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Historia 49990 — capítulo 2
El hombre, alto, de tez y cabellos color del trigo; con esas cicatrices profundas que marcaban el designio desafortunado de la maldición que lo acechaba cada mañana al despertar y cada noche al irse a descansar, se hallaba allí, como si nada fuera, parado al frente de aquella bruja que sentía su mundo desmoronarse por dentro por una mentira que salía de su boca cada vez que la abría.
Aquel hombre, porque no era más que un hombre, y uno de los más valientes, gentiles y honorables que había visto en su corta vida, pero no por ello carente de experiencia, le respondió al saludo con un tímido y desanimado "Hola, Nymphadora".
Aquella manía suya de llamarla por su nombre, cuando sabía perfectamente que le molestaba y que le agradaba más su apellido; y cada vez que le recordaba con exactamente las mismas palabras la situación "No me llames Nymphadora"; le permitía amarlo aún más fervientemente, ya que le demostraba, de alguna manera, que nada importaba, ni siquiera, el nombre algo ridículo que sus padres le pusieran cuando niña.
Pero todas esas esperanzas de nacimiento de un amor sin barreras, sin restricción alguna, eran también producto de su intrincada y testaruda cabeza que le insistía en que debería decirle; pero nadie sabía lo que ella sentía. Nadie debía saberlo, ya que no soportaría un rechazo rotundo, por una razón que ella consideraba ilógica. El simple y desgraciado hecho de que él fuese un hombre lobo.
Esa circunstancia que el destino quiso poner en su camino, le recordaba lo difícil que sería revelar la verdad. Recordaba haber escrito en sus cosas personales, en un pequeño y oculto diario que tenía donde volcar sus sentimientos y pensamientos de vez en cuando, una frase que le había salido de lo más profundo de su corazón, sin la malvada interferencia de su cabeza. Había escrito, cual poema del más audaz de los poetas:
"Cómo decirte que te quiero
y desafiar al mundo entero.
Como gritar que he soñado
si he perdido y he ganado.
Como decirte que te quiero,
como decirte que me muero de amor,
si estoy tratando
de mentirle al corazón."
Y esa era la cuestión.
¿Cómo podría decirle lo que sentía verdaderamente? ¿Cómo hacer para que entienda que no le importaba que en las pocas noches de luna llena, él se transformara? ¿Cómo hacerle ver el profundo amor que sentía por él, a pesar de las diferencias y los problemas?
No sabía la respuesta.
Lo único que sabía era que Remus le hablaba y ella seguía perdida en su pensamiento, y aparentaba estupidez, lo último que querría en el mundo.
"Lo siento… Umm… pensaba. ¿Qué me dijiste, Remus?" inquirió algo preocupada.
"Que la misión salió como se esperaba. El patronus de Arthur me lo acaba de informar. Sturgis ya es libre." Dijo el mago.
"¡Genial! ¡Perfecto!" fue lo único que sus torpes labios pudieron esbozar.
"¿Estas bien, Nymphadora? Te noto algo… nerviosa."
"No pasa nada. Simplemente estoy algo… despistada… más de lo común quiero decir."
"¿Segura?"
"Completamente." Terminó con una sonrisa; fingida por supuesto.
Luego de aquella breve charla, Nymphadora (o Tonks, como ella prefería que la llamaran), precedió a Lupin hasta la cocina, donde le ofreció una taza de té, luego del viaje que había realizado. El hombre aceptó gustoso y se sorprendió de la hospitalidad mostrada repentinamente por la bruja, pero eso no lo inquietó en lo más mínimo.
"Entonces, Remus, ¿todo bien con tu vida?" preguntó la mujer sin más.
Lupin vaciló un instante, algo sorprendido, pero en seguida respondió: "Todo bien. Lo de siempre, las críticas, las imposibilidades de conseguir trabajo, las miradas furtivas que son casi un grito al viento diciendo "¡Cuidado! ¡Es un hombre lobo!", la soledad, pero dentro de todo, estoy bien."
"Creo que eso está muy mal. Lo de la soledad, digo. Seguramente, muchas brujas querrían tenerte" ¿en qué estaba pensando? ¿Estaba por hacer lo que ella creía que iba a hacer? Tenía que controlarse.
"¿A qué te refieres exactamente, Tonks?" preguntó Remus.
"A… bueno… tu sabes… quiero decir que…" las palabras parecían incrustadas en su garganta con un encantamiento de presencia permanente y ella era incapaz de hacerlas salir de su escondite, pero al final, logró continuar. "Que tal vez… no haya necesidad de que estés solo, Remus…"
El mago la miró completamente estupefacto. Ella le sostuvo la mirada, valiente.
Aquel, era su primer paso. Y uno de los más difíciles de su vida.