Ciudad de cicatrices — capítulo 2
—¿Oyes eso, viejo amigo?
—¿El qué?— respondió sorprendido.
—La nada, solamente el silencio.
La desierta calle de madrugada, toda la gente se ha ido.
—Es el eco del terror, el miedo al desalmado,
el pánico a la sangre, al cliente mortal.—
El pánico denso viaja libre en la calle.
Las putas temen tiemblan ante la idea de Jack.
Londres se acurruca como un bebé,
ventanas tapiadas, gritos dementes,
locuras ahogadas, noches en vigilia.
El caballero oscuro mata de miedo a la gente.
En el silencio insondable
la quietud ces muda.
El miedo vive y piensa por si solo,
todas mueren, nadie ayuda.
Las calles se tiñen de sangre,
el rojo se corre por ellas.
El señor de la noche de cuerpos tiene hambre
y cadáveres de rameras decoran East End.
La luna se esconde entre las nubes,
deseosa de que llegue el alba,
Otro grito, otra muerte,
otra lágrima que lamentar por una perdida alma.
Sale el sol, la ciudad abre los ojos
y se encuentra otro muerto.
¿A quien le importa esa nueva infeliz?
Importa que un loco anda suelto.
Las que cobran, callan.
Tienen que trabajar aun con un filo rondando su garganta,
sus piernas deben estar abiertas si quieren comer,
Presa perfecta para la Parca.
Es fácil para el loco,
las lleva donde suelen follar
y acaba con su vida.
Nadie ve y nadie oye si suplican.
—Es el eco del silencio,
el eco del miedo,
el eco de una ciudad de cicatrices.
el eco de la Muerte reencarnada.
Un eco que viene desde el mismo infierno.—