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Historia 49990 — capítulo 12

El tiempo pasaba, implacable, irrefrenable.

Desde ese día en que ambos se juraron amor eterno, todo fue felicidad. Cada día, cada noche, cada instante en compañía del otro se convertía en un remolino sin final de dicha y cariño, atraído hacia un infinito de pasiones desconocido para muchos.

Pareciera que esa placidez que sentían se transmitiera a su entorno; por supuesto, ya todos estaban al tanto de su relación y, como también es obvio, se sentían sumamente alegres por esa decisión que tomaran juntos.

Nymphadora, como ya se había acostumbrado a que la llamara su amado, se había despojado de todo temor; hasta semejaba una mujer menos despistada. Se podría aseverar que era otra, por completo, excepto por esa tonalidad rosa chicle que la acompañaba siempre en su cabeza, enmarcando su rostro con forma de corazón de una manera exquisita, y que solamente podía cambiar por un color rojo muy fuerte en momentos de suma efusión; tonalidad que nunca más volvió a imitar las nubes de tormenta.

Remus también se sentía dichoso. Se notaba en él un cambio radical. Ya no semejaba a un hombre mucho mayor que él, había comprado algunas túnicas nuevas junto con su amor y, por sobre todo, siempre se vislumbraba una sonrisa en su rostro; sonrisa que muchas veces opacaba las cicatrices.

Todo era perfecto.

Todo marchaba como debía y la realidad les permitía amarse cada vez con mayor intensidad.

Ya ni siquiera la luna era un impedimento válido. En las noches en que la tremenda maldición se hacía presente, él se iba a un bosque cercano a su vivienda, donde no había nadie a quién lastimar para volver al amanecer, ansioso por volver a estar en compañía de la mujer que había cambiado su vida; mientras ella, pasaba la noche en vela preocupada, pero a la misma vez esperando esa salida del sol que le devolviera a su pareja.

Esa noche hacía frío.

Remus estaba sentado en su sofá, distendido y totalmente relajado, con una taza de chocolate caliente que Tonks le hubiere preparado unos instantes antes de entrar a bañarse.

Quizás fuera el efecto que producía en él, más que en los otros, el chocolate, pero en ese momento su conciencia le hablaba de tal manera que podía entablar una conversación consigo mismo…

"La escoba está equilibrada y vuela con excelente ritmo… pero… ¿qué falta?"

"Nada, claro está. Nada nos hace falta. Solamente nuestro mutuo amor…"

"De eso no estás seguro, Remus…"

"¡Claro que lo estoy!"

"No lo estas…"

"Bueno… puede que tengas razón…"

"Sabes lo que falta… busca en tu interior…"

Entre cavilaciones Tonks salía de la ducha y lo sacaba de su ensimismamiento. Para cuando estuvo a su lado, Remus pensaba: "Ya sé…"

"Pero Remus… ay… para qué me hiciste venir hasta el colegio… amor… en serio…"

"Calla, mi vida. Espera y verás…"

El sol se sonreía a si mismo en la superficie calma del lago, que reflejaba como un espejo todo lo que se acercaba a él.

Remus y Nymphadora se sentaron debajo del haya que está al lado de esa inmensa masa acuática… él decidido… ella confundida y ansiosa.

"¡Quítame esto de los ojos, por favor Remus!" suplicó la bruja.

"Muy bien señora nervios…" bromeó el hombre.

En cuanto logró quitarle el fino vendaje de los ojos la bruja lo miró… expectante y pidiendo una explicación con la mirada…

"Bueno… te traje aquí… porque creo que nos falta algo…"

"¿Algo como qué? Sabes que el dinero no importa, mientras nos tengamos el uno al otro, podrem…"

"No hablaba de eso…"

"¿¡Entonces!?"

Tomó una gran bocanada de aire que colmó sus pulmones anhelantes de un respiro compartido; exacerbado y frenético por el gran bienestar que le provocaba lo que estaba a punto de hacer, miró a la mujer que tenía en frente, sin dudas la más hermosa de todas, y habló pausadamente:

"Nymphadora… consideraría un honor… que tuvieras la amabilidad…"

"¡Remus!"

"¿Quieres ser mi esposa?" culminó con un aliviante suspiro.

Su cabello se tornó multicolor, algo que nunca había ocurrido anteriormente; su cuerpo era un mágico arco iris que cambiaba con cada inhalación que daba… estaba radiante de felicidad.

La respuesta era única… no había otra…

"¡¡Si!! ¡Por supuesto que quiero!" respondió y se tendió a sus brazos tumbándolo contra la hierba y besándolo con tanta pasión y tan enamorada como el primer día… quizás más.

Ahora había una realidad… estarían juntos… para siempre…