablaba así. Pero su mente, de nuevo, le impedía hacer realidad esos impulsos descontrolados y desaforados.

Ese hombre lobo…

Secretamente, guardaba cada lágrima en su memoria como un océano, por cada día que su suerte le impedía estar con él; se apoyaba en su fe, que crecía como una flor y la curaba, llenándola con nuevas promesas y esperanzas; continuaba en la desilusión cada vez que su patética confusión le impedía hablarle con la verdad; era simplemente una moneda en su fuente, perdida como los segundos que contaba, hasta que se encontraba cerca de él.

Las cadenas sonaron, alarmantes como siempre, al abrirse la puerta que daba a la calle; sacándola de su ensimismamiento y haciendo que sus pensares se disiparan.

Instintivamente tomó su varita fuertemente entre sus blancas manos y se comenzó a subir lenta y sigilosamente por la escalera.

Llegando casi al rellano, se topó con quien menos esperaba.

Parecía que su mente tenía poderes insospechados, porque él estaba allí.

Ella, solamente pudo articular dos palabras, que fueron las que la tranquilizaron por sobremanera y la reconfortaron como la más potente de las pociones: "Hola, Remus."