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Historia 50120 — capítulo 1
¿Señorita? ¿Señorita?- una voz lejana, sus ojos adaptándose de nuevo a la luz, sus manos calientes que volvían a sentir y los labios secos que deseaban beber.
-Agua…- fue lo único que brotó de sus labios, cuando vio a un tipo con gabacha alumbrar con un foco sus ojos.
Una chica blanca, de cabello algo rizado castaño; caminaba bastante rápido por la acera. Sus ojos miel, extremadamente nerviosos, recorrían los rostros de todos los que pasaban a su lado, no reconocía a nadie.
¿Quién era ella?, nadie sabía, siquiera ella lo sabía. Sus trajes viejos y gastados, aún llevaban marcas de sangre del día del accidente. Una gabardina beige, viejo y algo sucio; debajo un pantalón de mezclilla roto en la rodilla; blusa negra sencilla y unas tennis viejas y gastadas. Habían permanecido empaquetados en el hospital por todo el tiempo que ella había estado en coma.
Buscaba en el aire algo que le recordara su pasado, pero solo veía sombras. Ningún olor reconocía, nada le recodaba casa… tal vez porque en su mente ese concepto había dejado de existir, solo recordaba el olor a hospital y esto le causaba nauseas. Tantas nauseas como las que sintió al pasar al lado de un basurero, ¿cómo vomitar? eso sí lo recordaba, y un par de arqueadas casi provocan algo más.
-Paolo- un susurro de sus labios escapó, era lo único que recordaba; y no sabía por qué sentía que debía dar la vida por el dueño de ese nombre.
Un único recuerdo, que la mantenía en pie y la hacia seguir caminando. Un recuerdo del que no estaba segura existiese; era una memoria que venía con una sombra, o una sombra que acompañaba un recuerdo; el único y más valioso, pero era solo un nombre de un hombre, del que no estaba segura conocer.
Cerró los ojos, tal como lo hacía desde hace un par de días, cuando salió de su coma. Pero no había nada en su mente que le recordara quien era, no había más que ese nombre, porque ni del suyo estaba segura.
Una ráfaga de viento golpeo su rostro, cuando los abrió, un rostro. Ese rostro que había empezado a localizar entre las multitudes, se asomaba por la esquina. Sintió miedo, ese ser cuyo rostro había aprendido a reconocer, la perseguía noche y día desde que abandonara el hospital. Volteó su pálido rostro, podía no haberla visto aún, o ya haberlo hecho, echó a correr en dirección contraria; sintiendo como su corazón intentaba escapar de su pecho y sus entrañas por la boca. Escuchaba las pisadas fuertes y cercanas del hombre que la perseguía, su mirada sobre ella y sus manos a punto de alcanzarla; mordió con rabia su labio sintiendo la sangre brotar, cruzó la calle si fijarse la venida de los carros.
Gritos de odio de los choferes, la hicieron voltear a ver, no encontró el rostro de quien le seguía; arrugó la frente, sintiéndose frustrada y con ganas de rabiar. Mas no pudo, no supo cuando ni porque tropezó.
Ahora la chica castaña, yacía de rodillas y con las manos sobre un par de zapatos negros de varón.
-¿Se encuentra bien?- preguntó un joven moreno, dueño de aquel par de zapatos.
-Sarah, malditas seas contesta- gritó un joven de ojos oscuros y pequeños, esperando la reacción de la persona al otro lado del teléfono.
-¿Julián? ¿está contigo?- preguntó entusiasmada una mujer al otro lado a su interlocutor
-Se volvió a escapar, y ahora será más difícil que antes- gruñó el hombre
-¿Por qué?
-Ya no está sola… Sarah dile a los otros que Alexandra Muller, ya no está sola…- el sonido de una llamada cortada fue lo único que escuchó Sarah después.
-¿Amor que ocurre?- preguntó un hombre moreno y del mismo tamaño de Sarah, besando el cuello de su novia.
-Julián nos va a dar más problemas ahora que antes- diciendo esto la chica blanca y delgada se volvió a besar los labios de Nicolás, su novio, el único en aquella casa ubicada en el centro de la ciudad.
Por la ventana se veían las estrellas balancearse en el majestuoso arco de la noche, y la luna alumbraba a la pareja que se besaba con deseo; dejando caer las ropas al suelo y quemando con los dedos y los labios cada parte de la piel de su amante.