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Historia 50166 — capítulo 3

Miraba como el humo de aquel cigarrillo danzaba, fundiéndose con el resto de cigarrillos que su amigo había fumado, intentando relajar su mente, turbada y confusa. Esperaba una respuesta, pero no sabía que decirle. Había llorado, había rabiado, había aporreado la pared hasta hacerse sangrar los nudillos, pero aquello no le había dado la solución a aquella respuesta que estaba grabada a fuego en su mente. -Te quiero, Andrés.  Pero quiero saber si sientes lo mismo por mí. -María... No me pidas eso. No me pidas que te responda. La respuesta estaba allí, siempre había estado, y ella la sabía a la perfección, pero ansiaba escucharla de sus propios labios. Y él no sabía que responder. Siempre había sido muy frío y muy suyo en aquellos temas. Pero cada vez que recordaba aquellos ojos avellana que parecían engatusarle... -No enamora con los labios... Ella hechiza con los ojos. Era su forma de ser, cambiante y dulce, e insistía en ver cosas buenas que él no sabía ni que tenía. No era como las demás chicas con las que había salido, y de las cuales nunca le hablaría por mucho que insistiese. Porque a veces ella era directa rayando lo insultante, pero era uno de sus encantos. Como aquel que a ella le gustaba: -Eres como una tarta de limón rellena de chocolate caliente por dentro -le dijo una vez-. Cabrón y dulce... ¡Me encanta! -rió con aquella media sonrisa burlona. Reía sus gracias de bufón incluso cuando otras chicas ya le habrían dado una bofetada, y poseía una mente pervertida que a veces le alarmaba. -El hecho de que tú seas la pervertida de los dos es preocupante... Era extraño como a veces puedes encontrar aquello que anhelabas sin proponerlo. Ella deseaba alguien que la amase como era, que no intentase cambiarla, que aceptase su locura como algo más. Él buscaba lo mismo. Pero la distancia era un problema demasiado grande como para no tenerlo en cuenta. -Algún día nos haremos daño... Estamos lejos... -¿Y? A mí no me importa... Yo te esperaré siempre. Esas palabras le habían dejado helado. ¿Esperarle, a él? No podía creerlo. Y aunque aún no le había dicho nada, aquel tabú seguía, ella lo ignoraba con total impunidad. -Si no lo digo, siento que me va a explotar el corazón. Había llorado por él, había reído, se había vuelto filósofa, loca y consejera. Era bipolar. -Yo soy mi gran desconocido -decía ella algunas veces. Y quizás tuviese razón. Quizás ella se viera a sí misma como aquel misterio que nunca podría desvelar. Era un misterio, una constante sorpresa. Y ello la hacía distinta.

Ella le veía como otro misterio. Su némesis y a la vez, aquel que la complementaba. Era opuesta a él. Él era más joven, pero parecía más maduro que ella. Y su arte... ¡Su arte era una delicia! Una belleza sencilla que se fundía con la imaginación de su mente. Ello le atrajo al principio. Su conversación era atrayente y atrapante, y le enamoró aquella sonrisa y aquella forma de ser de quien no espera agradarte. Él era así, sencilla y llanamente. Y lo supo. Supo que le amaba, que nunca había sentido algo parecido. Que los besos y las caricias de su novio no le hacían vibrar como lo hacía él con sólo hablarle. Y lo supo, y quiso chillarlo a los cuatro vientos para que todos lo supiesen. Y quiso secuestrar un avión para volar con él, aunque sólo fuese en sus más alocados sueños. Y soñó. Soñar. Su novio nunca la hizo soñar, nunca la hizo temblar con sólo imaginar la caricia de sus besos.